Exordio
(Preámbulo de una obra)
Carlos, el redactor del periódico donde trabajaba Alfonso, en ese momento se encontraba ante su ordenador repasando unas notas que anteriormente habían sido escritas por Alfonso referidas al testimonio de su tesis, o mejor dicho; de su intencionado escrito sobre la tesis que pretendía escribir con respecto a las drogas y el mundo tan tenebroso que tras ella se esconde.
Nuestra historia comienza, en la sala de relajación en desuso, de un hospital sin nombre, en una ciudad cualquiera, que sería mejor olvidar, por los hechos acaecidos en ella, a causa de un fatal error que, como recordaremos fue a grandes rasgos, los relatados en Isagoge EL SINO.
Parte donde un grupo de amigos vividores y drogadictos, pendencieros y asesinos, dirigidos por un joven de unos veinte años vivían al máximo hasta que tuvieron su encuentro con el destino fatídico, en el accidente de autobús donde murieron numerosas personas.
Del grupo de amigos (o banda callejera), sólo pudo salvarse a duras penas precisamente Alberto, el cabecilla de todos ellos, con la fatalidad de quedar en coma profundo el resto de sus días. Pero era evidente que sufría sus propias consecuencias y las ocasionadas por él mismo, a una sociedad entera, e incluso a sus propios padres.
Recordemos que su padre, INAKI, se suicidó al no soportar tanta amargura viendo a su hijo en ese estado, y a su mujer perder la razón con motivo de los hechos de Alberto, quien fue ingresado en ese hospital.
Recordemos también, al equipo de médicos involucrados en el fatal error; el doctor UGARTE, jefe de la planta catorce y neurocirujano. A su ayudante, el doctor UNAY Salvatierra, anestesista del quirófano nº 5 que dirigía don Francisco Javier Ugarte, y al amigo de éste, jefe de la planta 14 también, pero en el ala de maternidad, físico, químico, investigador del principio del nacimiento de la propia vida, llegó a inseminar a Leocadia Zuasti, una madre que se quedó sin su hija a los pocos dias y, que ahora tenía la suerte de traer SECTILLIZOS, pero que por desgracia padeció una infección en la sangre y, al no poder administrarle la medicación adecuada, volvió a quedarse sin sus hijos. Algo que no pudo soportar y terminó enajenándose, aunque pudo recuperarse afortunadamente. Así como la madre de Alberto no se recuperará jamás, y continúa en un centro especializado en salud mental. (Doña Maite Baigorri)
Toda la trama fue descubierta por dos personas; como sabemos, Alfonso Quijano, periodista de profesión y artista por devoción, además de componer versos, obras de teatro, novelas etc..
Comenzó por configurar una tesis sobre el mundo de las drogas al ver el estado de Alberto, y terminó sin hacerla, pues la madre de su hija María que estudiaba en Nueva York, se casó poco después de nacer ella con el hermano de su mejor amigo, Jesús Idoate, un hombre aparentemente respetable que no sólo llevaba doble vida, sino tres tipos de vida diferentes. Fue un hombre que le gustaba vivir la noche y las mujeres, que aunque no era drogadicto (sólo bebedor y mujeriego), sí se valía de ellas para rendir a sus pies a las mujeres en general, para usarlas y tirarlas. Era un canalla en toda regla.
Así fue como consiguió quitarle la supuesta novia a Alfonso, Alfredo Idoate, que al cambiar las pastillas de las jaquecas de Eva (que así se llamaba), por alucinógenos, no tardó mucho en darse cuenta Eva, del cambio, su médico vio que aquéllas no eran las pastillas del frasco, por la que Eva viene arrastrando una tortura desde que se casó con Alfredo, pues además era un hombre violento con su mujer, y en general con todas, claro que a su hermano Jesús le ponía otra cara, al ser de otra condición.
Cuando se enteró Alfonso de todo esto, fue al conocer los ataques de ansiedad que venía sufriendo Alfredo, Eva habló con Jesús, y al final no tuvo otra opción que decírselo.
Alfonso cuando se entera que no es feliz se empieza a preocupar por ella.
Alfredo, fue ingresado en el mismo hospital que Alberto, con el fatídico error que ya conocemos, fue confundido en la admisión por el doctor Salvatierra, Alberto, y fue a él a quien le administraron la terapia de las ondas cerebrales electromagnéticas, sin dar más que un resultado nefasto.
El doctor Ugarte se había tomado unos días de asueto, en donde trataría de poner sus papeles en orden.
Él sólo tomaría las decisiones y, Salvatierra las ejecutaría.
Eran unos científicos extraordinarios, pero gracias (mejor dicho por desgracia), fue confundido Alfredo con Alberto. Éste fue también trasladado a un centro especializado para parapléjicos y similares, por el equipo de planta del doctor Ugarte, y sin él saberlo, por orden de la dirección del hospital que resultó ser una chica joven muy despierta y vivaracha que trabajaba de auxiliar, al presumir positivamente que se practicaban en su centro acciones ilegales o fuera de su conocimiento, como los experimentos del equipo profesional que compuso don Francisco Javier Ugarte, con ánimo de inventar un sistema, que al igual que el murciélago, por ecolocación, los ciegos tuvieran una vida más fácil, cosa que consiguió, implantarle el minúsculo aparato en las corneas de un invidente con gran resultado.
Pero lo de Alfredo ya no tenía nombre. Ugarte compadecido del sufrimiento de Maite y de Iñaki, accedió a probar las ondas para tratar de sacarlo del coma, y como último recurso le practicase la eutanasia. (Cosa prohibida en aquel país). Y así lo hizo; a través de Salvatierra, que no llegó a ver al enfermo, por encontrarse de vacaciones cuando ocurrió el accidente. (De ahí el error) Pero la fatalidad del destino de Alberto, hizo que siguiera vivo en coma profundo, sin apenas poder mover los ojos.
Los médicos no podían asegurar sus sentimientos (no existe máquina o invento alguno para conocerlos a fondo), lo cierto es, que muy a menudo se le podía ver sus lágrimas resbalar por las mejillas y empapar su almohada, quizás el destino quiso que espiase sus culpas el resto de sus días.
Fue Alfredo Idoate tras varios intentos y fármacos inyectados, el que murió con una dosis completa de NESDONAL a manos del doctor Unay Salvatierra, el cual sólo conocía a Alberto por el proyecto A.I.. Alberto Irigaray, pero no fue así, sino Alfredo Idoate.
Por más prisa que se dan Alfonso y Ely, que había solicitado su ayuda al saber de su tesis por sus continuas visitas a Alberto, no fue posible salvar su vida.
Marta y su hermano Jesús se preocupaban por él, y su estado en admisión.
Recordemos que Alfonso al ir corriendo con Ely por el pasillo los llama y les dice que los siga.
Delante de ellos aparecían también corriendo desde la planta catorce pero por las escaleras, por no perder tiempo en esperar el ascensor (Que siempre se encontraba ocupado), el doctor Ugarte y su homólogo y amigo Morales.
Cuando llegan todos a la sala de relajación en desuso en el sótano segundo, aún tenía el doctor Unay la jeringuilla en la mano.
Sólo llegaron para ver cómo en dos espasmos convulsivos, Alfredo por fin y después de varios intentos... moría.
Todos ellos quedaron de piedra. Únicamente Ugarte corrió a los pies de la cama y en efecto, como le había dicho el subdirector de planta que él mismo dejó al cargo de Alberto, lo habían trasladado a un centro especializado. ¡Habían cometido un error imperdonable!.
Capítulo IIXL
¡Unay, que ha hecho! ¡Qué ha hecho, por Dios!
¿Qué ocurre, doctor UGARTE?.
¿Que qué ocurre descerebrado? ¿Tienes el valor de decir que, qué ocurre?
¡Lo siento, señor! no comprendo....
Usted no comprende nada, doctor Salvatierra. ¡No comprende nada! ¿Es que no se da cuenta, de lo que ha hecho?
Yo no he seguido más que sus órdenes, doctor.
Mientras ellos discuten, Alfonso, Jesús, Marta y él corren a la cama donde yacía ya sin vida Alfredo.
A Jesús se le inundan los ojos aterrados, hasta que poco a poco, le rebosan los lágrimales, y empiezan a resbalarles ardientes por las comisuras de las mejillas.
Marta se abraza a él inculcándole valor, pero fue inútil. Jesús sabía muy bien, que había sido un sinvergüenza y un canalla al comportarse como lo hizo con Eva, pero era su hermano y lo quería.
Posiblemente de haber vivido, le habría hecho cambiar, pero ya no había solución aunque Ely, no paraba de tratar de reanimarlo con unos masajes cardíacos, y luego con algún fármaco que le pudiese ayudar a reanimarlo, hasta que la pudo detener Ugarte. Sólo bastó decirle que le fue administrada una dosis completa de NESDONAL.
Ely cayó, apoyando los brazos sobre la cama de Alfredo, y dejó caer pesadamente la cabeza, como si la frente le pesase todo un mundo.
(No puedo hacer nada, pensó).
Eva seguía clavada al suelo como pegada. No podía llorar, no podía moverse, no sentía absolutamente nada, más que una gran contradicción en su alma.
Por un lado, él la había engañado, la había pegado, la había hecho sentirse inútil e inservible, le había matado los sentimientos que ella disfrutaba y, por otro lado, ahora con su muerte acababa de matar su propio futuro, su destino, su esperanza de volver a amar a otro hombre. ¡No! ¡Así, no! (Decía para sus adentro).
Entretanto, Ugarte y Unay Salvatierra, continuaban con su disputa de culpabilidades.
¡Mis órdenes eran, Alberto! ¡ Alberto Irigaray! ¡Y no Alfredo Idoate, como ha hecho usted! ¿Qué tenía este hombre?.
¡El ruego de sus padres era intentar las ondas electromagnéticas, o en último extremo ayudarle a morir para que no sufriera el resto de sus días, caray!
¡Maldición!
¿Cree usted, Unay, que maldiciendo lo arregla todo?.
El doctor Salvatierra recordó que, en efecto, lo recogió en admisión por el número de la habitación, al oírselo a la enfermera.
Pero... ¿qué? ¿Cómo es posible que me halla equivocado de hombre? Estaba inconsciente. ¡Lo recuerdo perfectamente!
Lo puede recordar como quiera, doctor. Pero usted debió recoger el paciente de la 1470 en mi planta de la nº 14, como bien sabe.
Además; la enfermera de admisión lo dijo muy claro: la 1470.
En ese momento interviene Ely, la directora del centro hospitalario;
Este hombre debería haber estado en la 470, planta 4ª.
Sabe usted de sobra, doctor Salvatierra, que la salud mental se encuentra en dicha planta.
Sí, sí lo sé. Lo sé perfectamente, pero tan perfectamente le digo señorita, que escuché la 1470.(Contestó el Dr.Salvatierra.)
En primer lugar, doctor, no soy una auxiliar de clínica, sino la directora del centro hospitalario donde se encuentra. Y en segundo lugar, también es posible, que pudiera haber dicho, un cuatro, siete, cero, y no a la 1470 ¿No cree?.
En aquel momento, y quizás sólo por la sorpresa de haber tenido a la directora del centro haciendo de espía, creyéndola una simple auxiliar, hubiera preferido que se le hubiese tragado la tierra, mejor que soportar aquel trance.
Unay guardó silencio durante unos segundos.
La sorpresa fue tan inesperada que aún no había reaccionado, y seguía con la jeringuilla en la mano.
La enfermera no podía creer lo que ocurría. ¡Le hizo buscar los documentos el doctor para asesinar a un hombre!.
Unay cambiaba de color. ¿Era posible? ¡Claro que era posible! Dios mío, ¿pero qué he hecho?.
El doctor Don Pedro Morales, que hasta entonces había permanecido mutis, fue el que dio la réplica.
Ya no sirve de nada que usted se lamente, doctor. Sabe de sobra que en nuestra profesión, el más mínimo error puede ser fatal para el paciente.
No comprendo cómo ha podido usted ser tan descuidado, y cometer semejante error.
¡Lo siento!. No puede imaginar cómo lo siento.
En realidad Unay era una persona que parecía no tener de nada, y menos eso a lo que le llamaba él mismo, sentimientos.
Y usted doctor Ugarte, ¿cómo ha podido hacer una cosa tan aberrante? (Le preguntó Ely)
Si hubiera escuchado a aquellos padres, todas las atrocidades cometidas por su hijo, y el calvario que llevaban desde que nació Alberto, quizás pudiera entender usted.
Yo no puedo entender, como se puede ir en contra de la naturaleza, y de la ley de Dios.
Usted misma, doña Elisa, sabe perfectamente de mi fe en Dios, y mis creencias, no podía admitirlo tampoco, pero quedaba en duda lo que pudiera estar sintiendo el resto de su vida, una persona que fue toxicómano constatando sus propios padres, que no había sustancia tóxica que no hubiese probado. Había matado con su coche, que sepamos de fijo, a un niño de corta edad entre otras demencias, como violaciones, robos, y todo tipo de vejaciones a los más débiles.
¿Me quiere explicar cómo podría sentirse en ese estado? Amén del tiempo de abstinencia, por mucho que pudiéramos mitigar su dolor, si conocía su alrededor, a sus padres, y sabía lo que les había hecho sufrir, ¿cómo sería su existencia? ¿Y la de sus padres? ¿Cómo sería la existencia de sus padres? No tendrían siempre la misma edad, llegarían a no poder atenderlo.
Doctor Ugarte, en la medicina lo más sagrado es la vida humana.
Estamos capacitados de algunos medios, y conocimientos, no de todos, por supuesto.
Pero le repito que la misión de la medicina, es salvar vidas. Sólo Dios es quien, para jugar con ellas, y no un simple mortal.
Lo siento... ahora lo siento en el alma, pero entonces, y a pesar de mi primer rechazo a practicarle la eutanasia entendí, que hay casos en los que yo, como investigador médico, comprendo que pediría el mismo paciente si pudiese hacerlo. Lo han hecho otros en la vida con menos daño que Alberto, él estoy convencido que lo habría pedido a gritos, por eso le digo señora, que no estoy muy seguro de arrepentirme, al haber tomado aquella decisión, lo que en realidad siento es el error que hemos cometido en la persona de Alfredo Idoate. Eso sí que lo siento de veras.
Como comprenderán ustedes, me veo en la obligación de poner este caso en manos de las autoridades.(Dijo Ely)
Está usted en su deber de hacerlo como directora del hospital.
Quiero que comprenda doctor Ugarte, que la opinión que yo como persona le pueda recriminar, no cuenta en absoluto en este caso. Son las autoridades las que hacen las leyes, y no están precisamente para quebrarlas. ¿No cree?.
Ugarte enmudeció, no volvió a responder.
Se dirigió entonces a Salvatierra para ver qué opinaba él del caso. Los demás estaban mudos e inertes, reflexionando y razonando cada uno a su manera, el terrible accidente que había ocurrido.
Y usted, doctor Unay, ¿cómo ha podido hacer una cosa así? ¿Es que tampoco ha pensado que aún siendo Alberto, era un ser humano, y que quizá su deseo fuese todo lo contrario? ¿El curarse, el reinsertarse en la sociedad que le envuelve? ¿Que con el accidente y su estado quizá había aprendido la lección y que, tal vez, hubiese podido curarse algún día?
Pues, tengo que decirle que en realidad soy de la misma opinión que el doctor Ugarte; había consentido enajenar mental y emocionalmente a su madre, así como también hizo que su padre se suicidase por su culpa.
En la persona de Alberto, hubiera estado de acuerdo en haberle practicado la eutanasia. Lo que lamento, es que hayamos cometido un terrible error.
Lo vi en coma, y yo no lo conocía; con eso me bastó. Ahora siento no haberme asegurado bien de la persona en cuestión.
Lo que sí diré a favor del doctor Ugarte es, que él personalmente era incapaz de hacerlo, y que por eso delegó en mí.
Él ya trató de aliviarle su sufrimiento utilizando el prototipo de las ondas cerebrales, pero tampoco alcanzó a ver al paciente pues, ya lo tenía todo preparado yo, y desde la cabina de mandos no puede verse el interior del tambor.
Creo que será mejor que concluyamos esto cuanto antes. Siento tener que hacerlo, pero es mi deber dar parte a las autoridades.
Capítulo IIIXL
Aquella habitación quedó fría y tenebrosa. Todos los presentes estaban conmocionados por el suceso, y a todos ellos les recorría un escalofrío por la espalda que era verdaderamente aterrador. ¿Cómo podían suceder cosas así al empezar el tercer milenio? Aquello podía suceder en la época medieval, pero ni así.
¿Cómo con tanta tecnología, tanto avance espacial, podían avanzar sólo eso; las máquinas? Porque en realidad las personas parecen que se están deshumanizando cada vez más.
Unos por ser doctos y cultos, y otros por ser analfabetos y drogadictos. Esas eran las cávalas que se hacía Alfonso mientras tanto, y él sólo se apostillaba. (Y no creo que sea así, en ese orden, porque ni todos los doctos son cultos, ni todos los drogadictos son analfabetos, también puede ser todo lo contrario. El caso es que la humanidad cada vez la veo menos humana.)
Jesús, ya parecía más calmado gracias a Marta, que en aquellos momentos dejó de ser ella, que era una chica alegre y simpática, que gozaba viendo feliz a las personas de su entorno gracias a su carácter, y su peculiar dialecto en ciertas palabras para hacer sonreír a sus amigos y conocidos. Pero aquello la dejó de piedra. Aunque tenía la entereza suficiente para transmitírsela a Jesús, y la serenidad que debía tener en aquellos momentos.
Alfonso, sin decir palabra, se fue donde se encontraba Eva, que no había reaccionado y la coge por las manos, mirándola fijamente a los ojos, unos ojos de cristal, hermosos como siempre, pero con una mirada perdida. Una mirada sin reflejos, sin luz, sin amor. Una mirada seca y vacía.
A su espalda, Marta, seguía abrazada a Jesús, y con un leve esfuerzo, hizo que Jesús girase el cuerpo hacia la puerta, intentando sacarlo de aquélla sala tenebrosa ya para ellos, y procurar que se sintiese mejor.
Por fin Jesús, sin pronunciar palabra, dio el primer paso. Aunque con mucha fuerza, y arrastrando los pies, se sentía bien al tener a su lado a Marta. Y poniéndole el brazo sobre los hombros, continuó andando despacio hacia la puerta. Alfonso hizo lo mismo con Eva, que iba andando a la fuerza, casi arrastrando los pies, y con los brazos alicaídos.
Los tres doctores y la enfermera, se quedan en la habitación. En aquella sala de relajación mental, que fatídicamente ha sido todo lo contrario; en lugar de darle luz a una mente, se la han apagado para siempre.
(El doctor Francisco Javier Ugarte, se dirige entonces a su amigo Morales).
No sabes cómo lamento haberte metido el este lío, amigo mío. Dios me perdone por mis actos, quise hacer una obra de caridad y he cometido un crimen.
Tranquilo Javier, que todo se arreglará, ya sé que ha sido un grave error, pero ya no tiene vuelta atrás.
¡Ojalá la tendría, amigo Pedro! ¡Ojalá pudiera devolverle a este hombre lo que le hemos quitado, el tesoro más preciado! ¡Su vida!.
No somos dioses, Javier, no podemos ni dar, ni quitar vidas de ninguna clase.
Tu puedes decir que la creas, Pedro, pero yo, sólo trato de curarlas, y asta como ves, he sido capaz de quitar una vida.
También a mí se me van personas. Aunque sean bebés, son seres humanos. ¿Recuerdas los sectillizos de Leocadia Zuasti?
Tú no podías hacer otra cosa...
Sí, ya lo sé... ¿ pero crees que no me ha dolido el perderlos? Cuántas veces, he lamentado no tener más conocimientos, haber sabido cómo podría haber evitado que muriesen los bebés, y la locura por la que pasó la madre... aunque afortunadamente ya está mejor.
¡Lo siento, amigo mío!.
Todo se arreglará, Javier, tarde o temprano todo se arreglará. No te preocupes.
Dando un giro brusco hacia Unay Salvatierra, y señalándole con el dedo, le dice: ¡Tú! Tú tienes toda la culpa. ¿Cómo has podido equivocarte así? ¡Maldito seas!. ¡Perdóname, Dios mío! Ya no se ni lo que digo....
¡Cómo puedes coger una camilla de los pasillos de urgencias y traérsela! ¿Me lo quiere explicar Sr. Unay?.
No tengo explicación alguna, hice lo que creía en aquel momento. Creí oír el número de su habitación, y al ver en la cama las iniciales A.I. no reparé en pensar que pudiera ser otra persona. Y la fatalidad del caso, es que usted no llegase a verlo jamás en los días que duró el intento de eutanasia, hasta que se ha producido.
Más que decirle que lo siento no puedo hacer, doctor Ugarte.
La culpa es toda mía (Decía con resignación), nunca debí embarcarme en esta obra. Un científico como yo, no debió jamás verse influenciado por el dolor humano a esas escalas, pero vuelvo a decir; de haber sido Alberto, lo daría por bien empleado, y que Dios me perdone. Lo lamentable es el error cometido. Quizá el error haya sido nuestro, pero ése sería su sino. Dios lo habrá querido así.
Los cuatro amigos salían del hospital, a la vez que dos coches de policía hacían su aparición en la misma puerta, tomando la dirección de la oficina de Ely.
Los cuatro quedaron parados. Tuvo la policía que rodearlos para entrar. Así estuvieron unos segundos; Jesús mirando al cielo, Marta miraba con ternura a su amado, y Alfonso observaba a Eva que cabizbaja, seguía tan mustia y seria como en la sala.
Se ponen a caminar hacia sus casas y tras algún vericueto, llegan a la avenida de Los Rosales. El paisaje era espléndido, y el día conciliador.
Era uno de esos días en los que los enamorados se sentían más atraídos; un día cálido y soleado.
Parecían cuatro espíritus errantes por el paraíso, por un edén de hermosura, amor y felicidad.
Jesús, ya más tranquilo, quiso consolar a Eva y tras quitarle a Marta el brazo de los hombros, se dirige a su cuñada cogiéndole de las manos:
¿Te encuentras bien Eva?.
Sí, sí estoy bien. Gracias Jesús.
¿Has pensado que vas a hacer ahora?
Sí.
¿Quieres hablar de ello?
La verdad es que no sé cómo decirlo.
Alfonso la miraba inquieto, ¿qué iría a decir?
Amigos... estoy tan cansada y abatida, que he decidido...
Alfonso no pudo esperar más y le insistió ¿Qué has decidido?
Ingresar en una orden religiosa.
¿Qué?
Ese "que" sonó por triplicado. Los tres quedaron asombrados de su decisión.
Pero... ¿Qué estás diciendo, Eva? ¿Te encuentras bien?
Sí, Alfonso. Me encuentro perfectamente.
¿Cómo se te ocurre decir una cosa así?
Perdóname, Jesús, yo siempre tuve esa vocación, y creo que es momento de que se cumpla.
Pero... Eva, ¿y nosotros? ¿Es que no significo nada para ti?
De sobra sabes que sí, Alfonso. Pero creo que es mejor que ingrese en la orden. Creo que no volveré a amar. No sería capaz... no a este precio.
Tenía que haber sido de otro modo, teníamos que haberlo hablado Alfredo y yo, tenía que haber sido una separación normal.
Está visto, que mi sino está en mi contra. Yo te amo, Eva. Déjame que te ayude a superar esto.
No, Alfonso, no. Tenemos a María, que es lo más hermoso que nos ha podido pasar, pero yo no volveré a amar a ningún hombre. No podría hacerlo feliz. Cada minuto de mi vida tendría en mi mente el asesinato de Alfredo.
Sí, ya sabemos todos como era, pero tenía que haber vivido su vida.
El daño que me hizo sólo con separarme de ti no se lo perdonaré nunca, pero a ti tampoco te haría feliz ahora, después de haber vivido casi veinte años separados.
Marta estaba acongojada. Eran demasiadas emociones, y muy fuertes para un solo día. Se abrazaba a Jesús y callaba.
No me abandones otra vez, Eva, por favor... te lo suplico.
Siento tener que hacerte daño, Alfonso. No puedes imaginar como me duele a mí también tomar esta decisión. Pero ya estoy decidida, y lo haré.
¿Has pensado ya, dónde vas a ir?
No, aún no lo he decidido, lo pensaré.
Al menos hazme saber dónde te encuentras, para visitarte de vez en cuando.
Guardó un largo silencio. Mientras Alfonso se dirige a Jesús y Marta.
Por favor, decidle que no lo haga.
Jesús humilló la frente y no dijo nada. Fue Marta la que le contestó.
Alfonso, creo que deberías respetar su decisión, todos sentimos su marcha. Nos quedamos todos sin una gran amiga, pero si es por su bien y su gusto, creo que deberíamos desearle toda la suerte del mundo, y que nunca nos olvide.
Ni los rosales, ni las multicolores flores, ni el perfume de la brisa, ni tan siquiera los enamorados llamaban la atención del cabizbajo Alfonso. Con las manos en los bolsillos se alejó de ellos muy despacio. Y sin pronunciar palabra, tomó el camino de su casa.
El mundo había enmudecido. Se sentía... se sentía... no; no se sentía nada. Se encontraba como lo que vio en la mirada de Eva en la sala de relajación; apagado, sin espíritu. Se sentía vacío, sin alma.
La he vuelto a perder por segunda vez. (Se decía mentalmente)
Jesús les llevó a las dos a su casa primero, y luego se sumió en los recuerdos. En los mejores recuerdos que conservaba de su hermano Alfredo. Prefería recordar la época cuando eran niños y jugaban sin malicia, se reían, y se divertían juntos. Quería olvidar en lo que su propio hermano se convirtió, en un ser despreciable, y odioso para todos.
Capitulo VIL
Aquella noche, para Jesús fue una de las peores noches de su vida, no pudo olvidar el día anterior. Lo ocurrido con su hermano en aquel terrible error.
Luego, la decisión de Eva. ¡No era justo! Alfonso había amado siempre a Eva, había sido engañado por Alfredo no sólo ella, si no él y su propia hija.
Incluso todos los que creíamos en él.
¿Cómo podía haberse emponzoñado de esa forma? ¿Qué pensaría ahora Alfonso? ¿Se podría recuperar de su segundo fracaso con Eva?
Yo soy el más afortunado (Se decía), tengo la suerte de tener una mujer que verdaderamente me quiere.
Estoy convencido de poder hacerla feliz, y yo, ser dichoso a su lado.
¡La adoro! Es una mujer admirable, y me ama. Creo que debería decírselo yo también.
Además; creo que necesito hacerlo... La llamaré.
Pensándolo mejor, lo haré mañana. Es tarde, y estará rendida.
Hizo bien. En efecto, después del día tan intenso de emociones fuertes, las dos amigas decidieron irse a la cama pronto, y descansar. (El día siguiente también sería un día largo)
Por fin terminó aquella noche de pesadillas. La noche más larga y angustiosa que jamás había sufrido Jesús.
Después de asearse y desayunar, llamó a Marta. (No quiso hacerlo antes para no molestarla, pues se acostó con ese pensamiento, y con él se había levantado)
Rrrrr ...Rrrrr...
¿Aló? ¿Marta, eres, tu?
¡Ah! Hola Jesús, buenos días ¿Qué tal estás, como te encuentras?
Estoy bien, Marta. Gracias a ti.
¿Gracias a mí?
Sí, me sirvió de mucha ayuda el apoyo que me distes.
No hice nada especial... hubo un momento en el que estuve a punto de perder la serenidad, y gracias a tu fortaleza pude soportar el trance en el que me hallaba.
Marta quedó unos segundos en silencio. Quería que Jesús se desahogase.
Comprendió que quizás la llamó por eso. Jesús lo hizo, pero por otro motivo. Pensaba la forma de decirle cuánto la quería.
No tardó en reaccionar. Estaba ansioso por el fuego que recorría sus venas. No podía esperar más.
Marta, ¿estás ahí?
Sí... dime Jesús.
Quería decirte...
¿Querías, decirme?
Sí, quería decirte que te amo, que deseo que nos veamos para decírtelo en persona. Que no puedo vivir sin ti. Que eres la luz de mis noches. Que eres el sol de mis días. El lucero de la mañana en mi vida, y la estrella del Norte en mi camino... ¿Marta? ¡Te necesito! Dime algo, por favor...
Al otro lado del hilo pudo comprobar que Marta lloraba.
¿Te ocurre algo, Marta?
¿He dicho algún inconveniente?
No, Jesús no. Todo lo contrario.
¡Te quiero!
¡Gracias, Dios mío! Gracias por la inmensa felicidad que me proporcionas.
¿Nos vemos luego, Marta?
Sí, por supuesto que nos veremos.
Y a propósito, Marta. ¿Qué tal está Eva?
Pues no te puedo decir cómo ha pasado la noche. Aún no se ha levantado, cosa rara en ella, que suele ser madrugadora como ella sola.
¿Aún no se ha levantado?
¿No te parece muy raro eso, Marta?
¿Por qué no haces el favor de mirar para saber si se encuentra bien? Quiero hacer una visita a Alfonso para ver cómo sigue, y me gustaría poderle dar noticias vuestras.
Quiero que sea él, el primero en saber lo feliz que soy de que estés a mi lado, y de poder adorarte, mi vida.
Creo que se alegrará mucho por nosotros. Es un gran amigo para mí.
Sí, yo también creo que no se merece lo que le está ocurriendo. Pero como le dije, pienso que es mejor dejar que tome sus propias decisiones, aunque nos duela a todos, ¿no crees?
Estoy de acuerdo contigo, cariño. Así debe ser.
Espera un segundo. Iré a su habitación para ver cómo sigue.
Bien, te espero, no te preocupes.
Sólo fueron barios segundo los que dejó de hablar con su amada, pero la eternidad era más corta.
Jesús ardía en deseos de estrecharla entre sus brazos.
Sólo con saber que se hallaba al otro lado del hilo, su corazón palpitaba más acelerado. Su sangre debía fluir a más velocidad.
¿Jesús?
Dime corazón.
Lamento decirte... no está, no está en su habituación, he encontrado la cama hecha, temo que se fuese anoche mismo, sin despedirse de nosotros para no herirnos.
¿Cómo dices? ¿Qué se ha ido?
Sí, eso he dicho. Que se ha marchado.
¿Y no ha dejado ni tan siquiera un mensaje diciendo dónde ha ido?
No, no he encontrado ninguna nota. Creo que su decisión fue firme y la ha cumplido, Jesús...
No te preocupes Marta. Todo tendrá una explicación. Estoy convencido de ello. Ahora estaré con Alfonso y se lo haré saber. Cuídate mucho mi amor. ¡Te quiero!
Y yo también, Jesús. Ven a buscarme luego, por favor.
Lo haré mmmmua.
Marta quedó sonriendo con el teléfono al oído sin querer despegarse de lo que le unía por el otro extremo.
¡El amor! ¡Qué palabra más bonita! ¡Me gusta!
Jesús no tardó en terminar de vestirse, y sin perder tiempo se dirigió a la casa de su amigo.
Quedaba cerca de la suya y no tardaría en llegar.
Tras llamar varias veces, y ver que no se encontraba en casa, decidió ir al estudio. Quizá estuviera allí, y se tenía que asegurar que su amigo se hallaba bien de salud, después del segundo golpe de Eva.
El día era, uno de esos días de primavera; de llovizna y brisa fresca. Pero aún así, la temperatura era agradable (Dada la fecha).
Llegó a su estudio. Allí se encontraba Alfonso, en efecto, se vio sorprendido por la visita de Jesús.
¡Jesús! ¿Cómo estás amigo mío?
Eso mismo quería preguntarte yo.
Por mí no debes preocuparte, amigo.
No lo haría. Por supuesto que no lo haría si en realidad no fueras amigo mío, pero como da la casualidad de que lo eres, pues mi deber es este ¿Comprendes?
Si, claro, Jesús, y te lo agradezco de todo corazón.
Estoy bien, en serio, me duele tanto el haber perdido a Eva otra vez, que mis pensamientos se acumulan en mi cabeza, y no me dejan pensar.
Pero lo superaré, estoy convencido de que lo haré.
He vivido veinte años sin ella. Podré hacerlo otros tantos. Pero te agradezco tu interés por mí, Jesús.
¿Es que estás trabajando en algo, Alfonso?
Pues sí, pretendo redactar esta crónica.
¿De qué se trata?
El drama vivido en un instituto con las dichosas bandas, y los bandidos, que cada vez parece que son también más jóvenes.
Un grupo de niños que formaban algún tipo de banda, matan a varios de sus compañeros de clase. ¿Qué te parece Jesús? ¡El mundo cada vez está más loco! ¿No crees tú eso?
¡Qué barbaridad! En verdad es cómo dices: cada vez nos deshumanizamos más.
¡Qué locura, válgame Dios! Sí, amigo mío, sí; una auténtica locura. Cada vez me arrepiento más de haber escogido esta profesión, en donde tengo que pasar cada día por una sin razón diferente, cada una de ellas más aberrante que la anterior. Pero... dime Jesús. No creo que hallas venido sólo para ver cómo estoy, y hablar de mi trabajo... me podías haber llamado por teléfono.
No. Tienes razón, Alfonso. No estoy aquí sólo por eso.
O sea, que hay algo más.
Sí, así es... hay algo más, y créeme amigo mío, que siento volver a darte otro disgusto.
¡Bobadas! ¿Disgusto? ¿Pues qué sucede? ¿Ha ocurrido algo?
No, no. Tranquilízate, Alfonso. No ha ocurrido nada irreparable, pero sí que debo decirte que Eva ha desaparecido.
¿Cómo dices?
Sí... que se ha ido, y no sabemos porqué tomó la decisión de irse. Ayer, como sabes, comentó, de formar parte de alguna orden religiosa. Pues esta mañana, cuando Marta a mirado en su habitación, no se encontraba en ella. Se ha ido sin despedirse de ninguno de nosotros.
¡Dios mío! Lo que me faltaba.
La cama estaba hecha, así que puede que se fuera noche.
¿Y cómo se lo explico yo ahora a María? ¿Cómo le explico donde puede encontrar a su madre? Y... ¿Qué pensará cuando se entere de que ha resuelto hacerse monja, y tomar los hábitos en algún convento.? Y a propósito, Jesús, creo que debería llamarla. Necesito saber cómo se encuentra. Aunque no le diré nada de su madre de momento, tengo que hablar con ella y asegurarme que está bien. Es el único consuelo que me queda aparte de mis amigos.
Sí, yo también lo haría Alfonso... bueno, creo que debo dejarte. Te volveré a ver. O te llamaré un día de éstos... ¿O.K?
Como quieras, Jesús. Te agradezco tu apoyo también. ¿Estas mejor ya?
Sí, sí, gracias Alfonso.
Queda con Dios.
Que Él te acompañe. Cuídate.
Capítulo VL
Al quedarse solo Alfonso, se dirigió al teléfono y llamó a Nueva York.
Rinng...rinnng...
¿Aló? ¡María!
¡Papá! Qué alegría oír tu voz. ¿Qué tal estás? ¿Me echas de menos?
Pero... ¿Cómo puedes dudar de eso, chiquilla? ¿Que si te echo de menos? No te puedes imaginar las ganas que tengo de que realices tus estudios y te vengas a vivir conmigo. ¿Lo harás, no es cierto?
¡Claro que lo haré, papi...!
¿Te encuentras bien, María?
Sí, si papito, te lo aseguro.
¿No necesitas nada?
A María se le notó que titubear, pero por fin le dijo:
Si me quieres mandar algún regalo...
Está bien, está bien zalamera, ya te haré llegar un giro para que te lo compres tú misma, ¿de acuerdo?
Eres un sol, papaito. ¡Te quiero!
Ah, otra cosa, quería decirte, hija, que si tienes alguna novedad en tu vida me la cuentes, por favor.
¿Novedad? ¿A que te refieres papá?
A María se le notaba entonces nerviosa, titubeante, como si le hubiese caído de sorpresa esa pregunta de su padre.
Como si escondiese algún secreto, y temiese que su padre lo hubiera descubierto.
No te preocupes cariño. Sabes que me preocupo por todo. Lo digo, por si te ocurre algo nuevo en tu vida... Sólo eso. ¿De acuerdo?
Bien, papi, lo haré, no te preocupes por mí. Me encuentro bien.
A María se le puso el ánimo más tranquilo al saber las intenciones de su padre.
Bueno hija, recuerda que tu padre te quiere, cuídate mucho.
Lo haré papá, un beso muy fuerte.
El teléfono de María había colgado, y Alfonso se quedó angustiado al no decirle a su hija lo de su madre. Pero al menos estaba convencido del cariño de su hija María. Estaba lejos en la distancia, pero lo tenía en su corazón eso le llenaba de orgullo y satisfacción.
El artista y el hombre se quedaron solos con sus recuerdos. El artículo de los niños, asesinos de sus compañeros de clase, seguía sobre la mesa y sin embargo; él no tenía ánimos para terminar. Sus pensamientos eran más funestos y su bic, se dirigía con vida propia hacia una hoja de papel en blanco en donde después de haberlo hecho casi sin darse cuenta (en alguna ocasión ya le había ocurrido), leyó lo siguiente:
Si tú, me amarías
Tengo mi Sol dormido en poniente,
tengo sin estrellas mi cielo,
tengo un amanecer de sombras
sin albas, y sin luceros.
Tengo un corazón que te ama,
que te quiere y que te nombra,
y un alma ennegrecida
con la luz de cien mil sombras.
¡Hay que distinto sería
si yo te supiera querer
y tú me amarías!
¡Hay que bonito sería
si tú me amarías
y yo te pudiera querer!
Tengo mis ojos cansados,
secos de tanto llorar;
y en mis días apagados
rebusco por rebuscar,
escudriño mi pasado...
¡Y no lo encuentro!
No encuentro lo que hice mal.
Mi mar no tiene horizonte,
es un mar sin navegar...
¡Sólo! Me lleva al infinito
mi soledad.
¡Hay que distinto sería
si yo te supiera querer
y tú me amarías!
¡Hay que bonito sería
si tú me amarías
y yo te pudiera querer!
¡Dios! No debo pensar en ella. Tienen razón mis amigos.
Debo olvidarla por mi propia salud. Debo cuidar de María, mi querida hija.
Dejó el bic sobre el folio manuscrito y cogió el ordenador. Debía terminar aquel relato escalofriante.
Las teclas sonaban repetitivas, con sus minuciosos y callados clic...
No le gustaba el enfoque que le había dado y comenzó de nuevo:
Titular: Los niños asesinos
"A consecuencia, según fuentes policiales, de su tendencia ultra derechista, tres niños de entre doce y quince años, y sin motivo aparente, irrumpieron en el aula donde se desarrollaba una clase, en donde varios profesores repasaban una tesis socio-política.
Armados con varias armas automáticas, y sin mediar palabra, abrieron fuego a diestro y siniestro con la consecuencia de veintidós alumnos muertos y dos profesores, quedando un rastro de más de treinta y dos heridos.
Algunos, afortunadamente malheridos, porque según las mismas fuentes pudo incluso haber sido peor, pues los adolescentes portaban además algún artefacto explosivo, como granadas de mano fabricadas por ellos mismos, que no llegaron a hacer explosión.
Tras darse cuenta del caos cometido, los tres niños optaron por suicidarse a tiros. Con un balance de veinticinco víctimas mortales, y treinta y dos heridos, se ha saldado la tragedia.
Volvemos a la tan traída y llevada idea de la posesión de armas incontroladas. Polémica que abrimos en esta redacción.
¿Quién les devuelve la vida a esas víctimas? ¿Quién les quita el trauma a esos niños? ¿Cómo se puede consolar, y reponer los seres queridos a esas familias? "
Ya con el trabajo enhebrado, llamó a la redacción:
rinnng....rinnng...
¿Dígame?
Qué tal Diego, oye te mando por fax el artículo de “los niños asesinos". Te lo he resumido, así que móntalo como quieras.
O sea, como siempre.
Si, así es, como siempre.
¿Te encuentras bien, Alfonso? Te noto algo raro...
Cosas sin importancia, amigo Diego. Perdóname si no he sido todo lo correcto que debía haber sido.
¡No, si no estoy molesto! Ya sabes que no me enfado por cualquier cosa, y menos viniendo de ti. Sé con seguridad que eres incapaz de ofender.
No me tires flores, que me ruborizo. Ya te contaré Diego. Gracias por tu ayuda. Venga cuídate y haz algo con el estreñimiento, Ja, Ja, Ja.
¿Sabías que te podías haber dedicado al circo?
Si, ya me lo ofrecieron, pero no acepté. Sentía claustrofobia en la jaula con los demás chimpancés, je,je.
Venga cuídate. Un abrazo Alfonso.
Cuidado con las zarpas, amigo, ja, ja, ja.
Adiós...
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Marta y Jesús, decidieron hacer algunas compras por la ciudad, a la vez que disfrutaban de su compañía. La tarde era espléndida e invitaba a salir, a disfrutar del aire, y de aquel cálido sol que les templaba el rostro.
Ella le cogía a él por la cintura, a la vez que el brazo de Jesús rodeaba su cuello.
Hacían una pareja encantadora.
Seguro que se amaban de verdad. Hablaban y reían continuamente. Marta consiguió hacer que Jesús mirase hacia delante, y quería a toda costa que olvidase la pesadilla del pasado.
Su mayor preocupación era hacerlo realidad.
De vez en cuando se les podía ver parados, fundiendo sus labios con la brasa del amor.
Sus sentimientos no los tenían ocultos. Disfrutaban diciéndole al mundo entero que se amaban, y eran felices.
¡Cuántas veces pensó Jesús en los enamorados de la avenida de Los Rosales...! ¡Cuántas veces se había sentido sólo viendo a aquellas parejas cogidas de la mano! Y, ¡cuántas veces se preguntó... ¿Me enamoraré algún día? ¿Habrá alguna mujer esperándome en alguna parte?
Cuando en realidad, no había cien metros a la casa de Marta.
La llovizna de la mañana, le daba al paseo un cáliz de cristal como en los libros de los cuentos. Gotas de perlas relucían en las hojas de los árboles como pequeñas estrellas en pleno día, y donde un cielo limpio y azul, sólo se vestía con aquel hermoso arco iris que se divisaba a lo lejos como enmarcando el paisaje, y coronando el cielo.
Fue Marta, la que en esos momentos divagaba con la cabeza sobre el hombro de Jesús, y por fin le salió sin querer:
Me parece un sueño...
A lo que Jesús que meditada posiblemente lo mismo, le contestó:
Si es un sueño, no quiero despertarme jamás.
No, no lo es, querido, esto que nos ocurre es real y durará si Dios quiere, hasta que la muerte nos separe.
Los sueños sólo duran un momento en una noche. Esto durará siempre.
Soy la mujer más feliz del mundo, y te amo.
Los dos, fijos en el suelo se miran tiernamente, y se fundieron en un abrazo, las dos almas en una.
Sí, cariño... para siempre.
Capítulo IVL
¡Cielos!... Estoy pensando...
¿Sí? Dime Marta.
La verdad es que no me atrevo, tendrías que ser tu...
¿Yo, que?
Bueno... creo que dos casas abiertas...
¿A qué te refieres, amor mío?
¡Jolín! Que soy una dama...
De eso estoy convencido, lo que no comprendo, es; qué me quieres decir.
Jesús le miraba atónito. Guardaron unos instantes de silencio, y por fin Jesús comprendió lo que Marta le insinuaba, o al menos, eso creía. ¿Sería capaz de proponérselo? Si los dos nos amamos... ¿Por qué no? (Se preguntaba)
No quisiera ofenderte, Marta. ¿Quizás me estés proponiendo que vivamos en una sola? ¿Los dos juntos?
Pues... (Humillando la frente y, entre tímida y vergonzosa...)
Me haces el hombre más feliz del mundo, alma mía. ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero!
De nuevo el volcán de aquel amor se ponía en erupción.
Tardaron varios minutos en romperlo.
Aquel abrazo sellaba... sellaba con lacre la carta donde sus amores se hallaban.
¡Qué gozo! (Respondió con un suspiro que le escaló de lo más profundo del pecho, los labios ardientes, carnosos y dulces de Marta)
¿Te parece bien que vivíamos en mi casa?
¡Pues claro que si, "mi arma", "clarostá." ¿Cómo no me va a parecer bien?
Si tú lo deseas, así será.
Sólo te pondré una condición.
¿Condición? Yo no tengo absolutamente ninguna que ponerte, porque te amo como jamás creí que pudiese hacerlo
Pues yo sí, querido.
¡Pues dímela ya! Me tienes intrigado.
Que sea hoy mismo, no puedo esperar hasta mañana.
Con unas carcajadas, los dos con los pómulos sonrosados por tanta felicidad y tan de golpe a la vez, respondieron lo mismo “¡clarostá!”
Y se perdieron cogidos de la mano por la avenida, con la cabeza de Marta apoyada amorosamente sobre el hombro de Jesús.
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Ely en el hospital, había tenido mucho trámite de papeles, declaraciones con la policía, sobre la eutanasia de Alfredo.
Había tenido bastante trabajo, y ahora que se encontraba más relajada pensó en hacerle una visita a Alfonso. Debía decirle cómo se desarrollaron los acontecimientos, y tendría que darle las gracias por su ayuda, pues sin él no habría podido localizar la trama del doctor Ugarte.
(Aunque tarde, porque como sabemos Alfredo fue asesinado. Pero al menos se haría justicia con sus verdugos,según las leyes creyesen conveniente)
Sí, eso haré.
Salió a la calle decidida. Ella era una chica inquieta y vivaracha, pero la primavera le aceleraba la sangre aún más.
Al hacerlo recordó; pero si no tengo dirección. ¿Donde voy?
Giró graciosamente sobre un pie, y se dirigió a admisión.
Señorita, por favor... ¿Quiere mirarme los archivos, y ver si se encuentra en ellos, alguna dirección del señor Alfonso Quijano, por favor?
Ely, se dio cuenta enseguida de la profesionalidad de aquella chica...
Aquí la tiene... ¿Desea alguna otra cosa, señorita?
No, gracias, es usted muy amable.
Ahora sí, ahora lo encontraría. (O al menos su casa, pensó)
Tras llamar varias veces a su puerta, Alfonso seguía sin abrir.
¡Qué mala suerte! ¿Y ahora, como lo localizo...? ¡Piensa Ely, piensa!
En pocos segundos cayó en su amigo Jesús, aquel chico tan simpático que le acompañaba a veces al hospital.
¡Claro! ¡Jesús! Llamaré a mi base de datos, y puede que encontremos algo de él también, su dirección o su teléfono. ¡Qué se yo, algo! Y él, sí sabrá dónde se encuentra
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La noche anterior había sido una noche turbulenta y alocada en la zona vieja de la ciudad. En algún club nocturno de alterne se había armado la zaragata clásica de esos lugares; las prostitutas incitan y excitan, los borrachos y degenerados insultan, pelean, y en la calle, los chulos en distintos coches vigilando a sus putas, el trabajo que hacían, el tiempo que tardaban, etc..
Vigilaban sus "negocios" como ellos lo llamaban. Mientras el que más y el que menos, se metía una jeringuilla de heroína por las venas, pasándosela de unos a otros.
"Priva" no les faltaba a ninguno en sus maleteros.
Aunque fueran bien trajeados, no podían esconder la ralea que tenían.
Ellas en las aceras y esquinas, unas medio vestidas y otras casi desnudas.
Era lamentable el espectáculo y el clima que se respiraba en aquella zona de la ciudad.
Entre las prostitutas, se hallaba una de las más famosas en ese mundillo. Una tal Amaya.
Sí, en efecto, la antigua novia de Alfonso, según ella. (Alfonso jamás le hizo ningún caso a pesar de su insistencia) Aquella mujer era verdaderamente una arpía.
¿Qué, mozo? ¿No te apetece algo como esto? Te lo ofrezco con sabores, como tú prefieras. ¿Has visto algo igual? ¿Tengo lo más bonito que hay. ¡Dios mío! Que bueno que está.
Éstas, y tantas y tantas barbaridades obscenas, eran el reclamo de Amaya.
¡Te hago la francesa en la posición que quieras!
Todo transcurría en aquella calle "normal" como cada noche; una ramera que sube a una casa vieja en los portales antiguos con algún degenerado vicioso, ella que saca la jofaina hace como que se lava, él como pervertido que se excita, y después ella, (Con el mismo agua le lava a él) como sintiendo placer haciéndole creer un momento inolvidable para ella (Con el fin de que repitiese), jadea, se retuerce de "placer"...
En aquellos instantes se empezaron a oír sirenas de la policía. Unas por aquí, otras al final de la calle, de donde salían numerosos agentes que hacían una redada, una "criba" de la noche, aprovechando que fueron avisados por el percance en el club.
La tremolina fue de pánico.
Todos tenían algo que esconder, aunque fuera su identidad de hombres casados.
Unos, por tráfico de estupefacientes, otros, por chulos de putas, ellas por lo que eran, los dueños de los locales, por consentidores. En definitiva, todos.
La redada fue extensa y se hizo necesario solicitar refuerzos. Fue una noche clave para esos prostíbulos. Se necesitaron dos autobuses de la policía para enmarcar a tanta masa pervertida.
Entre ellos se encontraban varios menores de edad, que también eran obligados por las mafias de la prostitución; dos niñas y tres niños que procuraban drogarles antes de que subiría nadie con ellos, para que durante el acto no sintiesen el menor dolor, con el fin de que no se les “rajasen” los niños, y perdieran sus clientes.
¡Infamia total! Una de las brutalidades mayores del ser humano en su propia especie.
Todos fueron conducidos a comisaría, les tomarían la declaración pertinente, aunque, en realidad era pura rutina. Saldrían a continuar con la misma vida en un día o dos. (Es lamentable)
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Ely seguía intentando localizar a Alfonso. Marcó y...
Admisión general, ¿Dígame?
Señorita, por favor, soy la señorita Elisa, su directora... ¿Me podría localizar la dirección o teléfono del Sr. Jesús Idoate, si es usted tan amable?
¡Un segundo, por favor!
Ely hizo la llamada desde su propio móvil. Se encontraba en la acera. Mientras esperaba, vio venir a lo lejos una moto con dos personas, a lo que no le dio la mayor importancia.
¿Señora, directora?
Sí, dígame.
Le puedo dar el teléfono y dirección. Tenemos el archivo de Alfredo Idoate y su ingreso por su hermano, cuyos datos son los que figuran en el ordenador.
Dígame el teléfono por favor.
Sí, el ............
Muchas gracias, es usted muy amable, no cambie nunca...
Gracias señorita.
La moto, para esos instantes se encontraba casi a su altura. Ely notó que redujo la marcha, pero no sospechó nada.
Ely tomó de nuevo el teléfono, y marcaba cuando aquellos individuos subiéndose a la acera se aferraron al bolso que portaba en el brazo, dándole un fuerte tirón con el ánimo de robárselo.
No fue así. Ely tuvo la suerte y la desgracia, de que tuviera el bolso en el antebrazo, y pudo reaccionar a tiempo sujetándolo, lo que hizo que ella misma rodase por los suelos con el impacto del tirón.
El que trató de robarlo, también cayó de la moto, pero fue quizás el miedo o quizás la experiencia la que le hizo reaccionar al instante volviéndose a montar, y salir huyendo.
Ely no pudo ni tan siquiera verles las caras.
Fue todo tan rápido, y estaba tan inmersa en lo que le ocupaba, que sólo pudo reaccionar evitando el robo.
El golpe contra el suelo había sido terrible. Se sentía dolorida, magullada por todos los lados.
¡Dónde iremos a parar! (Reflexionaba Ely, entre sus ayes)
Siguió intentando llamar a Jesús.
Rinnng ...Rinnng...podía oír al otro extremo-
¡Hola! ¿Dígame?
Perdone, no sé si me he equivocado. Quería hablar con el Sr. Jesús Idoate.
"Festivamente" aquí vive. ¿Quién le llama por favor?
Dígale que soy Elisa Maldonado, si es tan amable.
No faltaría más, señorita.
Jesús, es para ti cariño.
¿Pero hay alguien más que se acuerde de mí, en el mundo?
Parece que sí corazón.
¿Sí?
Hola Jesús ¿Qué tal estás?
Muy bien, gracias ¿Eres Ely?
En "efesto", soy yo.
Los dos se carcajean unos segundos.
¿Te encuentras ya mejor, Jesús?
Pues sí, muchas gracias por tu interés, Ely. Estoy en la gloria. Tengo la gran suerte de tener a mi lado la mujer más maravillosa que puede existir, mejorando a la que escucho, y poco más.
Es Marta, ¿Verdad?
Sí, ella es, me ha ayudado muchísimo a superar estos días. Gracias a ella soy un hombre nuevo. La amo, la amo de verdad.
Me alegro de todo corazón por vosotros. No sabes la alegría que me das. ¡Enhorabuena! Os deseo que seáis la pareja más feliz del mundo.¡ Aug!
¿Te ocurre algo, Ely?
No, no, estoy bien. Sólo he hecho un mal movimiento.
Bueno, cuídate.
Oye Jesús, te quería pedir un favor.
Pide lo que quieras.
No nos conocemos mucho, pero... me gustaría que fuéramos amigos. Me has caído muy bien.
Dime, dime.
Pues verás, vengo de la casa de Alfonso y no he podido encontrarlo. ¿No sabrás tú, por casualidad, dónde puedo localizarlo, por favor?
Alfonso, no tiene más que dos sitios donde pueda estar: uno su casa, y si dices que no está, seguro que lo encuentras en su estudio, con sus papeles, lápices, pinceles y lienzos.
Allí, con sus óleos, lo encontrarás.
¿Serías tan amable de indicarme el sitio?
No tiene pérdida, si bajas la avenida Soldevilla, en la última bocacalle haciendo esquina a la derecha.
Comprendo. Conozco el sitio. Muchas gracias, Jesús. Cuídate y besos para Marta.
Nosotros también te los mandamos, Ely. Y gracias por tu llamada.
No hay por qué, amigos.
Capítulo IIIL
En las dependencias policiales, se pasaba exhaustivamente la criba de responsabilidades de aquellas escorias humanas de toxicómanos, rameras, traficantes de estupefacientes, y demás cooperantes de los vampiros de la noche.
Se les tomaba declaración uno por uno, y según el grado de responsabilidades, el propio juez iba ordenando sus traslados a las prisiones, y puestas en libertad según fueran los casos.
A los menores se les ingresó directamente en un centro de acogida especializada en psiquiatría, y cuidados especiales, para evitar los traumas que pudieran ocasionarles en su vida las secuelas de su niñez, tan quebradiza y delicada.
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En tal orden "desordenado", y en las mismas dependencias se encontraban tres hombres, el doctor Ugarte, su ayudante Salvatierra, y su amigo también involucrado en el caso de Alfredo Idoate, don Pedro Morales, que habían sido interrogados por el juez de guardia que decretó su ingreso en prisión hasta la celebración del juicio.
En el patio del recinto policial, los coches de los agentes esperaban el momento en el que debían escoltar el autobús, que llevaría todas aquellas "personas" a sus próximos destinos.
Poco a poco, el autobús se llenaba de malhechores donde entre ellos, fueron sentándose con las muñecas esposadas los responsables de la muerte de Alfredo, y entre los demás, y no lejos de ellos se había sentado Amaya.
Por fin la comitiva se puso en marcha tras el autobús, y emprendieron el viaje, en el furgón (autobús), cada uno se lo tomaba de una manera, unos se reían, otros discutían, había insultos e intentos de peleas (Todo un grupo social respetable y educado), el doctor Ugarte conversaba con sus compañeros de hospital.
¡Dios mío! ¿Cómo habré podido caer tan bajo? No me lo perdonaré nunca.
Amigo Javier, es preferible que no le des más vueltas, puede perjudicarte psíquicamente y hacerte mucho daño.
Ten fe en Dios, que todo se arreglará tarde o temprano.
Si, amigo Morales, ya sé, todo terminará algún día, pero no debería haber ocurrido algo así.
Ha sido una fatalidad del destino.
No estoy seguro que haya sido el destino, la obligación de aquí, el señor Unay, era la de asegurarse el haber cumplido mis órdenes.
En nuestra profesión como usted sabe doctor, no puede cometerse ni el más mínimo error.
Y esto no es un error, esto es una monstruosidad.
Doctor Ugarte, ya le he dicho que siento lo ocurrido con Alfredo.
Señor Salvatierra, ya sé que lo siente, pero... ¿Basta eso para que todo vuelva a ser como era, y devolverle la vida a ese hombre? ¿Un hombre con una simple crisis de ansiedad? ¿Un hombre que se estuvo defendiendo de cuantos intentos de asesinato hicimos? ¿Un hombre que claramente se resistía a morir?
No, no vale con eso doctor Ugarte, lo sé que no vale de nada lamentarse ahora después que ha muerto por obligación; mejor dicho, muerto a la fuerza. Ya no vale, lo sé
¡Maldita sea! ¿Queréis dejaros de lamentaciones absurdas?
¿Seréis capaces de asumir nuestras responsabilidades?
En efecto querido Morales, no hay otro culpable más que nosotros.
Dio un suspiro el doctor Unay, se le veía pensativo y, fue en ese preciso momento cuando lo dijo.
Nosotros... alguna culpa tiene nuestra querida arpía, y ese metomentodo del señor Quijano... ese periodista entrometido, y nuestra directora metida en el personal auxiliar para tenernos a todos vigilados.
Sí, quizás tengas razón, Salvatierra. Gracias a que el experimento de la ecolocación en el invidente, nos salió perfecto. De no haber sido así, al haberlo realizado sin su consentimiento nos podía haber metido en un buen escándalo.
Y aún le doy gracias a Dios, que tomase la dirección del hospital en esas fechas, y no está; ni podrá enterarse nunca de los otros trabajos fallidos que hemos tenido, y hemos dado por muertes naturales o infartos. ¿No te parece a ti amigo Morales?
Yo más bien creo, que el tal periodista ha sido más decisivo en nuestro encarcelamiento.
Amaya no perdía detalle de la conversación de los tres doctores, y de la que estaba sacando conclusiones rumiando su vida pasada. Lo que ella creía que fuera, y en lo que se había convertido. (En realidad su vida no había cambiado mucho. Ella fue siempre una persona del oficio)
Si no hubiese sido por esos dos, de mi error no se habría enterado nadie, Unay. Los errores que hemos cometido con otras personas han sido desahuciados clínicamente, y la medicina debe evolucionar, somos investigadores del ser humano, y nuestro deber es mejorar la calidad de vida de los seres vivos, y en especial del ser humano, pero Alfredo Idoate era un hombre sano, le vuelvo a repetir.
Ya sé doctor Ugarte, pero aún así no nos estaríamos viendo en esta situación, y tendríamos la oportunidad de seguir con nuestras investigaciones.
Ahora nuestras carreras han acabado por este estúpido error mío.
Tiene razón Salvatierra, amigo Ugarte. El hospital nos necesita, la medicina necesita de científicos como nosotros, y si; todos sabemos que ha sido un malentendido, pero... ¿Cómo lo verán las autoridades? Eso es lo que a mí me preocupa. ¿Lo verán como lo que ha sido, o lo verán como un asesinato?
En ese caso nuestras carreras habrán acabado para siempre, y la ciencia habrá perdido según mi punto de vista, tres buenos investigadores... en realidad dos, por un hecho que ya no tiene vuelta atrás, cuando en realidad nuestra valía como científicos es indispensable para curar muchas vidas aún, y sacar nuevas vacunas y fármacos para el dolor de mucha gente.
Cuánta razón tienes amigo Morales, pero ya ves como la carrera de un hombre se viene al suelo como un castillo de naipes, con la más leve brisa. Es el sino. La fatalidad de una persona.
Yo sigo pensando que deberíamos pensar en vengarnos de algún modo de la directora del centro.
Usted, doctor Salvatierra...
La malvada Amaya ya había urdido su plan, y quiso intentar sacar provecho de aquella oportunidad que tenía a mano. Lo tenía todo a pedir de boca, sólo faltaba que aquellos caballeros con apariencia de ricos, además lo fueran, y aceptasen su plan.
Tiene razón este señor, yo sí pudiera vengarme de él lo haría.
Y usted si se puede saber.... ¿Quién es?
Me llamo Amaya, y estoy aquí para poco tiempo.
¿Por qué está usted aquí exactamente?
Pues mire Salvatierra... ¿Es así como se llama?
Sí, así es.
Estoy aquí por hacerle el bien a los hombres necesitados de afecto y amor.
Ya ve usted por qué poca cosa. Además de trabajar en las calles y sufrir las inclemencias del tiempo, también tengo que pasar por esto de vez en cuando, pero... a lo máximo son diez días, y saldré fuera para ayudarles con esos malvados que han conseguido encerrarlos, y por lo que veo para tiempo. Yo puedo hacer lo que me pidan; por algo de dinero... claro.
Soy una persona pobre, y tengo que comer todos los días.
Aquí tenemos una solución Sr. Ugarte.
Salvatierra, sepa usted que no podría permitir algo así.
Sólo complicarle la vida un poco, y hacerle sufrir las consecuencias de lo que nos han hecho...
El doctor Morales sólo escuchaba cabizbajo. (Todo se vuelve a liar de nuevo, pensaba).
A propósito de ese tal periodista al que se referían... sí, ese tal Quijano... ¿No se llama Alfonso, Alfonso Quijano?
Sí, en efecto, el mismo. ¿Es que lo conoce?
¿Que si lo conozco? Mire usted Salvatierra, ese canalla es el culpable de mi ruinosa vida. Yo era una chica normal que le gustaba divertirse, eso sí; pero esto que ven es la consecuencia de ese mal hombre.
Me ha convertido en una ramera repudiada por todos, y ya ve en las situaciones en las que me veo involucrada. ¡Qué vergüenza!
Doctor Ugarte, creo que ésta es la persona que necesitamos para complicarle la vida a esos dos.
Es una chica que odia a Alfonso Quijano, y Quijano... parece que lleva buena relación con Elisa, nuestra directora.
Podría servirnos de mucho fuera.
Es mejor que olvide usted todo eso. No quiero más problemas, ya tengo bastantes con los que tengo.
(Amaya continuaba con la cabeza entre las manos como si en realidad sufriera algún daño ocasionado por Alfonso, haciéndose la Mártir).
Capitulo IIL
Ely, como sabemos, tras el intento de robo por los dos motoristas, donde se magulló todo el cuerpo por el impacto contra el suelo, llamó a Jesús para localizar a Alfonso. Este le dijo dónde podía encontrarlo.
Era una chica vivaracha y decidida. Por ese motivo no daba por terminada su búsqueda hasta no conseguir su propósito.
La primavera se respira en el ambiente; el aire trae los aromas de las sierras cercanas, cuajadas de encinas y brezos, de adelfas, de romeros, de tomillos y lavandas.
El sol luce tibio y acariciante, de ahí que en los pinares, encinares y álamos con toda su flora terrestre bajo ellos, desprendieran en agradecimiento sus mejores olores al viento encargado de acariciar, y envolver al resto de los seres vivos y en especial al hombre, que poco a poco, destruía por diversos medios parte del patrimonio de la humanidad - La tierra-
Estos eran los pensamientos de Ely mientras caminaba en dirección al estudio de Alfonso. Con la vista en el horizonte, divisaba las montañas majestuosas y altivas
Por fin localizó el estudio de Alfonso, y aunque a través de los cristales no pudo ver si se encontraba en su interior, optó por llamar al portero automático que tenía instalado en su puerta.
No tardó Alfonso en responder desde el interior:
¿Sí?
¡Alfonso! ¿Me abres por favor? Soy Ely...
¡Ely!
Casi al instante, la puerta produjo el sonido eléctrico que permitía su paso.
¡Qué sorpresa! ¿Cómo tú por aquí? No esperaba a nadie.
Quería hacerte una visita de agradecimiento.
¿Agradecimiento? No comprendo...
Sí, la verdad es que te estoy muy agradecida por tu ayuda, en el caso del doctor Ugarte.
No fue nada, Ely. Tan sólo un cúmulo de casualidades, y conjeturas que pudimos sacar entre los dos. Comprendo. Pero aún así, tu ayuda me fue indispensable. Sin ella jamás habría encontrado yo sola a Alfredo, y las manipulaciones de mis doctores.
Lo hice con mucho gusto. Fue todo una casualidad que yo tratase de realizar aquella tesis sobre estupefacientes y drogadictos, siguiendo los movimientos de lo ocurrido a ese pobre desgraciado, que por fin según parece su sino será espiar sus culpas desde la cama de algún triste hospital.
Esperemos que no sea así, Alfonso. Eso sería terrible para él.
Es mejor que pensemos, que incluso la conciencia la tenga alterada, y sólo viva simplemente, pero sin darse cuenta de su entorno, ni de las consecuencias de sus actos pasados.
Sí... esperemos que así sea.
Por cierto; vengo de hablar con Jesús, que me ha dado tu dirección del estudio. Lo he encontrado mejor de lo ocurrido a su hermano.
Así lo espero Ely, él es una buena persona, y no merece que sufra por Alfredo. Su hermano fue un canalla, y nos tenía engañados a todos...
A Alfonso se le notaba la amargura en los ojos. Ely no se atrevió a preguntarle más sobre ese tema, y dirigió (Como buena psicóloga que era), la conversación a otro tema.
¡Qué bonitos óleos! No sabía que fueras tan buen pintor.
Alfonso se dio cuenta de la treta de Ely, de cómo desviaba la conversación para no herirle con los recuerdos que le traía todo aquello. ¿Tanto se me nota? (Se preguntó)
Pero en efecto, él mismo no quería hablar sobre su trance emocional, y le siguió la corriente a Ely.
¿De veras te gustan, Ely?
Sí, me encanta, son preciosos. Eres un verdadero artista. Y te lo digo yo, que entiendo algo de arte.
Pues a mí me parecen todos malos. Después de hacerlos no me gustan, porque creo que podían salir mejor.
Eso creen todos los artistas; "siempre puede hacerse mejor", pero la verdad es que están hechos con mucho gusto; el colorido en los paisajes es realmente auténtico, la fruta de los bodegones con sus cazas, parece que digan: "Comedme". ¡Me gustan! Y ese retrato doble, es sencillamente exquisito. ¿Es tuyo también?
Sí, lo es...
Te ha salido un autorretrato envidiable. Pero... ¿Por qué ella está de espaldas?
Porque "ella" no tiene rostro.
¿Cómo que no tiene rostro?
No hay ningún amor en mi vida.
Lo siento, Alfonso. Vuelvo ha herirte sin querer.
Trato de elogiar tu obra, y sigo haciéndote daño.
No tienes culpa alguna Ely, es el sino de mi vida. Parece que no he tenido mucha suerte en el amor.
Estoy segura de que algún día lo encontrarás. Eres un buen hombre, con muy buenos sentimientos.
Sí, pero a veces el destino de las personas parece que esté escrito con antelación a su propia vida, y a mí me ha dado dos veces, espero no tener que pasar por algo así jamás. No lo soportaría.
Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir. Pero no siempre es para nuestro perjuicio, sino todo lo contrario.
Suelen ocurrir hechos y reacciones adversas a nosotros que aún haciéndonos daño, vienen a desembocar en otros bien distintos, que nos llenan de felicidad para siempre.
Alfonso escuchaba con la mirada puesta en aquel autorretrato suyo, en el que abrazaba a la mujer sin rostro.
La prueba la tienes, Alfonso, en tu amigo Jesús.
¡Qué le ocurre a Jesús?
¿Es que no sabes que ha encontrado el amor de su vida?
Me tratas de decir que Marta y él... Si, ya me contó Marta que se habían enamorado...
Sí, ella es, me lo acaba de decir por teléfono. Viven juntos en la casa de Jesús, y según he podido comprobar por sus palabras y su entusiasmo, son tremendamente felices juntos.
Me alegro por ellos, Marta es tan alegre, tan sencilla y cariñosa...lo que no sabia es que vivían juntos
Jesús se lo merece. ¡Ojalá pueda yo también encontrar una mujer así de alegre, cariñosa, simpática, amable, educada, hermosa, y que me amase para toda la vida.
Ely no pudo por menos que mirar al suelo, mientras Alfonso recitaba la ristra de elogios y virtudes que debía tener su mujer preferida. Se ruborizaba, porque coincidía en todo con ella y aunque lo dijese añorando esa mujer, Ely era doctorada en psicología y adivinaba que su subconsciente retrataba la mujer que tenía delante, sin él saberlo.
Seguro que en algún lugar esta esa mujer esperándote, Alfonso.
Ya lo verás, el destino de las personas... ya nacemos con él, como tú mismo me has querido decir antes, y no todo va a ser malo, seguro que te aguarda lo mejor.
Tengo a mi hija María, que la adoro. Por ahora no pienso en el amor y prefiero mis cuadros, mis libros y sumergirme en mis obras literarias.
¿Tienes alguna obra terminada?
Sí, tengo varias.
¿Me podrías dejar algo tuyo, por favor? Me gustaría leer alguna obra tuya, si no te importa.
¿Cómo me va ha importar? Me complace que alguien se interese por mi trabajo.
Alcanzó del estante lo primero que estaba a su alcance sin darle mucha importancia. A pesar de lo que le decía Ely, en realidad su estado de ánimo era bastante malo, y no tenía ilusión por nada. (Recordemos que se hallaba solo; su hija en Nueva York, y por segunda vez Eva lo abandonó para ingresar en una orden religiosa quién sabe dónde).
Gracias, Alfonso. Te lo agradezco, me hace mucha ilusión leer tu obra.
Espero que tu crítica sea buena, Ely.
¿Mi crítica? Seguro que no será crítica. Más bien pueden ser alabanzas.
Alfonso se sonrojó, pero con la sonrisa en los labios dijo:
Espero que seas objetiva.
Yo, siempre.
Hubo unas miradas aparentemente consoladoras, por una y otra parte.
Por Ely, porque sabía por dónde estaba pasando Alfonso, el trance que soportaba, y por parte de Alfonso, porque en realidad se sentía halagado por el interés que Ely mostraba por su talento. Además... era tan vivaracha y pizpireta, como él la llamaba... la chica de las faldas campaneras. Sus movimientos al andar eran tan resueltos y decididos, que emulaba a las campanas en sus movimientos.
Creo que te estoy entreteniendo demasiado, Alfonso. Debo irme.
No te preocupes, Ely. Hoy no estoy motivado para nada.
Aún así, debo irme. Muchas gracias por toda tu ayuda, y... ¡Quiero verte animado! ¿Eh?
Y tú, prométeme que volveremos a vernos, Ely.
Por supuesto que lo haré. Al menos, tengo que devolverte la obra.
¡Venga, Alfonso, ánimo! Sigue tu camino que la vida lleva su curso y hay que disfrutarla. No tenemos más que una oportunidad para hacerlo.
Sí... lo haré. Gracias, Ely. Cuídate mucho.
Y tú también. Queda con Dios.
Que Él te acompañe, Ely.
Aun habiéndose despedido, a Ely parecía que le costaba abandonar el estudio. Su paso esta vez era corto y pesaroso, como si sus pies se negasen a arrastrar su cuerpo fuera de allí.
Por fin alcanzó la puerta, y sin mirar atrás su pecho exhaló un profundo suspiro que estremeció su cuerpo.
Capitulo IL
El furgón policial, para entonces ya había dejado a las mujeres en el pabellón de las mujeres, y los hombres eran trasladados al de los hombres.
Todos aquellos delincuentes, ya tenían el penal como su casa. Estaban acostumbrados a entrar y salir de él muy a menudo. Se iban (Aunque con los grilletes puestos), altaneros, riéndose, gastándose bromas y saludando a unos y otros, que se encontraban en distintas celdas.
Sólo tres hombres llevaban la frente humillada. Los tres doctores de nuestra historia, que jamás pensaron verse en aquella situación. Pero allí estaban entre todo tipo de criminales, ladrones, violadores, drogadictos, y maricones.
¡Qué vergüenza! (Se decía el doctor Morales)
Los agentes iban acomodando a cada uno en su destino, en su celda correspondiente. La fila de delincuentes que circulaba por el pasillo cada vez era más corta.
Ya le tocó el turno a Morales, que lo dejan en un calabozo con uno de aquellos de la redada. (No sabía, y tampoco le importaba si era toxicómano o cuál era su pena. Sólo sentía la humillación de verse un científico como él, en aquella situación tan lamentable). Más adelante otros, y a continuación los doctores Salvatierra y Ugarte, que casualmente quedaron encerrados en la misma celda.
El bullicio en las celdas de los primeros momentos era ensordecedor. Por más que los agentes pedían silencio, aquellos desalmados se saludaban con sus jergas clásicas de insultos, reproches, risas y blasfemias.
En la celda de Ugarte y Salvatierra, el silencio era sepulcral. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. Estaban aterrados por el ambiente reinante en esos momentos, y la humillación que para ellos suponía encontrarse entre aquella ralea, entre aquella escoria de gente sin escrúpulos.
¡Ellos, con su reputación y su valía, allí, en aquel lugar!...
Tras esos primeros momentos, las galerías se fueron calmando poco a poco.
La prisión asumió su carácter habitual de resignación en sus inquilinos.
Fue entonces cuando ya calmado el ambiente, los dos médicos recapacitaban en su porvenir, en su presente y en su pasado.
El doctor Unay fue el primero en hablar. Bueno, más que hablar a pensar en voz alta.
¡Toda la culpa la tienen, esos entrometidos de Ely y el periodista!
Han arruinado nuestras vidas. ¿Qué será de nosotros ahora? ¿Y nuestras carreras?
Salvatierra, por mucho que se lamente, su error no se puede remediar.
Pero podíamos hacer algo al respecto.
Es usted despreciable doctor Unay.
Yo sólo pienso en castigar de algún modo la traición de una directora del hospital, que valiéndose de artimañas y haciéndose pasar por empleada, ha arruinado nuestras carreras.
Una vida en la ciencia, si es para el bien de la humanidad, no tiene importancia perderla.
¿Para usted es igual un desahuciado que un ser sano?
¡No! Claro que no, pero esa persona aparte de haber sido un accidente, no era del todo sano; era un microbio de la sociedad, una bacteria maligna que había que extirpar.
¿Sabe usted la clase de persona que era?
Supongo que como cualquier otra.
Se equivoca doctor Ugarte, en sus creencias religiosas y su fe en Dios, quizá lo vea de otra forma, pero para mí, un hombre que se ensaña con las mujeres después de administrarle algún tipo de fármaco, que las dejaba a su merced, y que se valía de ellas para conseguir sus propósitos, además de mujeriego y borracho, era un embaucador...
No me parece a mí que sea una persona normal...
Quizá usted no sepa muchas cosas, doctor Ugarte. Pero no por eso son inciertas.
A ese hombre, pienso que su destino lo puso en el sitio que le correspondía. Por ese motivo me preocupa menos que Alfredo muriese de esa forma.
Ya veo el enfoque que le da usted a la tragedia de Alfredo, doctor Unay, pero lo disfrace como lo disfrace, el juez puede verlo de otro modo... ¿no cree?
Sí, así es. No es lo que pensemos nosotros como científicos, sino lo que las autoridades piensen, y como justifiquen el error, accidente, o como le llamemos. Posiblemente ellos lo llamen sencillamente asesinato.
En efecto, doctor Unay. Lo que quiere decir que nuestras carreras están arruinadas.
Por eso mismo vuelvo a insistirle en la obligación que tenemos de escarmentar de algún modo a los culpables de nuestra desdicha.
Aquí encerrados no podemos hacer nada, Salvatierra.
Tiene razón doctor. Si hubiese hecho caso de la proposición de esa prostituta, tal vez hubiésemos podido hacerle la vida más difícil a nuestra directora.
¿Sabe usted, Unay, que la ley de Dios prohíbe ciertas cosas?
Sí, ya sé, ya sé. La ley de Dios es una cosa, y la ley de los hombres, otra.
La ley de Dios a usted aquí encerrado, y con la de los hombres presta a devorarnos; no creo que le sirva de mucho.
El doctor Ugarte meditaba sentado en el camastro con la cabeza entre las manos, apoyando los codos en sus rodillas. Se sentía aturdido; eran tantas las preocupaciones que le invadían que no podía hilarlas, y menos al ritmo que Salvatierra le imponía.
Salvatierra seguía acosando con sus conjeturas a Ugarte.
Es una lástima que no volvamos a ver más a esa tal Amaya, podríamos idear un plan que pudiera llevar a cabo ella desde fuera.
Ella, que según decía, odiaba a Alfonso Quijano.
Ya veo que está usted decidido a cometer otra locura, doctor Salvatierra... ¿Se puede saber en qué está usted pensando?
No sé... quizás podíamos pensar algo sin hacerles daño...
¡Eso sí que no! ¡La ley de Dios dice “no matarás”!
No he hablado de matarlos, doctor. Aunque esa mujer sería capaz de todo por vengarse de la persona de Quijano. Quería decir solamente arruinarles sus carreras, como ellos han hecho con las nuestras. Nada más, eso es todo.
Ya, pero aunque fuera eso sólo, no podemos hacer otra cosa que esperar aquí encerrados. A esa mujer no la volveremos a ver más, ni podemos localizarla. Además, no estoy seguro de querer hacer una cosa así, doctor Salvatierra.
Pues creo que debería pensarlo. Ellos han destrozado nuestras vidas para siempre al descubrir nuestras actividades. Yo veo normal que le paguemos con la misma moneda, con la ley del talión; ojo por ojo, diente por diente. La ley por la que los delincuentes son... mejor dicho, eran castigados con el mismo daño que ellos habían originado.
Ya veo que está usted bien puesto en esa ley, ya... Aún así, no puedo prometer que haré algo al respecto, me lo pensaré.
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En la otra celda, el doctor Morales se sentía acongojado por la situación tan deplorable que le estaba tocando vivir.
Era verdaderamente humillante que un hombre de su categoría, y nivel profesional, se hallase pasando la vergüenza que sentía.
Él, que crea la vida según Ugarte. ¿Cómo es posible que se hubiese involucrado en una historia así? ¡Qué vergüenza! ¿Qué pensarán de mí, los demás facultativos de mi profesión?
Ahí estaba con sus cávalas, cuando le sacó de ellas el compañero de celda con voz asarasada:
¿En qué piensas, compañero de sufrimientos?
¿Cómo?
Quizá, estás pensando en alguna mujer.
No, no. Son cosas mías.
¿De veras? ¿No necesitas una manita que te acaricie? Mira que puedo ayudarte, me encantaría.
¿Ayudarme? ¡A que!
Ya sabes. Ha hacerte la vida más agradable aquí dentro.
Si me necesitas, o necesitas que te haga algún favor, ya sabes... no tienes más que decírmelo. Por mí encantado.
¿Pero que está diciendo usted? ¿Está loco, o qué?
¡Huyg, loco! Querrás decir loca.
Loco, loca, o lo que sea, déjeme en paz por favor.
Mira que podíamos pasar unos momentos inolvidables, chato. Aquí dentro los días son muy largos, y nos conviene divertirnos un poco. ¿Quizás a oscuras por la noche?
¡Dios mío! ¿Pero con quien he ido a tropezar? ¡Dios santo! ¿Me merezco yo esto para que me castigues así? (Se decía para sí, el doctor Morales).
Le pido por favor que se abstenga de hacer comentarios de esa índole dirigidos a mi persona. Quizá tenga más suerte si solicita el traslado de celda.
Tal vez encuentre a la persona adecuada para sus propósitos.
Fue dicho todo con tanta educación y claridad, que el sarasa guardó silencio, quizás avergonzado.
Capítulo L
En Nueva York, la época de estudios llegaba a su fin, y María decide venir a su ciudad a visitar a sus padres. Seguro que se alegrarían (Pensaba), y como lo pensó lo hizo. Serían unos días nada más, pero le convenía cambiar de aires también.
Después de sacar en ventanilla el billete de ida, se dispuso a hacer la maleta metiendo en ella lo más imprescindible para sus necesidades, donde entre sus enseres privados metió un cofrecito aparentemente con cariño, y con mucho cuidado.
La estación de autobuses era una estación bulliciosa, y atronadora; gente de todas partes se unían en aquel nudo de autobuses para continuar a sus distintos lugares de destino.
Para ella, aquel bullicio era normal, en su vida cotidiana era algo parecido o peor.
Aunque siempre pensaba y añoraba la vida del pueblo pequeño, la tranquilidad y sosiego en el cuerpo y en el espíritu, que nos ofrecía la naturaleza, la ciudad la rompía, la hacía añicos.
En el camino asomada a la ventanilla, estaba extasiada con los paisajes que la madre naturaleza paria para los seres vivos cada temporada (Pensaba en las estaciones), la primavera con su multicolor vestido, el verano florido, y fructuoso, la desnudez lenta de los campos en otoño, y el néctar acariciante de las Nieves cubriendo las sierras en invierno.
Suspiró profundamente añorando sus pensamientos, esa paz del pueblo pequeño, y determinó por fin comprendiendo que ese programa no se hallaba en su vida, leer el libro que abrazaba contra su pecho.
Para Alfonso fue una sorpresa, una verdadera alegría ver a su hija allí.
Deseaba tanto su compañía...
¡Papá! ¡Papaito!
¡María! ¿Pe... pero... eres tú?
Si papaito, soy yo. ¿Te alegras de verme?
Hija mía, qué alegría me das con tu presencia. Gracias, gracias por acordarte de este viejo regruñón.
¡Papá! ¿Pero cómo puedes decir que eres viejo? Si estas en lo mejor de tu vida.
Sí, ya, ya. Lo mejor de mi vida se fue hace muchos años.
Y tú... ¿Cómo te encuentras hija?
Ya ves papá, estupendamente. Y tú, ¿cómo me ves?
Sencillamente espléndida, corazón. Bueno, cuéntame. ¿Cómo van los estudios en Nueva York?
No me puedo quejar, Papi... Pero no hablemos de mi, papá. A ti ya te veo que estás "sobrao", pero... ¿y mamá? ¿Hace tiempo que no la ves, u os veis a menudo?
La suelo ver a menudo, si...
¿Sigue viviendo donde siempre, no?
Pues...
Papá te veo un poco raro... ¿Me quieres decir, que ocurre? Me ocultas algo.
María, hija, no sé cómo empezar...
Si hay algo que debas contarme... por el principio, claro.
Han ocurrido tantas cosas, que no sabes...
Cuéntamelas todas, jolín. ¿Son buenas o malas?
Yo diría que todas malas.
¿Malas?
Si, hija, si, por desgracia todas malas, al menos para mí.
¿Para ti, y por qué? ¿Quieres explicarte de una vez papá, por favor? Me tienes intrigada.
Sí, tienes razón hija, contártelo todo es mi obligación.
Si quieres que sea desde el principio, te diré que el hombre con el que se casó tu madre era un canalla, que no sólo la engañó con alucinógenos para conseguirla, si no que además, le ha dado los peores diecinueve años de su vida, maltratándola psíquica y físicamente.
¿Qué me dices, papá?
Sí, hija, sí. Yo también creía que era feliz. Por eso no volví a pensar en ella a pesar de amarla, sabiendo que escogió su destino y era feliz.
Pero hace algún tiempo supe que no era así, lo que hizo resurgir el amor que sentía por ella. No quise decirte nada por teléfono para no hacerte sufrir a ti también.
¡Dios mío, papá!
Sí, cariño, pero no es eso sólo. Ese hombre, Alfredo, fue ingresado en el hospital, y por equivocación le han practicado una eutanasia que por desgracia no pudimos evitar.
¿Cómo es posible...?
Pues así es, hija mía, y...
¿Y? ¡Es que hay más!
Lo peor que me podía pasar a mi, hija.
¡Pero papá por Dios, cuéntamelo!
Tu madre desapareció por lo ocurrido con Alfredo, y ha decidido no volver a amar a ningún hombre. Dice que no podría hacerme feliz, y ha resuelto emprender el camino de su vocación.
¡Mamá monja!
Sí, cariño, por segunda vez la vuelvo a perder, y lo más trágico es que no ha querido decirnos en que lugar y orden ingresaría.
¡Pobre mamá! Me imagino el calvario que debe suponer para ella también la tragedia que me cuentas de su vida.
Eso pienso yo también, hija mía, aunque creo que podíamos haber intentado formar una familia, que es lo que más añoro en este mundo.
Piensa en mí, papá, sabes que yo te quiero.
Estoy seguro hija, pero... ¿Qué será de tu madre? ¿Dónde estará? ¿La volveremos a ver algún día?
Esperemos que nos dé noticias suyas cuando esté más tranquila, y se serene su espíritu.
Esperemos que así sea y volvamos a verla algún día, hija mía.
Padre e hija se abrazan fuertemente, con los ojos cristalinos por las lágrimas que afloraban en sus ojos, que ninguno se atrevía a dejarlas caer para fortalecer el ánimo del otro.
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Eva, a pesar de lo que creía su amiga Marta, aún no había abandonado la ciudad.
Después de haberse levantado muy temprano, y dejar hecha la habitación, salió de la casa de Marta, con el fin de meditar su decisión de ingresar en algún convento, o quizá solicitase su ingreso en alguna orden que se dedicase a hacer el bien común. Quizá en algún hospital ejerciendo a la vez su profesión, auxiliar médico.
Sus pasos salieron a las afueras de la ciudad donde su espíritu se sentía más motivado por la fragancia de los campos, y la hermosura de los paisajes, arropados por aquel manto de azul llamado cielo.
Fueron varias horas las que permaneció en compañía de sus recuerdos, de sus seres queridos, y en las repercusiones que en ellos podía ocasionar su decisión, pero por más vueltas que le daba a su futuro, la única salida que veía para su salud mental era esa, la espiritual y el recogimiento, y si podía ayudar a mitigar el sufrimiento ajeno, mejor.
Alfonso estaba seguro que superaría la tristeza de su marcha. Era un hombre fuerte de espíritu. Aunque fuera duro al principio, lo superaría.
Y María... María tiene que vivir su vida, buscarse un hombre que la quiera y casarse. Es ley de vida.
Sólo vendrá de vez en cuando a visitarme, esté donde esté.
Quizá si estuviera yo cerca de ella sería mejor. Es el único consuelo que tengo. ¡Mi niña!
Sí, eso haré. (Se decía para sí). Mi destino será Nueva York, y así podré estar cerca de María.
Posiblemente ya tenga su vida hilvanada con un chico de allí, y puede que no regrese nunca. Puede que venga sólo de vacaciones, de vez en cuando a visitar a su padre. Pero yo tendré la oportunidad de olvidar mi pasado fuera de aquí, y tendré cerca a mi niña María.
Con estas reflexiones daba media vuelta y volvió sobre sus pasos.
Le contaré a Marta mis propósitos, y me marcharé hoy mismo.
La casa de Marta se encontraba vacía, y no pudo verla. Hizo tiempo metiendo en su maleta todo aquello que podía necesitar; muy pocas cosas, y algún recuerdo personal amén de algún álbum de fotos donde podía prácticamente leerse su pasado.
Las lágrimas le afloraban a sus bellos ojos mientras se preguntaba: ¿Y mi futuro? ¿Tendré futuro o habrán muerto aquí mis recuerdos?
Al ver que su amiga no regresaba, optó por marcharse.
No quiero herir más los sentimientos de Alfonso. Prefiero no llamarlo, e irme sin despedirme. No sé si podría aguantar sus súplicas mirándole a los ojos.
¿Cómo podía imaginarse ella que su hija en esos momentos se encontraba con su padre? ¿Que permanecía en la ciudad por unos días de asueto que se había tomado?
No, no lo sabía, y su decisión de mujer firme, de mujer que se había escrito su propio destino ella misma (Después podremos ver cuán equivocada estaba en eso), tomó el avión de su destino; ¡Nueva York!
Capítulo LI
La vida en la casa de Alfonso, era tranquila, él era feliz teniendo a su lado a su preciosa niña-mujer.
¿Qué te apetece que hagamos esta tarde, cariño?
No sé, papá, decide tú, yo he venido para disfrutar de tu compañía.
¿Te parece que llamemos a Jesús y Marta, y salgamos a dar una vuelta por la ciudad?
¿Marta? ¿Quién es esa Marta?
Es una amiga de tu madre, con la que vivía hasta esta mañana que desapareció.
¿Y qué relación tiene con tu amigo papa?
Se han enamorado mutuamente, y han decidido vivir juntos. Me lo dijo Elisa...
Perdona papá, me he perdido otra vez, y esa Elisa...
Es una de las personas más buenas que conozco, la directora del hospital donde se cometió la atrocidad de Alfredo.
Y te une a Ely algún...
No, cariño no, es una buena amiga, nada más; al menos ella para mí, aunque no puedo saber exactamente sus pensamientos,, pero creo que la amistad es mutua, es toda una dama.
Espero que la conozcas uno de estos días.
¿Te parece?
Como quieras papi.
Está bien, llamaré a Jesús.
Rinnng ...rinnng...
¿Dígame?
Jesús, soy Alfonso.
¡No me digas!
Calla guasón. Oye quería pedirte un favor...
Tú dirás, amigo.
Te apetece que vayamos por la ciudad, y después cenemos los cuatro.
¿Los cuatro? ¿Qué cuatro?
Perdona Jesús, no te he dicho que tengo a mi hija en casa.
¿De veras? ¿No me engañas?
En serio, le he propuesto salir con vosotros, y presentarle a Marta, y está encantada.
¿Os animáis?
No lo dudes, con los deseos que Marta tiene de conocer a tu hija María. ¡Ni lo dudes!
¿Quedamos, en media hora donde siempre, O.K...?
Espléndido, verás qué alegría le damos a Marta.
Hasta luego, pues.
Hasta ahora, Alfonso.
¡Arreglado! Nos vamos a cenar los cuatro.
¡Bien! Me arreglaré un poquito.
Una cara como esa no necesita ningún arreglo, está perfecta como están.
Papá... Jolín.
Los cuatro, fueron puntuales, tan puntuales que cada pareja apareció por un lado de la esquina, en el sitio convenido.
¡Jesús! Qué alegría volver a verte.
Chiquilla, pero como has crecido, te has convertido en una mujer exuberante.
No exageres Jesús, que no es para tanto, un poquito de pintura hace milagros.
María, te presento a Marta, el amor de mis amores, la ilusión de mi vida, el apoyo de mi vejez. ¡La adoro!
¡Tonto! ¿Ya será algo menos, no crees María?
Sí, todos los hombres son iguales.
Encantada de conocerte Marta.
Lo mismo te digo, cariño, me moría por conocer a la hija de este hombre tan guapo y galante.
¿Todo eso es mi padre? já Ja Ja.
Rompieron en risas los cuatro, era un momento muy especial para todos.
A propósito de galantería, Jesusito de mi vida. ¿Podías haberme dado la buena nueva, y no enterarme por terceras personas de vuestro noviazgo...? Bueno...de vuestra convivencia.
Sí, tienes toda la razón Alfonso, pero esa fue mi intención cuando salí de mi casa, y fui a verte al estudio.
Sólo que al final quedó en un segundo plano, tuve que darte por desgracia la mala noticia de la desaparición de Eva, y se me pasó, o quizás no era el momento, perdóname Alfonso.
No importa amigo mío, lo que verdaderamente importa es lo que os sucede a los dos, el amor es lo más maravilloso de la tierra, el amor es; aunque sea difícil de explicar, el que mueve el universo.
Sabía que lo entenderías, amigo.
Los dos se quedaron rezagados mientras las mujeres Marta y María se adelantaban agarradas del brazo como si se conociesen de toda la vida, con sus charlas de mujeres.
Tras visitar algunos lugares más visitados de la ciudad (pues el día invitaba pasear), decidieron entrar en aquel restaurante chino tan vistoso que les llamó la atención, por su multicolor fachada de adornos y figuras como dragones, y algún otro animal mitológico chino.
Marta sin querer crear un mal ambiente (pues como lo pensó lo fue diciendo sin recapacitar), se acordó de su amiga Eva, y comentó: No comprendo que ha podido hacer Eva.
¿Cómo es posible que haya desaparecido así, sin decirnos nada a ninguno?
Si, yo también estoy preocupado, Alfonso... si hubiese venido María un día antes o el fatal desenlace de mi hermano no habría ocurrido, quizás ahora todo sería distinto. ¿No crees amigo mío?
Estoy convencido de ello Jesús, pero como me decía Ely...
¿La has vuelto a ver? ¿Fue a tu estudio por fin?
Si, lo hizo, para agradecerme mi colaboración.
Es una gran chica...
Sí... sí que lo es.
Pues me decía, que las cosas ocurren porque tienen que concurrir, es el sino de cada uno, pero según su teoría no siempre que nos ocurre algo malo trae un desenlace fatídico en la posterior vivencia de las personas. También puede ser todo lo contrario, a veces nos ocurre algo malo para posteriormente girar nuestras vidas a favor muestro. Tú por ejemplo, Jesús, la tragedia de Alfredo, os ha unido.
Su sino sería ese, Dios, y sólo Dios, sabe por qué ocurren las cosas, aunque los mortales no podamos llegar a comprender nunca.
María sólo escuchaba, la mirada cada vez la tenía más ausente, y los ojos vidriosos, aparentemente se le apreciaba cierto nerviosismo.
Lo mismo Jesús, que Alfonso, aun en la conversación que mantenían, se pudieron percatar de ello, aunque ninguno de los dos hizo notar ese detalle, y la cena se desarrolló a partir de ahí con toda normalidad, exceptuando el estado de María que cambiaba, aunque claramente trataba de disimular.
Viendo que no lo conseguía pidió permiso para levantarse e ir al baño antes que nadie (Según ella), se percatase de su estado. Cuando volvió, aunque en la mesa no cambió en absoluto el ambiente reinante, los dos amigos volvieron a entenderse con la mirada (María parecía que estaba bien de nuevo), pero omitieron los comentarios.
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La malvada Amaya estaba obsesionada con la venganza contra Alfonso, ya había hecho sus cábalas, y trazado su plan (quizás podía sacar mucho dinero con su estrategia), sólo faltaba que aquellos señoritingos al parecer forrados de dinero, colaborasen en su plan, y sería perfecto. (Si no era así lo llevaría a cabo igualmente, pero serían menos los beneficios).
Se decidió a hacerle una visita a los doctores, pues su estancia en la prisión fue más corta de lo que en principio pensó (las leyes tienen esas cosas con los delincuentes), y antes de salir decidió visitarlos.
Solicitó verlos (en el pabellón de los hombres, en la misma prisión como sabemos), cosa que le concedieron, pues, argumentó cierta obligación indispensable.
Quisiera hablar con el doctor Ugarte, machote.
(Descaradamente le dijo al agente enseñándole el permiso que había conseguido con otra verborrea muy distinta, la astuta de ella)
Doctor, tiene visita. ¿Quiere acompañarme por favor?
¿Visita? No espero visita alguna.
Pues una "señorita," y sólo por ser hembra, le viene a visitar. Usted perdone, ya sabrá usted su vida, y conocerá a sus amistades.
Está bien, agente. Pero no comprendo...
¡Dios mío, esa mujer! ¿Pero por qué me persigue mi desgracia? ¿Así me castigas?
(Decía mirando al techo de la sala.)
Buenas doctor, ¿cómo está usted?
(Su verbo era envolvente, trataba de ganarse su confianza)
Estoy bien, gracias. ¿A qué es debida su visita señorita Amaya?
En principio me intereso por su estado de salud señor...
¿Y luego...?
Luego quisiera saber si ha pensado lo que le propuse en el furgón, sobre el periodista.
Me lo imaginaba. ¿Y se puede saber qué te ha hecho a ti ese hombre?
Pues ese "hombre" como usted lo llama, para mí es un sinvergüenza, que ha conseguido que mi vida sea un infierno, ya ve en el ambiente que me encuentro, obligada a la prostitución, a "trabajar" en el "negocio" de las drogas sufriendo malos tratos de ciertas personas y las inclemencias del tiempo, medio desnuda para ganarme la vida.
Él, es culpable de que yo me vea como me veo, cuando yo sería una persona casada, con mis hijos, y una buena ama de casa, si no habría sido por él. ¡Lo odio!
¿Y qué tengo yo que ver con todo eso?
Si usted quisiera, yo sería su brazo vengador en la calle, me dedicaría a llevar a cabo algún plan que tracemos, o incluso yo ya tengo mi propio plan para poder hacer algún daño en su vida privada.
¿Y porque no se venga usted sola señorita?
Pues sencillamente porque aunque quiero no puedo, para ello necesitaría algo de dinero.
No puedo dejar de trabajar para dedicarme al plan que me ronda por la cabeza. ¿Comprende usted doctor Ugarte?
No sé... no sé. Creo que debería pensarlo no puedo aceptar una cosa así a la ligera. Quizás tengáis razón los dos. Debo pensármelo.
¿Los dos? ¿Quién es la otra persona?
El doctor Unay Salvatierra cree exactamente igual que usted señorita.
También piensa que debe arruinar las carreras de Quijano, y nuestra directora, se siente engañado.
¿Ve cómo tengo razón?
Sí, pero no es tan sencillo, soy un hombre con mucha fe en los Santos, y en Dios, y creo que todo se arreglará.
¡Confía en Dios! ¿Cree que si Dios hubiese querido ayudarlo le tendría en este agujero?
¡No lo sé! Y ahora... por favor si es usted tan amable, le agradecería que me dejase a solas con mi desgracia. Como quiera doctor. Pero volveré. Se lo prometo.Le prometo que volveré a visitarle.
Ve con Dios.
¿M mmmm?. ¡Ya!
Dando media vuelta, Amaya desapareció entre aquellos pasillos angostos y oscuros.
Capítulo LII
Aquel domingo salió espléndido, uno de esos días tibios que te sacan de casa para enseñarte las maravillas del creador, era un domingo... ¡Era mucho más!
Era uno de esos días en los que, sin querer elevabas la frente al cielo con los ojos cerrados, y notabas como el sol acariciaba tu piel, y tu mente flotaba con un relax absoluto en tu organismo, donde podías insuflar el aire cargado de aromas, todos ellos beneficiosos, y cargar tu espíritu de buenos y bellos pensamientos.
Pero por desgracia, Alfonso no podía sentir aquellas sensaciones, a su mente le atormentaba otras cosas.
No podía olvidar el modo con el que se comportó su hija en la mesa la noche anterior.
¡Hablaré con Jesús! (Se decía) Tengo que saber qué opina él, no aguanto esta zozobra.
Quizás esté equivocado. ¿Pero... y si es cierto lo que pienso? ¡No, Dios mío! No quiero ni pensarlo.
Rinnng ...rinnng...
Jesús... ¿Qué tal estás hoy?
Feliz, igual que ayer, Alfonso. ¿Y tú?
¿Qué te parece si salimos a tomar el vermouth?
¡Estupendo, Alfonso! ¡Me parece una idea genial! Marta ha salido, quería asistir a misa, y me encuentro sólo.
Pensaba hacer yo algo así, y tomar unos pinchos.
¡Mejor!
¿Mejor? ¿Te ocurre algo Alfonso?
Me gustaría hablar contigo a solas...
¿Es que tienes algún problema?
Ya te explicaré, Jesús.
Me dejas preocupado chico, últimamente parece que todo esté en contra tuya.
Está bien, nos veremos donde siempre no tardaré. ¿De acuerdo amigo?
Gracias Jesús, te lo agradezco de todo corazón, ya te contaré.
Hasta ahora pues.
Sí...
Ambos fueron casi al unísono a la cita, sólo había hecho encender un pitillo Jesús, cuando Alfonso apareció. Hola, Alfonso, ¿ qué tal?
Pues la verdad, no se que decirte, amigo Jesús.
¿Cómo es posible que no sepas decirme cómo te encuentras? ¿No creo yo que eso sea tan difícil, no.?
Pues en mi caso sí, Jesús.
Los dos tomaron dirección del sector nuevo de la ciudad donde los lugares públicos eran más serios y limpios.
Donde la gente era menos bulliciosa, y extravagante, y donde se encontrarían más tranquilos para el tema que debía tratar Alfonso.
El ambiente era tranquilo, la música relajante, y el lugar en el establecimiento luminoso y fresco.
Bien, Alfonso, tú dirás. Tú dirás en qué te puedo ayudar, no has pronunciado una palabra en todo el camino, y eso no me gusta nada.
Tienes razón amigo mío, a mí tampoco.
¿Tan grave es?
Espero que no lo sea. Ruego a Dios que me equivoque.
¿Te equivoques en qué?
Sabes tan bien como yo, de qué puedo estar hablando, Jesús.
¿No esperaras que comience yo la conversación de tu problema? No quisiera equivocarme, y decir alguna barbaridad de la que posiblemente después me tenga que arrepentir.
Tal vez tengas razón Jesús, debo ser yo el que asuma la responsabilidad, pero estoy seguro que hablamos de lo mismo, de mi hija María, y de su comportamiento en la cena de anoche.
Estaba convencido que esa era tu preocupación, Alfonso, yo también como pudiste ver, pude observar sus reacciones, pero no quería herirte insinuando algo que pudiera lamentar.
¿Tú crees que puede ser consecuencia de algún tipo de narcótico su comportamiento, y su estado, Jesús?
Yo como farmacéutico, te podría decir sin ánimo de herir tus sentimientos de padre, y sólo por el bien de María que sí, es muy probable que sea consecuencia de algún estimulante.
¡Me lo temía! ¡Dios mío! ¿Pero cómo ha podido caer tan bajo mi hija? Yo creía en ella. ¡Tenía fe en ella! ¿Comprendes Jesús?
Te entiendo muy bien Alfonso, pero los dos sabemos que estas cosas ocurren.
Lo lamentable es, que le haya ocurrido a ella, a una chica como ella.
No puedo entenderlo Jesús, no le ha faltado dinero, no ha pasado necesidad alguna, y le estoy dando la mejor educación que puedo darle en un buen colegio de Nueva York.
Estoy destrozado. ¿Qué puedo hacer ahora?
Hablar directamente con ella, ahora no te lo aconsejo Alfonso, quizás hacer que cambie de vida, de ambiente, de amigos, de todo en general, y comience una vida nueva con amistades sanas.
Quizás tu ausencia... La duda... El encontrarse en esa ciudad nueva, sola, y siendo tan buena chica la hallan embaucado en círculos malignos.
¿Estás seguro de lo que dices, Jesús?
Pues no exactamente, tengo que serte sincero, para que pudieras coger una opinión más científica, deberías visitar a un especialista que la tratase, si en realidad nuestras suposiciones son ciertas.
Así por las buenas no se pueden asegurar estas cosas como tú sabes muy bien Alfonso.
Sí, sí lo sé, amigo mío, lo sé.
Quizá hable de eso con ella al volver a casa omitiendo el tema de las drogas, pero tratando de saber más de su vida, y aconsejarle al respecto.
Sí, puede que ese sea un camino.
Mientras todo esto sucedía, María paseaba por la ciudad, quedándose ensimismada delante de los escaparates de las tiendas pequeñitas de antigüedades, recuerdos, vestidos, zapatos, complementos, y aquellas pequeñas cosas de su edad como baratijas, y prendas interiores.
También tuvo la necesidad de tomar algo fresco, y así lo hizo, en el primer bar que se encontró a su paso entró, y solicitó que le sirviera un bíter con limón, y sin pararse en el mostrador, tomó el camino de los lavabos con su bolso.
Cualquiera habría pensado que trataría de acicalarse un poco, pero su idea era muy distinta, al entrar cerró con el pestillo, y abrió su bolso donde llevaba aquél, cofrecito que con tanto cariño, o cuidado puso en su maleta al salir de Nueva York.
Cuando salió, su cara era otra, entró fatigada aparentemente por el paseo, y ahora aparecía radiante. (Hasta el camarero pudo darse cuenta de ese detalle)
Se tomó su biter encendiendo un cigarrillo, y sin más preámbulo se fue con dirección a su casa.
En el camino María meditaba sobre su vida pensaba mucho, en su padre, era un hombre bueno que no se merecía esto.
Debo marcharme antes de que se entere, podría matarle el disgusto, y no quiero que sufra por mí. Sí, es mejor que me vaya. Ya lo he visto, sé que está bien, y a mí madre no puedo verla sin saber dónde se encuentra...
¡Eso haré! No puedo dar lugar a que se entere de mi vida, prefiero que piense de mí lo que hasta ahora, lo buena chica que soy, y lo mucho que estudio, ya se que él está orgulloso de mí, y prefiero que siga pensando igual siempre, porque yo también lo adoro, es el mejor padre del mundo.
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Alfonso volvió a casa bastante apesadumbrado por la conversación que tuvo con Jesús a la que no daba crédito, aún a pesar de haberlo pensado él también, no quería creérselo y debía hacerlo. (Pensaba)
Serían conjeturas sin fundamento, quizás tenía el período, tal vez no se encontrase bien por algo, el estómago, la cabeza o quizás, solamente fuese aburrimiento, una chica joven con tres de mediana edad... ya se sabe.
No, no puede ser que mi querida María haga esa atrocidad, no puede ser, me niego rotundamente. No; olvidaré todo, seguro que son cosas sin importancia.
Cerró la puerta tras de sí, y se dirigió a la cocina con idea de abrir una cerveza.
No veía a María.
¿María? (Preguntó en voz alta)
¿Sí papá?
¿Dónde estás?
En mi dormitorio.
¿Qué haces cariño?
Hubo un largo silencio hasta que apareció María en la cocina.
¿Te ocurre algo, hija?
No, no papá.
Tienes mala cara. ¿Qué te sucede?
¡No me ocurre nada, Jolín!
Está bien, cariño, si tú lo dices...
Papá...
Dime, cielo.
Me duele darte un disgusto papá, pero debo irme.
¿Que te vas? Pero... ¿No habías venido a pasar unos días conmigo?
Si, ya lo sé papa, pero debo marcharme, tengo unos asuntos que resolver en Nueva York que no pueden esperar.
Por favor María. ¿Tan importante es eso que tienes que hacer, que no puede esperar unos días? Lo siento papá debo irme, compréndelo.
Tengo asuntos que resolver...
Me habría gustado que pasases unos días conmigo.
Te veo tan de tarde en tarde, y te echo tanto de menos...
A mí también me gustaría vivir contigo papá, pero no puedo, créeme lo siento.
Está bien hija, como tú quieras. Sólo te pido un favor.
Tú dirás, papá.
No me olvides nunca, y piensa que soy, tal vez la única persona que te apoya y te quiere, por lo tanto la única que te puede ayudar
Si me necesitas sea cual sea el problema... ¿Me prometes que me lo harás haber?
Si papá, no te preocupes por mí, yo estoy bien, vivo bien y te adoro, ya sabes que sí. Eres para mí el mejor padre del mundo.
¡Mmmmua!
María le besó en la cara tratando de disimular su estado, pero a Alfonso se le empañaron los ojos pensando otra vez que volvía a quedarse solo.
Eva con su decisión de ingresar en algún convento, y sin saber dónde se encontraba, y otro nuevo golpe seguido.
Dos heridas insufribles en el mismo pecho, y con el mismo dolor.
Y para mal mayor, María se iba sin poder hablar con ella de lo que él sospechaba, su estado angustioso.
No podría aconsejarla, ni saber con certeza de si su hija estaba inmersa en ese submundo de los narcóticos.
María, no quería dar lugar a más preguntas, temía que su padre al final pudiese sospechar algo.
Sacó la maleta de su cuarto, y con otro cálido beso se despidió de su padre.
¡Te quiero papito! Nunca te olvidaré, pensaré en ti todos los días, y todos los días también rezaré por ti
Cuídate mucho, hija mía, piensa que estoy solo llámame a menudo.
Lo haré papá, tenlo por seguro.
Alfonso quedó sumido en un desconsuelo tal, que, por más que intentaba no alcanzaba a comprender.
¿Cómo había dado ese giro su vida cuando él fue siempre un hombre sencillo dedicado a su profesión, y sus lápices? Era un hombre que se creía al menos, ser feliz con lo que le rodeaba.
¿Qué ocurre con mi vida? ¿Qué hago mal, Dios mío? ¡Ayúdame!
Como por arte de magia y al parecer siempre que se sentía deprimido, su bic era el que escribía con voluntad propia sobre el primer papel en blanco que encontraba a su paso.
Así fue en esa ocasión, en efecto, y lo que Alfonso pudo ver luego más sereno le dejó aterrado.
Recordad mi tiempo vivido
Cae la tarde callada,
y la noche vence crujiendo,
calló el grito al silencio
y a lo lejos... las campanas.
El repicar de campanas,
del tañer de cementerios,
ese que anuncia sepelios
con badajo, y la mampara.
Diminuto tiempo vivido,
en gran miniatura ahogado,
de mi cuerpo amortajado
en urna de cristal metido.
Ya está mi vida marchita,
en la caja acurrucada,
en esa acera callada
como el mármol de la cripta.
Con flores velan mi cuerpo,
con coronas, y laureles,
poned en mi tumba claveles
y en mi caja pensamientos.
Capítulo LIII
Eva para entonces, aterrizaba en Nueva York.
Había tenido un viaje espléndido, en donde las mismas azafatas del avión, tuvieron que devolverla a la realidad en varias ocasiones para ofrecerle algún zumo o algún "tente en pie", cosa que rechazó con leves y pesarosos movimientos negativo de su cabeza.
Todo el viaje, vino pensando en lo que dejaba atrás, aquel malvivir durante casi veinte años de los que había disfrutado tan poco de su propia hija, así como de los placeres de la vida, y el amor tan importante para ella.
¿Cuántas veces habría abusado de ella valiéndose de sus drogas el granuja de su marido?
¡Dios mío! Es terrible... ¿Cómo pude aguantar todo ese tiempo al lado de aquel hombre?
El avión hizo su aterrizaje normal, y casi por inercia (Como las aguas bajan por las laderas unas tras otras consiguiendo alcanzar el mar), salió Eva del avión, y se dirigió como el resto del pasaje a coger su maleta, cosa que hizo casi sin darse cuenta.
Pero su mente seguía por voluntad propia aún queriendo olvidar el pasado, los recuerdos le perseguían, y lo harían el resto de su existencia, fuera donde fuera.
¡Qué distinta habría sido mi vida, si no se hubiese cruzado en mi camino Alfredo!
A él, le debo mi desgraciada vida.
Mi corazón me dice que con Alfonso y María, habría sido una mujer felizmente casada, y mi sino habría sido muy distinto.
¡Dios santo! ¿Pero qué he hecho yo para merecer tanto sufrimiento?
¡Lo que daría por volver a empezar!
Tan ensimismada iba con sus recuerdos, que se puso a cruzar la calzada sin ver aquel taxi que había salido del aparcamiento con viajeros procedentes de su propio vuelo... Nueva York es una ciudad tan agitada, y todo iba tan de prisa, que salían los taxistas a velocidad de vértigo.
El taxista no pudo evitar el fatal accidente.
Fue atropellada de lleno en plena calzada lanzándola por los aires, yendo a caer de cabeza contra el asfalto para continuar dando varias vueltas como una muñeca de trapo sobre el piso de la carretera.
Los pasajeros que vieron y pudieron contemplar el accidente, chillaban alocados con las manos en la cabeza.
¡La ha matado!
¡Dios mío!
Por fin alguien reaccionó, y llamó a la ambulancia.
El propio taxista y sus pasajeros, fueron incapaces de articular un solo movimiento en sus cuerpos.
El golpe fue terrible, y nadie se atrevía a socorrer a Eva que yacía inerte.
Todos pensaban que había muerto en el acto por la fuerza que traía el vehículo, y la brutal caída contra el suelo.
La sangre que derramaba era abundante, y teñía de rojo los negros, y gastados adoquines.
También podía apreciarse, que del cráneo golpeado asomaba parte de su cerebro, lo que hacía pensar a todos que en efecto, la brutalidad del accidente había matado a aquella mujer.
Nadie se ofrecía para nada, más aún, se pudo ver cómo las personas del lugar poco a poco desaparecían.
Pocos quedaban, además de los dos ocupantes y el chofer del taxi que no salía de su espeluznante asombro.
Las ambulancias no tardaron en moverse, en el aire cargado y espeso de Nueva York que, con la habilidad, y rapidez que les caracterizan a estos profesionales, lograron trasladar a Eva al hospital más cercano, después de ver la gravedad de la accidentada, y comprobar que aún vivía.
Las heridas eran graves, pero Eva era una mujer fuerte. Seguro que su organismo lucharía por su vida a pesar de haber deseado ella misma morir más de una vez, como lo había hecho.
En pocos minutos la ambulancia anunciaba su llegada al hospital por radio, cruzando aquellas inmensas avenidas con las sirenas y señales luminosas al aire.
El hospital, un hospital como todos, en los que la sala de espera de urgencias se hallaba abarrotada, pronto el personal sanitario preparaban camillas, y quirófano, médicos y auxiliares, enfermeras y todo tipo de instrumental necesario para la operación que debían realizar en la persona de la paciente con la unidad sanitaria móvil.
Todo fue muy rápido, fue operada de inmediato.
Tras varias transfusiones de sangre y algún torniquete para evitar la pérdida de fluido sanguíneo, lo primordial era la cabeza donde se le apreciaba la herida más grave, cosa que los cirujanos realizaron sin pérdida de tiempo.
A continuación las de menor importancia, algún vaso sanguíneo, y algún corte algo más profundo.
Era cuestión de desinfectar, curar y coser.
El traumatismo craneoencefálico fue el que preocupaba a los facultativos, pero aún así, quedaron satisfechos, de su trabajo.
(Después de 4 horas de operación)
Está muy grave, pero tiene esperanzas. (Se decían entre ellos)
Sí, es posible, es una mujer joven, y sana, quizás se salve.
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Amaya seguía insistiendo en sus propósitos (Me puede suponer mucho dinero de ambas partes), maquina volver a la prisión e intentar de nuevo convencer al doctor Uarte que admitiera su plan de complicarle la vida a esos dos "pájaros".
Era día de visita carcelario, y en efecto, pudo lograr su propósito.
El doctor Ugarte al verla no se sorprendió, la miró entre indiferente y resignado
¿Qué tal doctor?
¿Vienes para preocuparte de mi salud?
¡También! Ya sabe usted que le aprecio, y le comprendo.
¿Cómo se encuentra doctorcito?
¡Qué más da! ¿Podrías remediar tú algo de mis problemas y pesares?
Ya sabe que sí, señor Ugarte, ¿o es que no se acuerda de mi estrategia?
No me lo recuerdes, mala mujer.
Aún no sé de qué se trata, y ya tiemblo.
Usted no debe preocuparse por nada, sabe que soy muy capaz de vengarme, y solita, únicamente necesito que me financie. ¡Tengo que comer doctor! ¿Quiere que le cuente mi plan?
Ugarte callo, lo que no impidió que Amaya siguiese ablando.
¡Pues verá! Si yo le presento al periodista a su "hija"...
¿Cómo le va a presentar a su hija, está loca?
Deje, deje que le explique, le presentaré a la hija de nuestra relación cuando fuimos novios.
Cosa que él no sabe, y de momento además de hundirle su carrera, y su ámbito social, le hago que se le valla la actual directora.
Ugarte escuchaba sin pronunciar palabra.
¿Usted qué opina?
Mire señorita, yo soy un hombre sencillo, creo en Dios, en los santos mandamientos, y en la iglesia.
Sé que lo que pueda hacer, o decir ya, como el señor Salvatierra dice, aquí dentro no me podrán servir de mucho. Pero yo soy un hombre de fe, y confío que toda esta historia se solucione.
¿Que opina el señor Salvatierra de mi proposición?
Pues sus ideas insisten en ser gemelas de las suyas, y me tiene mártir en la celda todo el día con la misma "oración"... quiero decir, canción, todo el día con la misma canción.
Pensaba en mis rezos que ni eso me permite.
Tengo una guerra con mi espíritu, que no se si podré superarla.
Quizás se sienta mejor si sabe que su... bueno, que esos granujas van pagando también su culpa fuera de aquí.
¡Quizás!
Prométame, que no hará más que eso, interponerse en sus vidas, y arruinar sus carreras.
Eso es justo mi plan, ni más, ni menos.
La voz de Amaya como buena " lagarta", se hacía más, y más dulce, a la vez que a Ugarte lo iba convenciendo.
¡No matarás!
¡Por Dios! No me diga eso.
¿Cómo se le ha ocurrido una cosa así?
Yo sería incapaz de hacer una cosa así... se lo aseguro, lo odio, pero eso no quiere decir que fuera capaz de matarlo. ¡No, no!
Tanto me insistís los dos, que voy a aceptar vuestra proposición...
No se arrepentirá, doctor.
Estoy seguro que sí, señorita Amaya, estoy seguro que lo haré, pero necesito paz y tranquilidad en mi espíritu, y aceptando únicamente eso destrozarles sus carreras me libro de los dos, ni usted ni Salvatierra me darán más problemas.
Mis nervios están demasiado tensos, y necesito paz.¡Paz! ¿Comprende, usted?
Espero no volver a verla por aquí señorita, basta con que me llame por teléfono si quiere informarme o necesita algún consejo, y nada más. ¿Está claro?
Si, si, como el agua de una fuente continua, sólo le dejaré mi número de cuenta donde espero recibir lo suficiente para vivir.
Está bien.
Ya verá como se alegra ver al periodista en el fango, como lo ha dejado a usted.
Y para esa tal Elisa, o como se llame, ya pensaré algo bueno también, ya lo vera.
Usted, no me conoce.
¿Cómo? ¿Qué quiere decir?
Yo no sé nada de lo que pasa fuera de la cárcel. ¿Entiende?
¡Ah! Entiendo doctor.
Por eso ya puede dormir tranquilo, soy una tumba.
Además; estoy tan interesada en cumplir mi venganza como usted.
Se levantó del taburete donde posaba su trasero, y después de unos pasos hacia la puerta volvió la cabeza y dijo: ¡Lo llamaré!
Ugarte apoyó los codos sobre el pequeño mostrador por repisa que les separaba, y cayó como el plomo su cabeza entre sus manos.
¡Perdóname! (Decía elevando la vista de nuevo el techo de la sala, dejándola caer nuevamente entre sus manos)
Ya sé que el destino de cada uno lo tienes escrito tú, Dios mío, confío en que haya hecho, sino lo mejor, al menos lo menos malo.
¡En vos confío, Señor.!
En realidad su subconsciente comprendía el error que había cometido al compadecerse de Iñaki y Maite, los padres de Alberto, y haber aceptado prácticamente incluso lo que hizo, Unay Salvatierra bajo sus órdenes... la eutanasia.
De no haber sido así, no se habría producido tal accidente. Tan horrible accidente en la persona de Alfredo Idoate.
Todo habría seguido su curso normal, y ni su amigo Morales ni Salvatierra, ni él mismo, se encontrarían en una situación tan deplorable.
Capítulo LIV
Alfonso ya no parecía el mismo, apenas salía de su estudio para ir a dormir a su casa, se le veía apático, y tan triste, que ya apenas visitaba, o llamaba a sus amigos, Jesús y Marta.
Llevaba unos días insociable, enfrascado en su trabajo, y para olvidar sus temores, el resto del tiempo prefería estar entre sus objetos preferidos, sus cuadros, sus libros, de vez en cuando sin querer como si algo le empujase a pensar en el amor repasaba algún libro de poesías suyas, que le hacían suspirar profundamente con ánimo melancólico.
Abrió uno de ellos por donde le pareció, sólo con el ánimo de recordar algo hermoso. (Como dijo inconscientemente)
"Simplemente un niño"
Me siento pájaro herido,
por las espadas del viento,
cuando se caen al suelo
y se estrellan en el cemento.
Mi Alma vuela en pedazos,
mi carne está dolorida,
mi vida hecha retazos
y mi sangre corrompida.
Hechos de menos mi vida,
la mía, que no viví,
mi llama no está encendida...
¡Cuánto lo voy a sentir!
Me gustaría haber sido, estrella del firmamento,
con su luz, y con su sino,
y vivir en campo abierto.
Verdes bosques, praderas verdes,
ríos claros, aguas transparentes,
bravas montañas, con sus nieves
montes, laderas, pendientes.
Me gustaría haber sido,
cielo, mar, tierra, aire,
brisa, lluvia, pájaro, nido,
lágrima, música, canto, arte.
Grandes mares, aguas salada,
serenos Lagos, Torres... castillos,
naturaleza salvaje, grandes cascadas...
O simplemente... un niño.
La amargura ahora afloraba a sus ojos en forma de dos pequeñas perlas de luna, que tras saltar el dique de sus ojos seguían su curso a través de la comisura de sus pómulos para descansar entre sus labios, y aquella boca, aquellos labios que tanto amor necesitaban, pudieron comprobar el sabor de la amargura, y de la soledad obligada.
Sí, le preocupaba Eva, y mucho, porque la amaba, pero ella era una mujer casada, y había decidido vivir su vida, y podía suponer que estaría bien.
Pero... ¿Y mi hija? ¿Y María, estará bien?
Estaba convencido de que su vida era agradable en Nueva York, de eso se había encargado él, que no le faltase nada, terminara sus estudio lo más rápidamente posible, y la volvería a tener a su lado.
¿Pero seguro que eran suposiciones nuestras lo que pensábamos? ¿Y si en realidad estuviera "enganchada" a alguna droga?
¡Dios mío! ¡Pero como me castigas así!
Aun dentro del desorden mental que padecía Alfonso, no se le iba de la cabeza un nombre (Ely), en cada reflexión que hacía, era como si la tuviera delante y esperase su contestación.
De pronto, como si hubiese visto la luz, se levantó del sillón donde se encontraba con un libro de poemas en la mano.
Lo dejó sobre el escritorio donde se encontraba el teléfono, y marcó un número.
Rinnng ...rinnng ...rinnng...
Centralita, ¿dígame?
Por favor... ¿Sería tan amable de pasarme con la dirección?
¿Con quien quiere hablar señor.?
Necesito hablar con la señorita Elisa Maldonado, por favor.
¡Un segundito, enseguida le paso!
Se oye la musiquilla tintineante de fondo, y en unos segundos...
¿Me dice su nombre por favor?
Dígale que soy... Alfonso Quijano.
Sí, señor Quijano, un momento por favor.
La musiquilla volvía a sus oídos.
El tiempo de espera fue corto, muy corto.
¡Alfonso! ¿Eres tú?
Sí, Ely. ¿Cómo te encuentras hoy?
Ya sabes... mi vida es mi trabajo, y aquí todos los días son distintos, y sin embargo tan iguales... algo rutinario si que es, pero me gusta mi trabajo. Pero... supongo que no me has llamado para hablar de mi trabajo, ¿no es cierto?
En efecto.
¿Y quieres contármelo?
Si, claro, me gustaría, sólo que al teléfono sería largo de explicar, quizá...
Prefieres que nos veamos fuera, ¿no es así?
Sí; si no tienes inconveniente... me harías un gran favor.
¿Tan grave es? ¿O solo es una cita?
No, por favor Ely, necesito pedirte unos consejos de amiga. Es muy importante para mí.
Comprendo, Alfonso.
Donde te parece mejor que quedemos, y a qué hora.
Sabes que puedes contar conmigo para lo que me necesites.
¡Gracias Ely! Muchas gracias.
Y con mucho gusto, además.
Además; quería verte yo también, para ver cómo te encuentras. ¿Estás bien de verdad?
Pues, prefiero verte después, y te lo cuento todo. ¿Te parece?
No te escucho muy ilusionado, así que no me falles. Como no me dices donde y cuando tú quieras, te lo diré yo. ¿Qué te parece si me vienes a buscar en media hora?
Extraordinario. Ahí estaré.
Un abrazo Ely...
Venga, un beso. Hasta ahora.
¿Por qué me pondré tan nervioso con esta chica? Jolín, al principio la veía graciosa, y dicharachera además de hermosa y exuberante, pero no influía en mi sistema nervioso.
Además, cada vez me viene mas a la cabeza su nombre. (Se decía Alfonso mientras caminaba cabizbajo y meditabundos)
Se le estaba infiltrando una clara depresión en su cerebro, y no podía consentirlo, debía ser él, el que debía solucionar algún problema con María si hubiera, y no debía dejarse llevar al terreno depresivo.
Si, él lo comprendía, si, pero... ¿Era tan fácil desechar unos pensamientos decididos a herir fueran o no ciertos? No seria sencillo, pero pondría todo lo que estuviera de su parte para que no fuese así. (Fue la conclusión a la que llegó en su paseo pero necesitaba ayuda.)
Ya le esperaba a las puertas del hospital cuando Alfonso llegó.
Siento llegar tarde Ely.
No, no te disculpes, bienes antes de tiempo, soy yo la que está impaciente por conocer lo que te preocupa, por eso he bajado antes para esperarte.
Se dan dos suaves y tímidos besos en las mejillas para saludarse, y fue Ely con su carácter activo, y reactivo la que quería empezar el tema que preocupa a Alfonso.
¡Bien! Tú dirás dónde vamos, Alfonso.
No importa el sitio...
Importa más el tema. ¿No es cierto?
Así es...
Pues, cuéntame lo que te preocupa, quizás pueda ayudarte.
Sí... eres la única persona que me puede aconsejar, si no la única, seguro que será la mejor opinión que puedo recibir de un profesional de la psiquiatría.
¿Psiquiatría? ¿Te encuentras mal, Alfonso?
No, no me mal intérpretes.
Perdona, la culpa es mía, no te he dicho que se trata de María, mi hija María.
¿Qué le ocurre a María?
Pues verás, el caso es que vino a pasar unos días conmigo, y esa noche salimos a cenar con Jesús y Marta, lo mismo él que yo, pudimos ver ciertos detalles en ella que nos preocupaba.
¿A qué detalles te refieres?
Pues no sé... pequeñas cosas... la encontré que se hallaba algo nerviosa, a lo que no le di importancia por el viaje, ya sabes... pero después pude observar que iba en aumento, sudaba, tenía un brillo en la mirada distinto al suyo.
¿Se le pasó?
Se levantó de la mesa para ir al baño, y nos pudimos dar cuenta Jesús y yo; además, lo hemos comentado después que vino como si no lo hubiera pasado nada.
¿Y qué opináis, Alfonso?
Pues prefiero no opinar Ely, me gustaría que me dieses tu el consejo, ya que he tratado de hablar con ella cuando volví a casa y tenía la maleta hecha, me ha dicho que se tenía que marchar por unos asuntos pendientes en Nueva York, y no me ha dado más explicaciones. ¡Se marchó!
¿Ha tenido algún problema con alguno de vosotros? ¿Le habéis recriminado algo?
¡No! En absoluto, estuvo toda la mañana de compras por la ciudad.
No ha tenido, que yo sepa, ningún problema con nadie.
El caso es, ahora que lo dices, que cara no llevaba muy buena cara cuando se despidió.
En realidad me deberías decir... ¿Qué es lo que te preocupa Alfonso?
Temo que puede estar tomando algún tipo de estimulantes.
Comprendo. ¿Y según crees tu no podría ser un dolor de estómago? Ya he pensado en todo eso sí, que podía ser eso, la regla, la cabeza, ¡qué sé, yo!
Me niego a creer que María pertenezca a esa clase de gente.
Pero hay que estar seguro, Alfonso. Hay casos que cogidos a tiempo por muy graves que puedan parecer son cosas muy sencillas de curar.
Con un poco de voluntad, y ayuda médica se consigue, créeme.
Si, pero... ¿Qué puedo hacer? Nos separan cientos de kilómetros, y no he conseguido aconsejarla antes de irse.
Si me pides el consejo, como amiga te diría que vaya la montaña a Mahoma.
¿Y cómo doctor?
Te volvería a aconsejar lo mismo, debes estar cerca de ella, conocer algo más de su vida, sus amigos, en que círculos se mueve, donde vive. Etc..
Ely se había puesto sería, durante la conversación su cara no era la misma risueña y alegre que lucía siempre, y en todas partes.
Ahora le preocupaba sinceramente, que la hija de Alfonso estuviera metida en el mundo de las tinieblas de los estupefacientes. Por otro lado, ella misma estaba en la obligación de aconsejar a Alfonso, que se iría al lado de su hija, era lo mejor para poder conocer si era cierto lo que sospechaba su padre.
Y por último, aquel hombre educado y sencillo (Aunque estaba pasando por unas vicisitudes increíbles, pues se le veía claramente el sufrimiento en su rostro), como psicóloga no podía equivocarse, le atraía.
Sentía cierta atracción por él, que aún así no podía muy bien definir, si amistad, o quizá fuese algo más... y se iría a Nueva York.
Te haré caso, pediré el traslado a Nueva York para estar cerca de María. (Lo dijo casi sin darse cuenta, con la mirada perdida y según lo iba pensando)
Te deseo mucha suerte Alfonso, ya verás como no es nada. De todos modos, si tienes algún problema, consúltame, por favor.
Lo haré con mucho gusto. ¿O.K.?
Sí, sí, lo haré. Gracias.
Sus ojos se encontraron unos segundos frente a frente, en donde los dos parecían sumergirse el uno en el otro a través de sus pupilas.
Los dos buceaban en sus subconscientes sin saber que, pero algo buscaban.
Alfonso se despide de Ely con otros dos besos en las mejillas, esta vez, los besos fueron más pausados, con más calma, y apoyando suavemente los labios sobre su rostro. ............................................................................
(Lástima que sólo podamos ser buenos amigos) Creo que amo a un hombre que pertenece a otro corazón gemelo al suyo.
Está enamorado de Eva, y no pondrá los ojos en otra mujer a pesar de sus vicisitudes con ella.
Aunque Eva fuera una monja de clausura la seguiría queriendo, seguiría suspirando por ella, y por ella quizás no se vuelva a fijar en otra mujer.
Ojalá me equivoque, pero con el problema que posiblemente tuviera María, y el tiempo que debía dedicarle, no volviese la vista hacia ningún lado. No vería más que sus desdichas. (Y eso la ponía triste)
Comprendía su actuación en el seno de la familia, pues era un hombre cabal, y responsable. Le parecía bien, no dudaba de su integridad humanitaria, pero era eso, lo que la asustaba.
Pensaría en él como un buen amigo, le ayudaría en lo que estuviese en su mano, pero nada más.
Guardaría en el cofre coralino de su pecho todos los sentimientos que pudieran surgirle con respecto a él, exclusivamente para sí, para ella misma.
Sería... su amor platónico secreto.
Capítulo LV
Los facultativos, después de la operación larga y costosa, que padecieron para tratar de salvar la vida de Eva, dan orden de localizar a sus familiares en admisión.
Mientras todo esto ocurría, Alfonso se encontraba en el aeropuerto dispuesto a coger el vuelo hacia Nueva York, desde donde hizo algunas llamadas con su móvil, entre ellas, una que hizo a su amigo Jesús.
Rinnng ...Rnnnig...
¿Sí, dígame?
Marta, ¿eres tú?
"Sacto" la misma, ni mas, ni menos.
Por favor Marta. ¿Está Jesús?
¡Ah! Alfonso, no te había reconocido. Sí, si esta. ¿Quieres que te pase con él?
Sí, por favor.
¿Te encuentras bien? Parece, que no te noto muy animado.
Estoy en el aeropuerto, camino de Nueva York.
¿Vas a ver a María?
Sí...
Espera un segundo Alfonso, enseguida te lo paso.
¡Jesús, cielo, es para ti, Alfonso desea hablar contigo!.
¿Alfonso? Ocurre algo, amigo.
Quería despedirme de vosotros.
¿Despedirte? ¿Adónde vas?
He decidido pasar una temporada al lado de María.
Necesito conocer mejor su vida y sus costumbres.
¿No pensarás, que pueda ser cierto lo que estuvimos hablando sobre ella?
Ruego a Dios, que nos equivoquemos todos, Jesús, pero no puede caber duda sobre este particular.
Según Ely no debo preocuparme, también pudo ser un malestar pasajero, pero antes la duda me ha recomendado, que pase unos días con ella para estar seguro.
Sí, quizá sea lo mejor. No te ha dado una razón sobre su marcha, y también eso es muy raro. ¿No crees?
Eso pienso amigo, por eso pienso pasar unos días a su lado, y ojalá nos equivoquemos.
Sería un duro palo para mí, si fuera cierto.
Está bien Alfonso, cuídate mucho, y mantenme informado de tu paradero, no quiero perder otro amigo...
No te preocupes Jesús, te llamaré diciendo dónde me alojo. ¿O.K.?
Despídeme de Marta, por favor.
Lo haré...
Y cuidaros vosotros también, un abrazo Jesús.
Adiós amigo...
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En admisión de aquel hospital neoyorquino, seguían buscando algún dato entre los enseres de Eva, que les pudieran indicar por dónde empezar la búsqueda. Mirando entre sus enseres privados pudieron encontrar aquel álbum de fotos que, con tanto cariño había puesto ella en su maleta, aquel recuerdo no era más que eso. un recuerdo, no podían saber quiénes eran aquellas personas.
Piden que algún camillero suba a la planta donde se encuentra la enferma por ver entre sus ropas si se podría encontrar algo que les dijese quién era ella al menos, o si se encontraba algún otro objeto o documento que les facilitase su labor.
No tardó en regresar el camillero portando un bolso de mano, que supuestamente llevaba la enferma en el momento del accidente, y recogieron los del servicio de la unidad médica móvil.
Entre las pocas cosas que llevaba en él, se encontraba una pequeña agenda telefónica con sólo tres números a los que podían llamar, y eran de otro estado, pero debía localizar a sus familiares para poner en su conocimiento lo ocurrido, ya que sabían por el documento de identidad quién era la persona accidentada doña Eva María Aguirre.
Optaron por llamar al primer número de la agenda, y tras unos segundos de espera al otro extremo se recibía la señal de llamada que fue agotada sin que el teléfono fuera atendido.
Lo hacían a su propia casa, y (como sabemos Alfredo había sido víctima de una eutanasia destinada a la persona de Alberto Irigaray, el toxicómano y asesino, que se hallaba espiando su vida, y las consecuencias que llegaron a tener sus acciones), se encontraba deshabitada.
Volvieron a insistir en el segundo número, y transcurrido unos segundos de nuevo se podía apreciar que la señal llegaba alta y clara, pero como en la primera ocurrió que se agotó el tiempo, y la señal se perdió para aparecer en el auricular un largo Piiiiitttt...
Esta segunda llamada se recibía en la casa de su amiga Marta, que se encontraba viviendo desde el día anterior con Jesús como sabemos, y tampoco dio fruto positivo.
La admisión como era su deber, por uno u otro medio debían de encontrar a alguien relacionado con ella, o se verían obligados a dar parte a las autoridades locales, que serían en ese caso los encargados de inspeccionar su vida anterior.
Por tercera vez volvieron a insistir en el tercer número de la agenda.
Aquel número volvió a quedar por tercera vez sin contestación, era el número de Alfonso. Su casa también se hallaba vacía, pues en esos momentos volaba hacia Nueva York en el vuelo, 507.
La chica de admisión se le acababa, no sólo los recursos, sino, también la paciencia tras la negativa telefónica. ¿Cómo es posible que ninguno de los teléfonos pueda ser recogido por nadie? ¿Dónde está todo el mundo?
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Alfonso, ajeno a todo esto en su vuelo, se le veía apático y pensativo, seguramente cavilaba sobre sus acontecimientos negativos, que últimamente le atormentaba tanto. A él, que era una persona relativamente gozosa con su vida, hasta que se enteró que Alfredo maltrataba impunemente a la mujer que amaba en silencio.
Ella, escogió su destino con aquel hombre, y como sabemos, no por propia voluntad según pensaba él.
Hasta entonces fue relativamente comedido en su existencia, pensando que Eva era feliz, y él, seguía teniendo el cariño de su hija María.
Pero desde aquel día, parece que su vida haya entrado en una zona de sombras.
Como si hasta ese momento la rosa de su vida se hubiese ido deshojando, y ahí, en ese preciso día cayó el último pétalo, y su vida quedase a oscuras.
Todo eran pensamientos malos, y recuerdos aún peores. ¿Qué estaba ocurriendo?
¿Acabará mi infierno algún día? (Se preguntaba)
Quería evadirse de sus siniestros pensamientos (pues debía ser fuerte, su hija podía necesitarlo, y no debía flaquear ni mental, ni espiritualmente), y aprovechó el tiempo en coger su bolígrafo, y su bloc donde trataba de escribir algo...
Algo se quedó en mi alma.
Huyo despavorido,
con la vida inacabada,
en mi corazón herido
la vida se me apagaba.
Yo que tanto quise hacer,
que tanto quise lograr,
que pronto pude ver,
lo triste que es el soñar.
Vida en un mundo perpetuo,
instante en lo infinito,
estrella fugaz, fuego fatuo
como para el muerto el granito.
Vida que en un suspiro se va,
temo que a mi se me vaya,
como huellas al pisar
en la arena de la playa.
Suspiro que nada vale,
y el viento se lleva sin queja,
que de la boca me sale,
y del alma se me aleja.
Olas con su hermosura
del mar su lomo cabalgan,
que vienen de las honduras
las rocas muertas las tragan.
Rayo fugaz en la noche,
retazo de cielo fundido,
como corazón inerte
de su cuerpo desprendido.
Eso es la vida, nada;
nada que pueda tocarse u olerse,
es la luz en la mirada,
como en la herida el dolerse.
Nieve blanca que al arroyo,
vuelve sus aguas claras,
del cielo bajaste en copos,
y gas al cielo tornaras.
Como espíritu evaporado,
volando hasta el cielo subes,
como águila dorada
para llorar de las nubes.
¡Qué efímera es la vida!
¡Cuál relámpago pasa!
Ya veo la mía perdida
como en pavesa, la brasa.
Más... no todo está perdido,
algo se quedó en mi alma...
el amor como fundido,
en posos de sangre descansa.
El que me dieron, el que di,
la pasión que no se ve
pero se puede sentir,
como en la creación la fe.
La fe de lo invisible.
El don de la razón.
El pensamiento ilegible,
y el querer de corazón.
Se podía apreciar en sus versos la contradicción de su mente, aún con la voluntad de superar la prueba que el destino le ponía bajo sus pies, su subconsciente le jugaba malas pasadas restregando sus añoranzas por ella. (Mente)
Capítulo LVI
La rencorosa y malvada Amaya, no cejaba en su empeño.
Ya tenía carta blanca del doctor Ugarte, y unas pesetas en su cuenta corriente que le permitiría llevar a cabo su venganza en la persona de Alfonso en primer lugar, y después, en la directora de aquel hospital, donde ocurrió la tragedia de Alfredo.
Ya pensaría algo para hacerle daño a Elisa.
Quizá la señalase como inductora de los hechos que ocurrieron, según el doctor.
Pero lo primero era lo primero, Alfonso.
Debía encontrarlo. (En realidad no sabía nada de su vida, por lo tanto, tampoco donde dar con él) ¿Cómo lo encuentro? Piensa Amayita, piensa, que tú vales para eso. (Se decía a sí misma tratando de encontrar una respuesta) Empezaré por el hospital, quizás allí me informen de su dirección.
Así lo hizo, a paso ligero como si tuviera prisa por acabar con él, recorría las calles en dirección conocida muy bien por ella. (Pues para "trabajar" todas las noches en la zona vieja de la ciudad debía hacerlo, pasando por allí; por el hospital donde Elisa trabajaba) Se fue directamente a admisión, y con voz dulce, y empalagosa fingiendo ser amable, preguntó a la auxiliar: Por favor Srta... mire usted, tengo un problema, que no se cómo solucionar.
Usted dirá, señora.
Soy de fuera, y vengo de paso por la ciudad, aquí reside un buen amigo mío, y quisiera visitarlo.
¿Y?
Pues, que en realidad no tengo dirección alguna de él, y no puedo hacerlo, sólo tengo unas horas para hacer el trasbordo.
¿Cómo no ha llamado usted a información telefónica? ¿Es que no sabe su nombre?
Sí, sí que lo sé. Pues mire... no se me había ocurrido. Perdóneme.
Sería tan amable de mirar si, por un casual esta en el ordenador.
Está bien, le ayudaré si puedo.
¿Cómo me dice que se llama?
Quijano, Alfonso Quijano.
Un momento, por favor.
(Amaya sonrió maliciosamente mientras aquella chica atendía su solicitud.)
Sí, en efecto, puede ser, aquí aparece Alfonso Quijano, mmm...
¿Me la da, por favor?
La chica de admisión, más que dársela verbalmente quiso asegurarse de la solicitud de Amaya, y para que no la olvidara le apuntó la dirección.
Gracias señorita, es usted muy amable, gracias.
Y con el mismo paso largo y decidido, bajaba la avenida de los Rosales con la dirección que llevaba en su poder.
Sus llamadas eran insistentes, y largas.
Nadie habría aquella puerta. (Nadie podía, Alfonso se hallaba de viaje)
La cara de Amaya, aquella mujer perversa, cambiaba de color, su irritación era patente.
Al ver que era inútil, que nadie habría, optó por volver al hospital
Iré directamente a esa tal Elisa, ella me llevará hasta él, estoy segura. (Se decía llena de rabia)Al recordar la conversación de Ugarte con Salvatierra en el furgón de su traslado a la cárcel, e hilarlo con los datos que el propio doctor Ugarte le había proporcionado para el plan.
Su paso más que andar era correr; estaba ciega de rabia, la furia que le embargaba era más fuerte que su propia resistencia física.
Llegó al hospital casi sin aliento, allí trató de calmarse tomando aliento para dar buena impresión.
Esta vez no pasó por la admisión para no levantar sospechas, preguntó en información: ¿Por favor (con la misma voz embaucadora), sería usted tan amable de indicarme el camino a la oficina de la directora?
Me es muy urgente hablar con ella.
Información cumplió con su cometido, y Amaya fue informada.
Sin tan siquiera dar las gracias se marchó. (Su "educación" era evidente)
En la puerta de la directora ya se lo pensó mejor, y como persona educada solicitó el permiso correspondiente con dos golpecitos en la puerta.
Elisa se hallaba ante un montón de papeles que debía poner en orden, pero dio un: ¡Adelante!
Buenos días... usted perdone que la moleste señora.
Buenos días, ¿qué desea?
Verá usted, yo... soy una buena amiga de Alfonso Quijano, he venido a la ciudad para arreglar unos asuntos, y me gustaría saludarlo.
Si fuera tan amable de indicarme dónde lo puedo localizar, se lo agradecería en el alma.
(Mentía maliciosamente la condenada de ella, pero era un arte en su profesión, y ella era toda una "artista")
¿Ha mirado en su casa?
Sí, sí pero... me ha sido imposible... no está allí.
Espere un segundo, llamaré a su estudio por si estuviera allí.
Tras una pausa breve, el teléfono también se negó a recibir la llamada de Elisa. (El estudio estaba vacío)
Lo siento Sra., en su estudio tampoco esta.
Y no puede indicarme de algún amigo... familiar, que me diera más razón...
Tras unos segundos pensativa a Elisa se le vino a la memoria su amigo Jesús. Quizás Jesús...
¿Qué Jesús?
El hermano de Alfredo, un enfermo con el que tuvimos un grave accidente.
Ely aun siendo una excelente psicóloga carecía de maldad, y en ningún momento sospechó de aquella pécora que le sonsacaba el teléfono de Jesús.
Ely le extendió también apuntado el número de teléfono de Jesús y Marta.
Aquí tiene usted. señora, espero haberle sido útil.
Muchas gracias" señorita directora", es usted un sol.
Ely se le quedó mirando un poco sorprendida, y vio que se marchaba satisfecha, lo que para ella era un orgullo.
Siguió con sus papeles sin sospechar el alcance maligno de aquella mujer, ni de las intenciones que le bullían en su cerebro.
En pocos minutos, aquella ramera localizó la dirección que le había dado la directora.
Era tanto su afán de venganza, que no sentía ni el cansancio de sus largos paseos por aquellas calles y avenidas de un lado para otro.
Tras resoplar, más que respirar, por la furia que le embargaba, llamó al teléfono que Ely le dio.
En ese momento se encontraba Marta sola, pues Jesús ejercía su trabajo en la farmacia.
¿Sí? Dígame.
¿Cómo está usted? "Pos tupendamente"... ¿y usted?
Bien, gracias.
¿En qué puedo ayudarle señora?
La verdad, es usted o su marido, los que me pueden ayudar.
Usted dirá.
Estoy tratando de localizar a mi amigo Quijano, Alfonso Quijano, y nadie me da referencias suyas, y me gustaría saludarle antes de abandonar la ciudad, pues he venido por unos asuntos, y debo marchar pronto. No quisiera irme sin darle un fuerte abrazo.
¿Le conoce?
Sí, somos muy buenos amigos desde hace muchos años.
Lamento tener que decirle que tiene mucha razón en no encontrarlo.
¿Pues?
No se encuentra en la ciudad.
¿Qué me dices?
No, no está aquí, se fue anoche a Nueva York, por asuntos familiares.
Qué pena... con la ilusión que me hace el haberlo...
¿Y no podría darme algún número de teléfono... me gustaría tanto hablar con él, hace tantos años que no nos vemos...
A propósito, no me ha dicho quien es usted.
Me llamo Amaya Sanjurjo.
Espere un momento por favor, trataré de ayudarle.
Volvía a dibujarse aquella sonrisa irónica en su rostro, que desvelaba la clase de persona que en realidad era.
Al darle Marta el número de su móvil, su semblante cambio de nuevo...
... Creo que aquí lo podrá localizar, si es tan importante para usted, espero haberle ayudado.
Es usted muy amable. Muchas gracias.
Adiós Buenos días.
¡Ah, si, adiós! (Se despidió Amaya más pensando en el número de teléfono, que en la persona que le había ayudado al otro extremo del hilo telefónico.
Capítulo LVII
Al bajar del avión, Alfonso coge el primer taxi que puede en aquella ciudad tan relampagueante, y dándole la dirección de su hija al conductor...
Mirando, podía apreciar grandes avenidas, hermosos paisajes de la ciudad, el coche circulaba por sitios elegantes y suntuosos monumentos, y fuentes en plazas, y jardines.
Sin embargo, poco a poco, pudo comprobar que la panorámica iba cambiando, las calles eran más humildes, y los jardines más pobres y abandonados, cada vez más.
El taxi tomaba dirección extrarradio, desde donde pudo divisar a lo lejos unos barracones cabañas o chozas donde aparentemente podían vivir nómadas, húngaros o algo por el estilo.
Su semblante cambiada por momentos (pero temía hacer alguna pregunta al conductor, le aterrorizaba estar en lo cierto), a la vez que aquel vehículo reducía su velocidad, en dirección a una de aquellas chabolas.
Bien son $125 Señor.
¿Cómo me ha traído aquí?
La dirección que usted me ha dado señor.
No salía de su asombro, miraba a su alrededor, y no veía más que basuras y escombros, chatarras, y casas destartaladas, aunque en la calle, los coches decían lo contrario.
Ferraris, Masseratis... todos eran coches impresionantes, pero el gueto aquel...
¿Allí vivía su hija? ¡Dios santo! ¿Pero esto, que es?
No lo sé. Señor, yo no sé nada. ¡Nada!
Le he traído donde me pidió.
Sí... sí, sí gracias. ¡Tenga!
Tan pronto tomó el dinero al taxista salió de aquel lugar como si le persiguiese el diablo. (Cosa que sorprendió a Quijano)
La cara de María al abrir la puerta, no pudo ser más expresiva.
La sorpresa fue de infarto.
¡Su padre!
¡Papá! ¿Pero qué haces aquí?
Te quería dar una sorpresa, ya que tu no pudiste quedarte más tiempo, he querido yo estar contigo unos días.
¡Pero, papá! ¿Cómo has podido...?
Debías haberme avisado.
¿No te agrada mi visita?
Pues si quieres que te sea sincera no, papá.
Ya ves que no me agrada tu visita.
Pero hija... ¿Qué dices?
Lo siento, papá... siento que tengas que ver esto.
¿Cómo has podido tenerme engañado todo este tiempo? Creyendo que vivías como una dama con el dinero que te mandaba.
María se revolvía de ira sin contestar.
Alfonso escudriñaba el lugar, era un sitio sucio, y apestoso, una chabola en un gueto de vete a saber que (se preguntaba), quizá eran ciertas sus suposiciones.
¡Santo cielo! ¡Mi niña!
La "casa" era húmeda y fría, los muebles destartalados que podía observar, "lucían" una suciedad, y polvo, que junto con la mugre que sufría el suelo hacía un marco aterrador, con las paredes desconchadas, ventanas y puertas astilladas, cristales rotos, y una luz mortecina, estremecían el alma de aquel padre.
Le recorrió un escalofrío la espalda dando lugar a la mente a volver a la realidad.
María, callaba.
¡María, por Dios! ¡Qué disgusto! ¿Cómo has podido hacerme esto?
Ya te he dicho papá, que no debías haber venido.
Pero, ¿me quieres explicar...
¡No tengo que explicarte nada, papá!
Además; no puedes quedarte aquí, ¡lo siento!
¡Pero hija, por favor!
El pecho de aquel hombre estaba a punto de estallar.
Cuántas emociones negativas.
Ahora me echa mi hija de su casa.
Papá, lo siento, no puedo decirte nada más que lo siento, pero debes irte.
(Le recalcaba su hija sacándolo de sus pensamientos)
Dame una explicación María. ¿Qué he hecho yo, para merecer esto?
¿Té ha faltado algo en la vida? ¿He dejado de complacerte en tus más mínimos caprichos?
Cuándo saliste de mi casa... ¿No te dije que me contases cualquier problema que tuvieras? ¿Por qué no lo has hecho?
¡No lo sé! ¡No lo sé! ¡No lo sé! Déjame en paz, ¿quieres?
Hija mía, esto me va a matar, y tú, lo sabes muy bien, sabes que soy una persona honrada, y esto me afecta directamente y me hace sufrir.
Papá no hagas más difícil mi vida. ¿Por favor, quieres marcharte?
Está bien hija, si ése es tu gusto lo haré, pero soy tu padre, y no puedo quedarme de brazos cruzados.
Pues es mejor que me olvides papá, y no te inmiscuyas en mi vida.
Ya soy mayorcita, y sé como vivo, y lo que quiero.
No, no lo sabes. Has escogido mal camino.
No sé dónde te has equivocado ni cuando, pero te has equivocado en elegir tu vida. De eso estoy convencido.
Volveré a verte.
¡No! No lo hagas. Te he dicho que no te interpongas en mi vida.
La mirada de María era amenazadora, el brillo de sus ojos enfurecidos, no era como la mirada dulce que Alfonso recordaba en los ojos de su hija, no parecía la misma. Aquello le demostraba a Alfonso, que sus temores no eran infundados.
Su hija no era ella, era la consecuencia de algún narcótico maligno de los que él tanto odiaba.
Tuvo que aceptar el rechazo de María, no podía hacer otra cosa, pero volvería a verla.
Tras coger su equipaje, y viendo que María no se había dignado darle un beso de bienvenida, tampoco lo esperó en su despedida. Abría aquella puerta chirriante, y se perdió con su maleta de piel, por aquellos vericuetos que formaban aquel cúmulo de indecentes, y tenebrosas viviendas.
Pudo alcanzar la ciudad por fin, y se instaló en el hotel más cercano al lugar infame donde se encontraba su hija. (Debía visitarla a menudo, no podía dejarla en aquel estado, y en aquellas condiciones tan lamentables de vida)
El hotel era digno, humilde pero digno.
Desde allí llamó a su amigo Jesús, quería hacerle partícipe de sus temores.
Rinnng ...rinnng...
Jesús... ¡Alfonso! Me alegra oírte. ¿Cómo estás?
Destrozado, amigo mío.
¿Qué te ocurre?
Lo que me ocurre a mí no tiene importancia.
¡Dime! ¿Qué sucede? ¡No me tengas así!
El lamento de Alfonso al hablar con Jesús, fue más que eso, sus ojos no podían reprimir sus sentimientos, y afloraban por ellos ardientes, y lastimeras sus lágrimas en la soledad de aquella habitación.
¡Mi hija!
¿Qué ocurre? ¡Por Dios!
Todo lo que pensamos era cierto, estoy seguro.
¡Dios mío!
Sí, Jesús, el alma me a volado en mil pedazos al ver el sitio donde vive, un gueto repugnante y asqueroso en las afueras de Nueva York.
¡Alfonso! Me dejas de piedra.
Sí, amigo mío... pero aun hay más.
¿Qué sucede? Cuéntamelo todo, y dime cómo puedo ayudarte.
No, no quiero que hagas nada, Jesús. ¡Gracias! Quería decírtelo para desahogare.
No puedes ayudarme.
Debo ser yo, el que arregle este caos.
¿Pero qué es? ¡Contesta! Que más te ha ocurrido.
Dando un suspiro de resignación y amargura le contestó: me ha echado de su casa...
¡Pero Alfonso, por favor! ¿Que me cuentas?
Sí. Es triste, pero así es, no se que he podido hacer mal, o en que me he podido equivocar como padre, pero así es, me ha echado de su "casa".
Sí, a aquel lugar se le puede llamar "casa"
¡Cuánto lo siento amigo mío! Sí te puedo ayudar en algo, no dudes en decírmelo, sea lo que sea. Ya sabes que me tienes para lo que necesites. ¿O.K.?
Si, Jesús, y te lo agradezco, pero por favor quiero que estéis tranquilos, yo solucionaré esto. No sé cómo, pero lo haré.
Gracias, amigo mío.
Dale recuerdos, y besos a Marta de mi parte.
Se los daré, Alfonso. Cuídate mucho.
Sí... gracias.
Durante unos instantes, los teléfono seguían al oído sin colgarse, por fin Alfonso lo hizo, y su amigo Jesús meditaba sobre todo lo que últimamente se le había venido encima a su amigo.
Con el teléfono aún cogido, sólo pudo articular una palabra de impotencia y desesperación. ¡¡Dios!! ¡Maldita droga!
Capítulo LVIII
La admisión de Nueva York, estuvo a punto de tirar la toalla, y dejar el caso de Eva María Aguirre en manos de las autoridades, pues se sentían impotentes con su búsqueda infructuosa sobre el paradero de alguien que pudiera asumir la responsabilidad de ella, y el grave accidente.
El estado que presentaba Eva, era crítico.
Su estado era grave, y había que actuar con rapidez quizá podía necesitar volver a intervenirle quirúrgicamente, e incluso era probable que muriera dado la gravedad de su estado.
Cuando hallaron en un bolsillo del bolso de mano de la paciente, una tarjeta personalizada en donde pudieron leer cierta dirección, y un teléfono perteneciente al mismo Nueva York.
Rápidamente volvió a marcar el número de lo que sería su cuarta llamada, esperaban que fuera decisiva, y pudiera encontrar a esa persona de la tarjeta que aparentemente podría ser su hija, según el escrito de dicha tarjeta María Quijano Aguirre.
El móvil no tardó en dar su señal.
Bit ...bit ...bit...
Aunque se tardó en atender, por fin alguien se hacía cargo de él.
¿Quién está ahí dentro? ¡Contesta.!
¿Oiga? ¿Oiga?
¿Por qué me dices "oiga", "oiga", no sabes decir otra cosa?
Su estado no dejaba duda, aquella persona fuese quien fuese, no debía encontrarse en buen estado (pensaba la enfermera al otro extremo), pero aún así debía darle la fatal noticia.
¿Cómo te has metido en una caja tan pequeña con tantos botones?
Oiga... mire usted, debe escucharme, es importante.
¡Qué bien! Pero sí dice más cosas...
¡Sal de ahí! Que quiero verte. ¡Vamos, te lo ordeno!
Por favor, se lo ruego, escúcheme con atención.
¡Atención! ¡Firmes! ¡Ar! ja ,ja ,ja...
Mire le llamo de Santa Mónica para decirle que...
¿Santa armónica? Que Santa mas rara, y... ¿Qué hace una santa dentro de esta cajita?
...para poner en su conocimiento, que se encuentra en nuestro centro con graves heridas, una señora...
¿Por qué habla tan rápido... doña Santa armónica? No ve que habla con la tierra, con el planeta tierra, TI, E, RRA. ¿Comprende? Y aquí somos algo más lentos que en el cielo. JA ,JA ,JA...
Como le decía, su pasaporte dice llamarse Eva María Aguirre...
¿Ahí en el cielo los pasaportes hablan? Pues, aquí no.
Escuche con atención, por favor, su estado es grave, se necesita la presencia de algún familiar que nos asesore...
¡No! Eso sí que no, yo aún no quiero subir al cielo con ninguna santa, conmigo no cuente doña armónica.
Le digo que es importante, por favor, debe hacerme caso. Es urgente.
¿Qué es urgente que? Ya le digo doña armónica, que en mis planes no entra subir al cielo tan pronto, aquí en la tierra se pasa “da-buten".
¡Es inútil! ¡No hay forma!
Se lamentaba la responsable de admisión
¿Cómo que estoy inútil, y no estoy en forma? Mire, mire.
Dando saltos, según su estado le permitía vacilantes y temerarios, sobre aquellos frágiles muebles de la chabola donde vivía. ¿Ve, no estoy inútil?
¿Me ve desde ahí dentro, doña Santa? -Y miraba las mallas del micro por donde oía la voz-
Le repito, que es muy urgente su presencia en el hospital Santa Mónica, por favor.
La auxiliar médico la tuvo que dejar por imposible, era evidente, que su estado era consecuencia de algún tipo de droga o alcohol, y no podían hacerle entender la gravedad del caso.
María, aún seguía hablando sola con el móvil, dirigiendo sus palabras a esa supuesta Santa, que ella imaginaba en su estado de alucinación, se encontraba dentro de aquella cajita de botones.
¡Oiga, Santa Armónica! ¡Santa Armónica! ¡Conteste! Qué lástima... se ha ido, ahora que había tomado contacto con el cielo, y quería haberme reservado una buena parcela en el paraíso... se va. ¡Qué rabia!
Con sus divagaciones se quedó dormida tras haber caído pesadamente sobre un viejo sofá de aquel lúgubre y mortecino lugar, que ella llamaba "su casa”.
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Alfonso en su hotel, se hallaba meditando las cosas que le preocupaban (últimamente eran tantas...), en su entorno de amigos, y allí volvía a estar.
Ely, La directora general del hospital, del único hospital de su ciudad.
Esa chica pizpireta tan alegre... ¿Cómo estará? (Se preguntaba)
¿Y si le llamase? No creo que se ofende por eso, es tan amable... espero que no piense mal de mí.
No quiero que piense que busco en ella algo más que amistad.
Tras cavilar en los pros, y los contras que pudiese pensar ella, comprendió que en efecto, no se lo tomaría como ningún tipo de acoso, ella era mucho más inteligente, y sólo pensaba en su carrera.
¡Sí, lo haré!
Marcó de nuevo el número de la centralita del hospital. (Aún no tenía ningún número personal suyo)
Centralita, ¿dígame?
¿Me puede pasar con doña Elisa Maldonado, por favor? Soy Alfonso Quijano.
Un segundo, por favor, miraré si se encuentra en su despacho.
El tintinear de aquella música de fondo era realmente relajante para sus nervios tan alterados, últimamente con todos los sucesos ocurridos en su vida, y en especial la preocupación de su hija María que le embargaba amargamente.
Alfonso, ¿eres tú?
Sí, soy yo, Ely.
Que alegría escuchar tu voz, me alegro que te hayas acordado de mí.
¿Qué tal estás?
Pues, no quisiera preocuparte...
¿Es que ocurre algo? ¿Cómo está María, dime?
El interés de Ely por la salud de María, era tan sincero que no podía evitar hacerlo con aquella insistente preocupación.
Alfonso cayó un instante para reponer su entereza, pues, Ely le emocionaba profundamente al interesarse por su hija del modo que lo hacía.
Me temo que mal, Ely.
¿Mal? ¿Cómo que mal? ¿Qué ocurre? Cuéntame.
He podido visitarla en el lugar que vive, y es un sitio infame y asqueroso. El gueto donde reside es en realidad un nido de ratas, de traficantes y mafioso, según he podido comprobar con mis propios ojos.
¡Por Dios, Alfonso! ¿Que me cuentas?
Sí, Ely, si.
Me ha tenido engañado estos años, haciéndome creer, que vivía como una dama, pues en realidad no ha carecido de nada, y ya ves.
¡Pobre María! Debe salir de ese ambiente cuanto antes. Tienes que conseguirlo, Alfonso, no debes permitir que continúe en ese entorno... la mataría.
Lo haré Ely, y haré cualquier cosa para terminar con esta pesadilla que me destroza el corazón a mí también.
Ella es una chica única. Ha sido siempre tan dulce, tan simpática... tan buena chica...
Entiendo muy bien, amigo Alfonso, pero ten por seguro que lo conseguiremos, tu hija no merece vivir así, ella se merece mucho más, confía en mi.
Perdona, Ely, me ha parecido entender, que lo conseguiremos...
Sí, lo haremos, ya veras. Perdona Alfonso, es culpa mía, soy una persona que piensa, y a la vez pueda hablar de cualquier otra cosa diferente, mi trabajo, y mis estudios, me han desarrollado ese don.
No comprendo... pensaba que mi destino es Nueva York.
¿Qué?
Sí, Alfonso, Nueva York.
Por favor, Ely, no puedo consentir que hagas este viaje y abandones el trabajo por mis problemas, no, ya me las arreglaré sólo, creo que lo conseguiré, es mi deber de padre y lo haré.
Discúlpame amigo mío, creo que no me he explicado bien, si tuviera que hacer ese viaje por ti, y por María, puedes dar por seguro que lo haría sin dudarlo, pero para que te sientas mejor te diré, que iré a Nueva York para hacer unas oposiciones fundamentales para mi carrera.
Espero conseguirlas, si no es así pues me resignaré.
- Aquellas palabras sonaban tan dulces y convincentes como siempre, como era habitual en ella, con esa resolución y aquella seguridad en sí misma, que maravillaba a nuestro artista-
Si es por tu bien Ely... sería un placer para mí tenerte cerca, y verte unos días...
Pero no debes preocuparte por mis problemas, soy un hombre mentalmente fuerte, o al menos eso creo, y creo que podré superar este... digamos mal enfoque que le ha dado María a su vida.
Me moriría si no fuera así...
Ely pudo comprender el trance tan amargo por el que pasaba su amigo por algún leve gemido apenas imperceptible para cualquiera, pero no para una experta psicóloga como ella.
Podía adivinar, que posiblemente aquel leve gemido fuera a consecuencia de la presión que soportaba su mente, y era fácil de adivinar ese manantial chiquito que todos tenemos dentro, y a veces, y sólo por dos razones, alegrías o penas, nos afloran a las comisuras de los lagrimales.
No debes preocuparte, Alfonso, salgo en el primer vuelo que parta hoy. ¿O.K.?
¿Dónde te alojas? Alfonso le comenta la dirección del hotel con voz claramente melancólica, y triste.
Está bien, ya me contarás más detalladamente todo, amigo Alfonso.
Nos veremos mañana. ¿De acuerdo? Venga, animarte que todo saldrá bien.
Eso espero. Un abrazo Ely.
Con una leve mueca de sonrisa, Ely se despedía con: Un beso, ¡cuídate!
Capítulo LIX
Alfonso no podía permitir que su hija viviese en aquel agujero, y en aquellas condiciones tan lamentables.
Debía hacer algo, no sabía el qué, pero debía convencerla de algún modo que ese no era su sitio, había recibido una educación exquisita, ella no era de esa clase de personas, ella... Ella era mucho más, tenía razón Ely.
Tomó el primer taxis que vio, y dio orden al conductor de tomar la dirección que ya sabemos. (El gueto deplorable e infame, húmedo, tenebroso y deprimente donde su hija "vivía".)
Fueron pocos minutos los que permaneció Alfonso en el taxis, pero le pareció toda una eternidad con el deseo de llegar, y ver cómo se encontraba su hija.
Trataría de convencerla de que allí sola no podía vivir, era indigno de una chica honrada, y decente.
Debería mudarse, costase lo que costase.
Además; tengo que averiguar hasta qué punto está mi hija metida en el infierno de los alucinógenos, y cuál era su estado de salud.
Más... cual no fue su sorpresa cuando le abre la puerta un señor canoso, de unos 40 y tantos (le pareció a él), alto, delgado, y con cara de pocos amigos.
Perdone usted, he debido equivocarme.
Las calles son tan irregulares, y las "casas" tan parecidas...
(Se disculpaba Alfonso)
¡Quién es usted!
Me llamo Alfonso Quijano...
¿Quijano? ¡Qué tiene que ver con María!
Es mi hija, vive aquí. ¿no?
¡Sí, y que!
De dentro salió la voz de María que oía las voces de su compañero.
¿Ocurre algo Pancho?
¡Nada que te importe! Largo de aquí.
No pudo aguantar más esa situación, y dando un empujón que hizo tambalear a Pancho, Alfonso penetró en la vivienda.
María, ¿qué está pasando aquí?
Papá...
¿Qué ocurre aquí, María?
¡Deje en paz a mi chica!
¡Cállese Panchito, no hagas que me enfade de verdad!
¡Habla! Dime María, te espero.
Por favor papá, te dije que no volvieses.
¿Es cierto que vives con esta escoria?
La vergüenza no la dejaba articular palabra, y guardó un largo silencio en donde Pancho pretendía interrumpir de nuevo, a lo que le bastó a Alfonso con señalarlo con el dedo con cara amenazadora, para que siguiera en el rincón donde lo había mandado Alfonso con el empujón al entrar.
Miró a su hija entre respetuoso, serio, y a la vez humilde...
Con la cabeza humillada, María tuvo que confesar: Si papá, lo siento...
¿Lo sientes? ¿Que lo sientes? Sabes cómo me está afectando a mí tu estado.
No deberías haber vuelto papá, te dije que no lo harías, es mi vida...
¡Eres mi hija! Y no es esa la educación que yo te he dado.
¿Me has visto tomar algún tipo de droga a mí? ¿Te he incitado yo a hacerlo alguna vez?
¡No, no, no,! No, y mil veces no, pero déjame en paz, y no te preocupes por mí, ¿quieres?
¡Sabes que odio las drogas! Y como sabes, las consecuencias que produce.
Me quieres explicar... ¿Por qué has hecho una cosa así?
Ya te dije papá que no tengo nada que explicarte.
No necesito tu ayuda para nada. ¡Olvídame!
Su rostro reflejaba odio, rabia, furia, pero sus ojos no engañaban a aquel padre que tanto se preocupó por ella, que se pasaba noches enteras velando su cuna, que la llevaba al colegio de la mano y reían tanto juntos.
Aquellos ojos que Alfonso podía observar en su cara, cuando él le contaba cuentos todas las noches para que pudiera soñar cosas bellas, y tanto le gustaba oír a ella.
No; aquellos ojos, a pesar de sus expresiones de odio lloraban lágrimas de arrepentimiento.
Él lo sabía muy bien, pero por algún motivo no se dejaba ayudar.
Pero, aún con aquella depresión que quería hacer mella en su organismo, él lucharía por su hija.
Ya más calmado, en tono más sereno, le trató de hacer comprender cómo se sentiría su madre si se enterase de todo aquello.
Y... ¿Qué me dices de tu madre?
¿Qué pensaría ella si se enterase del modo de vivir que tienes, y que te drogas?
¿No crees que eso a ella le mataría de dolor, o de vergüenza? ¿Has pensado en eso?
Si papá, lo entiendo. (Con las lágrimas bañándole la cara)
Pienso mucho en ella aunque no lo creas, y temo por su salud.
Y asta sueño con ella, créeme. Anoche soñé con ella...
Soñé que me llamaban del cielo para decirme que mamá estaba enferma, que había sufrido un accidente, y se hallaba en el hospital muy grave.
Había sido arrollada por un taxis al bajar del avión, aquí en Nueva York.
¿Estás segura de lo que dices? ¿Estás segura que fue un sueño?
Sí, claro, sólo un sueño, nada más.
¿No tomaste ningún estimulante anoche?
Volvía a humillar la frente de vergüenza, cara a cara era difícil mentirle a su padre, un hombre que veneraba.
¡María, por Dios! ¡Dime! ¿Lo tomaste?
Pancho era una persona poco valiente, era todo lo contrario, un villano cobarde traicionero y escurridizo, por ese motivo se acobardó en su rincón. (Ya pensaré qué debo hacer con éste) -Sé decía-
Esperaba también la respuesta de María, aunque ya sabía él, cual era.
Sí...
¿Tomaste alguna droga, y dices que has soñado con tu madre?
¿Cómo puedes estar segura de que no es cierto, y en realidad te llamaron del hospital para decirte, que tu madre está herida?
No... no lo puedo saber, papá, lo lamento, creo que fue... que fue un sueño.
¡Un sueño! ¡Dios santo!
¿Y si es cierto? Es posible que tu madre se dirigiese a Nueva York para verte, o estar contigo unos días antes de ingresar como ella quería en alguna orden religiosa. ¿No lo crees tu así María?
Sería muy lógico, papá, puede ser.
¡Sería lógico! ¿Ahora ves la lógica?
Sin otras palabras, Alfonso giró sobre sí mismo, y alcanzó la puerta encarándose con el tal Pancho para decirle: Si le haces daño te mato.
Y volviendo la vista hacia su hija con aire autoritario le lanzó otro aviso: ¡Volveré! Conseguiré sacarte de esto a tu pesar, te lo prometo.
Volví a la ciudad en aquel taxis mugriento, que pude localizar en aquellos parajes medio abandonados, con un paisaje desolador y abrupto.
La mente de Alfonso parecía ir en blanco, con ese lapsos de mirada perdida en el horizonte, pero sin ver absolutamente nada de lo que le rodeaba.
Sus pensamientos cobraban imágenes en el subconsciente sufriendo los azotes del destino, que parecía haberse revuelto en su contra, él que odiaba las drogas, las sufría en su misma sangre.
Eva lo había abandonado por segunda vez, sin embargo eso creía superarlo si ella era feliz con su vida, pero... ¿Sería un sueño lo que le contó su hija? ¿O era verdad que le habían comunicado lo del accidente de su madre?
¡Dios mío! A mí me parece que todo lo que me sucede es una pesadilla.
No pueden ser reales, tantas desgracias unidas.
Tengo que cerciorarme, no puede ser cierto, no, no, a Eva no.
Diríjase al primer hospital que tengamos más cerca, por favor. (Le decía al taxista)
Así lo hizo, pero no dio resultado su búsqueda, y de nuevo, dio otra orden al conductor.
¡Recorra todos, y cada uno de los hospitales, y residencias de la ciudad! ¡Rápido!
Como usted diga señor.
(Con acento mexicano le contestó el chofer, aquel hombre gordo, moreno, mal vestido, con barba de varios días, y al parecer el peine no lo conocía, su cabeza así lo reflejaba)
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Amaya preparaba su estrategia tras hacerse del teléfono (número) de Alfonso, y saber dónde se hallaba (Como sabemos, Marta le dio esa información inocentemente tratando de ayudar creyéndola amiga de Alfonso), buscaba por lo viejo de la ciudad, y entre las profesionales de la noche, y del amor (Como ellas mismas se hacía llamar), alguien que encajase en su plan.
Debía ser una chica joven, aproximadamente de la edad de María, y que se prestase a colaborar, aunque tuviera que pagarlo.
No tardó en encontrarla, conocía muy bien el sitio, y a casi todas las rameras del lugar.
Tras contarle su plan, y ofrecerle un buen dinero, aquella chica aceptó su propósito malévolo.
(Amalla sabía muy bien dónde había puesto el ojo, sabía de sobra que no tenía escrúpulos por nada, haría lo que fuera por el vil metal, como así fue.)
Capítulo LX
Aquel destartalado taxis recorría las calles de la ciudad con su pasajero a bordo, aquel que gustaba de disfrutar admirando la belleza de todo cuanto le rodeaba, ahora le era imposible fijarse, ni en pequeños, ni en grandes detalles, así fuera de la madre naturaleza, o la creación del hombre.
Su mente sólo se ocupaba con sus propias desdichas, y la zozobra de que fuera cierto el accidente de Eva.
Espero que todo sea obra de una mente débil (Se decía tratando de auto convencerse de lo que podía ser una tragedia para todos), nublada por los efectos de la maldita, y repugnante droga que María se administró.
Ya habían recorrido varios centros hospitalarios sin resultados positivos, no encontraba a Eva, lo que le iba calmando el ánimo, pensando que no era verdad.
Pero aún no podía dar gracias a Dios, aún faltaban varios por mirar.
Entre tanto, Eva se debatía entre la vida y la muerte en la cama de aquel hospital.
Su estado había experimentado un empeoramiento en las últimas horas.
A su cabecera tenía dos médicos, y a varias enfermeras, grandes profesionales que luchaban con todas las armas a su alcance (habidas, y por haber), por la vida de aquella mujer.
Las máquinas que la rodeaban emitían sus característicos sonidos, y el suero no cesaba su carrera hacia las venas de Eva llevando con él, ciertos fármacos para contrarrestar infecciones, y otros, para que el dolor fuese más tolerante para sus heridas.
Aun tuvieron que intervenir los facultativos, e inyectarle alguna inyección intravenosa para hacer que su corazón reaccionase positivamente, ya que temieron durante unos momentos que pudiese fallarle el corazón.
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En el semblante de Alfonso se le podía ver un rostro con los músculos más relajados cuando bajó del taxis, y se dirigía a información cruzando la explanada que lo separaba de la puerta central a pie.
¿Por favor, sería usted tan amable de decirme, si en este centro se encuentra ingresada, Eva María Aguirre?
Lo siento, señor, yo no puedo darles información... ¡Ah! Sí, perdone indíqueme admisión, por favor.
Sí, ahí se lo dirán.
Al fondo de ese pasillo a la izquierda, allí lo tiene usted.
Gracias, muy amable. Ya en el mostrador de admisión (A esas horas de la noche se encontraba vacío, y la enfermera repasaba la administración de pacientes), le indicaron donde estaba.
Se encuentra hospitalizada en la planta 12 habitación 1251 Sr..
El rostro de Alfonso se crispó subidamente, su semblante se volvió tenso y angustioso, y el corazón le produjo ciertas taquicardias que hacía fluir su sangre tan fuerte, y a tal velocidad llegaba a su cerebro, que sintió cierto signo de debilidad y mareo.
No podía creerlo, sus ojos miraban a aquella chica sin reaccionar.
¿Desea algo más Señor.?
Me... me repite por favor.
¿Se encuentra ella aquí?
Sí, ya le digo a usted, que tenemos una paciente llamada Eva María Aguirre, como me ha dicho.
¿En la planta 12 habitación 1251?
Así es, señor.
¿Podría verla en estos momentos?
Si, claro, pero no olvide dejarnos algún dato suyo antes de irse, por favor.
Llevamos muchas horas tratando de localizar a algún familiar o amigo, inútilmente.
¿Qué parentesco le une a esa señora?
Si; es ella, es la madre de mi hija María.
Su mujer...
No, no es mi mujer, pero sí una buena amiga, además de ser la madre de mi hija.
Comprendo.
Deme los datos que necesitamos después, por favor.
Debo asegurarme antes.
No puedo creer que esto esté ocurriendo, debe ser una pesadilla, una terrorífica pesadilla, y en algún momento despertaré. ¡No! No puede ser verdad.
El ascensor se le hacía eterno, como si en realidad no estuviese en ningún edificio, y el ascensor tomase dirección cielo.
¡Tan aturdido estaba, y tanta era su angustia!. ¡Tantos sus deseos de encontrarse en aquella habitación a otra persona...!
Pero no fue así, tras cruzar la puerta no sin antes titubear y vacilar, si lo hacía o no, y a pesar de no poderse reconocer claramente a aquella persona por los tubos vendajes, y aparatos que le rodeaban, Alfonso si; Alfonso pudo reconocer que era ella, era Eva.
¡¡Dios bendito!! ¡Eva!
¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha podido ocurrir para que se encuentre en este estado?
Mañana hablaré con los médicos (se decía), tengo que saber su estado.
Tengo que conocer su estado de gravedad.
¡Dios mío, y mi hija creyendo que todo había sido un sueño!
Un sueño antinatural producido por esa porquería asesina.
¡Lo que puede tergiversar la realidad los narcóticos, y qué lejos dejan sus mentes de ella!
Quizá jamás hubiéramos encontrado a Eva de no haber sido por esa casualidad de haberme contado su "sueño."
Se sentía impotente, indefenso ante todo aquello que se le venía encima, parece que el mundo lo aplastase, su espíritu flaqueaba a pesar de ser un hombre bragado, y con un aspecto atlético, fornido y vigoroso, era en realidad un ser con un interior muy débil, en donde hacían mella las desgracias ajenas. Pero estas... estas eran sus desgracias, y le estaban desgarrando las entrañas.
Y lo más triste para él, era que debía sufrir todo aquel delirio solo, no quería preocupar a sus amigos haciéndoles partícipes de sus amarguras.
No, no debo decirle nada a Jesús, ni a Marta, de esto (se aconsejaba él mismo), de momento, si no es estrictamente necesario, ya es bastante que sepa lo de mi hija María, para que lo estén pasando mal por mi culpa.
Jesús ya pasó su calvario con su hermano, y debe vivir su vida ahora con Marta.
¡Espero que al menos ellos sean felices! (Pensaba mientras suspiraba profundamente, con resignación, sin haber apartado en ningún momento la vista de la cama de Eva, y de aquel cuerpo inerte que yacía sobre ella.)
Era tarde, y debía marcharse, al día siguiente hablaría con los médicos que le atendían, ahora no podía hacer otra cosa que lamentarse de aquella horrible pesadilla.
Bajó, y tras cruzar de nuevo el paseo que le separaba del taxis, le pagó para que se fuera, y volvió a admisión.
Buenas noches, señor, ¿la ha visto?
Sí, la he visto...
¿Es ella la señora por la que me preguntaba?
Sin lugar a dudas, es ella la madre de mi hija.
Lo siento, señor.
¿Sabe usted de su estado?
No, lo siento, señor...
Quijano, Alfonso Quijano.
Señor Quijano, sólo puedo decirle, que fue un accidente bastante grave.
¿Quién me podría informar de su estado?
Ya esta noche, nadie, Sr. Quijano, hasta mañana no podrá hacerlo.
Me lo temía, sí. ¡Gracias! Sería tan amable de darme sus datos por favor, y algún lugar, y teléfono donde lo podamos localizar.
Si; como no, faltaría más.
Alfonso le refiere sus señas, y a la vez que le da su pasaporte enumera su teléfono.
La chica del ordenador casi parecía ir tecleando delante de las palabras de Alfonso. (Se le veía buena profesional)
Gracias, señor Quijano. ¡Buenas noches!
Mañana aquí mismo después de las consultas le dirán lo que debe hacer, y alguien dirigirle para su información.
Sí, gracias, muy amable. Buenas noches.
Adiós, buenas noches.
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Los doctores en la cárcel también pasaban su calvario.
Científicos destinados a la ciencia, por ella, y para ella, lo estaban pasando realmente mal, en especial el doctor Ugarte, que aparentaba ser el más débil con menos entereza, y resignación.
Quizás por tener a su lado al doctor Unay Salvatierra. que constantemente le recriminaba lo sucedido con Alfredo, y sus nervios no podían aguantar más.
Le era imposible convivir con aquella persona, él que gustaba de sus oraciones, y su relajación espiritual allí le era imposible, a pesar de haber accedido a las pretensiones de Salvatierra, sólo se había librado de la presencia y malestar que le producía aquella ramera de Amaya.
Pero a él... a él lo seguía teniendo allí, haciendo preguntas e insinuaciones constantemente.
Volvía a arrepentirse de haber hecho caso en su idea de vengarse de la persona del periodista, y arruinar la carrera de su directora, pero ya era demasiado tarde para volverse atrás, había ingresado un dinero en la cuenta de aquella mujer.
Capítulo LXI
A su regreso al hotel, el paso de Alfonso era cansado, se le notaba abatido y triste, habían sido tantas emociones fuertes en un solo día, que estaba exhausto.
Caminaba, como si sus hombros soportasen una carga insufrible, y el poema de su cara era triste... sí; triste, y amargo.
Su propio nombre fue el que lo sacó del abismo donde se hallaba inmerso.
¡Alfonso! ¡Alfonso!
¿Eh? (Con una rápida mirada pudo observar de donde procedía, y quien lo llamaba. ¡Era Ely!
Gracias al cielo, al menos tengo una alegría. (Le pasó por su cabeza en esos instantes.)
¡Ely! Cuánto me alegro de verte.
Se dirigieron el uno al otro, y con un abrazo él, la saludó a la vez que Elisa hacía igual, y besaba sus mejillas.
¿Qué tal estás Alfonso? ¿Te encuentras bien?
No sé si debo...
Si debes... ¿qué? Por favor Alfonso, no me gustaría que pusiese en duda mi sinceridad.
No, perdona, lo siento, Ely.
Perdóname, no ha sido esa mi intención. Quería decir, que no debía... Bueno... que no debía hacerte partícipe de la pesadilla que estoy padeciendo.
¿Tan grave es, lo de María?
Bueno sí... eso también.
¿Es que ocurre algo más? Pues cuéntamelo, por favor, confía en mí.
Tú eres la persona en la que más confío, y en la que más a menudo pienso. Mejor dicho pensaba.
¿Ya no piensas? (No quiso decir en "mi")
No, tampoco es eso, perdona es culpa mía, creo que me ocurre lo que a ti, pienso en algo, y llevo otra conversación. Perdóname.
Tranquilízate ,Alfonso, te veo muy tenso y preocupado, debes contármelo todo desde el principio, si quieres que pueda hacerme un juicio correcto de la situación que te preocupa. ¿No crees?
Sí, en efecto, pero estoy tan... tengo mis pensamientos tan en desorden, que incluso alteran mis sentimientos, lo sé.
¿Y bien? ¿Que me cuentas de María?
Tú no la conoces, pero es una buena chica a pesar de lo que podamos pensar en estos momentos de ella, y la quiero con toda mi alma.
Estoy seguro de eso, Alfonso, pero cuéntame su problema, y buscaremos alguna solución, te lo prometo.
Ya te dije por teléfono, la primera impresión que me dio el lugar donde habita, un sitio maloliente y caótico, de personas que viven de eso, del tráfico de estupefacientes.
Espero que al menos mi María no haga eso, la crueldad de proporcionar esa mierda, y hacer que otras personas caigan en las garras de las tinieblas...
Un mundo sin retorno.
Sí, sí, ya sé que me dijiste que cogiéndolo a tiempo es fácil de curar, pero... ¿Y los que no se cogen a tiempo, o no quieren curarse? ¡La oscuridad infinita!
Así es, Alfonso, tienes toda la razón.
Pues, María no quiere saber nada de mí, me echó de su casa, en donde vive con un hombre que le dobla la edad, un mugriento y apestoso traficante.
Elisa, como buena psicólogas oía atentamente, y dejaba hablar a su amigo.
¿ Y sabes lo peor?... ¿Sabes lo peor Ely? Lo peor es que, gracias a que volví a verla aún a su pesar, me pude enterar de eso, y al recordarle lo mal que podía sentirse su madre al enterarse de su situación, me relató un sueño que según ella había tenido, en el que me contó entre otras fantasías que su madre se encontraba en Nueva York en un hospital en estado grave.
¿Sería consecuencia de algún estimulante que habría tomado?
Sí, en efecto, Ely, así fue, pero no ilusión suya, en realidad le habían llamado por teléfono para darle la mala noticia, y ella lo interpretó como un sueño, por la preocupación de no haber podido ver a Eva cuando fue a verme a mí.
O, sea, ¿que es cierto? Eva a sufrido algún accidente...
Sí, gracias a Dios lo interpreté bien, y me puse a buscarla hasta que he podido localizarla en el hospital Santa Mónica.
¿Pero qué le ha ocurrido, Dios mío?
Tuvo la fatalidad de interponerse en el camino de un vehículo, un taxi para ser exacto, nada más poner el pie en Nueva York en el mismo aeropuerto.
Pero, Alfonso, por Dios... ¿Qué ocurre con tu familia? ¿Qué va a ser de ti?
No lo sé, Ely, no lo sé.
Pretendo ser fuerte, pero no sé hasta qué punto podré soportar tanta presión psicológica.
No tienes que pensar demasiado en tu desgracia, no debes obsesionarte, ten fe en Dios.
¿Has podido saber de su estado? ¿Dices que la has visto, no?
Sí, pero a estas horas no hay nadie que me pueda informar. Mañana veré a su médico, y me explicará qué alcance tienen sus lesiones.
Ahora estaba inconsciente. Temo que sea muy grave, tiene varias máquinas en su cabecera a las que se encuentra conectada, con sueros y drenajes.
¡Santo cielo! Alfonso, pobre Eva...
Pero no flaquees, hazme caso, todo se solucionará, ya lo verás.
Debes mantenerte fuerte mentalmente, y ya verás cómo lo superaremos.
Mañana te acompaño al hospital.
¿Te parece bien?
Para mí es una satisfacción tenerte aquí, a mi lado en estos momentos tan duros de mi vida.
No puedes imaginar el bien, y la fortaleza espiritual que me supone tu apoyo Ely.
Gracias, muchas gracias por tu ayuda.
Sabes que lo hago encantada, nada de esto debía de estar ocurriendo, pero es el destino de cada persona.
¿Has buscado alojamiento Ely?
Sí, me quedo aquí, he cogido habitación ya.
Estupendo. ¿Nos vemos para desayunar?
Me parece estupendo, Alfonso.
Que descanses Ely. Buenas noches.
Igualmente, y hazme caso Alfonso, no te obsesiones.
Sí... sí, sí claro. Hasta mañana pues, Ely.
Adiós, buenas noches...
El talante que había mantenido Ely con Alfonso, ahora que se encontraba sola, no era el mismo.
Su cara también reflejaba preocupación por los acontecimientos acaecidos a la familia de Alfonso, y por él, mismo.
Le preocupaba su estado de salud mental, sabía que la apariencia de hombre duro era solo eso, apariencia.
En realidad, era un hombre muy sensible a los problemas, y a las penalidades humanas.
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Aquel mismo día, para Amaya había sido distinto.
Se encontraba en el hospital de Ely, tratando nuevamente de localizar al amigo de Alfonso, ese tal Jesús.
Necesitaba saber más datos, saber su dirección, dónde encontrarlo en aquella gran ciudad.
Es mejor darle la sorpresa, con mi persona que con mi voz (Divagaba maliciosamente), así no podrá rehuirme, y tendrá la oportunidad de conocer a su "hija", será toda una sorpresa para él. JA ,ja ,ja.
Mejor dicho dos, yo, y ella. Ja,ja ,ja.
(Como disfrutaba con sus siniestros pensamientos, la condenada, era una auténtica bruja de ideas retorcidas y malignas)
En admisión (Al ser un puesto rotatorio entre los auxiliares), se encontraba aquel día un enfermero al cual con todo el "arte," aquella mujer sacaba los datos que le interesaban.
Oigan... hermoso... (Con carantoñas y habilidad, con la misma propuesta que ya le había dado resultado dos veces)
Como eres tan amable... me harías el favor de darme la dirección de un amigo, que no la tengo, y me gustaría mucho saludar.
Estoy de paso en la ciudad... ¿Sabes?
¿Por qué cree que la tengo yo?
No, tu no, bonito, el ordenador.
¿El ordenador? Por qué motivo.
Su hermano estuvo ingresado, y murió aquí, si; se tiene que acordar. Aquel que le practicaron la eutanasia, y fue tan "sonao".
Sí, hombre, que se la hicieron por equivocación...
Sí, recuerdo el caso el señor Idoate.
¡Ese! Pero yo busco a su hermano Jesús Idoate, (Con sus malas artes se pudo enterar del apellido)
Un segundo, por favor, lo intentaré.
Amaya miraba a los lados temerosa de que alguna otra persona pudiera reconocerla, y le estropease sus planes.
(Por fortuna para ella no fue así, y aquel auxiliar le apuntó la dirección)
Tenga, ha tenido usted suerte, señora, podrá saludar a su amigo.
Gracias, encanto, eres un sol. (Se le notaba el “rintintín” con el que hablaba, no podía evitarlo delante de unos pantalones)
Se encontraba furiosa, la dirección era la misma de aquella que le atendió en casa de Jesús, pero aun así iría, tal vez sabían algo más.
Después de conseguir su objetivo con aquella maligna sonrisa dibujada en su cara, se dirigía a la dirección de Jesús.
No tardó mucho en hacerlo, el paso, ansioso de camino, le hizo recorrer furiosa las varias calles hasta alcanzar la avenida de Los Rosales, que cruzó como una exhalación llena de ira, alcanzando la dirección en pocos minutos.
(En aquellos momentos Marta se encontraba sola, Jesús realizaba su trabajo en la farmacia.)
Respiró, o bufó mas bien antes de llamar, se preparaba para otra actuación de las suyas.
¿Hola... Buenos días, señorita. Soy Amaya Sanjurjo.
¿Qué tal como está usted?
Pues mal. Ha sido una pena que se haya ido a Nueva York.
Sí, así es. ¿Qué pena verdad?
Sí, es una lástima, me habría hecho tanta ilusión verle... El caso es que me voy a Nueva York que es donde resido, y tampoco puedo hacerlo, ya que no sé dónde encontrarlo... y me gustaría darle una sorpresa, y no llamarlo.
(Lo decía tan melosa, y convencida de su necesidad, que Marta no pudo resistirse a su ruego)
Espere un segundo, creo que podré ayudarla de nuevo. Le diré dónde reside.
(Con la mano en la boca se reía. ¡Lo logre!)
Tenga usted buena mujer, esta es su dirección en Nueva York si es tan importante para usted verlo... lo puede hacer.
No sabe cómo se lo agradezco señora, tendré la oportunidad de enseñarle las maravillas de mi ciudad.
Muchas gracias.
No tiene importancia. Ha sido un placer ayudarla. Adiós, buenos días.
Vaya usted con Dios. (Debería haber dicho con el diablo)
Se perdió de su vista tras la esquina, dando saltos de alegría.
¡Lo conseguí! Ya te tengo cabrón... ya sé dónde estás, te acordarás de Amaya.
¡Sí, ya lo creo que lo harás!
Se encaminaba hacia la parte vieja de la ciudad donde se vería con Idoya, su otra parte del plan, para viajar esa misma noche a Nueva York. Pero antes debía pedirle más dinero a Ugarte sólo tenía para el viaje, y poco más.
Antes de recoger a Idoya, para que no supiera más que lo que ella le contase del trabajo que harían juntas pensó, que sería mejor hablar con Ugarte, y arreglar el tema del dinero. (Era fundamental, su estrategia era esa precisamente, sacarles el mayor número de billetes a los dos, a uno por una cosa, y al otro por otra, como veremos más adelante)
En la cárcel salió la centralita que tan familiar era para ella.
Penitenciaría... dígame.
Por favor... necesito hablar con el doctor Ugarte si es usted tan amable, agente.
¿El doctor Ugarte?
Sí, por favor.
Espere un momento. ¿De parte de quién?
Dígale que soy Amaya.
Bien, un momento.
El tiempo de espera se hacía largo, y sus nervios se crispaban.
Por fin se oyó al otro lado al doctor: ¿Sí?
Oiga doctor, está en Nueva York, y parece que se quedará una larga temporada, tengo que ir allí es imprescindible.
¿Y qué quieres?
Necesito que me haga otra transferencia... sólo me queda para el billete de ida, y como usted comprenderá...
Está bien, está bien.
Pero déjeme en paz, por favor. (Y colgó el teléfono)
Amaya se quedó sorprendida de su reacción, pero lo había logrado, todo le salía a pedir de boca, recogería a Idoya, y a ¡Nueva York! JA ,JA ,JA...
Aquella mujer, más que mujer, parecía un diablo, una maníaca obsesiva.
Aquella misma noche cogerían el avión las dos pécoras riéndose entre ellas, y gastando bromas sobre aquel desgraciado de Alfonso.
¡Lo hundiré ! Y sacaré dos buenas tajadas (Mascullaba para sus adentro) ¡Lo hundiré!
Capítulo LXII
Aquella noche, era una noche húmeda y lluviosa.
Una de esas noches oscuras, y negras como boca de lobo, en donde se podía observar la ausencia de gente transitando por tiendas y bares de la ciudad, en lugares que habitualmente solían ser muy concurridos por parejas de novios y cuadrillas de amigos, que se reunían para reírse un poco de la vida, y evadirse de sus problemas.
Esa noche era distinta a las demás, o no salió nadie, o se recogieron todos en lugares más cálidos, y acogedores.
Pero para Amaya e Idoya, el tiempo no parecía afectarles, era más fuerte el afán de chantaje que se traían entre manos que el poder de rechazo que aquella noche tenebrosa pudiera ejercer sobre ellas.
Tras hacer los preparativos oportunos, y a altas horas de la madrugada (Cosa que para ellas era normal, pues su vida se desarrollaba de noche, y en todas las estaciones del año), deambulaban como dos almas errantes bajo la mortecina luz de las farolas de aquellas avenidas, hasta la primera parada de taxis de urgencias de la ciudad.
El avión donde debían viajar, a pesar de la lluvia saldría; haría su salida sin demora, pues, no se apreciaban tormentas, ni causa alguna que pudiera motivar ni su demora ni su cancelación.
Hemos tenido suerte compañera, somos dos chicas afortunadas, ja,ja,ja.. ..
(Reía Idoya alocada, y eufórica)
Sí, sí la que nace con estrellas...
¡Lagarto, lagartos! No hables de estrellas Amaya, que el diablo las carga...
¿Eres tonta, o naciste así, hija?. ¿Qué dices de cargas?
Que no hables de estrellas que vamos a volar, y podemos... eso, estrellarnos.
Y tú no hables de cargas, y de volar, que podemos volar por los aires ja,ja,ja.
Desde luego, Amaya, como eres.
Pues, soy como soy, y como he sido toda mi vida, una "dama".
Sí, de la canción.
Bueno, también podía haber llegado a eso, a ser una estrella...
Ya vale, Amaya, por favor.
¡De la canción!. De la canción. Tranquilízate bonita, no te vaya a dar algo.
Sabes que me aterrar los aviones, y tú lo haces peor. ¡Joder!
¡Huyg, que grosera eres, por favor! (Le recriminaba Amaya con aquella picardía tan sutil de la "dama", que había desgastado todas las esquinas y rincones de la ciudad con su trasero)
El silencio se hizo entre las dos, pues Amaya, temía que en el último momento pudiera rajarse por su fobia a volar.
Ya en el avión era otra cosa, aunque aquella serpiente tenía suficiente escuela para comprender, que debía tranquilizarla si quería dominar su voluntad a su antojo.
¿Ves cariño, como no es tan malo volar?
Es como echar un polvo, el primero duele un poco, pero después le coges el gustillo, y lo conviertes en un "arte" como yo.
Ya verás como el regreso con los bolsillos llenos sentirás más... cómo diría yo, más gustirrinin.
La cara de Idoya permanecía estática, blanca y sudorosa como una vela al sol en verano.
Poco a poco, según transcurría el tiempo, parecía ir cogiendo color.
Amaya no paraba de distraerla con sus comentarios absurdos, y quizá gracias a eso el vuelo le resultaba más distraído. (Se entendían bien, hablaban el mismo idioma, aquella jerga callejera pervertida y bullanguera de los prostíbulos y calles, donde vivían la mayor parte de sus vidas)
Te voy a proponer una cosa Idoya.
Con un suspiro de alivio le contestó:
¿Una propuesta?.
Sí, eso he dicho, una propuesta.
¿A qué te refieres? Mira que te conozco, Amaya.
No, no te preocupes, ésta, seguro que te ha de gustar, escucha: Te propongo un reto, cuando volvamos ricas, como ya no tendremos que hacer la calle, vamos a joder de una forma a los chulos, y de otra a los clientes.
No te entiendo... ¿Qué quieres decir, Amaya? Pues, que hagamos un maratón, tú, y yo, follando gratis a todos los que quieran, que serán todos los que vayan claro, y vemos quién aguanta más, tú, o yo.
Así, jodemos a todos a la vez, y vemos quién es la mejor en esto del amor.
¿Cómo ya no tendremos que ganarnos la vida en la calle?
Las dos se quedan mirando una a la otra, Idoya con cara perpleja, y poco a poco, iban rompiendo a reír, primero unas leves sonrisas para terminar a grandes carcajadas llamando la atención de todos los pasajeros, que las miraban atónitos.
Cuando Idoya se dio cuenta que estaba en tierra, ya había salido parte del pasaje.
¿Ves cielo? Ya hemos llegado, y tú sin querer hablar de estrellas... ¡Hay! Tonta.
Si, si, tonta, soy capaz de besar el suelo como el Papa.
¿El que?
Nada, nada, déjalo Amaya, no he dicho nada, no sea que empieces con tu filosofía, y me hagas madre de alguna forma.
Ahora, era Amaya la que reía a carcajadas limpia cuando se encaminaban a la puerta del aeropuerto para coger el taxis, que les llevaría al hotel que ya conocía de antemano.
Era temprana y joven la mañana. La noche oscura de nubarrones negros había parido un día... se podía decir que bueno, lucía el sol en Nueva York, y el hormiguero humano ponía en movimiento la ciudad.
Iniciaba sus secuencias de latidos diarios, pero aún se podía circular por sus calles, por lo que en pocos minutos el taxista estacionaba en la puerta del hotel donde se alojaba Alfonso y Ely.
(Ellas no sabían que Ely se hallaba allí) Mientras seguían con su bromas (Ahora más serias, y en cuchicheos), se dirigen a recepción donde alquilan habitación, y sin pérdida de tiempo deciden descansar primero del viaje, y después comenzarían su "trabajo".
Al ser tan temprano, el hotel aún se encontraba casi desierto, la señora encargada del mantenimiento de la limpieza, y algún cliente madrugador.
Mientras esperaban el ascensor eso fue lo que pudieron observar.
Y... Coincidencias de la vida, al tomar ellas el ascensor de subida, se abría la otra; la puerta del otro ascensor donde aparecía Ely con idea de desayuna.
(No se vieron por escasos segundos)
Me pone un descafeinado, por favor.
Buenos días, señorita. Perdone usted. ¡Qué torpe soy! Buenos días.
No importa señorita. ¿Desea algo más?
Sí, por favor, sírvame algún bollo integral.
Tras una rápida mirada a su alrededor. En efecto, encuentra lo que buscaba, el periódico local Neu York Times, con idea de repasar las últimas noticias, y en ello estaba cuando oyó a su espalda su nombre.
Buenos días Ely, ¿Qué tal estás?
¡Ah! Hola, Alfonso. Buenos días, bien. ¿Y tú?
Pues, no he dormido bien...
No te obsesiones, Alfonso, te lo digo yo, mira; ahora te hablo como doctora, no dejes que la semilla de la tortura anide en tu cerebro, es mejor que afrontes la realidad con entereza y serenidad.
Entiendo perfectamente tu consejo... pero amiga mía... a veces no eres tú, es tu organismo el que se te revela, y es con él mismo con el que hay que luchar, y eso es tan difícil...
Te entiendo muy bien.
Me he pasado la noche a tirones, y pesadillas, incluso estando despierto, mi mente fantaseaba con las cosas y hechos más absurdos e irreales que puedas imaginar, y sin poder evitarlo.
Ni podía dormirme, ni tampoco dejar las fantasías surrealistas de mi imaginación. Ha sido horrible, créeme Ely.
Ya verás como cuando veamos al doctor que lleve a Eva nos dará buenas esperanzas.
Confiemos en que así sea.
Después, me ocuparé del problema de María.
Iremos primero a visitar a Eva. ¿Te parece bien Alfonso?
Sí, claro, me deprime mucho saber que se encuentra en ese estado, sin poder hacer nada al respecto.
Por supuesto, Alfonso, es un trabajo para facultativos especializados en la rama que le corresponda, según la gravedad del órgano afectado, y no es cosa que tú puedas hacer.
Tú deber es, como te he aconsejado; cuidar y fortalecer tu salud mental, eso es lo que tú puedes hacer por los dos, y ahí sólo interviene tu fuerza de voluntad, y nada más, y sé que puedo confiar en eso, ¿o, no?
Sí, Ely, ya veo que me conoces casi como yo mismo.
No olvides que soy psicóloga, que es como decir que soy una bruja, que lee tus pensamientos. ¿No crees?
Los dos se reían de la pizca de humor que ella había puesto, aun dentro del drama.
Sí... eres genial, Ely. Sencillamente, ge-ni-al, en serio.
No, eso no es cierto, soy sencillamente normal, nor-mal.
Se volvían a reír juntos.
¿Vamos, Alfonso?
Cuando tú quieras, sí.
Alfonso propuso coger un taxis para ir al hospital, a lo que Ely se negó.
Hace un día espléndido, es temprano y me apetece pasear, ¿a ti no?
Te lo iba a proponer yo, pero no me atrevía.
¿Eres tímido?
No, no es eso. Yo soy un amante de la naturaleza... nato, me gusta apreciar, gustar, y degustar, las bellezas de nuestro planeta, me extasío con cualquier cosa con un animal, con un insecto, con una planta, con un paisaje, con unas montañas, con un río, con el mar, con una fuente, un manantial, con una flor con...
¡He, he, he,!, Que te lo estás llevando todo, avaricioso. ¿Y a mí que me dejas, en el desierto? ¡Ejen! Quiero decir ¿A mí que me dejas el desierto?
No, incluso eso, incluso el desierto tiene su embrujo, sus espejismos, su horizonte cada día diferente...
Ese es el hombre que quiero que sigas siendo.
El hombre soñador, alegre, risueño, gozoso de vivir, y no un monigote de pesadillas.
Las miradas ahora se cruzaban clavándose las pupilas de cada uno en la del otro.
Un largo silencio mientras caminaban donde ninguno de los dos quería ser el primero en romper.
Sus mentes eran ahora las que trabajaban por voluntad propia, y mientras Alfonso se mortificaba con sus problemas, y le venían a la mente las conversaciones, y miradas de sus atenciones, y su amistad desinteresada... a ella parecía ocurrirle igual, sólo que ella ya lo tenía claro desde algún tiempo atrás, aunque debía guardar sus secretos, aquel hombre que en tantas, y tantas cosas de la vida coincidía con ella, también era portador de muchas cualidades como persona con las que ella se identificaba plenamente. Por ese motivo debía ayudarlo a superar, y ganar la partida que el destino le había puesto sobre el tapete.
Capítulo LXIII
Por fin llegan al hospital, era ya media mañana, justo a tiempo, según le señaló la enfermera la noche anterior.
Se dirigieron a admisión y...
Señorita, por favor...
Un segundito, por favor, enseguida les atiendo. (La auxiliar se encontraba en esos precisos instantes ultimando la confección de algún documento, que debía terminar.)
Quizá es importante, Alfonso.
Sí, claro, lo comprendo, no he podido evitar...
Sí. ¿Dígame?
Buenos días, y perdone la molestia.
¡Buenas, buenas! No, no es ninguna molestia, por favor, es mi deber atenderles.
Gracias, es usted muy amable.
Dígame, ¿le puedo ayudar en algo?
Pues sí, mire usted, soy el padre de la hija de esa señora... ¡Ely, por favor, dile tú!
Necesitamos hablar con el doctor que atiende a doña Eva María Aguirre, por favor.
Gracias a Dios, que me entero de algo.
(Decía la enfermera sin perder su educación, y con la sonrisa en los labios)
Un segundo, por favor, enseguida le informo de... m ...m ...m... (Mientras exprimia la memoria de aquella máquina inteligente llamada ordenador)
Sí, aquí tengo su historial, plan... ta doce, habita...cion 1251 si, eso es, la lleva el doctor Smitz.
¿Dónde podemos localizarlo? Es necesario que hablemos...
En la misma planta, si suben en el ascensor en el pasillo de entrada la puerta de "dirección de planta". Allí lo encontrarán ahora.
Muchas gracias, muy amable.
Adiós, buenos días. (Pudo decir por fin Alfonso)
Debes tener más confianza en ti, Alfonso.
(Le decía mientras subían a la doce)
Debía crecerme con la adversidad como acostumbro, por lo menos trato que así sea. Pero los pensamientos siempre me han podido, aunque hayan quedado resignados ahí.
Sólo que a tu lado...
A mi lado, que. ¿Te ocurre algo a mi lado?
No, no sé cómo decírtelo.
Con la realidad corporal por muy adversa que sea me crezco, si esos problemas los se solucionar muy bien, pero con la realidad espiritual...
¡Hay Alfonso! ¡Me encanta cómo eres! (Ella era una persona por su educación, y su preparación mental, fuerte.
Tal vez porque su vida hubiera sido sus estudios.
Pero a Alfonso, la vida le había dado muchos desengaños, y aunque no fuese psicólogo, era fuerte su voluntad, y superaba las pruebas a las que el destino le sometía.
Aunque a veces le hiciera tambalearse, sus raíces le mantenían firme con los pies en la tierra.
Aquí es, Ely.
Solicitó el permiso con unos leves golpes sobre la puerta, y casi de inmediato se autorizó: ¡Adelante! Pase, pase...
¿Doctor Smitz?
Sí... ¿En qué puedo ayudarle? Pero pase, por favor.
¡Ah, perdón! Srta., pase por favor.
Buenos días, doctor.
Dígame... Queríamos interesarnos por la salud de doña Eva María Aguirre.
¡Gracias a Dios! Creímos que sería imposible localizar a algún pariente.
Nuestras llamadas a los teléfonos que ella tenía eran infructuosas. Dígame... que parentesco...
Soy el padre de su hija.
¿De la hija de Eva, quiere decir?
Sí, claro. No llegué a casarme con ella, pero eso es muy largo de contar.
Hábleme de ella, por favor. ¿En qué estado se encuentra?
(Ely guardaba silencio analizando la conversación, cosa que hacía sin darse cuenta)
Lamento tener que darles tan pésima noticia señores... su estado es sumamente crítico, y aunque tengamos ciertas esperanzas en su recuperación... deberán pasar unos días para afirmarlo con seguridad.
En este momento se debate entre la vida, y la muerte.
Es, su propio organismo el que debe de crear las suficientes defensas para luchar en contra de sus heridas.
Nosotros sólo podemos ayudarle a resistir.
¡Dios mío! (Suspiró Ely, que a su vez miraba a Alfonso, y podía entender su desmoronamiento emocional)
¿Tan grave es, doctor? ¿Cree que podría morir?
Pues mire usted... Señor... perdone, ¿cómo me ha dicho que se llama?
No se lo he dicho doctor, es tanta la angustia que soporta mi pecho estos días, que estoy perdiendo hasta la educación, perdone usted.
Soy Alfonso Quijano, y ella es Elisa Maldonado, una buena amiga.
Pues bien Sr. Quijano como le decía, si Eva es capaz de superar con vida tres días es posible que la recuperemos, ahora bien; tenemos otro grave... diría gravísimo problema con ella.
¡Dios bendito! No nos asuste usted doctor.
(Respondió como si su organismo hubiese recibido una descarga eléctrica la directora general)
No, en absoluto, no es mi intención por favor, tampoco es motivo de alarma aún...
¿Qué quiere decir con aún, doctor? (Esta vez fue Alfonso, el que se interesaba por la intriga y encrucijada donde el doctor Smitz, les tenía)
Quiero ser sincero con ustedes... nada más, quiero que se hagan una idea del estado en que podía quedar Eva.
¡Sí, pero dígame de qué se trata! Como saben... quizá no, pero se lo explico yo ahora.
En el impacto que su cabeza sufrió contra el asfalto, padeció una fractura cráneo encefálica, y tan grave, que parte de su masa cerebral se apreciaba claramente desde el exterior.
(Los dos, tanto Elisa como Alfonso, no salían del asombro que le producía el parte médico, que oralmente ponía en su conocimiento el doctor Smitz)
¿En qué consiste el problema, doctor Smitz? (Trataba de entender Elisa)
Pues con respecto a la zona de su cerebro afectado... podría perder su memoria.
¿Perder la memoria? (Alfonso)
¿Para siempre? (Elisa)
Sí, señores, lamento tener que ser tan claro, pero es la mejor forma de que entiendan las cosas.
Sí, esa; y sólo esa, es la preocupación muestra en primer lugar, salvar su vida.
Lo que no podemos saber con certeza es hasta qué punto su cerebro quedará alterado emocional, y sensorialmente.
Por tal motivo entendemos, lo mismo mi equipo que yo, que su memoria será difícil de recuperar.
¿No recordara quién es? ¿Cuál ha sido su pasado? O, incluso... ¿No recordará a su propia hija, doctor?
Sé que es duro para ustedes, ya lo sé, pero... si conseguimos salvar su vida, y pueda valerse por sí misma, ese día habrá nacido otra persona nueva.
¡Oh, no! Dios, tú que manejas el universo... ¿Por qué me haces esto? ¡Y ella! ¿Qué mal a hecho ella en la vida más que sufrir, y padecer vejaciones de un canalla, como Alfredo?
Alfonso miraba por la ventana del despacho el cielo a lo lejos por encima de aquellos rascacielos con los puños apretados, y el manantial de agua de luna volvía a brotar de sus ojos.
La mirada piadosa de los hermosos ojos de Elisa, pudo apreciar el fulgurante resplandor que produjo una de aquellas lágrimas cuando fue atravesada por los rayos del sol.
El corazón se le partía, ver en ese estado a Alfonso, y con un impulso mecánico, como si algo, o alguien le llevase de la mano se acercó a él, y después de mirarle dulcemente un instante, lo estrechó entre sus brazos con fuerza sobre su pecho.
Él en esos momentos tan conmocionado estaba, que sin saber qué hacía la rodeó con sus brazos.
En aquel momento y sin saberlo, pudo apreciar el perfume de su pelo, el aroma que exhalaba su cuerpo, y el calor del amor con que le abrazaba.
Con un leve y cariñoso tironcito de su cintura, pudo hacer que comenzase a andar hacia la puerta.
Gracias, doctor, es usted muy amable, de veras, muy amable. (Ely)
Estaremos en contacto. ¿O.K.?
A su disposición, les reitero mi pesar en haber sido tan claro, y conciso.
Es su deber, doctor. Gracias.
Después de salir de Santa Mónica, Elisa se preocupaba por la salud de su amigo.
¿Qué tal te encuentras Alfonso?
¡Dios! ¿Pero qué hecho yo, para merecer esto? Ely dame, un hombre cualquiera, no le temo casi a nada, dame una situación donde deba actuar como un hombre y lo haré, pero... no sé si podré aguantar mi cruz.
Sí, sí, que podrás, te he dicho varias veces que eres capaz, lo sé.
Recuerdo cómo salvaste la vida de Iñaki arriesgando la tuya sin importarte el peligro, y sé, que no eres un cobarde, eso me consta, aunque te haya visto llorar por tu familia, eso sólo me demuestra, que no hay mejor persona que tu, ni con mejores sentimientos humanos.
No puedes imaginarte el bien que me hacen tus palabras, Ely...
Eso espero. ¿Estás mejor ya? Sí, sí, gracias.
Será mejor que te acompañe al hotel.
¿Acompañarme? ¿Es que tienes que hacer algo?
Sí... bueno... pero no, no iré.
¡Tus oposiciones, claro! No puedo consentir que las pierdas, significa mucho para ti.
No, no me importa. Ya te dije, que si no las sacaba me resignaría, he conseguido bastantes triunfos en la vida ya a mi edad.
Perdona, Alfonso, hasta los profesionales al querer decir una cosa decimos otra.
Eso que acabas de decir es algo de lo que me alegro infinitamente por ti.
Lo que he querido decir... es que prefiero estar a tu lado, si me necesitas.
Gracias, Ely, pero debes de marcharte... es tu deber, y es como yo me sentiré mejor, sabiendo que sigues tu carrera.
¡Bien! Como quieras, si me prometes distraerte un poco.
Tómate el vermouth en algún lugar. Rodéate de gente, y habla con ellos.
Eso está echo, prometido.
Elevándose sobre la punta de sus pies, y cogiéndolo por la cintura, depositó un afectuoso beso aquella hermosa mujer sobre su mejilla. (Si; ya lo veía más sereno)
Cuídate, Alfonso.
Nos vemos luego en el hotel.
Adiós, Ely.
Al quedarse solo, quedó un momento pensativo e indeciso en que hacer. En principio pensó seguir el consejo de Ely, pero no pudo evitar que le viniese de nuevo a su memoria su amada hija.
No puedo abandonarla (Se decía), cada minuto cuenta.
Espero que pueda recuperar a mi hija, eso si que me mataría o habría hecho como Iñaki. ¡Maldita sea!
Tras coger el taxi se presentó de nuevo en la zahúrda, o chabola, o lo que fuera de su hija. (Era tan deplorable el lugar...)
Esta vez lo hizo sin llamar, entró en el recinto sin previo aviso (La puerta destartalada se abrió fácilmente al primer empujón), pues estaba resuelto a hacerle entender a María, que aquél no era su sitio.
Sólo se encontró aquel hombre delgado con pinta mafioso en camiseta, acostado sobre el viejo sofá con la botella de ginebra al lado, que; de un salto, más parecido al de un gato que al de un hombre, trataba de coger algo de su chaqueta o del respaldo de la silla donde ésta estaba (Luego pudo comprobar que era una pistola), y sin darle tiempo se lanzó Alfonso contra él, impidiendo que lo haría.
¡Qué pretendes miserable! ¿Tienes miedo de algo, canalla?
La cara de Pancho era puro odio, con los ojos ensangrentados de rabia, y las venosas mejillas producidas por el alcohol.
¡Qué pretendes con María! ¡Dime!
Ella está aquí por propia voluntad conmigo.
¿Por propia voluntad, desgraciado? ¿Sabes que estás haciendo con ella? ¡La estás matando! ¡Estás matando a mi hija, canalla!
Yo no mato a nadie, se mata el que quiera matarse.
¿Tú no matas a nadie? ¡Y qué crees que estás haciendo con su vida, hijo de pu...! (El puño de Alfonso temblaba frente a la nariz de Pancho de rabia y deseo de estampar aquella rata de cloaca contra la pared, pero se contuvo)
¡Qué puede ser de su vida contigo, o a tu lado, más que una perdida unos años!
¡Le quitas los mejores años de su vida, y luego te buscas otra niña, y a ella la tiras al arroyo como una rata infectada. ¿No es así?
Yo que sé, lo que haga es problema suyo, creo yo. Ya es mayor de edad, y sabe lo que hace...
¡Maldito sinvergüenza! Ganas me dan de estamparte los sesos, desgraciado.
Tirándolo con fuerza contra la pared, y señalándole con el dedo le dijo: deja en paz a mi hija, no me gusta lo que estás haciendo con ella.
No me la quiero encontrar muerta en cualquier callejón con una sobredosis algún día. ¿Has entendido? ¡Has entendido hijo de...!
Pancho sólo asentía con la cabeza, temeroso que pudiera hacer algo más que insultarle.
Alfonso sin vacilar, con el rostro frío como el acero se dirigió a la silla, y levantando la chaqueta de Pancho, pudo saber lo que pretendía coger, una pistola, que cogió con energía y firmeza apuntando a Pancho, que temblaba como una hoja, dijo: ¡Déjala en paz vivir su vida!
¡Déjala, o te arrepentirás! (Llevándose el arma).
Capítulo LXIV
Mientras todas estas vicisitudes las pasaban Elisa y Alfonso... para Marta y Jesús, fue muy diferente. El día amaneció claro y limpio.
Un día que ninguno de los dos quiso perderse y deciden salir de “Picnic” al campo.
Era primavera, y estaban enamorados, deseosos de amor, de aquel amor que habían tenido reprimido en sus pechos durante tantos años sin repartir con nadie, y con las ansias locas de enamorarse.
El campo aquel día vestía una de sus mejores galas, lucía un tupido manto de margaritas blancas, que asomaban sus cabezas tras de la alfombra verde del prado, hasta dónde llegaban aromas de las sierras cercanas, a pino, a romero, espliego, tomillos y brezos, que hacía que sus corazones saliesen fuera del pecho para abrazarse, y juntar sus sangres, respirar sus alientos y disfrutar en uno, el mismo viento, la misma paz, el mismo amor... los mismos sentimientos.
Los riachuelos aún bajaban sus aguas frías de las altas montañas, de los deshielos, corriendo ladera abajo por su cauce empedrado, llevando sus aguas saltarinas hacia ríos más profundos donde poco a poco, se iban remansando, y se iban volviendo cada vez más placenteras.
Allí, junto a la ribera seguían los dos abrazados mirando pasar las nubes, esas nubes juguetonas que van despacio, tan lentas y silenciosas, ayudadas por la suave brisa cambiaban sus formas continuamente, y como los niños, henchidos de felicidad se extasiaban mirando y adivinando formas, y más formas, que las nubes juguetonas iban formando, como si quisieran también jugar con ellos iban cambiando, y cambiando.
¡Una paloma! (Jesús)
¡Un conejillo! (Marta)
¡Un gorila! (Jesús)
¡Un osito! (Marta)
Los dos reían largamente acariciados y abrazados por aquél tibio sol de mayo, como si la Virgen de la Cruz quisiera protegerlos con su manto, la música la ponía la ribera, y las aves el canto.
Si esto no es la gloria (Le decía Jesús a Marta), se le parece mucho.
¡Si mi amor... ! ¡La gloria.! (Acurrucándose contra él)
¡Qué vista más hermosa!
Sí, Jesús, comienza un nuevo ciclo de la vida.
Yo no quiero que nuestro ciclo termine nunca.
¿A qué te refieres, cariño?
Quiero decir, que para mí no hay otro cielo nada más que el tuyo, y lo quisiera para toda la vida.
¿Sí?
Bueno... la verdad es que no tengo excusas para titubear rodeado de vida, y naturaleza por todos los sitios...
¿Y?
Me gustaría pedirte algo...
¡Abrázame, Jesús, lo necesito!
(Pidió abrazarle para impedir decir ella, lo que Jesús quería pedirle antes que él, y allí, con la cabeza sobre sus hombros, abrazada a él, apretándolo fuerte esperó que dijese lo que ella quería oír)
Jesús al sentir su pecho latir junto al suyo recobró las fuerzas para hablar, y allí sobre el tapiz multicolor de mayo le susurró al oído...) ¡Te amo Marta! Te amo, y me harías el hombre más feliz del mundo, si te casaras conmigo.
¡Creí que no lo dirías nunca. ¡Tonto!
¿Y bien? ¿Qué me contestas? Espera que recobre el aliento, llevo aguantando la respiración esperando que lo digas, ni se sabe.
Eso que quiere decir... ¿Qué sí? O, ¿que no?
¡¡Que sí!! ! Que sí ¡ ¡¡Que sí!!
Que te adoro, que me caso contigo, que soy feliz, que te quiero...
(Calló durante unos segundos pensando)
Sólo siento que no estén nuestros amigos, Jesús.
No me gustaría... que nos casásemos sin ellos.
Tienes razón, Marta, esperemos para fijar el día de la boda, si te parece bien a ti.
Pues claro, sé que te tengo para toda la vida.
Bueno... hasta que la muerte nos separe... que espero que no nos separe nunca Marta.
Si cariño... te amo.
En ese preciso instante, aquellos corazones henchidos de amor se fundieron en uno con las brasas del amor, y la llama de la esperanza.
Marta cogiendo un libro de poemas que llevaba consigo dijo:
¿Quieres que te lea un poema cariño?
¿Un poema? ¿De quién?
No lo conozco, es nuevo.
¿Un escritor nuevo? No será bueno...
Dice cosas muy raras, habla con un acento de dialecto.
Está bien, como quieras, seguro que en tus labios será hermoso oírlo.
¿Venga? ¿A qué esperas? (Y con unas sonrisas, los dos se callaron hasta que Marta decidió leerlo )
LA JURRIA CASTUA
Jué una jembra tan güena,
que empreñó con jansia
el posiu virtuosu de su concencia.
Su vientri puro, de castua brava y morena,
cuanti su vientri dio a lú,
la semilla e su sementera,
la ventana e su alientu,
quemaba comu la joguera.
Empujando juerte,
metiendo jurria y arrimitiendo yesca
parió el chiriveje
e sus entrañas mesmas.
El balcón e su mirada
contemplu en el lechu,
el corazón e la dejesa,
aquel castuo bravío
que arremetía con juerza,
el manantial e miel
e los gujerinos e sus tetas.
Se crió juerte como e piedra,
entre encinas y alcornoques,
retamas y brezos de la ribera
baju la mirada amanti
d´aquella jembra
que pa no faltale na,
se queó sin juerzas
con la maera y los jierros
e las jerramientas.
Él, despertaba al campu
cuandu se despereza el sol
tras e las sierras,
paecía estar ejendrau
e la mesma maera
que su vieja, aquella jembra bruñía,
con la fragua de la siesta,
y mientras rozaba posíos ella,
con callus en sus manos tiernas,
el chirivije apaña jaramagos,
con sus manos mesmas.
Así que, jué mozu,
y juerte com´una encina nueva,
despues de jerir las sierras,
e desbrozar zarzales en la ribera,
e arrancar tamujos,
ceborranchas, jarales y adelfas,
y de jundir los jierros
en las laderas,
jizo besanas de tierra buena,
ca`mamantarían las semillas
de sus cosechas,
y agradecías, parirían
sus frutos en primavera.
Empreñó e semillas
las senaras de la dejesa,
que labrú con sus manus
jundiendo la cuchilla
de sus manceras,
jasta el corazón mesmo e la tierra.
Antes que cantara el gallu,
y la alondra despertara al alba,
ya iba caminu la sierra,
y al jombro la cizaya,
en la alforja pan y tocino
y cuaja e miseria...que caya.
Para cuandu el sol
desprendía los primerus rayus,
por encima e la cresta e la sierra...
Él ya estaba encaramau,
en la cru e alguna encina vieja,
con la corva gastada,
la cizaya y sus manus mesmas.
Descuajando ramas...
Trebajando duro,
pa meicina y méicos de su vieja,
aquella jembra castúa,
que metiendo jurria,
y atizando yesca,
lo parió ende adrento
de sus entrañas mesmas,
para aquella extremeña güena
que agora jera cenizas
peru cuandu moza jogera,
con aquel pecho que jiciera,
rebosar de miel
los gujerinos de sus tragaeras.
Agora que está jundio su pecho
y quebrá su espalda,
sigue siendo igual e güena...
Sigue siendo igual e santa.
A la resolana la siesta,
y al bajío las corraletas,
la vieja castua, ruea la rueca...
Y jila el lino, y teje la lana
jaciendo apaños
pa´l hijo de sus jentrañas.
Y mientras, él, en la ribera,
segaba cañas,
p´apaña sus chozus,
pa jacer tablas nuevas,
pa esparramar las pajas
y aventarlas en la jera,
pa preparar las mieses en la niara,
las juertes semillas en grandes parbas,
con el brasero de agosto a sus espaldas,
pa sacar el grano de su cáscara
y trillar bien la cosecha de sus vesanas.
Era tan güena aquella jembra...
Era tan güena...
Y con tan poca juerza...
Que por ella daría la vida mesma
pa esa, que de chiriveje,
le´nseño toa su cencia,
e labrantios, e linderos
encinares y querencias
y a desnudar con la jacha
el corcho e la dejesa,
la que le enseñó las letras
jenebrandu las ideas
que bullían en su cabeza,
y a sacarle melodía
al rabel y a la vihuela.
Mientras la cigarra canta,
y la chicharra suena,
la noble castua,
ruea la rueca,
y jilaba el lino...
y tejía la lana...
Al bajío ardienti
e las corraletas.
Y mientras guarrean las ranas
en la ribera,
cavilaba en la rueca,
en su sesera entro sus canas,
cuando jugaba con el chiriveje
drentru la´lberca,
y agora tan juerti...
c´asta jumean el jopo las fieras
del monti cuando él se acerca.
Aquel castuo tostau,
del color de la tierra,
por cuidiar de su vieja
se queó sin jembra,
pa no faltale na
como ella le jiciera.
Y, roando la rueca,
rumiandu sus esperanzas,
con los deos porriyuos y rituertos
por los palos y los jierros e las jilanzas.
El gañan en la ribera,
agotó sus jansias,
que endespues de arrancar quejíos,
a los terruños de su patria,
su pechu se jundiera,
y se quebrara su espalda,
y bramara la tierra
al jundir la reja,
y quebrar los posius con las tejas
de sus manceras...
Allí murió su esperanza,
que al son dulce de la vihuela
se marchó su casta,
esa raza de castuos extremeños
que´mprendieron las labranzas.
Alfonso Sánchez Madruga
(DEDICADO A MI MADRE)
·
Cuando Marta se quiso dar cuenta, Jesús, al sol de mayo se quedó durmiendo. Como un bebé, cuando sus padres les leen un cuento. ¿Se habrá enterado de algo de lo que le he dicho?
Le dejaré dormir... ¡Pobre! ¡Trabaja tanto!
Se acurrucó contra él mirando al cielo, y pensando... si... (Suspira) esto es la gloria.
Tan grande era la felicidad que sentía, que quiso que el mundo entero supiese de ella, gritando a los cuatro vientos el amor que le inundaba todo su ser.
¡Enrique! (Se le vino a la memoria su hermano)
Tengo que llamar a Enrique para hablarle de Jesús, y contarle lo feliz que soy a su lado.
Cogió su móvil, y apartándose unos metros para no despertar a Jesús...
Pit ...pit ...pit...
Agencia de detectives Campillo. ¿Dígame?
Enrique. ¿Eres tú?
¡Hola hermanita! ¿Cómo te encuentras?
¡Feliz!
¡Cuánto tiempo sin saber de ti Marta!
¿Feliz? ¿Qué quieres decir con eso de feliz?
Ya me extrañaba a mí, que algo se te pasase por alto.
Me ha sorprendido la respuesta. ¿Feliz?
Sí Enrique, feliz y enamorada.
¡No me digas!
¡Si, te digo!, y lo gritaría a los cuatro vientos, para decírselo al mundo entero.
Me alegro mucho por ti, Marta. ¿Quién es el afortunado?
Tú no lo conoces, pero es el hermano del infeliz al que le practicaron la eutanasia... ¿recuerdas?
Sí, claro, Alfredo Idoate.
Pues hermano de ese, Jesús Idoate, es un hombre increíblemente encantador, educado y sencillo...
¡Caramba hermanita! Ya veo que esta vez el de las flechas ha dado en el centro de la diana.
Sí, Enrique, lo amo con toda mi alma.
Me alegro, y te felicito hermanita. ¡A ver si me lo presentas!. Necesito conocer buenas gentes, ya sabes... ando siempre entre delincuentes, y si; me hacía falta un cuñado honrado, con todas las virtudes que me cuentas.
¿Y a ti, que tal te va la agencia de detectives?.
Pues ya te digo Marta, siempre atendiendo las "delicadezas" de ladrones, y asesinos.
Ya puedes tener cuidado con tu trabajo, hermanito, que quiero que conozcas a mis nietos.
No te preocupes Marta, mi debilidad la tengo en los enigmas, o sea que me gustan los retos, donde haya que poner a trabajar la masa gris.
¿Quién dirías que mató a un hombre en una discoteca repleta de gente mientras hablaba con su amigo en un reservado, fue apuñalado por la espalda a través de una cortina, con un puñal del cruz.?
¿Un puñal de Cruz?
Si, de esos... que en la parte baja de la hoja, junto al mango tienen el tope de la empuñadura en forma de cruz.
Cuando llegamos al lugar de los hechos yacía el sujeto en el suelo con el puñal clavado en la espalda, y la cortina que estaba lógicamente manchada de sangre con el hueco de la hoja que hizo al entrar.
¿Quién dirías tú, que lo mató.?
Pues no sé... ¿El mayordomo?
Ja...ja...ja..., (Reía Enrique, a la ocurrencia de Marta)
Si estaba repleta de gente la discoteca, pudo ser cualquiera. ¿No?
No, cariño, sólo pudo ser una persona, que detuvimos en aquel preciso instante.
¿Cuál?
¡Su amigo claro!
¿Y cómo puedes estar tan seguro, si no tienes ninguna prueba de nada?.
Evidente, mi querida hermana. La cortina permanecía colgada, la rasgadura del cuchillo era justo lo que hace la hoja al entrar, y el puñal permanecía clavado en la espalda del sujeto que permanecía en el suelo.
¿Y?
Pues que el cruce del puñal en forma de cruz, no pudo pasar por el hueco de la hoja, ¿no? Lo que significa, que el puñal no fue clavado desde detrás de las cortinas, como insinuaba su amigo, sino desde el propio reservado donde hablaban, o discutieron los dos.
El resto fue preparado por el supuesto amigo.
¡Qué listo eres, hermanito! Lo tienen muy mal los delincuentes contigo.
Hago lo que puedo... me alegro mucho por tu felicidad Marta, dale recuerdos míos a Jesús, y saludos de mi parte. ¿O.K.?
Lo haré Enrique, seguro que se alegra de tu parecer sobre el.
Por supuesto, necesitabas alguien como él a tu lado, y me alegro.
¡Cuidaros mucho!
Igual te digo, hermanito. ¡Cuídate!
Un beso.
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Persona, cielo...
¿Qué tal has dormido, Jesús.?
¿Tan mala era la poesía, que ha hecho que me durmiera de esta forma?
¡Tonto!
¿Con quién hablabas?
Con mi hermano Enrique, he sentido la necesidad de contarle lo feliz que soy a tu lado.
¿Y qué le ha parecido?
Está encantado, se alegra mucho por nosotros, me ha felicitado, y me ha pedido que te salude y te dé recuerdos suyos.
Tiene ganas de conocerte, me ha pedido que te lo presente; bueno... que os presente. Quiere conocer la maravilla de hombre que le he descrito.
Es detective, y está muy ocupado, algún día lo conocerás, es un encanto de hermano.
¿Tienes un hermano detective? ¡Qué bárbaro! ¡Tiene que ser complicado su trabajo! ¿No crees?
Sí, así es, me ha contado una trama increíble, y la solucionó insitu.
Tengo un hermano encantador.
Yo diría que es él, el afortunado con tener la hermana que tiene.
Los dos se miraban tiernamente a los ojos, y cogidos por la cintura en medio de aquella campiña en plena naturaleza, sus labios se buscaban sedientos de amor, muy despacio... hasta llegar a rozarse primero, con ternura, para poco a poco, roce, tras roce, fundirse en un ardiente y apasionado beso.
Sí... sentían el mundo a sus pies, pero... ¡Por encima de ellos nada!
Capítulo LXV
Tras la discusión, Pancho, aquel delgaducho y con cara mafioso que vivía con su hija, después de intimidarle para que dejase en paz a María, que la dejase vivir su vida...
Sabemos que antes de salir cogió la pistola que Pancho quiso alcanzar cuando lo vio entrar con aquella fuerza con la que entró.
Quizá pensase que fuera otra persona... (Pensaba Alfonso mientras venía en el taxi hacia su hotel) o quizá hasta puede que la habría usado contra mí. ¡Quién sabe! Este tipo de gente sin escrúpulos... son capaces de todo.
A saber que tendrá que esconder el sinvergüenza de él. ¡Canalla!
¡Cómo le haga daño a mi hija, con su propia pistola lo mato! ¡Juro que lo mato!
¡Dios! ¿Pero qué clase de juramento acabo de hacer? Espero no verme en esa situación.
Aunque, vive Dios, espero por su bien que cuide de mi hija, y no me ponga en esa encrucijada.
Ya tengo bien complicada mi vida.
Ya en el hotel, después de pagar y despedir el taxi, se dirigió a la cafetería, era la hora de cenar, no había comido nada y quería algo con una cerveza, después se iría a descansar. (Ésas eran las ideas de Alfonso, pero...)
¡Ely! ¡Qué sorpresa! No esperaba verte ya, creí que te habías retirado a descansar.
Buenas noches, Alfonso. No, aún no lo he hecho, quería charlar contigo.
¿Tienes algún problema, Ely? No, no. En absoluto.
¡Gracias a Dios! Últimamente parece que los problemas los atraigo como el imán atrae metales.
¡A mí, y a los que me rodean!
No, no es eso, las cosas ocurren sin más.
A propósito.,, ¿ Has estado paseando con gente como te recomendé?
Alfonso con cara de resignación miró hacia otro lado, suspirando.
No, no lo he hecho, Ely, lo siento.
¿Por qué? Deberías haberme hecho caso, Alfonso, te está perjudicando psicológicamente mucho todo esto. Créeme.
Perdona que no siguiera tu consejo, Ely... Seguí el impulso del corazón.
¿Y qué impulso fue ése?
Sentí la obligación de ver a María, y tratar de convencerle para que abandonase aquel gueto donde vive, y sobre todo a ese sinvergüenza de novio que tiene.
¿La vistes? ¿Has visto a María? ¿Cómo está?
No, no pude verla.
¿No estaba en su casa?
No.
Habría salido a dar una vuelta, o de compras, ¡quién sabe!
Saldría ella sola... (Se resistía a contarle lo ocurrido en la casa con Pancho)
¿Sola? ¿Por qué dices sola? ¿Es que ese tal Pancho, si estaba?
Sí, él si estaba.
¿Y? ¿Qué tal ha respondido con tu presencia.?
Bien... hemos charlado unos minutos, y me he despedido.
¡Alfonsooooo...!
Sí, ya se; me olvidaba que hablo con una doctora en psicología, pero perdóname que no te involucre demasiado en mis problemas.
Quiero llegar a ser un buen amigo para ti.
No quiero que me odies ni puedas llegar a hacerlo. Soy un hombre muy impulsivo a veces.
Háblame de ti, Ely. ¿Qué tal las oposiciones? (Ella no quería sacar la conversación del contexto que Alfonso quería darle, ella se daba cuenta que quería dejar aquel tema, y no hablar más del asunto y optó por seguir su corriente)
Pues no haré lo que tu, Alfonso, yo te diré la verdad.
No aprobé las oposiciones a las que me he presentado.
¡Ah! Cuánto lamento oírte decir eso, Ely, tenías tanta ilusión en ellas...
Sí, así es, pero también te dije, que si no las sacaba no me llevaría un disgusto, ni me torturaría con eso, como si en realidad fuese algún problema.
¿Y no lo es para ti?
Pues yo diría que no, aunque me habría gustado aprobar por un lado... por otro no.
Explicarte. ¿Qué quieres decir?
Pues, que de haberlas sacado, mi destino definitivo habría sido éste, Nueva York.
¿Y entonces...?
Entonces nada, seguiré con la dirección del hospital en nuestra ciudad hasta que sea viejecita.
¡Comprendo!
Comprendes también, que debes compartir lo mismo las penas que las alegrías, o viceversa, y entiendes que las personas que te quieren son las que te pueden ayudar.
Me duelen tanto los sentimientos...
Creo que pienso demasiado, lo sé; pero soy así, y no puedo evitarlo.
Sé que puedo confiar en ti, pero tampoco quiero herirte, ni herir tus sentimientos, perdóname, y ten paciencia conmigo, sobre ese particular, ¿me lo prometes?
Está bien, te lo prometo.
En realidad le importaba mucho lo que le ocurría, quizás por eso se preocupaba más de lo que debería hacer por sus problemas, pero ella tampoco podía evitar hacer, los problemas de Alfonso suyos.
En ese justo instante, todos los pensamientos de Ely se rompen en mil pedazos al ver aparecer en el salón de la cafetería a Amaya con otra chica, y traía cara de pocos amigos.
¡Dios bendito! ¿Qué hace esta aquí? (pensó)
Y esforzándose en su saber estar, no le dio mayor importancia a otra " buena amiga" de él.
Mira Alfonso. ¿Conoces a esa que viene ahí?
Al volver la cabeza el asombro fue de infarto. ¿Qué haría aquella bruja en Nueva York? (Se decía para sí)
Amaya, acompañada de la otra chica se le acercaron con paso rápido y decidido.
Hola cariño. ¡Cómo estás!
¿Qué haces aquí en Nueva York, Amaya? Vengo a verte. ¿Te parece poco?
(El sarcasmo y la fullería de aquella mujer era asombroso.)
¿A, verme?
(Elisa escuchaba, y estudiaba la conversación, como era habitual en ella, pues solía hacerlo por defecto profesional, aunque le iba muy bien en la vida para conocer a las personas)
¿Cómo, a verme? (Replicó Alfonso)
Bueno, a verte, y algo más.
¿Algo más? Mira, Amaya... tú y yo, no tenemos, que yo sepa, nada de qué hablar.
Pues te equivocas, tenemos y muchos.
¿A qué te refieres?
Pues mira, vengo como te digo a verte, y a presentarte a tu hija.
¿A mi hija?
Los ojos de Alfonso parecían platos soperos, no daba crédito a lo que estaba ocurriendo, no podía creérselo.
¿Pero estás loca o que, Amaya?
Estuve loca por ti, pero ya ni estoy por ti, ni estoy loca.
Pe... pero. ¿Qué estás diciendo?
Lo que oyes, Alfonso.
Te presento a tu hija Idoya.
Idoya... este es el padre del que tanto te he hablado.
¡Papá!
(Aquella pécora que tan bien traía aprendida la lección empezó su teatro, y se abrazó al cuello de Alfonso. )
Cosa que él rechazó de inmediato, mirando a Elisa asombrado.
¿ Qué decís? ¡Estáis locas las do!
De loca nada... ¡cuajada!. ¿ Recuerdas cuando nos conocimos, hace unos veinte años...?
Sí, lo recuerdo, y mal haya el día que lo hice...
¡Pues este es el " resultao"!
¡Pero que "resultao" ni que "resultao"!
Tú sabes tan bien como yo que no tuvimos relación alguna, y menos de esta índole.
Pues ya ves, lo que son las cosas, tienes otra hija, y quiero que la reconozcas como tuya.
Pero Alfonso yo creí... creí que erais amigos, por eso le di tu teléfono. (Dijo Ely al darse cuenta que aquello no era una broma, sino que era algo muy serio para el)
¿Mi teléfono?
Sí, le di tu teléfono para que te llamara, quería saludarte, decía ser una buena amiga...
Pues ni es " buena"... ni "amiga".
Lo lamento, Alfonso, perdóname.
(La sangre de Alfonso bullía por sus venas como la lava por las entrañas de la tierra)
Un momento... si no he recibido llamada alguna... aquí, ¿quién te ha dado me dirección?
¡Por que, no me digas que me has encontrado en Nueva York por casualidad? (Dirigiéndose a Amaya)
Eso no importa, los brazos de Dios son larrrrrgos, largos, y a todos los malos os alcanzan.
Venga, Amaya, por favor, dime que es una broma.
De eso nada. De broma nada, esta es tu hija, y debes reconocerla como tuya.
¡Maldita sea! No he conocido a otra mujer más cínica y embustera que tú. ¡Es más! No creo que exista.
¡Por favor! No seas grosero. Te veré mañana y decidiremos cómo lo vamos a hacer. ¿Eh? ¿Te parece?
¡Amaya, vete a hacer puñetas!
Sí, se fue, pero con el sadismo reflejado en su rostro, aquella risa burlona que le caracterizaba, y el convencimiento como mujer de la calle, que había hecho mella en Alfonso la noticia que le acababa de dar, pudo verlo tenso y acalorado.
Su herida, la herida que le había hecho, acababa de empezar a sangrar.
Me ha salido mejor de lo que pensaba (Se vanagloriaba de su hazaña), con la presencia de Ely ha sido aún más duro para ellos dos, así iré matando dos pájaros de un tiro, e iré preparando el terreno con esa tal Elisa, para en primer lugar, romper la amistad de los dos, y por separado serán más vulnerables...ja ...ja ...ja...
(Se perdieron las dos rameras en el ascensor)
Alfonso miraba cara a cara a Ely, asombrado, boquiabierto, blanco como la cal y con los brazos en cruz)
¡Te juro que yo jamás mantuve redacción sentimental con una mujer de esa calaña! ¡Te lo juro!
Sí, te creo, en serio que te creo.
No olvides que soy "bruja."
¡Ely por favor! ¿Es que no me crees?
Al contrario, te estoy diciendo que te creo.
Lo dices de un modo...
Es que no me dejas explicar, te vuelvo a decir que estas hipertenso. ¡Relájate!
¡Santo cielo! ¡Tiene que ser un sueño!
Estás equivocado amigo mío, todo esto es cierto.
¿Qué es cierto?
Me refiero a todas tus desgracias, que se fuera Eva sin despedirse, y te abandonarse por segunda vez después de veinte años, que, encontrases a tu hija viviendo con ese mafioso, que ella tome algún tipo de sedante, y que hayas encontrado a Eva en ese estado, y lo más grave; que no será ella jamás, según los médicos...
A eso me refiero, eso, y esta pantomima de ahora que también ha sido real.
Y eso no quiere decir que sea cierta, o que yo me lo crea, por eso te digo que soy bruja, soy psicóloga, y conozco la psiquis de las personas por su carácter, sus palabras, formas de actuar etc. y puedes creerme, que si a venido Amaya con idea de hacérmelo creer á mi... creo que ha clavado en hueso.
Perdóname Ely, lo siento, no sabes el calvario que estoy pasando con todo lo que nos ocurre últimamente.
Y para colmo de mis males aparece esta lagarta.
No hagas caso, piensa en María y en Eva, y nada más.
De Eva, se encargarán de momento los facultativos, y especializados.
Y de María, lo debemos hacer nosotros, ella por su cuenta se perderá, y será imposible recuperar su mente.
¡Qué buena eres Ely!
No hago más que lo que debo hacer como persona humana, y amiga tuya. ¿O es que ya no me quieres como amiga?
No sé como pagarte lo que haces por mí.
Eso no te debe importar, los amigos no se miden por el interés, tú lo sabes bien que tienes un buen amigo.
Sí, sí lo es.
¡¡"Poseso"!! (Dijo Elisa para endulzar el momento, y quedaron mirándose a los ojos con ternura para acabar abrazándose)
¡Gracias Ely¡ Me alegro de tener una amiga, si; me siento afortunado.
Sí... es bueno hablar.
Es bueno tener buenos amigos.
¿Pero sabes lo mejor, Alfonso?
No, ¿qué es?
Que se junten los amigos para hablar.
Capítulo LXVI
Tras la disputa con la "famosa" Amaya sobre aquella falsa hija suya, Alfonso seguía sin dar crédito a lo que ocurría. ¿Qué pretendería aquella mujer? ¿Qué clase de juego se traía entre manos? Y lo más extraño. ¿Cómo ha venido hasta Nueva York y se ha tomado tantas molestias en buscarme?
¡No lo entiendo! (Le decía su subconsciente)
Como si yo no tuviera suficientes problemas, y cosas personales en qué pensar, para que ahora me salga éste.
Mi hija es lo más importante de mi vida en estos momentos, estoy seguro que Ely tienes razón, debo seguir su consejo y dejar de pensar, y mortificarme como lo hago.
Debo centrarme en María, y sacarla de donde esté metida, y cuanto antes, o la perderé para siempre.
Todo esto lo pensaba en su habitación después de dejar a Elisa en la suya, y desearle las buenas noches.
(Eso creía él, pero su noche fue distinta) Aquella noche, y después de quedar dormido, le vinieron a su mente las pesadillas más horrendas que jamás había tenido.
Soñaba (Lo que se le había grabado en su mente, las emociones más significativas para él que aún sin querer, y de forma surrealista se le presentaban en su pesadilla), que amigos y familiares, sus seres más cercanos y queridos para él, se marchaban de espaldas hacia un horizonte ensoñador, luminoso y claro a la vez, de tener aquel aspecto tenebroso que los envolvía, y cuando pretendía acercarse a alguno de ellos se petrificaban, se convertían en roca fría y sólida, más, cuando los quería tocar, aquel al que le tocaba se convertía en polvo, en un montoncito de arena como la de los relojes.
Sólo veía una sombra, una sombra humana a la que no podía definir su rostro, pues parecía incorpórea.
Sólo era eso, una sombra, con la que le ocurría todo lo contrario, siempre estaba a la misma distancia de ella, por más que corría tras ella no podía darle alcance, pero... que si se paraba, era la única que serenaba su espíritu y le hacía recobrar la felicidad.
¿Sería Eva esa sombra ? (Se preguntaba en su sueño)
Cosa que no pudo saber aunque el mismo sueño le despertó acalorado, y sudoriento de terror, por el temor de perder a todos los que quería.
Aquellos amigos... Eva... María.
Mi obsesión me traerá problemas (Afirmaba para sus adentro), me levantaré e iré a hacer fúting para ver si me despejo un poco. Estoy rendido.
He pasado la peor noche de mi vida, estoy seguro, jamás había pasado tanta ansiedad y angustia en sueños.
Y esto no debe ser bueno para nadie, pienso yo.
Además lo dice una experta.
Pero esa mujer... ¿Qué influencia ejerce esa mujer en mi carácter, en mi forma de hablar, de sentir, de pensar? ¿Qué me está ocurriendo con ella.?
Cada vez pienso más en sus ojos, en esa mirada vivaracha, y dicharachera de las faldas de campana.
Bueno... no sé si eran de campanas, yo les llamaba campanera, la chica campanera.
A pesar de la hora tan temprana quiso hacer algo de deporte, pues lo tenía abandonado últimamente con sus problemas, y antes de ir al hospital a ver a Eva, quería estirar sus músculos, y sudar un poco.
Al salir del hotel pudo observar la calle a esas horas prácticamente vacías aún, las farolas encendidas que daban un carácter pacificador, y tras dar los primeros saltitos de precalentamiento, al disponerse a correr se percató de aquel coche negro aparcado frente a su hotel con tres individuos dentro a los que no dio mayor importancia.
Tomó la primera dirección que se le ocurrió, pues todo eran avenidas y calles poco transitadas.
Intentaré encontrar alguna zona verde donde poder realizar mis ejercicios. (Pensó mientras corría tratando de distraerse un poco, pues aún se sentía afectado por el sueño)
Por el poco cielo que podía apreciar de vez en cuando, cuando miraba hacia él, pudo notar que la noche había sido, a pesar de sus pesadillas, una noche fantástica, el cielo parecía una túnica de mago con millones de encantadoras lamparillas de aceite, y parecía que cada alma que en él estuviera, llevase una parpadeante llama y, a juzgar por sus constantes parpadeos podrían apagarse en cualquier momento.
En un acto reflejo, pudo darse cuenta que las luces de algún coche venía tras de él, lo que le hizo volver la cabeza, y comprobar que en efecto si; era un coche, y parecía el mismo modelo de aquel que dejó aparcado a la puerta de su hotel con los tres individuos dentro.
Era un hombre de conciencia tranquila y no pensó mal, pero aquel coche insistía en seguirle, lo que le hizo ya sospechar que pudieran seguirlo a él.
Determinó por coger otro camino, y así lo hizo, al ir a pie no fue difícil coger una calle de dirección única por lo que el coche siguió su camino.
Él se adentró más y más, en aquellos segundos urbanizaciones ya de carácter más humildes, y sin saber cómo ni de donde, el coche negro lo volvía a tener frente a él, parado, con las luces encendidas sin salir nadie de su interior.
Alfonso quedó clavado en el suelo, ahora si; ahora estaba preocupado, aquel coche no tenía buenas intenciones.
Digamos que sus ocupantes serán los que tenían... sino malas, por lo menos, no muy buenas ideas.
Esperó unos segundos para ver qué ocurría...
Por fin vio cómo se abrieron las puertas de aquel vehículo, del que se apearon tres sujetos con cara de vestías inmundas.
Dos de raza blanca, y uno de raza negra.
Esperó en la acera, tenso y angustiado (Eran tres hombres como tres mamut), temiendo lo peor.
No podía imaginarse el motivo, pero lo que pretendían aquellos "gorilas" estaba claro.
¿Querrán robarme? ¿Qué pretenderán estos? - Fue lo único que se pudo preguntar sin poderse responder, pues los tres "gorilas" se le echaron encima sin pronunciar palabra, hasta que Alfonso estuvo rodeado-
Viendo que ninguno pronunciaba palabra alguna...
El sí; él quiso saber quién, y porque le cortaban el paso.
¿Se puede saber, qué ocurre amigos?
¿Qué quieren de mí?
Ya por fin uno de los "gorilas" se dirigió a él.
Está bien, como quieras, te daremos el encargo, ya que te vemos deseoso.
¿Encargo? ¿Deseoso de que?
Pues eso; que veo que eres un “listínyo”, y todo lo quieres saber.
Que yo sepa no os he preguntado nada, sois vosotros los que os ponéis en mi camino.
Ja ...ja ...ja... ¿Oís eso amigos? ¿Estáis escuchando esto? Ahora dice que no nos ha preguntado nada. ¿Qué os parece?
(Ahora hablaban entre ellos, y Alfonso empezaba a preocuparse por la situación .)
Pues me parece muy mal, no me gustan los tíos mentirosos. ¿Y a ti, te gustan?
¡Oh! Por Al'a! ¿Cómo habrá en el mundo tanta gente mala?
Pero qué decís. ¿Estáis locos, o que...?
No, ni "o que," ni estamos locos, sencillamente somos mensajeros, un trabajo honrado como cualquier otro.
¡Pues hacedlo ya! Si ese es vuestro trabajo, pues cumplir con él. (Replicó Alfonso, ya en tono más amenazador, cosa que no impresionó a ninguno de aquellos "elefantes")
Si, claro, eso vamos a hacer, darte el mensaje.
¿A mí?
Exacto, a ti.
¿Quién me mandó un mensaje a mí?
¿Y a estas horas...
Él nombre de tu "amigo," no es lo más importante.
¿Y qué es lo más importante? ¿El mensaje?
Eso es, chico listo. ¡El mensaje!
Uno de aquellos matones hizo un gesto con la mano, que los otros dos interpretaron perfectamente, y sorprendieron a Alfonso inmovilizándolo por los brazos de lo que le era imposible zafarse. (Eran fuertes los condenados)
El que parecía llevar la batuta fue entonces el que se le acercó, y poniéndole el dedo índice a dos milímetros de la nariz le dijo:
El que te manda el mensaje me ha hecho prometer, que no acepte propinas tuyas, y además, que por favor lo hiciera yo, pero como tú comprenderás debo darte primero el mensaje. ¡No vuelvas a acercarte a Pancho! ¡Me has oído! Es un hombre bueno... honrado, y muy sensible, ya sabes...
¡Sensible, muy sensible!
Y me ha encargado también otra cosa más. A tu hija la olvidas, son felices, hacen una pareja muy apegada...
Y lo principal, que ella lo quiere también, ¿No crees que deberías dejar en paz a una pareja así...? (Todos reían a mandíbula abierta).
Capítulo LXVII
¡Canallas! Os manda él. ¿No es cierto?
Ya te he dicho,” listiyo” que soy un profesional, y los profesionales no revelan los secretos de sus clientes. ¿No crees?
¡Miserables!
¡Has entendido lo que te he dicho!
Creo que he hablado clarito.
Se podría decir más completo...
Sí, eso es... alto y claro, pero por si eres un poco duro de orejas, te lo repetiré otra vez, no me gustaría volver a vestir a ninguna familia de luto, te aseguro que se pasa mal viendo la familia del accidentado como sufre... ¿Y tú no querrás eso verdad?
¡Me pagarás esto! ¡Lo juro!
Sí... sí, sí, sí, estoy convencido de que eres un poco duro de oídos...
Le lanzó un directo al estómago de Alfonso que le hizo doblar las rodillas, y encorvar el cuerpo, pero aguantó a pie firme sin un quejido.
Como veo que no lo entiendes, quizá es que no me he explicado bien.
(Los que le sujetaban, reían maliciosamente disfrutando de la escena)
Pues verás. (Lanzándole otro puñetazo a la mandíbula) Como te iba diciendo... (otro más)
Nuestro cliente, está convencido de que... ¡Tú! (Señalándole clavándole el índice en el pecho) no debes, (Puño en las mandíbulas) in... (Puñetazo izquierda) ter... (Otro derechazo) po... (Izquierda )ner... (Derecha) te... (Izquierda) en... (Derecha) su... (Esta vez bajó al estómago) ca... (Izquierda) mi... (Derecha) no
¿Qué tal he hablado ahora? ¿Más claro yendo más despacio?
A Alfonso, no se le escuchó un solo tejido, tan sólo podía apreciarse su cara, donde la sangre le cubría ya bastante parte de ella a consecuencia de tan terribles puñetazos, tanto así; que más que mantenerse en pie estaba colgado de los brazos que lo sujetaban.
El que había golpeado levantó su cabeza para preguntarle: ¿Sí? (Y soltó su cabeza)
¡Mirad! Dice que sí. ¿Veis como hay que ser personas educadas, y explicar las cosas las veces que sean necesarias?
A lo que los tres criminales reían satisfechos del acto tan ruin que habían cometido.
¡Ah! ¡Perdone usted... me iba sin darle la propina que me han encargado. (Soltándole otro derechazo en pleno rostro que Alfonso ya no pudo sentir, pues estaba inconsciente de la paliza que le habían dado aquellos locos asesinos)
Allí mismo en la calle lo soltaron, y cayó al suelo como un fardo. Allí estuvo largo rato sin que ningún alma se interesase por su persona.
Hasta que por fin dio en si por él mismo, y conmocionado como estaba se limpió como pudo, emprendiendo el regreso a su casa, lleno de humillación y de vergüenza.
No por las personas que en aquellos parajes le veía, y les señalaban con el dedo, no; por aquellas gentuzas no.
A aquellas horas aún estaban "trabajando" las calles las prostitutas, y maricones envueltos por las otras mafias, los chulos y los camellos. Nueva York no es una ciudad civilizada, aquí es peor que en los sitios que conozco. ¡Santo Dios! ¿Pero hacia dónde vamos? (Se preguntaba Alfonso)
No, a aquellas gentuzas no les importaba, en ese sentido le amargaba más su amor propio, no podía consentir que un mafioso y un criminal como era aquel Pancho, además de ser un cobarde y no atreverse a arreglar sus problemas él mismo, no podía consentir que manejara su vida, no le asustaba, ahora que pensaba la forma de actuar de “Panchito”, ya estaría más atento, y no caería en otra encerrona.
Le preocupaba más María. ¿Qué sería de ella al lado de aquel sujeto?
Por fin alcanzó el hotel donde se alojaba.
Apenas pudo quitarse el chándal que llevaba, se sentía como si le habría pasado un tren de mercancías por encima, pero aún así, debía ir a ver a Eva al hospital, necesitaba saber si se encontraba bien, si había mejorado.
¡Maldita sea! ¿Será posible que esto me esté ocurriendo a mi? (Se decía lamentándose)
Lo que daría él por que fuese un sueño, un mal sueño, y mañana volviese a ser todo como era antes.
Si, incluso cuando Eva estaba casada con aquel otro mal bicho, Alfredo.
Incluso entonces creo que era feliz, creyendo que mi hija era una buena estudiante, y yo disfrutaba con mi trabajo y de mis amigos.
Incluso entonces, creo que era feliz.
Ahora que creía amar a Eva, no sólo se me va queriendo ser monja, sino que además se encuentra debatiendo entre la vida y la muerte, lo que me apena enormemente.
Después me entero que mi hija es drogadicta, y que para colmo vive con ese mafioso de “Panchito”. ¡Maldita sea su estampa!
Luego aparece la pécora de la Amaya con "mi hija". ¿Qué problemas me traerá esa, Dios mío? La temo, me horroriza lo que pueda haber maquinado una mente como la suya.
Y ahora esto. ¡Cobardes! ¡Vaya mensajeros...!
Como tenga oportunidad... viendo que el mensaje no era de mi agrado, igual se lo devuelvo.
(Estas eran las cavilaciones de Alfonso mientras se duchaba, y se aseaba)
Cuando por fin salió a la calle, ya era otro el ambiente, era media mañana y la ciudad bullía de personas que aparentemente parecían tan respetables.
A saber de las miserias y vergüenzas que oculta la gente tras los bonitos trajes, corbatas, y las hermosas caras acicaladas de las señoras.
¡Sabe Dios, lo que habrá en el mundo de engaños, mentiras, timos, explotación, mendicidad, ambición, codicia, etc. etc.
Dejaré de pensar en eso que voy a acabar loco.
Bastante tengo con lo mío, y lo primero es lo primero, y después el siguiente, el número uno María.
Ya me encargaré yo de ese tal Pancho, y le haré entender á su forma lo que le quise decir. Parece ser que tampoco me entendió lo que le dije con palabras...
Así llegó al hospital dirigiéndose directamente a la planta y habitación de Eva, la planta 12 habitación 1251.
Golpeó la puerta con suavidad, y abrió sin esperar contestación. (No sabía si Eva estaba sola, o estaría alguna enfermera con ella)
Allí estaba Eva, como la había dejado, con las máquinas conectadas a su organismo, los sueros, drenajes, y demás aparatos complicados.
Se le quedó mirando tratando de ver a la mujer que él recordaba, alegre y llena de vida cuando él la conoció.
Pero no, allí no estaba, por desgracia era un cuerpo inerte, sin vida, aunque latente. (¡Cómo le recordaba a Alberto!)
Miró al crucifijo que pendía de su cabecera, y pensó para sus adentro...
¡Sálvala Dios mío! ¡Sálvala!
Así se quedó un rato tratando de imaginar su vida junto a ella, pero no podía enhebrar los pensamientos en su cabeza.
Cuando trataba de hacerlo, la imagen que le salía de la persona que veía junto a él era otra, la de Elisa, por ese motivo, deshacía la imagen y trataba de hacerla de nuevo, e imaginarse su vida con Eva.
Era inútil, siempre se le mezclaban las imágenes, y repetidamente una y otra vez volvía a salir Elisa.
Con un fuerte suspiro, y resignado, se levantó con idea de irse.
Es buena esta chica sí, (Se decía tratando de explicarse la imagen de ella en la cabeza, y su falta de concentración en la de Eva) me alegra mucho, y estimo su ayuda.
Quizá sea por eso, que me viene tanto a la memoria.
Estoy solo en Nueva York, y me, reconforta hablar con algún amigo, y ella se ha convertido en una estimada y querida amiga.
Claro, que como se hace de querer tanto, tendrá tantos amigos...
Al tiempo que abría la puerta lo hizo el doctor de Eva el doctor. SMITZ
¿Qué tal, doctor SMITZ? ¿Cómo está usted?
¡AH! Perdón, no creí que hubiera nadie en la habitación.
No importa doctor.
¿Cómo se encuentra usted, señor Quijano?
¿Físicamente? Físicamente, bien gracias.
¿Es que tiene usted otro problema?
No, no... estoy bien gracias. ¿Qué tal está Eva, doctor?
De momento reacciona bien al tratamiento... pero como ya le dije, no está aún fuera de peligro, está pasando la peor etapa del accidente.
Después, ya las secuelas veremos si con el tiempo...
¿Está usted seguro de lo que me dijo?
¿Perderá totalmente la memoria?
Pues la mente humana tiene su propia defensa, y auto generación de células etc. pero aun así, señor Quijano, le puedo asegurar que no espere un milagro. Yo me daría por satisfecho en salvarle la vida.
Sí, comprendo, doctor, pero es tá... tan penoso, y lamentable para nosotros, sus amigos, su hija.
Le entiendo muy bien Sr. Quijano estoy acostumbrado a tantas miserias humanas, que quizás le parezca insensible, pero le aseguro que no es así, debo ser franco con los dictámenes, y generalmente, como puede suponer son dolorosos para todos. Para mí, el decirlo, y para ustedes escucharlo.
Sí, sí, y se lo agradezco doctor.
Perdóneme por haberle robado estos minutos, doctor SMITZ.
No importa, vaya usted con Dios, Sr. Quijano...
(Con una leve reverencia Alfonso se despidió del doctor con un:
Quede con Él doctor SMITZ.
Capítulo LXVIII
Aquel día, en la casa de Jesús la felicidad estaba visible cómo hacía unos días, desde que Marta se fue a vivir junto a él, se podían oír risas y bromas a cada momento, se divertían el uno con el otro como dos niños.
La casa de Jesús en esos días no parecía la misma aunque era una persona organizada, y meticulosa, la mano femenina era evidente que había entrado allí.
Había unas flores, algún detalle con mas gusto, le había dado otra decoración a la casa (Cosa que dejó hacer Jesús con todo el gusto del mundo, le gustaba verla radiante, feliz.), y eso son cosas que los hombres no sabemos tener, me refiero a los detalles, pues los hombres parece que somos más prácticos.
¿Qué te parece si llamamos a Alfonso y vemos cómo se encuentra Marta?
Te lo iba a proponer yo, cariño, si, llámalo por favor.
¿Tienes el número de su móvil por ahí, cielo?
En " Lagenda"...
¿"En lagenda"? (Jesús)
Sí, claro, donde iba a estar je ...je... "poseso," en "Lagenda"
Hasta a mí se me está pegando ese deje tuyo.
"Sacto", como debe ser. Que dos que duermen en el mismo colchón...
¿Eh?
Nada, nada, llama a Alfonso, y pregúntale cómo sigue María. (Los dos se miraron con ojos pícaros y rieron)
PIT ...PIT ...PIT...
Sí, ¿dígame? Alfonso...
¡Hola, amigo Jesús! ¿Cómo estáis? ¿Estáis bien?
Sí, nosotros ya sabes, no quisiera ser descortés ni herir tus sentimientos...
¡Por favor Jesús!
La adoro, la adoro Alfonso, y soy feliz con ella.
No sabes cómo lo celebro, Jesús..
Gracias Alfonso, pero no te he llamado para esto, llamo para que me digas cómo sigue María, y para saber de ti.
Pues...
Pues que, venga, que estamos preocupados por vosotros. ¡Qué ocurre ahí, y quiero que me lo cuentes todo, no hace falta que te diga más, aquí nos tienes para lo que haga falta ya sabes.!
Sí, sí, sí, ya se, Jesús, y te lo agradezco, pero...
No quiero ningún pero, carajo. ¿Qué te preocupa?
No quiero que os preocupéis...
( A Alfonso aquello le dolía, y le dolía mucho el que su amigo pensara que no confiaba en el, pero por otra parte, tampoco quería que pasase el calvario que él padecía, y se resistía a decirle a su amigo toda la verdad, y eso hacía que su pecho se le encogiera oprimiéndole el corazón.)
Alfonso... te conozco bien, y sé que te ocurre algo. ¿Quieres decirme de una vez de que se trata, y si te podemos ayudar nosotros?
Dile que se ponga Marta, por favor.
¿Que se ponga Marta? ¿Es esa la respuesta que me das?
Ya os diré, Jesús, pero por favor no me atosiguéis...
Jesús con cara malhumorado al ver que no le decía su amigo lo que le afligía, le pasó el teléfono a Marta.
Ten, quiere hablar contigo Marta.
¿Alfonso?
¿Qué tal Marta? Me alegro oírte.
Pues muy bien. ¿Sabes que hemos pensado casarnos?
No, no me lo ha dicho Jesús. ¿Es cierto? Felicidades Marta, me alegro de todo corazón.
¿Para cuando penséis casaros?
¡Cuánto antes! El amor es ciego, y yo estoy ciequita por este pedazo de hombre.
Pero hemos pensado celebrarla con vosotros, si no, no hay boda, lo siento.
Queremos que estés tú, María, Eva, todos, todos, todos, y que no falte nadie de mis amigos, o eso, o no nos casamos, ya sabes como somos, necesitamos compartir nuestra felicidad con nuestros mejores amigos. ¿O.K.?
Alfonso no pudo más, le explotó la caja donde el corazón descansa, y el alma duerme.
Para Marta fue estremecedor oír a aquel hombre llorar al otro extremo del hilo telefónico.
Alfonso se sentía impotente ante su propia vida.
¿Te ocurre algo Alfonso? (Sólo se oyeron gemidos)
Marta se quedó de piedra sin saber qué hacer, y muy despacio le pasó el teléfono a Jesús que lo cogió entre sorprendido, y preocupado.
¿Qué ocurre Alfonso?
No sé por dónde empezar, amigo mío...
¡Maldición! ¿Me quieres decir de una vez, que es lo que te preocupa? Te conozco, y sé que tiene que ser grave.
Sí, Jesús, es grave, y más de lo que te imaginas.
¿Qué le ocurre a María?
Todavía no he podido dedicarme de lleno a ella.
¿Y qué haces pues?
Aplastado bajo el mundo, estoy aplastado, Jesús.
(Ya tomó más entereza repasando todos sus problemas había alguien que le alentaba, y le ayudaba mucho Elisa. Y sólo ese pensamiento hizo que Alfonso reaccionara, y le contase la historia, la triste historia por la que estaba pasando.
Escúchame Jesús, amigo mío; pero escúchame con calma, y estate tranquilo que Ely está aquí. ¿De acuerdo?
¿Elisa ahí? ¿Y qué hace Elisa en Nueva York?
Vino a sacar... bueno a tratar de sacar unas oposiciones, y me está ayudando mucho, es un consuelo tenerla a mi lado.
¿Tan grave es lo que ocurre... que ni a mí me lo cuentas?
Que si, por favor, dame un respiro, que no es tan fácil.
Está bien, sigue...
Tengo varios problemas, María, que como sabes era cierto, lo que no sé aún es hasta qué punto tiene cogido el hábito.
Pero es que además vive con un canalla y sinvergüenza traficante de drogas, y un asesino, además de todo lo que te puedes imaginar...
¿Qué me estás contando, Alfonso? ¡Dime que no es cierto!
Si, amigo Jesús, desgraciadamente es cierto, pero...
¿Pero? ¿Aun hay más?
Sí... ¿Sabes quién se ha presentado aquí? ¡Amaya!
¿Amaya? ¿Y qué hace esa ahí en Nueva York?
Eso quisiera saber yo, qué se trae entre manos.
Ahora resulta que tengo una hija con ella.
¿Qué? Pero tú...
¡No! No es cierto. Yo jamás hice el amor con ella, es imposible que pueda decir eso, pero ha venido a decírmelo, y a que la reconozca como mía. ¿Qué te parece Jesús?
Una canallada, te trata de hacer alguna jugarreta.
Algún chantaje para obligarte a darle algún dinero, ya la conocemos.
Ya me ha pedido si, me ha dicho que la niña hay que mantenerla, y ella no puede, pero sospecho que hay algo más, no sé... El venir con esa tal Idoya hasta mueva York, no creo que pudiera hacerlo una perdida así..
¿Te ha llevado a la falsa hija?
Bueno, yo no sé si será falsa o verdadera, lo que te puedo asegurar es, que mía no es, yo no he tenido ningún tipo de relación con esa lagarta, ya sabes que era ella la que buscaba mi talonario, no mi persona.
Sí, ya lo sé Alfonso. Lo sé muy bien.
¡Olvídala!
Sí, quizás de ellas sí, pero de los matones que me mandó ese tal traficante llamado Pancho, eso me preocupa más.
¿También eso?
Sí, pero no te he dicho lo peor...
¡Alfonso, por Dios! ¿No me digas que hay más? Es que te llueven los problemas últimamente chico.
Tienes razón, pero éste es el más grave.
También está aquí...
¿Quién?
¡Eva!
¿Eva? ¿Ha sido ahí donde ha decidido tomar los hábitos?
No, amigo mío, está en el hospital Santa Mónica.
¿Y qué hace allí? ¿Está enferma, o qué?
Tuvo un accidente el mismo día que llegó a Nueva York.
Pe... pero
Sí, es cierto.
¡San Pedro bendito! ¿Y qué le ha ocurrido?
Esta muy grave, Jesús, los médicos dicen que si supera los tres días primeros... que ya sólo le queda uno, pues lleva dos días en coma, que puede tener esperanzas, y quizá se recupere.
¡Madre de Dios! ¿Pero cómo ha podido ocurrir?
Una distracción
Quizá pensando lo que dejaba atrás...
Quizá pensando en María... no te puedo decir, lo que si te puedo decir es que el sino y la fatalidad, del destino me tiene a mí, y a mi familia acorralados, y se ceba con nosotros... porque aún hay más...
¿Qué puede haber peor, amigo Alfonso?
Pues lo hay, Eva... Eva no será la misma, aunque se recupere.
¿Qué me dices? ¿Le quedará alguna secuela?
Una secuela... llámalo como quieras, Jesús. No tendrá memoria.
¡Oh, no!
No recordará su pasado... no nos reconocerá a ninguno, ni a su propia hija. ¿Te imaginas, Jesús?
(Jesús guardó un largo silencio)
Gracias que tengo el apoyo moral de Ely que es una buena profesional, si no hubiera sido por ella... no sé qué habría hecho ya.
Me han dado hasta las ideas de Iñaki.
¡Alfonso! Ni en broma; ni en broma se te ocurra decir una cosa así.
No, no te preocupes amigo, doy gracias al cielo por tener a la directora pizpireta conmigo, me ayuda mucho su presencia, ¿sabes?
Me alegro que sea así, pero...
¡No! Ya te he dicho que estoy bien, te agradezco el ofrecimiento, pero no.
-Marta que no perdía detalle de la conversación estaba anonadada, tampoco podía creer lo que oía- ¿Cómo le pueden venir a una persona como Alfonso, tantas desgracias y calamidades juntas?
No se pudo contener, y le quitó el teléfono de la mano a Jesús de un tirón.
¿Alfonso? ¿Cómo puede ser que no hayas confiado en nosotros?
Perdona, Marta, no es eso, mi intención era no heriros, no quería comprometeros a nada.
Ya oyes a Jesús que me lo reprocha también, pero es algo que creo que debo hacer sólo, vosotros ser felices.
Por favor, Alfonso, si nos necesitas dímelo, y cogeremos el primer vuelo hacia Nueva York.
Agradezco tu ofrecimiento Marta, te lo agradezco de todo corazón, ya sabes que sí, pero no puedo permitir que os influya a vosotros.
No hablarás en serio... recuerdo tu ayuda con Alfredo que nos sirvió de consuelo, y gracias a ti...
Eso era distinto. Lo que siento es no estar en vuestra boda, eso sí. Pero puedes comprenderme será imposible debo cuidar de Eva, y sacar a María del infierno donde está metida.
Lo siento Marta perdóname.
Cuidaros mucho, y os doy mi más sincera enhorabuena.
Despídeme de Jesús, os quiero, un beso.
Colgó el teléfono, sabía que sus amigos seguirían insistiendo, y acabarían por convencerle, y ellos debían de casarse y vivir sus vidas, y nada más. Su destino lo tenía que arrastrar él.
Jesús, y Marta quedaron perplejos, y atónitos ante todas esas calamidades que su amigo les contaba.
Ahora que recuerdo, Jesús, parte de la culpa de las desgracias de Alfonso, es culpa mía.
¿A qué te refieres, Marta? ¿Qué culpa puedes tener tu, de lo que le ocurra a él?
Yo fui la que le di la dirección a esa tal Amaya para visitar a Alfonso en Nueva York.
¿Qué tú...?
Sí, se me presentó como una buena amiga de él, quería ayudarlo, y yo inocente de mí, le di su dirección.
No debes torturarte por eso cariño, si no se la hubieses dado tu, se habría hecho de ella de otra forma, si le está haciendo chantaje de algún modo la habría conseguido.
Sí, pero he tenido que ser yo... te repito que no pienses más en eso, esperemos que todo se les solucione satisfactoriamente.
Sí, eso espero, confío en la fortaleza de Alfonso.
Pues claro, amor mío, confiemos en él, y Dios quiera que los tengamos pronto aquí a todos, sanos y salvos.
Dios te oiga Jesús. ¡Pobre Eva!
Pobre María...
Capítulo LXIX
Aquel día, Elisa y Alfonso no llegaron a coincidir, pues Alfonso como ya sabemos fue agredido por los tres "gorilas," quizás mandado por aquel repugnante gusano llamado Pancho que vivía con su hija.
Pasando el resto de la mañana en el hospital con Eva, e interesándose por su salud.
Mientras, Elisa ultimaba sus quehaceres de las oposiciones, pues ya sabía que no aprobó, pero era cosa que debía de hacer.
Sin saber Elisa que Alfonso se encontraba ya a esa hora en la habitación del hotel, decidió bajar a merendar algo a la cafetería.
Había tenido una mañana agotadora andando de un organismo a otro.
Entretanto, las dos perversas, y maliciosas amigas, se hallaban tan tranquilas allí, en la misma cafetería del hotel tomando unos cafés con tostadas.
Parecía que se divertían mucho, no paraban de reírse a carcajadas sin importarle el entorno donde se encontraban.
(Se comportaban como lo que en realidad eran, unas rameras)
Idoya, cariño... ¿Qué piensas hacer tú con tu dinero cuando seamos ricas? ¡Qué lo seremos, seguro! Dime, ¿qué harás?
Yo... haré un crucero, para ver si encuentro algún hombre con dinero para marido.
¿Y tú?
No sé... quizá haga lo que te dije, y bata el récord de polvos Ja ...ja ...ja...
(Reían las dos satisfecha de lo que hacían, y de lo que harían después.)
¿En cuántos tienes el récord, Amaya?
Si te lo dijera no te lo creerías.
Como tampoco te creerías a todas las clases sociales que he tenido lo mismo encima, que debajo. Ja ...ja ...ja... (Volvían a carcajearse desmesuradamente, estaba claro que aquella mujer disfrutaba con ser lo que era, lo que en castellano se conoce como una puta, ja ...ja ...ja... reía Idoya sin casi poder parar)
¿Te has tirado algún pez gordo, Amaya?
Si quieres que te sea sincera...
Sí, claro, eso es lo que quiero, me quiero enterar de todo.
Dime, algún pez gordo. ¿Eh?
Ese será, uno de los pocos animales con los que no me lo haya hecho, mira.
¿Qué quieres decir?
Pues mira Idoyita, cariño, que estás en la higuera... con peces lo que se llama peces, no. Con peces no me he enrollado nunca, pero con gordos... ¡Así! (Señalaba con la mano abriendo y cerrando los dedos)
Ja... Ja... ja... (Volvieron a estallar sus carcajadas que quedaron mudas al instante, pues Amaya le hacía gestos a Idoya indicándole la puerta)
Con un rápido vistazo, Idoya también pudo ver que entraba Ely, y con un descaro asombroso le seguían con la mirada.
También ella se dio cuenta que se encontraban en el local las dos rameras, pero no se dio por enterada (Una persona de su educación y valía, no debía seguirle el juego a aquellas dos mujeres), y se dirigió al fondo del local lo más lejos posible ellas.
El descaro de aquellas dos extorsionistas llegó hasta el más allá de cualquier persona, pues sin tan siquiera dirigirle una sola palabra, ni una simple mirada, sólo con ver que Amaya cogía el café y el plato de la tostada con nata que tomaba en esos momentos; Idoya le siguió el juego)
Las dos pusieron sus platos y tazas sobre la mesa de Elisa, y se sentaron desafiantes, y arrogantes como si en realidad fueran ellas las ofendidas.
¿Es que tienes miedo de nosotras, hermosa?
(Elisa callaba, como buena psicóloga debería estar segura de las intenciones de aquel par de pécoras)
¿No serás sorda por casualidad, no?
Te decía...
¿Dónde está mi padre? (preguntó Idoya)
¡Calla! Déjame hablar a mi, Idoya, hija.
Que te iba diciendo... ah ya, te quería contar lo bien que lo pasábamos Alfonso y yo. ¡Qué época! ¡Qué amor más grande! ¡Cómo nos queríamos!
Hacíamos el amor cada noche, y a cada momento. Sí... recuerdo las posturitas...
Probamos de todo hija, de todo.
Guardó unos segundos de silencio, para después embestir con más furia.
(Dando una fuerte palmada en la mesa que hizo saltar la vajilla unos milímetros por los aires, cosa que a Elisa no le afectó en absoluto, estaba acostumbrada a tratar con dementes de verdad, y peligrosos, así que sus nervios estaban en su sitio, no se había alterado un ápice, e hizo que Amaya enfurecería aún más)
¡¡Contesta!! ¿Esa es la educación que te han dado en las universidades monada?
¡Cuándo le hablo a una persona espero que se digne contestar!
Por fin conociendo el terreno a pisar (Bastante resbaladizo por cierto), Elisa le miró fijamente a los ojos, para seguidamente decirle: ¿Hablas de dignidad? ¿Tú hablas de dignidad?
Amaya por favor, tú no tienes ni idea de lo que significa esa palabra.
¡Ya salió la "estudia"!
¿Qué dignidad puedes tener tu, que con engaños, haciéndote pasar por una "buena amiga" de Alfonso, me solicitas ayuda, y tonta de mi te facilite el teléfono de Jesús?
(Amaya se reía,)
¿Qué dignidad puedes tener, que valiéndote de la buena fe y el corazón tan grande que tiene... te aprovechas de Marta, y de Jesús, para localizar a Alfonso?
Quería saludarlo... chata.
Hace mucho tiempo que no me lo hago con él.
Eres una...
¡Dama! Soy una dama, cariño, con educación...
Dama... ¿Qué dignidad de dama es esa, que bienes hasta Nueva York para extorsionar a un hombre inocente?
¡Tú qué sabes! ¡Sabrás la inocencia de ese caballero... ¡Ah! Lo pasamos tan bien...
¡Mientes! Sé, científicamente, que mientes.
¿Y cómo puedes tú saber tanto... monina?
No tengo que explicarte nada, lo sé y basta. Pero todo se paga en esta vida...
Las dos reían mirándose una a la otra, se reían irónica, y descaradamente de ella)
¿Se puede saber, qué pretendéis las dos con esta farsa?
Justicia, sólo eso justicia.
¿Esto es cosa tuya Amaya? ¿O hay alguien más, detrás de ti?
(Las preguntas de Ely eran de estudio, trataba de saber algo más, alguna pista que le diese luz y sentido a todo aquello)
No, rica, es cosa nuestra, y sólo nuestra.
Es su hija, y pagará su parte.
Todo lo que me he gastado con ella. ¡Dios mío!
Ahora se ponía trágica, cosa que Elisa estaba muy lejos de creerse, pero ella no paraba de contar su vida, y amargarle la asistencia.
¡Porque no ha sido sólo mantenerla... ¿Sabes?
No, ha sido mucho más, vestirla, calzarla, sus estudios, que ahí como la ves... es una chica "estudia" también.
Y médicos, y hospitales... pobrecita mía... (Abrazándose al cuello de Idoya con cara compungida, trágica y lastimera, que dado su oficio se le daba bastante bien, por cierto)
Pero había pinchado en hueso, no comprendía ni se imaginaba con quién hablaba en realidad, seguro que no, cuando pretendía engañarla.
Sin dar el más mínimo crédito a sus palabras, Elisa razonaba para sí. ¡Qué bonito sería si todo esto fuese un sueño! ¡Que no fuera real! ¡Que no estuviera sucediendo! Que todo fuese un mal sueño...
Levantándose de la silla donde estaba, y sin decir una palabra más, se dirigió hacia los ascensores.
Me dormiré un rato ahora, quizá sea eso; un sueño, una pesadilla, y luego cuando despierte todo esto sea sólo un mal recuerdo y volvamos a estar en nuestra ciudad todos sanos y salvos.
Aunque no pudiese pasear con Alfonso por la avenida de los Rosales, pero que volviese todo a la normalidad.
¡Eh tu! Que no he terminado contigo.
Déjala Amaya, parece que te ha entendido, y no volverá a acercarse a ese periodista nunca.
Eso espero... pero aún no he acabado con ella, no me gustan las piedras que pueda tener mi camino. ¿Y sabes por qué?
¿Pues...?
¡Pues, porque puedo tropezar con ella! ¡Ja... Ja... ja...
Reían a pleno pulmón las dos sinvergüenzas timadoras, y otras muchas cosas mas, que ya conocemos.
Elisa se perdió en el ascensor sin volver la vista atrás, aunque preocupada por lo que aquéllas arpías pudieran hacerle a Alfonso, pues, está muy claro que lo que pretendían era hacerle chantaje, y complicarle la vida.
¿Pero por qué? (Se preguntaba ya en su habitación)
El chantaje podía entenderlo que viniera de ella. ¿Pero complicarle la vida?
¿Qué ganaba ella con eso? ¿Y por qué se desplazó hasta Nueva York precisamente?
¿ Por que no lo hizo en la ciudad donde vivía?
¿Qué le ha impulsado tan repentinamente a llevar a cabo el chantaje?
También lo pudo hacer años atrás, o meses, pero no justo ahora, en Nueva York.
Tiene que haber otra conexión. (Se afirmaba convencida de la trama que deshilaba)
¿Pero cuál?
¿Cómo ha dejado de hacer la calle, y ha venido hasta aquí alguien así? ¿Tantos ahorros tenían para darse la vida de "dama" que está gozando?
No, no. Esto es obra de alguien más, y por qué motivo. ¿Porque debería haber alguno?
El caso es que, bien pensado todo viene a raíz de la muerte de Alfredo.
¿Tendría algo que ver esa fulana con él?
Será mejor que no saque tantas conjeturas yo sola, quizá me esté yendo por algún lado equivocado, será mejor que lo comente con Alfonso mañana.
Sí, así lo haré.
(Y apagó la luz que iluminaba la cabecera de su cama situada en la mesilla de noche.)
Capítulo LXX
En la ciudad que nos ocupa aquel día, la expectación, y la curiosidad de la gente se palpaba en la calle.
Ese día, estaba previsto el juicio por el asesinato de Alfredo Idoate fatalmente confundido con Alberto Irigaray, al que se le practicó la eutanasia en un Estado que lo prohibía por ley.
Las personas hacían corrillos en las calles con los comentarios tan diversos, y variados que, sólo daba lugar a más, y más controversias sobre el caso, sobre un caso tan delicado en donde no parecía estar nadie de acuerdo con ninguna opinión, pues, las opiniones se dividían y tergiversaban en cada corrillo.
En las puertas del juzgado número 3 donde se celebraría el juicio, se podía observar la gran afluencia de periodistas, fotógrafos y cámaras de distintas entidades, y ramas de la divulgación de noticias por uno u otro medio, ansiosos por conocer, y fotografiar algún detalle interesante, y único de los resultados que allí se diese sobre la eutanasia, sus pros, y sus contras.
No se retrasó la vista, poco a poco fue llegando magistrados y jueces encargados de arbitrar el juicio, y tratar de llegar al mejor veredicto legalmente posible.
El jurado popular ocupó su lugar, se nombró al portavoz a la vez que la acusación particular, y los abogados defensores hacían exactamente lo mismo, cada cual ocupaba su lugar.
Acto seguido, los acusados fueron requeridos por la sala, cosa que la autoridad destinada a tal fin no tardó en actuar, y traídos al banquillo donde deberían defenderse con todo aquello que le pudiese servir, si es que realmente podían hacerlo. (Pues la ley estricta en ese tema lo tenía prohibido, era una práctica no tolerada)
Al ser un juicio popular, la sala ya se hallaba completamente ocupada por curiosos, fotógrafos y periodistas, amen de las cámaras de televisión que consiguieron autorización oficial para filmar el juicio.
Ya todo podía empezar, todo estaba a punto, y el juez salía en esos instantes de su despacho de reflexión, y a la voz de...: ¡En pie! ¡El señor juez don Luis Miguel Moreno González!
Se hizo el silencio unos instantes mientras ocupaba su lugar dicho juez, que al tomar asiento la sala hizo lo propio.
El silencio de la sala era estremecedor, el caso era un caso difícil, de muy difícil resolución, y la expectación se palpaba.
El mismo juez, mientras removía algunos papeles, se colocaba sus gafas, mirando por encima de ellas se pudo dar cuenta de eso, pero era un hombre justo, y seguro de sí mismo, lo que hacía que estuviese sereno y tranquilo, además de confiar plenamente en el jurado popular que siempre ha servido de mucha ayuda.
Con un golpe seco en la mesa dio el...: ¡Da comienzo la sesión!
El estado contra los señores don Francisco Javier Ugarte inductor de los hechos, don Unay Salvatierra como practicante directo de la eutanasia en la persona de don Alfredo Idoate, don Pedro Morales como encubridor de una práctica no tolerada por la ley.
Como presuntos autores de dichos hechos serán juzgados hoy día 16 de mayo de 2000
Tiene la palabra, la acusación particular.
¡Adelante!
Señoría... la acusación particular tiene muy claro lo ocurrido, el doctor Ugarte fue el inductor de los hechos que se imputan, dada las pruebas que como veremos en el transcurso del juicio no dan lugar a dudas.
Fueron unas órdenes dadas de un superior como jefe de planta al señor Salvatierra anestesista de su equipo, que lógicamente debía obedecer.
No obstante, el señor Unay después de ver y oír la orden dada por don Francisco Javier Ugarte, y siendo consciente de las leyes vigentes en este país, su deber habría sido poner la orden dada por su inmediato superior en conocimiento de la dirección del hospital, delegando su responsabilidad y siendo la propia dirección, la señorita Elisa Maldonado, la que habría tenido que decidir en denunciar el caso antes del fatal desenlace, o directamente haberla denegado como era su deber, por lo tanto, está claro que el señor Salvatierra practicó la eutanasia a un ser humano.
Sabemos, que la fatalidad del destino le llevó a equivocarse de persona, pues como sabemos la eutanasia iba dirigida a la persona de Alberto Irigaray, que sin duda es otro ser humano.
Lo que quiero decir es, que la persona o el error es otro tema a debatir, lo que nos ocupa es el hecho, y el hecho fue consumado, a manos del doctor Salvatierra.
Por lo que respecta al doctor Morales, la acusación particular opina que, asesor de inducción es tan culpable como don Francisco Javier Ugarte.
Parece ser, que ambos tramaron basándose en la piedad que les inspiraba Alberto Irigaray, y sin tener en cuenta la evolución de la medicina que quizás pudiera haberle ayudado tal vez en poco tiempo a su recuperación, si no absoluta, quizá parcial. Ni como digo en la propia voluntad del paciente, cosa que no podían saber... ya que su estado era de coma profundo.
Y por otra parte, tenemos en cuenta el agravante de la práctica de una técnica en experimentación, como son las ondas de rayos electromagnéticos cerebrales, sin autorización de la dirección del centro como sabemos.
Repito, el error cometido en la persona de Alfredo Idoate no hace más que agravar unos hechos, que además de premeditados, nos confirman que los doctores aquí presentes, acusados, además de culpables de una eutanasia, sean unos irresponsables, técnicamente hablando, que deja mucho que desear como profesionales de la medicina, y como baluarte de la salud mundial. ¿Se imaginan que cada médico actuase por su cuenta y riesgo, realizando todo tipo de pruebas y experimentos?
Creo señores, que para eso está la confederación mundial de la salud, que es la que determina en definitiva, después de valorar el trabajo de los científicos e investigadores; de hacer cumplir una serie de normas, y por las que nos debemos regir todos los profesionales, y en especial los de la medicina, ¿no creen? ¡No tengo más que decir!
(Concluyó diciendo)
El señor juez, serio y respetuoso, sopesaba sus palabras mirando atentamente por encima de la moldura de sus minúsculas gafas, y tras un breve silencio...
¡Tiene la palabra la defensa!
Señoría... señores del jurado... público en general, quiero que escuchen con atención lo que voy a decir...
Los tres doctores estaban avergonzados con la situación tal lastimosa que les estaba tocando vivir, jamás pensaron ellos verse en una situación semejante, tan humillante para tres científicos que habían dado su juventud, y su vida entera para la investigación, y en algunos casos con éxito (Recordemos que el equipo de científicos, con el doctor Ugarte a la cabeza, fueron capaces de implantar en la cornea de un invidente, un sistema por ultrasonidos basado en la ecolocación. Sistema utilizado por la gran mayoría de los murciélagos, con gran éxito), aunque otras fracasasen, pero esa es la investigación.
Allí se encontraban cabizbajos sentados en el banquillo como tres delincuentes comunes, y con sus carreras irremediablemente hundidas.
Seguía la defensa, para tratar de convencer al jurado popular de la inocencia de aquellos hombres.
... como les digo, estos hombres son tres doctores intachables en su profesión, son tres doctores que han dedicado su existencia a la medicina, exclusivamente a ella, y a la investigación continua de nuevas técnicas, que han dado lugar a que muchos puertas cerradas, y agujeros negros, pudieran ser comprendido por otros que les precedían.
Como científicos son como digo intachables, ahora bien; son seres humanos como cualquiera de nosotros, capaces de cometer errores, que como en este caso se ha dado en la persona de un inocente.
Cosa por otro lado, que cometemos todos alguna vez en la vida, en cualquier rama o profesión.
Al margen del error, tenemos también, a tres seres humanos que sienten, qué lloran, que sufren, al igual que cualquiera de nosotros, y por lo tanto, se dejaron influenciar por el sufrimiento de los padres de Alberto, al que lamentablemente llevaban tolerando sus maldades de criminal, drogadicto, ladrón, violador y todo aquello relacionado con la delincuencia, y no me refiero como pueden ver a pequeñas gamberradas juveniles.
Que sepamos, fue el causante de la muerte de un niño de nueve años por atropello y fuga, posteriormente el mismo delincuente que nos ocupa, fue el causante del accidente del autobús donde más de treinta personas murieron carbonizadas, entre ellos sus propios amigos de la banda que formaban, sembrando el terror por donde quiera que iban.
Estos hombres como humanos, y facultativos experimentados, podían comprender a la perfección el sufrimiento y el desquicio que sufrían los cerebros de sus padres.
Recordemos que Iñaki Irigaray tuvo un intento de suicidio, que como consta en la prueba nº 5 que presentamos, fue abortado el intento por el señor Alfonso Quijano, un periodista de la ciudad.
Pero por desgracia, tal era su presión psíquica a la que estaba sometido, tanto por el influjo de los hechos de su hijo, como por el deterioro mental que padecía su mujer la señora Maite Baigorri, que el segundo intento de suicidio lo culminó con éxito en su casa pegándose un tiro con su escopeta de caza.
Doña Maite, no podrá recuperar la cordura jamás.
Todo esto habían conocido los doctores aquí presentes en la sala, y es más, el propio padre de Alberto le rogó al doctor Ugarte, qué lo curase, o le practicase la eutanasia, viendo que no podía soportar ese calvario de ver a su hijo en estado vegetativo.
Era tal el cuidado, y las atenciones que necesitaba Alberto, que ya no sólo cuando fueran mayores, en aquellos mismos momentos serían incapaces de cuidarlo, por lo que el señor Ugarte se le estremeció el alma, y un científico como él debía intentarlo, debía intentar curar a aquel muchacho.
Ya sabemos que la máquina de las ondas cerebrales estaba en fase experimental, y no estaba autorizado para usarla, pero debía intentarlo como lo hizo. Lo intentó todo, sí; todo lo que pudo hizo por él, pero fue inútil, y por fin trató de hacer una obra de caridad con Alberto, no sería persona jamás, sería un cuerpo yaciente, su cerebro estaba tan deteriorado por el consumo, y abuso del alcohol y las drogas, que su estado era irreversible, la ciencia no habría podido hacer nada por él, ni ahora ni nunca, y eso sí que lo sabía muy bien el doctor Ugarte, por eso se compadeció de aquellos padres que no querían ver sufrir a su hijo en ese estado.
Si no tenía conciencia, ni se enteraba de su entorno, si no tenía noción ni conocimiento de nada, debía hacerlo por sus padres.
Y si lo tenía, peor aún; debían hacerlo por el bien del propio Alberto.
Por estos motivos la defensa pide la libre absolución para los doctores Don Francisco Javier Ugarte, don Pedro Morales, y don Unay Salvatierra, y puedan seguir sus investigaciones primordiales para el futuro de nuestra salud, y en general la salud mundial.
He acabado señoría.
Señores del jurado, pueden retirarse a deliberar.
Los doce miembros del jurado fueron pasados a la sala donde debían decidir el futuro de aquellos hombres, una decisión difícil, y comprometida, pero como ciudadanos, debían cumplir con su cometido.
El señor juez hizo igual, pasó a su despacho no sin dar antes 15 minutos de descanso.
La sala era un hervidero de cuchicheos, unos a favor otros en contra.
¿Qué decidirá el jurado popular?
Pasado el tiempo dado por su señoría, de nuevo el jurado popular fue ocupando sus sitios.
Una vez, que estuvo la sala en orden, el juez hizo su presencia.
¡En pie!
La sala volvió a ponerse en pie.
¡Pueden sentarse!
Señores del jurado... ¿ Tienen ya su veredicto?
¡Sí, señoría!
Léalo, por favor.
El jurado popular está convencido de que los aquí acusados, son...
Se hizo el silencio en la sala, un silencio expectante. ¿Qué habrían decidido?
Acto seguido concluyó leyendo: ¡Culpables!
En ese momento el murmullo en la sala se hizo más ensordecedor, por lo que el señor juez, tras varios golpes con su mazo sobre la base de éste, mandó callar.
¡Silencio! ¡Silencio en la sala, por favor!
Los murmullos fueron callando poco a poco, y el juicio continuó para sentencia.
Señoras, señores... los acusados han sido declarados culpables de un delito de eutanasia con premeditación, por lo que queda al juicio...
¡¡Visto para sentencia!!
Se cierra la sesión, buenos días.
Capítulo LXXI
Después de estar hablando el periodista con sus amigos desde Nueva York donde les contó todas sus amarguras y desdichas, pues no tuvo más remedio después de la presión a la que le sometió su amigo Jesús, y su novia Marta, guardó el móvil en su bolsillo, y nada más hacerlo le volvía a sonar de nuevo.
¿Sí?
¡Qué tal estás campeón!
¡Ah! Hola Diego... que te cuentas.
Te encuentro decaído amigo mío. ¿Te ocurre algo?
Perdona que no te mande ningún trabajo a la dirección Diego... últimamente no puedo... estoy demasiado ocupado con otras cosas.
No, si no te llamo por eso hombre, tranquilo, ya sabes que confiamos en ti, si no lo haces es porque no podrás, eso está claro, pero... nos tienes preocupados, eso sí.
¿Quieres contarme lo que te ocurre?
Son tantas cosas Diego... como sabes, vine por mi hija, y me encuentro a su madre grabe en el hospital por un accidente, he tropezado también con un mafioso que me quiere hacer la vida imposible, y para colmo, aparece aquí una lagarta que me pretendió hace muchos años, con una hija supuestamente mía.
¿Es cierto eso?
¡Cómo puedes creer algo así!
Hombre, yo... no estuve allí.
Te digo, que yo no le he tocado un pelo a esa mujer.
A lo mejor, es que tienes buena puntería...
Imbécil...
Es una broma, Alfonso, ya me conoces, siento todo lo que te ocurre. Cuídate mucho.
Sí, así lo haré, falta me hace...
¡Ah! Se me olvidaba. Te llamo para darte un trabajo, y al final no te lo encargo.
¿Un encargo? ¿Qué clase de encargo?
Uno increíble, pero por favor, intenta averiguar algo.
Si me cuentas lo que quieres, igual...
Sí, claro, pero no te rías que es supuestamente, como todo, cierto. ¿Eh?
¡Dilo ya, pesado!
Me han pedido que mandes algunas columnas sobre un caso que está ocurriendo ahí en Nueva York. Ha sido ingresado un hombre embarazado en la clínica San Telmo.
Pero qué dices. ¿Estás loco, o que?
Que no, que no, que es cierto, pero confírmalo tu, por favor.
¿Pero cómo voy a ir buscando en San Telmo, a un hombre embarazado? Se reirán de mí.
No, en serio, es un hombre joven que ha sido ingresado tras hacerle una exploración rutinaria por la inflamación de su vientre, en donde le han encontrado un bebé.
¿Un hombre con un bebé dentro de su vientre?
Sí, así es, amigo Alfonso, aunque no te lo creas, pero es cierto.
Así, que por favor te pido que lo intentes cuanto antes. ¿O.K.?
Está bien, está bien, te haré caso, lo haré. Tengo que estar yo más loco que tu, por creerte.
Dame los detalles cuanto antes por favor, Alfonso, y siento mucho todo lo que te ocurre, ojalá lo soluciones todo pronto, y volvamos a vernos por aquí, ¿de acuerdo?
Eso espero, amigo Diego, gracias por tu interés.
Venga, cuídate mucho.
Igual te digo, Diego. Adiós.
¿Un bebé en el interior de un hombre? ¿Pero qué locura es esta?.
Alfonso se hacía cruces, era sorprendente, tan sorprendente, que era totalmente increíble. ¿Se estaría volviendo loco, o en realidad su amigo Diego le había dicho lo que él ha creído escuchar?
Bueno... ha insistido tanto... que ya veré qué hay de cierto en todo esto.
Lo más que puedo hacer es el ridículo, pero ya me da igual todo, estoy empezando a perder las ilusiones, y la fe en las cosas que yo creía... mi estudio, mis cuadros, mis poesías, mis novelas, mis paseos, y mis carreras por los paisajes de mi tierra.
¡Cómo echo de menos todo eso!
¡Cuánto daría por ser el mismo de hace un año, cuando únicamente me preocupaba el sufrimiento, y las desgracias ajenas, y ahora... ahora las estoy sufriendo en mis propias carnes.
¡Dios mío, dame fuerzas para acabar con esta pesadilla!
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Pero, ni aun así con la luz apagada podía conciliar el sueño Ely, seguía deshilando la madeja, como buena psiquiatra le gustaba llegar al fondo de todos los problemas, y aquel por el que Idoya, y la "dama" habían ido a Nueva York, a extorsionar a Alfonso, no lo acababa de entender, y trataba de darle una solución, o tal vez alguna luz que le guiase en el buen camino para averiguar los planes de Amaya.
¿Es posible que fuera amante del sinvergüenza de Alfredo, y quiere vengarse de su muerte? No creo, pero aun y así, esta ha tenido que sacar dinero de algún lado para la excursión y el alojamiento del que disfruta.
Estas mujeres viven al día, y con lo justo para ir desnudas por las calles (Reflexionaba Elisa que se preguntaba, y contestaba sola como si en realidad fueran dos personas distintas), pues sus chulos le quitan, y "administran" todo lo que sacan, y ésta, con esa cara, y ese cuerpo... no creo que sacase mucho habiendo jovencitas como esa "hija" suya.
Con esas reflexiones, y sin saber cuándo ni cómo, le venció Morfeo que la acunó en sus brazos donde dormía plácidamente, pues el día había sido agotador de paseos en la ciudad, y de propina, sin esperarlo la tensión de la presencia, y discusión de aquellas dos rameras, a las que dejó plantadas en la mesa sin más adiós que el mutis, dado el grado de coeficiente intelectual que Elisa tenía, no mandó a Amaya, y a Idoya donde se merecían.
............................................................................ Aquella misma noche, parece que no fue buena para nadie, pues Elisa como sabemos rendida por el sueño, con sus meditaciones que le producían dolor, el dolor de ver cómo sufría los latigazos de dos malvadas, un hombre bueno, y honrado.
Por otro lado, Alfonso, con todos sus problemas que no paraban de girar en su cabeza, pensando la mejor forma de arreglar lo de su hija María, y en su ciudad, Jesús y Marta, se habían quedado muy preocupados con todo lo que le contó Alfonso.
No se me va de mi mente...
Estás pensando lo mismo que yo. ¿Verdad marta?
Sí, cielo. ¿Que le ocurrirá a Eva? ¿Tan grave estará?
Yo conozco a Alfonso, y sé que no le hieren toda las armas.
¿Qué quieres decir Jesús?
Pues, que es un hombre templado, y con carácter, no es un cobarde te lo puedo asegurar, ni se acobarda con cualquier cosa, pero...
¿Cómo está tan abatido? Porque lo he visto sumamente mal...
Sí, así es, también yo, eso es lo que me preocupa, que en realidad lo esté pasando mal.
Se le ha juntado todo, demasiado para una mente inhibida por completo de problemas.
Es un hombre con el que no puede haber problemas nunca, es más; donde hay problemas, el tampoco está.
Siempre ha vivido entregado a su trabajo, y como hobby... pues ya ves, el hobby que tiene, su lectura, sus cuadros, sus historias, y nada más.
Y ahora todo lo que se le ha venido encima.
A cualquiera nos habría afectado así, Jesús, una hija es una hija. Y creer que era una buena chica, educada y responsable, de la noche la mañana comprobar que es toxicómana... es muy duro.
El accidente de Eva, tan sorprendente, tan repentino, cuando creíamos que sería feliz en algún convento según sus propósitos... y ahora, Amaya, el chantaje de esa mala put...
Confiemos en que se le arreglen todos los problemas pronto, Jesús.
Por otro lado... podríamos ayudarlo nosotros en lo que podamos.
No Marta, yo conozco a Alfonso, y sé positivamente que no le gusta.
Mientras pueda solucionar sus problemas no debemos involucrarnos.
Estoy convencido, que cuando nos necesite nos llamara.
¿Estás seguro, Jesús?
Sí, no te preocupes, lo conozco bien, y se, que se basta sólo para arreglar sus problemas.
Además; no olvides que Elisa sigue con él, es una buena psiquiatra e inteligente, lo sabrá aconsejar bien, y acabarán con esta mala racha, ya lo verás.
Dios te oiga, cariño. Sólo pensar que pudiera yo estar en su pellejo, me dan escalofríos.
Sí, lo sé, a mí me ocurre igual.
Mantuvieron un largo silencio donde cada uno divagaba a su manera el trance, y la tragedia de Alfonso, que no volvieron a reiniciar.
Los dos, quedaron dormidos a altas horas de la madrugada.
Capítulo LXXII
Todo fueron conjeturas, avatares y reflexiones, lo mismo en casa de Jesús, que Elisa en su cuarto, y Alfonso en el suyo.
Dolorido, no sólo por las sacudidas que el destino le propinaba, sino también por la que le propinaron los esbirros de aquel que se hacía llamar Pancho.
Alfonso era un madrugador nato, y aún a pesar de sus dolencias y moraduras, aquel día no era especial para él, el deber que tenía de cuidar de Eva, y sacar a su hija de ese mundo tan denigrante donde se había metido sin saber cómo, era más fuerte que todo el dolor corporal que pudiera sentir ningún padre.
Lo que hizo, que en efecto, a primera hora de la mañana se pusiera su chándal e iría tratando de hacer algo de fúting, a ver a Eva.
Después, buscaría a su hija María de nuevo.
(De cualquier forma debía hacerla entrar en razón, y encauzarla en el buen camino.
Ella era más valiosa que toda aquella porquería que la rodeaba.
Al salir a la calle ya fue mas receloso, y en esta ocasión se cercioró primero de que ningún coche o sujeto lo seguía.
Después de cerciorarse emprendió la marcha, cosa que hacía con dificultad, pues el cuerpo le dolía por completo, pero poco a poco consiguió vencer el dolor, y sus músculos funcionaban casi a la perfección una vez que entraron en calor.
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Para esas horas de la mañana aún temprana en casa de María se desarrollaba otra escena de las que eran ya habituales entre ellos dos, sólo que esta vez María parecía estar lúcida, y pensaba con claridad.
Pancho... he pensado...
No se te ocurra pensar, guapa, que para eso me tienes a mí, no sea que te dé algo al cerebro.
Tú, tan amable como siempre, ¿no?
Hago lo que puedo por complacerte, sabes que me gustas un montón.
Eres muy sensible... casi que ni se te nota.
¿Qué quieres decir, bragas de oro?
¡Qué eres, un cerdo! ¡Que sólo piensas en ti, y en tu instinto animal?
¿Mi instinto animal? ¡Pues claro! Como lo que soy, y además, ¿qué instintos crees que puede inspirar un cuerpo como el tuyo?
¿Crees que te tengo como objeto decorativo?
No, ya veo cómo me tienes...
¡Tú no tienes que ver nada, ni oír nada, ni hablar nada! ¿Está claro? Yo soy el que tomo las decisiones en esta casa, y...
¡Pancho no hables en ese tono o...
¿OH? ¡Ah, sí! Se me olvidaba, que tú piensas. ¿Y qué piensas, braguitas de oro?
¡He pensado volver con mi familia que es en realidad quien me necesita, y me quiere, cuidan de mí, y respetan mis sentimientos!
¡Y no me llames braguitas de oro! ¡Cerdo asqueroso!
¿Cómo me has llamado?
Lo que has oído, y te repito, " búscate otras bragas de oro" a la que puedas pisotear.
Yo me voy al lugar del que no debí salir nunca.
¿Pero qué dices desgraciada? ¡Tú no vas a ninguna parte!
La cogió por los hombros, y la zarandeó propinándole dos bofetadas, una a cada lado del rostro, con la misma mano, mientras la sujetaba por el hombro con la otra.
¡Canalla! Qué valiente eres con una chica. Me da igual lo que hagas ya, ni lo que pienses de mí.
¡Pégame si quieres, pero te seguiré diciendo lo mismo, mi madre, y mi padre me necesitan, y mi sitio está a la cabecera de mamá.
¡A la cabecera de mamá, a la cabecera de mamás! (Repetía con sorna y mofa el delincuente Pancho, que bajo ningún pretexto quería que María le abandonase, y le dejase solo.
No por estar enamorado de ella, no; sino porque María era una chica preciosa, y joven, y hasta cierto punto la había dominado.
Venía con unas raíces en su educación muy firmes lo mismo cívicas que religiosas, cosa que Pancho aprovechó al principio en su propio beneficio, y con engaños y una interpretación magistral de buena persona, convenció a María.
Pero, poco a poco, aquello iba degenerando en lo que en realidad era la personalidad de “Panchito”, un ser odioso y repugnante, un embaucador y drogadicto, que ella tampoco alcanzaba a ver, pues sin saber cómo, se vio envuelta en las drogas como consumidora.
¡Qué le importa a tu mamá, tu presencia!
¡Crees que te lo agradecerá! ¡No ves que está muerta!
¡Calla! No vuelvas a decir eso otra vez... eres un gusano, un rastrero y repugnante gusano.
Pancho volvió a levantarle la mano, y María por inercia y miedo se escondía detrás de su propio brazo, acorrucándose sobre el suelo.
No llegó a descargar ese segundo ataque, pero sus palabras fueron amenazadoras y crueles.
¡Maldita seas! Espero por tu bien, que no te vayas.
Si lo haces, te prometo que te arrepentirás, te buscaré y no habrá lugar entre el cielo y la tierra donde puedas esconderte, y juro que lo lamentarás. ¡Te lo juro!
Espero verte a mi regreso en esta misma habitación.
Ya María, no quiso por temor a sus represalias, contestarle.
Aunque estaba resuelta a llevar a cabo su idea, lo haría, pero sería mejor dejarlo marchar ahora.
Pancho se acercó a la puerta de salida dejando a María en el suelo sin derramar una sola lágrima, y volviéndose le dijo: No lo olvides... ¡Quédate donde estás, o lo lamentaras! ¡Piensa en tu familia! Pero no como lo haces, ya sabes que hay accidentes en la vida inevitables.
Sobre todo para el muerto. ja ...ja ...ja...
Se marchó gozoso de su crueldad con aquella infeliz, que a toda costa quería seguir disfrutando mientras fuera joven y apetente.
Después, aquel ser sin escrúpulos, no cabía la menor duda que haría con ella justo lo que Alfonso le dijo que sospechaba, y él negó.
Esta vez, María estaba convencida de sus ideas, sabía que su sitio estaba al lado de su padre, que en aquellos momentos posiblemente estaría cuidando de su madre.
De lo que no estaba tan convencida, era de su adicción. ¿Tendré fuerzas de voluntad para dejar esta porquería? (Se preguntaba) Tengo que hacerlo por ellos, son los dos tan buenos, y se preocupan tanto por mí...
Y yo, que mal me he portado... ¿Cómo he podido engañarlos así?
¡Mi padre creía en mi! ¡Dios mío, qué vergüenza!
Pero es mejor rectificar ahora, que no hacerlo nunca. Sí, debo intentarlo.
¡No! Intentarlo no, tengo que conseguir dejar la heroína cueste lo que cueste, y conseguir volver a ser la persona que yo era, mis padres no se merecen esto.
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Elisa, también en esos momentos terminaba de desayunar en el hotel, y tras darle el repaso al Nueva York Times, tomó el camino del hospital.
Decidió cruzar la avenida de los rascacielos, era temprano, y aún tenía tiempo para ver algún escaparate, o hacerse alguna compra.
Quizás le llevaría unas flores a Eva. (Pensó)
Hoy es el tercer día crítico de sus heridas, y quizá recobrase el conocimiento, y aunque no los pudiese reconocer a ninguno, seguro que le gustarían, aunque sólo fuera verla u olerlas.
Por diferentes caminos, y medios (Pues como sabemos María vive en las afueras de Nueva York, en aquel gueto inmundo y repugnante), igual María, que Elisa, llegan al hospital a la vez, cogen el mismo ascensor, y recorren el mismo pasillo una tras otra. (Como sabemos no se conocían, jamás se vieron, ni tan siquiera coincidió Elisa en ver una foto suya)
Elisa iba delante, y fue la primera en entrar en la habitación 1251 después de solicitar la entrada. (Que no esperó fuese aceptada, pues era una doctora, y por inercia, era costumbre que tenía adquirida)
Que tal, Alfonso, buenos días.
Hola Ely, me alegro de verte, ¿Cómo te encuentras?
María se había quedado cortada al ver entrar en la habitación de su madre a aquella mujer con aquel ramo de flores.
Se quedó indecisa, sin saber qué hacer.
Estaba resuelta, debía ver a su madre y a su padre, por lo que por fin decide entrar.
Abre la puerta, y ante sus ojos una imagen increíble, aquella mujer y su padre permanecían abrazados.
¿Qué sucede aquí? (Se preguntaba)
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Capítulo LXXIII
María no sabe qué hacer, se queda en la puerta tan sorprendida por el espectáculo, que ella imaginaba...
En primer lugar, a la vergüenza de haber tratado a su padre como lo hizo cuando fue a su casa, echándole de ella literalmente sin dar explicación alguna.
Después, se le sumaba la de no haber venido a interesarse por la salud de su madre (Quizá influenciada por aquél canalla de Pancho), pero lo hizo, y le pesaba como una losa de mármol sobre el alma.
Y ahora, encontraba una mujer desconocida en los brazos de su padre.
Tan perpleja y avergonzada estaba, que no dio un paso para entrar, hasta que Alfonso se dio cuenta que estaba allí.
¡Cariño! Que alegría verte, dame un beso, cielo.
Perdona papá, quizá interrumpo algo, y no quisiera...
¡Oh! No, no, hija.
Ven, te presentaré a una buena amiga mía... quiero decir nuestra.
No importa papá, sabes que puedo entenderlo.
No, no es lo que te imaginas.
Mira, te presento a Elisa Maldonado, directora general de nuestro centro hospitalario, quiero decir del mío... tú vives aquí en Nueva York.
Ely, ésta es mi hija, de la que tanto hemos hablado.
¿Cómo estás, María?
Bien, y usted.
Por favor, María, me gustaría que me tuteases, si no te importa.
María asintió con la cabeza dando un tímido "sí".
Sí... eres exactamente igual a como te imaginaba María.
Yo no te he podido imaginar Elisa, lo siento, a pesar de haber oído hablar de ti también.
¿Te han hablado de mí?
Si, Ely, cuando estuve en tu ciudad mi padre me hablo mucho de ti.
¡Oh, cariño! Tenía unas ganas enormes de conocerte.
De hecho íbamos a ir tu padre y yo a tu casa después de visitar a Eva, tu madre.
María hija... ¿Seguro que estás bien?
Sí, papá, todo lo bien que puedo estar, desde hace algún tiempo.
¿Qué quieres decir cariño?
Papá, quiero pedirte perdón por haberte tratado así el otro día, tú no te mereces eso, soy una estúpida.
No digas eso. hija, sabes que te adoro, y no quisiera por nada del mundo que te ocurriese nada malo.
Lo entiendo popa, lo siento.
No pienses más en ello, ¿de acuerdo?
Me cayó tan de sorpresa que me vieras en aquella situación tan lamentable...
Como te digo, mi deber es cuidarte, y cuando fuiste a verme a la ciudad te note extraña.
Te juro que no me lo podía creer, pero debía estar seguro de tu estado, y ayudarte si me necesitabas.
Sí... ahora comprendo que te necesito, papá.
No debes preocuparte, sabes que por ti haría cualquier cosa, por ti, y por tu bien.
Gracias, papá.
Se dieron un fuerte abrazo ante los ojos, los maravillosos ojos de Elisa que no perdieron detalle de la conversación, y como siempre y sin pretenderlo sacaba sus propias conclusiones.
Veía, que en realidad era una chica maravillosa que no merecía vivir la vida que llevaba.
Elisa no sabía, ni podía imaginar, cómo llegó María a formar parte de esa banda de delincuentes que son los toxicómanos, pero tampoco necesitaba saberlo.
Sólo había en su mente algo por lo que empezaría a trabajar, y a luchar desde aquel mismo instante. ¡María!
Alfonso interrumpió las meditaciones de la directora.
¡Ven cariño! ¡Acércate! (Le enseñaba el cuerpo inerte de su madre)
¡Qué horror papal! ¡Y yo en aquel estado!
Echándose a llorar, María escondía el rostro entre sus manos.
No te tortures más, hija mía.
Ha sido un accidente inevitable que desgraciadamente le ha tocado a ella, pero podemos dar gracias a Dios, de que esté aún con vida.
El equipo médico de este centro ha hecho un trabajo excelente, confiemos en que se cure.
María se arrodilló a la cabecera de Eva, y la abrazó.
¡Perdona, mamá! ¡Perdóname!
No puede oírte cielo, pero estoy convencido que te diría que no tiene que perdonarte nada; porque sabe que eres una buena hija.
Has comprendido tu camino, y eso es lo que le haría feliz.
Hoy es el tercer día, y estamos convencidos todos, de que tu madre lucha por la vida con todas sus fuerzas, y se recuperará.
¿Estás seguro de lo que dices, papa?
Quizá le quede alguna secuela, pues el golpe en la cabeza ha sido muy grave, pero aún así, creo que debemos agradecer a la providencia el que se encuentre con vida. ¿No crees María?
¡Vivirá papá! La necesito.
Sí... vivirá.
Decía con resignación Alfonso, sabiendo que la secuela de Eva sería una personalidad diferente, y no conocería ni a su propia hija, cosa que María aún no sabía.
Me temo que tengo que irme, Elisa, debo cubrir un reportaje en primicia, y debo hacerlo ahora. ¿Os importa quedaros las dos?
De ninguna manera, Alfonso, encantada.
Así tendremos oportunidad de hablar las mujeres a solas.
¿Te importa cariño?
No, papá en absoluto. Es tu trabajo y debes hacerlo.
Nos vemos después, ¿de acuerdo, cielo?
Si papa...
A María se le veía aún deprimida por la vergüenza de su conducta, pero viendo la respuesta de su padre, y la capacidad de comprensión que tenía, ya se iba sintiendo algo mejor.
Poco después de salir Alfonso, hace su aparición en la sala el doctor Smitz, acompañado de otro joven médico psiquiatra.
¿Qué tal está la enferma?
Buenos días doctor Smitz.
¿Qué tal, como están ustedes?
¡Bien doctor! (Elisa se preocupaba por la salud de Eva) ¿Cómo ve usted a la paciente, señor? ¿Cree que superara el trance?
Veamos...
Miraba aquellas máquinas tan complicadas tratando de darle un diagnóstico, lo más acertado posible.
Mientras, María intentaba angustiada saber lo mismo, y se dirigió el doctor joven... perdone doctor...
De Marcos, señorita, me llamo Daniel De Marcos. ¿En qué puedo ayudarla?
Por favor. ¿Cómo se encuentra mi madre? ¿Se curará? ¿Está bien? ¿No sufre?
Tranquilícese señorita, no se excite.
El médico la miraba prendado de aquella piel de porcelana, aquellas pestañas tan largas, con unos ojos tan hermosos.
Pero como profesional se ceñía a su trabajo, y cuando quizá le habría gustado decir otra cosa, optó por tranquilizarla, pues su estado de nervios era evidente.
Debe tranquilizarse, en primer lugar. ¿De acuerdo?
Sí, sí, sí...
Me hago cargo de su situación, y si lo que piensa es que pueda sufrir, le diré que no; en absoluto, y en cuanto a que si se pondrá bien, le diré que es una persona joven y robusta, hay muchas esperanzas, ya casi ha pasado el período de las horas críticas que temíamos, así que tranquilícese, por favor.
¿Es su madre?
Sí, doctor De Marcos, es mi madre.
Le comprendo. Confíe en Dios.
Volvía a asentir con la cabeza con un leve movimiento, con los dedos de sus manos entre cruzados bajo su pecho.
Señorita Ely...
¿Sí, doctor Smitz?
Me ha preguntado usted por su evolución. ¿No es cierto?
Sí, así es.
Pues tengo que decirle que esta mujer (Señalando a Eva), ha conseguido vencer a la muerte...
¡Gracias, Dios mío!
María rompió el llanto amargo de una hija, que temía perder a su madre a la que tanto amaba, y por su culpa casi la pierde para siempre, volviendo de nuevo a esconder el rostro entre sus manos.
Pero le repito... (Continuaba Smitz) La vida ya se puede decir que la ha ganado, todo es cuestión de tiempo.
Pero como les dije, de lo que no podemos estar seguro, es de la recuperación absoluta de su memoria.
¡Dios bendito! (Grito María)
Sí, cariño, así es, pero piensa que al menos la tenemos a ella. ¡Viva! ¡Viva! ¿Comprendes! ¡Viva! (Ely)
Me habría gustado tanto recuperar el tiempo perdido con mis padres...
Entiendo; te entiendo muy bien, María, pero ésta es la vida.
La vida en cada uno de nosotros, es nuestro sino, nuestro destino, que como todo en este mundo tiene su parte contraria, y ésta es la fatalidad de nuestra existencia.
En estos momentos, Elisa abrazaba a María consolándola comprendiendo su estado de ánimos, y teniendo, que volvieran a su cabeza los malos pensamientos, que por alguna razón había desestimado ya, haciéndola venir a pedirle perdón a su padre, y a su madre.
No permitiría que recayese...
Le agradezco el informe, doctor Smitz.
Doctor De Marcos...
Que pasen buen día, señoritas.
Se alejó hacia la puerta el doctor Smitz.
Señorita Elisa... Señorita Quijano...
Durante unos instantes, se hizo un silencio absoluto y total en aquella sala, donde quedaron abrazadas las dos mujeres,.
Elisa tratando de mitigar el dolor de aquella familia por el afecto que le unía a ellos, y María meditando sobre su porvenir, y el de su madre.
¿Qué será de ella, Dios mío?
¿No me reconocerá?
De pronto, y sin previo aviso, la puerta volvió a abrirse. (El doctor De Marcos quería hacer una matización que no pasó desapercibida para él, otro amante de la naturaleza)
Por cierto; bonitas flores, estoy convencido que habría apreciado Eva ese gentil detalle.
Gracias, doctor, es usted muy amable, y una persona por lo que puedo apreciar... muy detallista también.
No tiene importancia, que pasen un feliz día.
De nuevo desapareció tras de la puerta.
Las dos nuevas amigas se quedaron mirando, para terminar diciendo María:
Tiene razón, son preciosas, y ha sido un bonito detalle por tu parte Elisa, yo también te lo agradezco, porque sé que le gustan las plantas, y en especial las flores.
Muchas gracias.
Ely ya cayó, pues para ella sólo había sido un gesto de amistad, un detalle sin importancia que incluso a ella misma también le había llenado de ilusión hacerlo.
Amaba a Alfonso, pero era un amor platónico que nunca alcanzaría.
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Capítulo LXXIV
Al quedarse solas se hizo un gran silencio en la sala, donde permanecía Eva inconsciente sobre el lecho.
La opresión que sentía su pecho, hizo que María cayese de rodillas ante su madre, que sin poder evitarlo. las lágrimas afloraban a sus ojos al ver a su madre en ese estado tan lamentable, y critico a la vez.
Elisa, a pesar de su doctorado en varias ramas, y ser á pesar de su juventud, una persona experimentada en el sufrimiento humano, aquella escena le producía dolor, pues el cariño y el desconsuelo de María ante su madre era una escena tan conmovedora, que hizo a su cuerpo estremecerse de emoción, y sus sentimientos más sagrados afloraban a su piel en forma de espeluznante escalofrío.
¿Te encuentras bien, María?
Guardó unos segundos de silencio en aparente medicación para después responder: Sí... sí, gracias Elisa.
¿Te apetece, que hablemos?
No quisiera herir tus sentimientos, María.
Toda la culpa es mía, Ely, me he comportado hipócritamente con mis padres .
Eso ya no puede arreglarse, María.
Sí, lo sé, y eso hace que me sienta tan mal...
No deberías pensar más en ello, los errores del pasado son los que hacen que comprendamos mejor el presente, y proyectemos con acierto el futuro.
¿A qué te refieres en concreto Elisa?
Sencillamente, que si en realidad comprendes tu error, también comprendes lo que en realidad deberías haber hecho.
La forma con la que te tenías que haber comportado con tus padres... O sea, haber sido sencillamente tu. ¿No crees?
Sí, tienes razón Elisa, comprendo que hice mal en engañarlos de este modo tan cruel, como sé positivamente lo que debería haber hecho. seguir el camino de mi educación en la familia...
Ya veo que sí, que lo entiendes, lo que me demuestra, que puedes seguir siendo tú de ahora en adelante. ¿No crees María?
A la hija de Alfonso se le agolpaban tantas, y tantas cosas, ideas, reflexiones y reproches, que no pudo en ese momento responderle a Elisa, cosa que ésta, aprovechó para inculcarle las mejores ideas que se le ocurriese.
El tema era delicado, pero imprescindible, no podía dejarlo para otra ocasión.
Ahora que la veía sensible y vulnerable debía hacerla comprender el camino a seguir, o al menos intentarlo.
Sé, que tienes la suficiente fuerza de voluntad (Seguía Ely), para no permitir que te ocurra algo parecido, o peor que a tu madre.
¿Qué quieres decir, Elisa? ¿Qué le ocurrió a mi madre?
No quiero que me malinterpretes, María, pero sí que entiendas, que las mismas consecuencias de las drogas llevaron a tu madre a sufrir veinte años de su vida, y es posible que los maltratos, y las vejaciones en ese tiempo, sean los culpables de que tu madre esté ahora en el estado que se encuentra.
María la miraba por encima de su hombro aún de rodillas con cara de asombro, aquello que le contaba Elisa le parecía insólito, e increíble.
Perdóname Elisa, pero cada vez te entiendo menos. ¿En realidad, que me quieres decir, que no comprendo...?
María... soy psicóloga, he visto muchas cosas desagradables en la vida, y por experiencia me gustaría hacerte comprender, que el camino que has escogido es el peor, el más rápido para malgastar una juventud, que muy pocas veces conocen la vejez.
Y ese mismo camino lo recorren las compañías que tu libremente as decidido escoger, te llevarán a un lugar sin retorno.
Yo creo, que la vida te da una multitud de ocasiones maravillosas, con las que verdaderamente serías feliz tú, y harías feliz a todos los que te rodeasen. ¿No lo crees tu así María?
Entre los sollozos, María apenas pudo asentir con la cabeza, pues la vergüenza que sentía, no permitía articular palabras a su garganta angustiada.
Tu madre también se equivocó.
Pero no pienses jamás que las drogas que pudo injerir, lo hizo por voluntad propia, no.
Ella tuvo la mala suerte de encontrar en su camino un sinvergüenza, que hizo alterar su comportamiento sin saberlo ella, que hizo que rompiera el compromiso con tu padre el hombre que amaba, y además; correspondida por tu padre.
Pero aquel canalla cambió sus pastillas de las jaquecas, por unos alucinógenos que impedían a tu madre ver, y vivir la realidad, e hizo con ella lo que quiso para su propia satisfacción personal.
La ha traído mártir, los veinte años que estuvo casada con él.
Tu padre sabiéndola feliz, se resignó a vivir con ella a pesar de amarla con todo su ser.
María miraba atentamente a su madre, absorta, oyendo el relato de Elisa.
Ese hombre, Alfredo Idoate, fue el hombre que engañó a tu madre con estupefacientes de algún tipo, y fue la ruina de su vida, y posiblemente, aún después de muerto, aya influido en sus pensamientos y preocupaciones, lo que es muy probable que ocasionara la distracción y el accidente.
María no daba crédito a lo que oía.
Elisa por favor. ¿Qué me estás contando?
La verdad, si; la verdad de una persona que tuvo la fatalidad, como ahora es tu caso, de encontrar en su camino alguien desaprensivo, que a pesar de no consumir ni traficar con drogas, si las utilizaba con todas aquellas mujeres que se cruzaban en su camino, y en sus noches de juergas, y borracheras, las utilizaba para hacer con esas pobres chicas lo que su instinto animal le impulsaba a hacer.
¡Cerdo!
Sí... eso también, era un cerdo asqueroso, pero Dios es grande, y poderoso, y no escapamos nadie a su mirada, ni a su castigo si fuésemos merecedores de él.
¿Como le ocurrió a Alfredo.?
Quizá, fue Dios el que castigó sus pecados, aberrantes y obscenos.
Posiblemente siendo un obseso, pudo haber abusado de algún menor incluso.
¡No me extrañaría nada!
Es posible, sí, Elisa, una mente así de perturbada es capaz de hacer las cosas que me cuentas, ha podido ser capaz de eso, y de cualquier cosa.
¡Pobre mamá! Lo que habrá sufrido...
Eso ya se acabó, se curará, y vivirá una nueva vida.
Tú tampoco debes de mirar atrás, sino hacia el futuro, y tu futuro puede empezar hoy, si tú quieres.
No volveré con Pancho, Elisa.
¡Bien! Eso es un paso muy importante que debo elogiarte.
No es como yo pensé, tampoco... se me presentó un buen día con educación y respeto por mi persona, y yo lo creí.
¡Qué tonta! Después, poco a poco, ha ido quitándose la careta, y ha dejado al descubierto una persona como él, mezquina, dominante, machista, borracho... y ahora también sé, que no sólo la consume, ya sabes... sino, que también trafica con todo tipo de narcóticos, y no quiero volver con alguien así, mi puesto he comprendido que está al lado de mis padres.
Le darás una alegría cuando se lo digas a tu padre. Estaba sufriendo mucho con la incertidumbre de tu estado.
Siempre lo he tenido como un padre modelo, fuerte, guapo... como un actor de cine, un héroe.
Sí, María, pero piensa que todos tenemos sentimientos.
Tu padre te adora, pero lo que no puede evitar, es tener un corazón tan sensible al afecto que siente por ti.
No sabes cómo lamento haber herido así a mi padre, es tan bueno...
Elisa cayó unos instantes, esperando que María se sincerarse con ella, o bien se desahogase de todo aquello que le remordiera la conciencia.
Ahora comprendo... sí, debería haberme interesado yo también por su trabajo, sus inquietudes, sus deseos...
Me habría gustado que todo hubiese sido diferente... Que se habrían casado, hubiesen formado una familia.
Porque hacen buena pareja, y se quieren.
¿No crees Elisa?
(No dio contestación, sólo humilló la frente resignada, sí; tenía razón María, hacían buena pareja, pero... ¿Y sus sentimientos?
No, no puedo pensar en Alfonso, es demasiado cruel, él ama a Eva, y el deseo de María es verlos Unidos.
Por más que crezca este amor en mi, jamás se hará realidad.)
Si, María... tienes toda la razón, hacen una pareja fantástica. Ten fe, y todo saldrá como tú deseas.
Eso espero, Elisa, gracias.
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Capítulo LXXV
Al salir del hospital, Alfonso había cogido un taxis para ir al hospital San Telmo donde debía realizar la investigación, y confeccionar el reportaje encargado por Diego, el redactor de su periódico.
Ensimismado en la arquitectura de aquellos rascacielos parecía llevar la mente en blanco.
El haber visto a su hija María visitando a su madre, le había dado cierta tranquilidad a su espíritu.
Sabía que Elisa le hacía compañía, y confiaba que llegasen a ser buenas amigas.
Su hija necesitaba una amiga cómo ella, una persona que le diera los consejos oportunos para abandonar el infierno de las drogas.
El taxis sorteaba los coches y vericuetos de Nueva York con una velocidad asombrosa, y una rapidez frenética.
Al pasar por cierta zona verde una especie de parque ajardinado, a Alfonso le llamó la atención el colorido, y el espacio abierto. (Cosa que no había visto aún en Nueva York)
Por favor. ¿Me podría decir si queda mucho para San Telmo?
Lo tenemos al final de esta avenida Señor.
Pare aquí, por favor.
¿Cómo dice?
Que pare aquí mismo, por favor, luego subiré andando.
Bien, Señor, como quiera.
Perdone usted, necesito tomar el aire.
No importa, Señor, es un parque maravilloso, algo espléndido ya verá.
¡Qué disfrute!
Gracias, muy amable.
Los pasos de Alfonso eran lentos y pausados, parecía comer un manjar que no quisiera acabar, y lo degustaba poco a poco, disfrutando del paseo, y la vista tan hermosa que le regalaba aquel parque de frondosos árboles centenarios, y una variopinta formación de espléndidos colores, formados por una gran multitud de plantas de Flor.
Romeros delimitaban los paseos y escaleras, lo que obligaba a Alfonso por fuerza a respirar profundamente, mientras el canto de los pájaros serpenteaba entre las ramas tratando de ocultar el graznido del pavo real.
Mientras paseaba, tampoco podía olvidar la conversación que mantuvo con Elisa, y su hija.
Las dudas que le habían suscitado a María, el ver a Elisa en sus brazos le volvían a hacer pensar en ella.
No se le iba de la cabeza la chispa que su hija había encendido entre él, y Elisa.
En verdad que es hermosa, y educada (se decía mientras caminaba hacia San Telmo), es una gran mujer, no podré pagarle nunca lo que está haciendo por mi familia y por mí mismo, de esta forma tan altruista.
No debería pensar en ella de esta manera, no es ésta la forma en que un hombre enamorado como yo, puede pensar de otra mujer, pero no puedo evitarlo, es más fuerte que yo.
Debo pensar exclusivamente en hacer que Eva se recupere, quizá decida no ingresar en la orden religiosa y se case conmigo.
¡Dios mío! Estoy hecho un lío. Ayúdame.
¡Ayúdame, y no permitas que tenga malos pensamientos! ¿Cómo puedo pensar, en que Eva deje su vocación por mí?
¿Cómo puedo pensar en un amor imposible como el de Elisa...?
¡Santo Cristo! ¿Por qué me preocuparan tanto las cosas.? ¿Por qué me atormento yo sólo? Me gustaría a veces ser de otra forma, pero... ¡Soy Alfonso Quijano!.
Ya en los pasillos del hospital, su vista se dirigía a ambos lados tratando de localizar admisión, cosa que no tardó en hacer.
Por favor...
Sí, ¿Dígame? ¿En que puede ayudarle?
La verdad es que no se qué, o como debo preguntarle señorita...
Pues usted dirá.
Mire, soy periodista, y no sé si es alguna broma, o a mí me lo parece...
¿Una broma?
No, no me interprete mal, perdóneme.
La broma sería en todo caso de la redacción del periódico. De mi periódico.
Pues dígame, si le puedo ayudar... aunque pienso que un hospital no es cosa de broma.
No, claro que no.
En fin... se lo diré.
La redacción me dice que tienen ingresado a un hombre al parecer... bueno... según sus palabras... "embarazado".
La enfermera no pudo contener la risa que pretendía ocultar tras su mano.
Embarazado exactamente, no es que este.
Me lo temía. ¿Es una broma verdad?
No, de ningún modo.
¿Pero...?
Ya le digo, que embarazado no es la palabra correcta, pero sí, en efecto, tenemos ingresado un chico con un bebé en su interior.
Pero... ¿Cómo es posible?
Lo siento, señor, yo no puedo darle más información tendría que hacerlo el cirujano que lleva al caso.
Me dice por favor, cómo, o donde lo pudo localizar.
Necesito que me dé todos los datos que le sean posible ofrecerme.
Sí, como no.
Tras sacar sus datos del ordenador le señaló a Alfonso el camino a seguir.
En la novena, en dirección de planta, creo que las consultas han terminado, y se encontrará en el despacho.
Gracias señorita, es usted una chica encantadora, y muy amable. Gracias.
Mientras subía en el ascensor se preguntaba: ¿Cómo puede ser posible? Esto tiene que tener una explicación lógica... no cabe duda.
Al llegar a la planta, y tras hablar con la enfermera de admisión ya se sentía más seguro, sabía que no se trataba de una broma de su amigo Diego el redactor, y sus pasos eran más seguros y decididos por el pasillo.
La puerta se encontraba entreabierta, lo que le obligaba a solicitar el permiso verbal, y después de entornarla un poquito más, lo hizo.
¿Da usted su permiso, doctor?
Adelante, pase por favor.
Tome asiento, (Levantándose de su asiento le extendía su mano) soy el doctor Piter.
Correspondiendo Alfonso, se presentó: Me llamo Alfonso Quijano, y soy periodista.
¿En qué puedo ayudarle Sr. Quijano?
Estoy interesado en un caso que lleva usted, y a mí me llena de estupor.
Pues usted dirá.
Se trata del hombre "embarazado".
El médico a pesar de cómo lo dijo Alfonso, se mantuvo en su sitio, serio y respetuoso, era un hombre con una educación exquisita y no quiso herir los sentimientos del periodista.
No... mire, se trata de algo inaudito y sorprendente, pero para la medicina mucho más comprensible que el término que acaba usted de utilizar.
Perdone doctor, no sabría explicarlo de otro modo.
¿Cómo puede ser posible que un hombre pueda albergar un bebé en su interior?
Eso ha sido siempre un prodigioso milagro en la mujer, pero en el hombre...
Este hombre tampoco, señor Quijano, este hombre es como todos los demás.
Como usted, como oyó.
Pues usted perdone doctor, sino me explica mejor no lo pudo entender.
Se trata de su propio hermano gemelo.
¿Su hermano gemelo?
Sí, se puede dar un caso entre diez millones, pero es posible que un bebé nazca dentro de otro.
En este caso, incluso vivió varios meses dentro de él.
¿Eso quiere decir que está muerto? Se murió a los pocos meses en su interior.
¿Cómo ha podido permanecer tantos años sin descomposición?
No se ha descompuesto en su interior... porque el propio organismo al tenerlo unido, lo ha mantenido y ha hecho que fuese calcificándose.
Para que me entienda usted mejor, señor Quijano... como un esguince, y un tendón roto que no se cura bien, el organismo lo suelda calcificándolo.
Esto es lo que ha ocurrido con ese bebé, que a la vez era otro miembro ajeno a su cuerpo, lo que ha hecho que no sintiera ninguna molestia, hasta que se le ha detectado por casualidad en unos exámenes rutinarios.
¡Qué extraño! (Comentaba Alfonso, asombrado del relato del doctor)
¡Inaudito!
Sí, señor Quijano, pero como le dije, el embarazo en el hombre aún la ciencia lo tiene lejos, esto es más sencillo, y comprensible.
Sí, así es, en efecto doctor, pero para los profanos como yo no deja de ser tan misteriosa una cosa como la otra.
Bien, doctor, le agradezco su tiempo, y su amabilidad.
Espero haberle despejado alguna duda Sr. Quijano.
Si, doctor. Me ha sacado de mi asombro.
Le repito las gracias doctor.
Ha sido un placer.
Quede usted con Dios.
Que tenga usted un buen día, Sr. Quijano.
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Capítulo LXXVI
En la sala del hospital, Elisa continuaba su charla con María.
¿Qué te parece si damos un paseo las dos por Nueva York, María?
Elisa pretendía sacarla de aquel ambiente tan angustioso para ella, pues su estado emocional en aquellos momentos estaba bastante resentido, había sido un shok bastante fuerte.
Demasiadas preocupaciones juntas.
Cómo quieras, Elisa, pero... ¿Y mi mamá?
Deja a los médicos que hagan su labor, creo que está en uno de los mejores centros de Estados Unidos.
No quisiera dejarla sola, si ocurriese algo por mi culpa de nuevo, no me lo perdonaría nunca.
Tienes que entender María, que ninguno de nosotros puede hacer nada por tu madre, únicamente ella, con la ayuda de los doctores que la cuidan.
El resto está en manos de Dios.
No quisiera equivocar de nuevo mis ideas, y mi camino...
Lo ocurrido a tu madre, María, ha sido inevitable, y tú, no has tenido que ver en absoluto para nada en el accidente.
Tienes que dejar de mortificarte con esas ideas, y pensar en ti.
Tu madre se recuperará, ya has oído el doctor, ahora te toca a ti.
¿Vamos?
Está bien, Elisa... me alegro mucho de haberte conocido... gracias por tu ayuda tan desinteresada.
Le tengo a tu padre una gran estima, y a ti, ya te la tenía antes de conocerte.
El retrato verbal que hacía tu padre de ti, se ajusta a la perfección al original, eres tal como yo imaginaba, y creo que seremos buenas amigas.
Seguro que sí, Ely.
(Con estas palabras se abrazó María al cuerpo de Elisa, dando fe a lo que su corazón transmitía a través de sus labios.)
Ya en la calle, las dos amigas cogidas del brazo parecían conocerse de toda la vida.
Elisa como sabemos, era una chica tan risueña, tan dulce, y transmitía tanta seguridad y tanta bondad, que hacer amigos no era ningún problema para ella, y María era la hija de Alfonso, una gran chica que necesitaba su apoyo, y no debía perder tiempo, sabía lo primordial que era, más aún sin saber hasta qué punto estaba "enganchada" a las drogas, y Elisa como persona era de lo mejor, pero como profesional de la medicina y la psiquiatría, era una eminencia que sabía y quería sacarla de su entorno, ese entorno maligno y aterrador de los estupefacientes.
¿En qué piensas, María?
No sé... en cosas.
¿Quieres contármelas? Te sentaría bien compartir sus problemas con una amiga.
¿No tienes amigas?
Sí, las tenía, pero por mi mala cabeza quizás las haya perdido.
¿Por qué dices, por tu mala cabeza?
Sí, porque no debí desviarme de mi camino.
Tú sabes María, que nadie es perfecto... Que nadie en absoluto está en posesión de la verdad. Lo que te haya podido pasar a ti, le puede ocurrir a cualquiera, lo importante es saber reconocer nuestro propio error, y tú ya lo has hecho.
No comprendo cómo pude dejarme embaucar por ese miserable de Pancho, se portaba tan bien conmigo al principio que creía en él, no me importó la edad, para mí eso era lo de menos...
Me agasajaba con regalos constantemente, se le veía detalles conmigo que me sorprendía su amabilidad, y como sin darme cuenta, poco a poco, fue cambiando su carácter, su personalidad, sus atenciones...
Hasta que esta mañana discutimos, y pude verlo tal, y como era.
Elisa ahora que hablaba María callaba, y estudiaba mentalmente su caso.
La dejaría desahogarse, le vendría bien hacerlo.
Siempre hice lo que él quería por darle gusto, pero él lo veía como una sumisión mía, y una obligación, cada vez me ha ido arrinconando contra las cuerdas más y más.
Hasta ha tenido el descaro de decirme, que no me tiene con él como elemento decorativo, sino para utilizarle como mujer.
¿Quieres decir, como si serías su mujer?
No, Elisa, no ¡Cómo hembra! Para su gozo y disfrute, como si yo fuese una ramera cualquiera.
¿Es que te obligaba a estar con el?
No, claro que no. Es algo que no podría explicarte, una vez hizo que probase una dosis, sin pensar en aquel momento las consecuencias, después dependía de él.
Quizá me había pasado algo parecido a mi mamá.
Empiezas un día con alguna copa, y creyéndote feliz pensando en acabar, o hacer que desaparezcan algunos problemas que todos tenemos en la vida, y lo que haces es caer en esa trampa, es crear el mayor caos en la existencia de tu propia persona.
Sí, así es, María, confías en alguien que crees amigo, y creyendo que todos pensamos igual, caes en las redes de la destrucción.
A las personas se les conoce con el trato diario, y el tiempo, cuando haya demostrado ser merecedora de tu afecto dárselo, y no antes.
Todos no estamos cualificados para conocernos en la primera entrevista, con la primera impresión.
Incluso los psiquiatras y psicólogos, después de muchos años de estudio nos equivocamos.
Lo verdaderamente esencial como te digo, es aprender de nuestros propios errores.
Tu madre por desgracia no supo, no pudo, o no tuvo nadie que le ayudase.
O tal vez, fue su voluntad retorcida por aquél canalla, la que la tuvo tantos años padeciendo. ¿Quién sabe cuántas veces, y de cuantas formas diferentes pudo administrarle a Eva los sedantes, alucinógenos, o a saber que drogas?
Pero tú por suerte, has reaccionado a tiempo.
¿Qué piensas hacer ahora? ¿No volverás a tu casa con ese individuo?
La verdad es que me da miedo, me ha pegado ya en varias ocasiones, y sé que es capaz de todo, es un hombre cruel, y vengativo, con lo dulce que me aparentó ser... claro que yo cuando vi según la educación que había recibido, pensé que todo el mundo era como yo, una mema, una crédula que confiaba en todo el mundo.
En eso tienes razón Elisa, confíé en él sin conocerlo. ¿Pero cómo he podido caer tan bajo Dios mío?
No te mortifiques más, María, serénate que todo se arreglará.
Ahora no estás sola, nos tienes a tu padre y a mí, que no me iré de Nueva York sin estar segura de que os dejo bien, confía en mí.
Ese mafioso de Pancho, no se atreverá a hacerte ningún daño estando nosotros aquí.
Sólo te tienes que dejar ayudar, y poner todo cuanto esté de tu parte.
Tienes que desearlo con toda tu alma.
Piensa en tu madre, en tu padre, en tus amigos... y sobre todo, en ti misma María.
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Para entonces, Alfonso había concluido la entrevista con el doctor Matziu, El cirujano encargado de extraer el cuerpo calcificado del interior del "hombre embarazado".
Antes de irse al hotel, quiso interesarse por Eva, y tras mirar el reloj, y comprobar la hora viendo que era tarde, decidió llamar a Santa Mónica.
¿Santa Mónica?
Admisión de Santa Mónica. ¿Dígame?
Por favor. ¿Sería usted tan amable de facilitarme el estado de salud de doña Eva María Aguirre?
...
Soy Alfonso Quijano .
...... ¿No ha habido ningún cambio?
...
Hágamelo saber cuando despierte, y recobre el conocimiento por favor.
...
Se lo agradezco. Muchas gracias.
Para cuando Alfonso llegó al hotel, Elisa y María, ya se encontraban en el.
Tomaban un refresco en la cafetería.
(Tenían suerte, las dos víboras habían salido a reconocer Nueva York, o sus garitos de alterne, algo que le iba tan al pelo igual a Amaya que a Idoya.)
¿Qué tal estáis las dos?
Hola papá...
¿Te ocurre algo hija?
No, no es nada preocupante Alfonso, hemos mantenido una charla entre mujeres de cosas nuestras.
¿De mujeres? ¿Cosas vuestras? (Decía sonriendo correspondiendo a la sonrisa de Elisa que le hacía comprender que todo iba bien.)
Sí, papá, de mujeres, y cosas nuestras.
Gracias a Elisa he comprendido muchas cosas... es una buena chica con un gran corazón.
No le hagas caso, Alfonso, yo soy la afortunada, nada más.
¿Qué quieres decir Elisa?
Sencillamente que soy la más afortunada al tener los mejores amigos, y soy yo la afortunada, al tener en tu hija la amiga con el corazón más grande, y los mejores sentimientos.
Comprendo. Gracias, Ely, te lo agradezco.
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Capítulo LXXVII
Estoy pensando...
¿Sí papá?
¿Qué os parece si pedimos la cena para los tres, y hacemos que la suban a nuestra habitación?
¿Tú qué dices Elisa?
Me encantaría, pero no sé si debo...
Alfonso, sin darle tiempo a negarse, que era lo que temía, insistió.
Por favor Ely... Acepta nuestra invitación.
Me gustaría... (Quiso decir conocerte mejor, pero rectificó a tiempo, sus sentimientos casi lo traicionan)
¿Te gustaría?
Pues eso, me gustaría disfrutar de tu compañía durante la cena.
Elisa que por educación casi se niega, en lo más profundo de su ser lo deseaba, deseaba la compañía de Alfonso, pues a pesar de que su cabeza dijera "no, no pienses en él" su corazón le insistía una y otra vez en ello.
¿Os parece bien en mi habitación?
Bien Elisa, gracias. (María)
Como desees, Elisa.
La cena se presentaba amena, aunque no divertida, el tema que tratarían posiblemente fuese el mismo.
Un tema serio y duro para todos, en especial para María la afectada directamente.
Me alegro que os hayáis hecho tan buenas amigas las dos.
Tienes una hija maravillosa, Alfonso.
Sí... mi niña, para mí, seguirá siendo una niña siempre. ¿Sabes?
Recuerdo lo que nos reíamos juntos contando cuentos, interpretándolos a nuestro modo, cambiando los personajes, las situaciones, y hasta los lugares donde ocurrían.
Además, le íbamos inventando complicaciones a los personajes.
Inventábamos otros nuevos, y cada noche eran distintos.
Eso sí, menos cuando alguno en particular le gustaba, me hacía repetirlo noche tras noche, hasta que caía dormido... sí, yo; yo era el que se dormía.
Elisa se carcajeaba, no lo podía evitar, reconocía la ternura con la que contaba todo aquello Alfonso.
¡Es cierto! Solíamos ir juntos a todas partes, a montar en bicicleta, a pasear, a patinar, a la nieve, a la montaña... fue una época hermosa que me habría gustado no verle el final.
Que todo se hubiese parado cuando era pequeña... la adoro.
Ya a Alfonso, se le ponía el rostro más triste, las aguas bajaban a su cauce, y no podía evitar pensar en el problema que tenía ahora que era una mujer.
Elisa se dio perfecta cuenta de su cambio, y como si conociese a la perfección, más sus ideas que sus palabras, le salió al paso para tratar de centrar el tema que le preocupaba, y calmarle el ánimo.
Comprendo tu preocupación, Alfonso, ya sabes que a mi también me afectan vuestros problemas, quizá con toda mi preparación psíquica no aguantaría toda la presión que estás soportando tú, pero confío que todo tendrá una solución, Eva se curará, esas dos rameras... no debes permitir que te extorsionen, e ignóralas.
Yo estoy convencida de tu inocencia, y al final terminarán por aburrirse si ven que no consiguen nada.
María es una chica muy valiente, es joven, y fuerte, sé científicamente después de nuestras charlas, que es capaz de lograr lo que se proponga en esta vida.
María escuchaba con atención todo lo que hablaban los dos, aunque no entendía parte de lo que Ely relataba.
Alfonso miraba tiernamente a su hija como pensando:
(¡Dios te oiga Elisa!)
Papá, perdona que interrumpa...
¿Cómo, interrumpir? Tú tienes la palabra.
Se sonreía María al oír a su padre, que aparentaba no estar pasando por la encrucijada, y el calvario que estaba sufriendo, pues para más INRI como sabemos, su cabeza hilaba los sentimientos de su corazón formando ideas, aún sin pasar por el balcón de su aliento. (Sobre Ely)
Me he perdido algo papá. ¿Quiénes son esas dos rameras a las que os referís? ¿Y qué pretenden?
Esa es otra fatalidad de mi destino hija, son Amaya, una señora que pretendía conseguirme de joven, y a la que jamás le hice caso, por lo que no puede decir que esa tal Idoya, otra chica de su oficio, sea mi hija.
¿Tu hija? ¿Tienes otra hija?
No, María, por Dios. Ya te digo que es imposible que pueda decir eso, jamás tuvimos contacto carnal, bueno... ni carnal ni de ninguna otra forma.
¿Y qué es lo que pretende?
Pues hacerme chantaje, o complicarme la vida, o separarme de mis seres queridos... no sé.
De esa arpía se puede esperar cualquier cosa.
Ya te digo que no debes preocuparte por ese tema Alfonso, aunque...
¿Qué te preocupa Elisa?
Estoy pensando, que ayer me montaron un espectáculo en la cafetería, me dijeron cosas horribles de ti...
¿No creerás...?
No, claro que no, Alfonso, conozco bien a las personas, y sé que son malas, muy malas.
Lo que quería decirte, es que en el transcurso de la conversación, tuve la sensación de que no actúan solas, por su cuenta.
¿Qué insinúas, Elisa?
Esas mujeres, si actúan solas, sólo veo una conexión. ¡Alfredo!
Dado el oficio de estas "buenas chicas", y la vida azarosa y turbulenta que llevaba Alfredo, puede que tuviera algún interés con él, y lo haga por venganza.
¿Tú crees?
La otra hipótesis que se me ocurre, es igualmente relacionada con su muerte. ¿No ves tú raro que trate de extorsionarte justo ahora, aquí, en Nueva York, y después del accidente podríamos decir de Alfredo?
Alfonso miraba asombrado a Elisa, eran cosas que él no se había puesto a pensar, tan centrado estaba en su familia, que no pudo razonar el motivo que podían tener las dos para hacerle aquello, aún sabiendo que era mentira.
Tienes razón Elisa, no había pensado en ello.
Todo viene a raíz de la muerte de Alfredo, pero conociendo a Amaya, dudo que el motivo sea él.
También podía haberme hecho el chantaje antes, hace un año, dos, pero no ahora, y ha tenido que venir aquí, a Nueva York.
Tampoco ha podido esperar que yo vaya...
Si que es misterioso.
¿Qué opinas Elisa?
Según mis cábalas no "trabajan" solas, hay alguien más detrás de ellas, que además; estoy convencida de la conexión.
Cuando yo tengo una corazonada...
¿Pero quién? ¿Y por qué? ¿Con qué fin?
Papá, yo también te creo, confío en ti, ya sabes, siempre lo he hecho.
Creo que debes hacer caso a Elisa, y olvidarlas.
Si no ves al enemigo, no puedes luchar con él.
¿Eso qué quiere decir cariño?
Que deberíamos esperar para saber que se proponen en realidad, y después actuar.
Sí, claro, tienes razón.
Sólo llevas un día con Elisa y ya hablas como ella.
Las dos amigas se miraron con ojos pícaros, y rompieron en una carcajada, a lo que tampoco Alfonso pudo evitar sonreír a la pizca de humor que él mismo había puesto en su propio drama.
En realidad, yo te quería hablar de otra cosa, Alfonso.
Dime, Ely, te escucho.
Yo quería hablarte de lo buena chica que es María, y de la charla que hemos tenido, de mujer a mujer.
Para tu tranquilidad quiero que sepas, que ha comprendido lo conflictivo, traicionero, y macabro que es el meterse en ese mundo de tinieblas, en donde todo es antinatural.
Lo mismo añora la belleza del mundo que habitamos, que ha comprendido el despertar tan trágico que suelen tener las personas que dependen de las drogas con sus mentiras, engaños, sufrimientos, traiciones, malos tratos y muerte.
Te puedo asegurar Alfonso, que ella misma ha reconocido que la vida es mucho más sencilla, hermosa y placentera, de lo que las personas pretendemos hacerla.
Te felicito, María, hija, no sabes cómo he sufrido por ti desde que empecé a sospecharlo.
Te agradezco que hayas decidido salir de ese mundo tan amargo.
Sí, papá, Elisa me ha hecho comprender muchas cosas, y le estoy inmensamente agradecida. Son pequeñas cosas que habían quedado dormidas en el fondo de mi alma, supongo que porque las abandoné, cosas que tú me enseñaste, la honradez, la sinceridad, la dignidad.... y que Ely ha despertado de nuevo en mí.
No volveré con Pancho, papá.
Gracias, hija (Le dijo abrazándola, y dándole un beso en la frente), no sabes lo feliz que me haces.
Y a ese tal “Panchito” quiera Dios que no le eche la vista encima. Se le quitaran las ganas de mandar mensajeros a verme.
¿Mensajeros? ¿Es que ha venido a verte, papá?
No, él no, unos gorilas que me cogieron por sorpresa cuando hacía fúting, y no pude eludirlos.
¡Canalla! ¡No me dejará en paz!
Ese personaje no debe quitarte el sueño, ya estoy prevenido.
No me cogerá dos veces, y... ¡Hay de ellos como pueda defenderme!
Tengo miedo papá, tú no lo conoces, es un bandido, parece un don nadie, pero sospecho que trafica a gran escala, aunque nunca he podido saber de su vida, sé que es pendenciero y traidor.
Teniéndote a mi lado, María, el mundo ya no me da miedo.
El terror lo he pasado sin ti, creyendo que te perdía, pero ahora que te tengo a mi lado no le temo a nada. ¡Olvídalo!
Elisa como siempre no podía evitar la deformación profesional y estudiaba la conversación entre padre e hija.
¡Estoy contigo, Alfonso!
Creo que estas acertado al pensar así, y esos mismos pensamientos hará que superes toda esta mala racha que os ha venido encima en pocos días.
No conocéis a Pancho.
Alguna vez ya me ha pegado fuerte, y sé que me buscará, ya me lo advirtió antes de irme esta mañana.
¡Hijo de puta!
Tranquilízate, Alfonso, eso ya no ocurrirá.
¿Cómo se ha atrevido a ponerle la mano encima a mi hija? ¡La madre que lo...!
¡Dios mío! Pierdo hasta la educación con ese sujeto.
Y espero que todo esto acabe pronto papá, no volverá, si Dios quiere, ni a maltratarme, ni a quedarse con tu Dinero.
¿Dinero?
Sí, el que me mandabas para mis estudios.
¿También te lo administraba él?
No, sencillamente se lo que daba.
¡Sinvergüenza! Pido a Dios que no se ponga en mi camino, que probará el sabor del regalo que me quiso hacer.
Lo mismo María, que Elisa, pensaron en ese momento en los "gorilas", y en los puños, lo que no podían imaginar es, que Alfonso pensaba en la pistola que quiso utilizar Pancho contra él, y se la trajo diciéndole: "como me entere que le haces daño a mi hija, te arrepentirás" apuntándole con ella.
Bueno, será mejor que no pensemos más en todo esto, son cosas, como los meandros en las sierras, riachuelos y ríos, que por su ser alcanzan el mar.
¿Qué te parece, si te quedas conmigo unos días hasta que pongas tus ideas en orden, María?
Te lo agradezco Elisa, pero no quisiera causarte ningún trastorno.
En absoluto.
Es más, insisto en que te quedes aquí, tu padre tendrá cosas que hacer, y yo ya he solucionado todo el papeleo de la oposición.
Gracias Elisa, eres muy amable.
Papá... Me parece una idea genial, hija, así tendréis oportunidad de salir de compras juntas y conocernos mejor.
Hasta mañana, cariño.
Le dijo a su hija con un beso en la mejilla.
Ely...
Tímidamente los dos se acercaron uno al otro, y muy despacio, pero con los besos más largos, y abrazándose con un: "que pases buenas noches" casi a la par, se despedían hasta el día siguiente.
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Capítulo LXXVIII
Ya sabiendo que su hija María se encontraba en buenas manos, para Alfonso, aquella noche fue más plácida y serena, por lo que pudo descansar bien, y dormir mejor.
Aquella mañana, fue el primero en bajar a desayunar a la cafetería.
Espero (Se decía), no ver a la dichosa Amaya y su "mosca cojonera".
Tras pedir el desayuno, y mientras tanto, como periodista que era, quiso repasar los titulares de los periódicos, deportes, noticias, etc..
Pero al cogerlo le llamó poderosamente la atención un titular en primera página que lo dejó perplejo.
"El doctor Francisco Javier Ugarte se suicida"
¿El doctor Ugarte? ¡Dios bendito! ¿Pero, por qué?
Con claro estado de interés y nerviosismo, buscaba entre las páginas de sucesos tratando de enterarse del hecho.
Por fin su vista interpretaba el suceso: "Se suicida un preso"
El doctor Francisco Javier Ugarte ha sido hallado muerto en su celda, con evidentes síntomas de envenenamiento, tras los primeros estudios del difunto.
La misma celda la compartía con otro miembro de su equipo, el doctor Unay Salvatierra, la mano ejecutora de dicho doctor, que junto al también doctor don Pedro Morales, fueron sentenciados en la misma ciudad donde ocurrieron los hechos que se les imputan.
La práctica de la eutanasia en una persona aparentemente sana.
Ellos afirman que todo ha sido un error, y por lo tanto, se declararon en su día inocentes del asesinato, como lo calificó la prensa en su momento.
Las autoridades sanitarias aseguran respetar las leyes del país, y que jamás debió ocurrir un accidente semejante si no hubiese sido premeditado, y actuar intencionadamente, por propia voluntad de los acusados.
El doctor Ugarte, según las primeras hipótesis como decimos, se cree que se haya valido de algún tipo de fármaco de la enfermería del propio centro penitenciario para acabar con su vida.
Una vida religiosa, honrada, y un fiel creyente según sus amistades.
No podemos suponer qué le impulsó a cometer tal acto, tal vez, no pudo resistir la vergüenza del error cometido en la persona de Alfredo Idoate, supuestamente entendemos, que la vergüenza y humillación habría sido la misma de haberle realizado dicha eutanasia al propio enfermo, al que iba dirigida.
Al menos eso creemos. en nuestra humilde opinión.
En cambio, la parte más vergonzante, o vergonzosa, como fue la mano ejecutora del crimen, se ha decantado por estudiar la carrera la abogacía durante el tiempo que deberá permanecer en prisión.
Por otro lado, pudimos contactar con don Pedro Morales, que clara y visiblemente afectado por los acontecimientos, juró no volver a practicar la medicina jamás.
"Es una verdadera tragedia la de este caso, para la medicina.
Tres eminentes científicos probadamente útiles para la humanidad, desterrados de la investigación."
Pero así es la vida, a veces equivocamos nuestros sentimientos, y queriendo hacer una obra de caridad para eliminar el sufrimiento de alguien, lo que en realidad se comete es uno de los mayores crímenes encubiertos por algunas sociedades.
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¡Qué horror Dios mío! Aun los coletazos de la tragedia, se ve, que la mano de Dios y sus ojos, son infinitos.
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En la casa de Jesús, la vida seguía tranquila, cada uno con sus trabajos.
Una vida de pareja, una vida de dos amantes, y enamorados, que gozaban cada uno de la compañía del otro al máximo, donde la espera del encuentro era eterna, y sin embargo, el reencuentro diario era un júbilo para sus corazones.
Aquel remanso de felicidad, aquel trocito de cielo de su casa, de vez en cuando se veía enturbiado por los recuerdos de sus amigos, en los que no dejaban de pensar.
Cada día afloraban las preocupaciones de Jesús y Marta con más intensidad, y aquel día no era distinto.
Jesús tenía fiesta, como ella, y también en el desayuno no pudieron evitar que su amigo Alfonso saliera a la mesa.
¿Qué crees tú, que puede ocurrir?
En ese momento Marta molía café, y no pudo oírle.
¿Decías, tesoro?
Te preguntaba qué... ¿Qué crees tú, que puede ocurrir en Nueva York?
Estás preocupado, ¿verdad?
No puedo pensar en otra cosa, ya sabes cómo soy, Marta.
Sí, te pareces mucho a él.
¿Te gustaría ayudarlo verdad?
Me siento impotente...
¡"Queseso"! ¿Cómo te atreves?
Te lo digo en serio, Marta. Estoy seguro que lo está pasando verdaderamente mal.
Ya lo sé, era una broma, y yo también pienso que podíamos hacer algo, pero no sé el qué.
¿Cómo dices que no le gustaría?
Estoy intranquilo, eso es todo, y me siento encadenado.
Piensa que Eva está en uno de los mejores centros del mundo...
Sí, de eso estoy seguro, y sé que se curará, pero... ¿Y María? ¿Y la zorra de Amaya, le dará problemas?
¿Se vendrá Elisa, y se quedará solo con aquel cuadro?
Si se así, estamos obligados a ir al lado de ellos, y recuperar sanos y salvos a nuestros amigos.
Sabes que estoy a tu lado para lo que haga falta, y recuerda que son mis amigos también, así que cuando tú decidas vamos a visitarlos a Nueva York.
En ese preciso instante el teléfono rompió las cábalas de la pareja.
¿Sí?
¿Jesús?
¡Ah, hola Alfonso! Qué alegría me da oírte. Precisamente hablábamos en estos momentos de vosotros. ¿Cómo estáis todos?
Debes perdonarme amigo mío, debía haberte llamado antes, pero llevo viviendo unos días angustiosos, y preocupado...
Te comprendo, no importa. Cuéntame. ¿Cómo está Eva?
Aún no ha recobrado el conocimiento, pero nos han dado buenas esperanzas, se curará, según los médicos.
Estad tranquilos, que todo se va solucionando.
¿Seguro que estáis bien? ¿No hace falta que vayamos nosotros?
No, no, en absoluto, créeme.
María ha decidido dejar al canalla de su pareja.
¿Sí?
Sí, Jesús, y aún mejor; me ha dado la alegría de decirme que deja las drogas, y se apartara de ese submundo que gracias a Elisa ha podido comprender lo maligno que es.
No sabes cuánto me alegro por ella.
Dale besos de mi parte. ¿O.K.?
Se los daré, Jesús, la tengo en mi hotel, ha decidido quedarse con Elisa unos días para centrar su vida.
¿No me dices que ha decidido dejar esa mierda?
Sí, pero resulta que su pareja es un repugnante gusano traidor, y vengativo, y teme que pueda hacerle daño.
Cuida mucho de ella, Alfonso.
Y no temas amigo mío, ya sé la clase de persona que es, y como "juega," así que no me descuidaré otra vez.
¿Es que os ha creado algún problema grave?
Según lo mires, Jesús, tuve unas palabras con él, y al día siguiente me mandó sus "gorilas" a disuadirme.
Pretende que deje en paz a María, y siga con él, pero como lo veo yo, es una rata que se aprovecha de las jóvenes hasta que se aburre de ellas, para después dejarlas en el arroyo.
¡Hijo de puta!
Eso también lo tengo dominado, amigo mío, espero por su bien que no intente nada contra nosotros.
Ten mucho cuidado con ese tipo de gente, son mezquinos y traidores...
¿Y las arpías,te han vuelto a molestar?
Pues sí, no sé qué pretenderán estas dos, Jesús.
Te juro que es imposible... de todas formas haciendo conjeturas, Elisa cree que pueda tratarse de alguna venganza.
Bien porque estuviera liado con tu hermano, y me crea encubridor, o vete a saber qué, o bien sean mandadas por segundas personas, que no podemos adivinar quién.
¿Tú crees que esa ramera tuvo algo que ver con Alfredo?
Yo no, Jesús; no creo que fuera así.
Lo pensamos, porque todo viene a raíz de su muerte.
A propósito de muerte, Jesús. ¿Has leído el periódico hoy.?
No. ¿Por qué?
Acabo de leer el periódico, y se ha suicidado el doctor Ugarte en la prisión.
¿Qué se ha suicidado? ¡Jesús bendito!
¿Crees que ha sido por mi hermano, Alfonso? ¿O crees que tenga algún otro remordimiento?
Pues no lo sé, amigo mío. ¿Insinúas que puede estar relacionado el doctor Ugarte, con los planes perversos y maliciosos de Amaya?
Pues no me atrevería a jurar que no.
Los dos tienen motivo, si lo piensas bien, para haceros daño a ti, y a Elisa, según sus mentes retorcidas y malvadas.
No te comprendo... ¿A qué te refieres Jesús?
Pues se me ocurre que el doctor Ugarte fue descubierto gracias a ti, y por ese motivo pueda odiarte.
Sí, pero no le veo la relación...
¿Recuerdas el día que detuvieron a los doctores?
¿El día que murió mi hermano?
¿Sí, y que?
¿Recordarás también, la trifulca que hubo en la zona vieja de la ciudad donde detuvieron a tantos malhechores, putas, chulos y drogadictos?
Incluso propietarios de bares y lugares de alterne, además de clientes vicioso, y degenerados.
¿Sí, si lo recuerdo, y que conexión le ves tu, Jesús.?
Pues, que en efecto, aquel día fueron transportados presos a la penitenciaría. Todos en los mismos furgones.
¿Y?
¿Quién nos asegura que no se conocieran, y tramaran algún plan para vengarse de vosotros?
Puede ser que de mí sí, pero... ¿Y Elisa?
¿Qué motivos podían tener...?
Tal vez el mismo, o quizá el propio doctor Ugarte se sintiese traicionado por ella, al servir en el hospital como auxiliar de clínica, y no como directora general.
Quizá tengas razón, Jesús, tiene sentido lo que dices.
Creo que deberíamos investigar algo sobre ese particular. ¿No te parece amigo mío?
¿Quieres que haga algo al respecto?
¿Por qué no vas a la prisión, y tratas de averiguar si estuvo alguna vez a verlo?
Cuenta con ello Alfonso, lo haré.
Gracia, Jesús, te llamaré.
Sí, mantenme informado.
Lo haré, no te preocupes. Un abrazo.
Cuídate mucho amigo, y cuida de mis chicas preferidas.
¡Besos para Marta, adiós!
Capítulo LXXIX
Las conjeturas de Jesús lo habían dejado pensativo.
¿Sería posible tal conexión entre dos personajes tan dispares?
¿Caería tan bajo el doctor Ugarte, una eminencia de científico como el?
Si es así, tiene su lógica (se decía), le ha podido ofrecer dinero a la Amaya para crearme problemas, o algo peor, porque esta pécora... por dinero mataría a su padre.
El caso es que, lo que pretende es que la reconozca como hija mía. ¿Será esa su idea? ¿O tendrá en mente algo más malévolo y cruel?
(Que pronto saldría Alfonso de sus dudas)
¿Y si ha ocurrido así, ahora que el doctor Ugarte a muerto, no tendría sentido?
Es posible que nos deje en paz ahora.
Aunque bien pensado, no es cosa que me preocupe, sé positivamente, que no tengo hija alguna con esa mujer.
Brrrr.... "mujer", esa a lo que menos se parece, es a una mujer.
¡Caramba! Pensando en mujeres, se me olvidaba dar la noticia del "hombre embarazado".
Llamaré a Diego.
Como esperaba que bajasen Elisa y su hija, desde allí mismo llamó a la redacción.
¿Redacción?
Sí, dígame.
Oye Diego...
¡Ah, Alfonso! Ya se te ve el pelo...
¿Me ves el pelo? ¡Estás tonto!
Bueno... quiero decir que escucho tu voz.
¡Ah, bueno!
¿Cubriste la noticia?
Claro. ¿Es que lo dudabas?
No, claro que no. ¡Eres el mejor!
¿Había algo de cierto, o se han reído de ti?
Ya te habría gustado, ¿he? Pues no; no se han reído, ni a pesar de llevar mis dudas pensando que sería una broma tuya.
¿Es que es cierto? ¡Cuenta, cuenta!
Tranquilo pimpollo, que ya lo hago.
Te cuento...
De embarazo, nada.
¿Pues no me dices que es cierta la noticia?
Y así es, Diego, pero se trataba de su propio hermano gemelo nacido dentro de él mismo.
¿Un gemelo en el interior del otro?
¡Claro! Si eso es lo normal, una posibilidad cada diez millones. Sólo tienes que esperar.
¡Qué bárbaro!
Estás tomando notas, o prefieres que te mande un fax...
No, no hace falta, lo haré como siempre, tú me cuentas la noticia, yo trabajo para montar la columna, y tú te llevas el sueldo.
¿No es eso lo normal?
Es un trabajo en equipo, amigo Diego, y como comprenderás a alguien le tiene que tocar la peor tarea, ya me resigno.
¡Qué cara!
¿Y eso es todo? Con estos datos no confecciono la columna, Alfonso.
Deja que te termine de contar... El bebé, mejor dicho; los bebés, nacieron como te digo uno en el interior del otro, y pasó lógicamente desapercibido, y aún vivió varios meses en su interior, después murió.
Sólo fue creciendo el externo, por decirlo de algún modo.
La explicación que da el cirujano es la siguiente: ¿Me escuchas?
¿Eso te dijo el doctor?
No, hombre, no, te lo digo a ti.
Pues como te decía, el doctor piensa que al estar el feto unido al cuerpo de su hermano, no lo rechazó, por eso no se descompuso, ni le produjo problemas.
Ha sido todo lo contrario, al tomarlo como suyo lo que hizo su organismo fue ir calcificándolo poco a poco al efecto.
Como así está... y gracias a una exploración de rutina le diagnosticaron el asombroso "embarazo"
¿Comprendes?
¡No!
Bueno, tampoco hace falta, redacta la crónica, y procura darle el mayor impacto.
Si queremos vender periódicos así tendrá que ser, Alfonsito.
En ese instante aparece Amaya en la cafetería, tan peripuesta y "emperifollá" como solía hacer habitualmente (No podía negar lo que era), y junto a ella, la "mosca cojonera", como él la llamaba.
¡Perdona Diego, tengo que dejarte!
Está bien Alfonso, pero mantenme en contacto, no te hagas tanto de rogar.
Haré lo que pueda, Diego.
Venga, un abrazo.
Otro para ti, que te vas sin decirme cómo van tus problemas.
Precisamente por eso te dejo, Diego, aquí viene uno de ellos, y además duplicado.
Ya te contaré. ¡Adiós!
Buenos días, que madrugador...
Claro, se me olvidaba que eres periodista.
Qué quieres ahora, Amaya.
¡UYG! Que poca cortesía con una dama.
Déjate de coñas. ¿Qué queréis?
¿Tampoco a ti te han enseñado en la "uni" a saludar, y dar los buenos días?
Amaya, me estoy hartando de esta farsa que te traes montada. ¿Se puede saber qué pretendes?
¡Si tú estás harto como dices, yo estoy más! ¡Te enteras!
¿Pero qué te he echo yo para que me extorsiones de esta manera?
¿Cómo se te ocurre decir que te estoy extorsionando? ¡Es tú hija!
Es imposible, y lo sabes perfectamente.
Tal vez, pero... ¿Cómo se lo explicas a tu hija María, y a esa directora... como se llame?
¡Eso lo sé yo, y basta!
No... no basta... señor Quijano.
Las dos rameras le rodeaban allí donde lo cogieron, en el rincón del teléfono, y ahora parecía que se ponían más drásticas en sus pretensiones.
Mamá...
¡Déjame hija!
¡Tú sabes lo que me ha costado criar a esta criatura!
Ni lo sé, ni me importa, acabas de reconocer que no es mía.
¡Yo no reconozco nada, mi chico! ¿Sabes lo único que reconozco? El color del dinero.
Sí, de eso estoy convencido.
¿Y sabes a cuánto ascienden los gastos tuyos... así por encima?
¡A diez millones!
¡Tú estás loca! ¿Crees que vas a salirte con la tuya? Pues te equivocas, no me preocupa lo más mínimo tu fantasía. Y te diré más, déjame en paz u olvidaré que eres una mujer.
¡Qué miedo!
Y tú, ¿cómo te has prestado a esta pantomima? ¿Cómo te has podido dejar engañar de esta manera? ¿No comprendes que es imposible probar que eres hija mía, puesto que no lo eres?
Me ha prometido cierta cantidad de dinero, y yo...
(La cortó radicalmente Amaya. Aquella niña hablaba demasiado, y podía arruinar sus planes)
¡Calla, Idoya! Te repito que yo soy la que hablo. ¡Tú, cállate!
¿Por qué no dejas que hable? ¿Té puede echar el "negocio" por tierra? ¡Claro, es más inocente que tú! ¡Tiene menos escuela!
¡Tiene menos leche!
¡Amaya, por favor... que eres una "dama"!
Diez millones, Alfonso, diez, o te juro que arruinaré tu vida, te crearé los mayores problemas que te puedas imaginar.
De una arpía, como tu espero eso.
¿No creerás que en ningún momento de mi vida he titubeado si tienes o no, corazón, verdad?
Me importa un comino lo que hayas creído de mí, ahora lo que me importa, es lo que pienso de ti.
¿Tanto me odias?
¿Odiarte? ¡Te desprecio, sí!
¡Tú tienes toda la culpa de que yo sea como soy, y esté como esté!
Y seas lo que eres, ¡claro!
No te engañes Amaya, tú has sido siempre lo que eres, y has estado como estás.
¡Mientes! Yo te quería...
Yo fui un capricho tuyo, y nada más. Fui para ti como un juguete para un niño. ¡Una ilusión!
No me querías... me deseadas, que es distinto, y yo jamás te amé. No podía, algo en mi interior me decía que no eras buena, y doy gracias al cielo por haberlo comprendido a tiempo, si no, en estos precisos instantes estarías haciendo exactamente igual, pero con razón.
Me extorsionarías, pero con un hijo de verdad. ¡Mío!
Tú eres como el escorpión hembra, que después de copular con su macho le clava el aguijón, y lo mata.
Amaya enrojecía de furia, y de rabia, sabía que todo lo que le estaba diciendo Alfonso era acierto, pero no podía, ni quería reconocerlo, su orgullo se lo impedía.
Además; era la ocasión de su vida, tenía que chantajear a Alfonso, y al doctor Ugarte, para que el negocio fuera verdaderamente lucrativo.
También en aquellos momentos, y mientras Alfonso estaba rodeado por las dos... (Démosle el calificativo que queramos, pues si es malo, les vendrá bien), se abría la puerta del ascensor donde bajaban Elisa y su hija María.
Elisa ya conocía a las dos mujeres, y le entró un escalofrío por el cuerpo al verlas, lo que no pasó desapercibido para María.
¿Te encuentras bien Elisa?
Sí, sí gracias... María.
Parece que hayas visto un fantasma, en lugar de ver a mi padre.
No, cariño, no es tu padre el que me da temor, sino las mujeres que están con él.
¿Con las que habla?
Así es, cielo, sí.
¿Quiénes son esas mujeres que te produce miedo Elisa?
Son esas rameras de las que te hemos hablado tu padre y yo.
¿Las chantajistas? ¿Las que me comentasteis anoche?
Sí, esas, esas son las dos brujas..
Que se traerán entre manos... vamos María tenemos que saberlo.
Deberíamos darle una lección.
Merecen un castigo, si, pero yo soy de las personas que creen, que es mucho más eficaz el castigo de Dios, que el de los hombres y mujeres.
Y recibirá su castigo la una, y la otra, no te quepa duda.
¿Ocurre algo Alfonso?
¡Hombre! ¡Digo, mujer! ¡La "estudiá"!
No seas satírica, Amaya, ya sé que se te da bien, y además te va.
Pero conmigo no te vale, ¿qué pretendes?
Mis pretensiones ya las he hablado con el padre de mi hija Idoya.
¿Sabes quién es?
Mira monina, otra afirmación, o insinuación así, y te saco los ojos.
Sí, claro, tu serías capaz, pero aquí no hay más hija de Alfonso que la que ves.
Tal vez esa que ves posiblemente sea la que no es suya, mira por dónde.
¿Qué insinúas, víbora?
Tú sabrás, Alfonso.
Esa es tan hija tuya como Idoya.
Por favor hija (dirigiéndose a María), te juro por lo más sagrado, que eres mi única hija, a la que quiero con toda mi alma.
No debes creer una palabra de lo que diga esa mujer. Es una vil chantajista, que pretende que le dé diez millones a cuenta según ella, de su crianza y educación.
¿Diez millones? ¿Pero estás loca, o que, Amaya?
Estaría loca si no exigiese mis derechos.
Eres una cínica y embustera, y creo que sería mejor que abandonases el barco antes de que se hunda, como las ratas.
No estés tan segura, "mona".
Papá, sabes que confiamos en ti, no permitas que se salga con las suyas.
No lo hará, cariño.
Diez millones es muy poco para ti, en cambio a mí me ayudaría a formar un hogar con ella, con tu hija.
¡Qué cinismo! ¿Cómo puedes insistir en eso, sabiendo que nadie te cree?
Ya te conté cómo lo pasábamos Alfonso y yo. ¿Recuerdas directora?
Me contaste muchas cosas, más propias de una ramera, que de una dama, la lástima para ti, es que no puedo creerte una palabra, ¿verdad que es una lástima?
Elisa cogió a Alfonso por la mano, y en la otra cogió a María, y sin dar más respuestas salieron por la puerta.
A Amaya se la llevaban los demonios.
Tenía los nervios crispados, las manos alzadas como garras, como una bestia salvaje.
Muy a su pesar, comprendía que había, o podía fracasar, sus intenciones no habían calado ni en su hija, ni en aquella directora.
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Capítulo LXXX
En la cabeza del compañero de María, sus retorcidas ideas que bullían en dudas e incertidumbres.
¿Habrá sido capaz de irse ésta mema?
No puedo consentir que me haga una faena así, es demasiado apetitosa para dejarla ir por las buenas.
¿Cómo se le habrá podido ocurrir marcharse con sus padres, cuando creí tenerla dominada?
No, no creo que se haya atrevido... ¿O, sí?
Será mejor que me asegure, quizás haya tratado de engañarme con su silencio cuando le recriminé su acción.
Con un frenesí desorbitado arrancó el motor de su cadillac, para dirigirse a su casa, y comprobar sus dudas.
Atrás había dejado aquella reunión tan importante, espeluznante y macabra, de sus negocios sucios.
Una reunión, donde al contrario que sus esbirros impecablemente trajeados, limpios, y perfumados él, seguía siendo el mismo Adán sucio, y mal vestido de siempre.
Allí en aquel almacén abandonado, se daban cita a diario Pancho y sus secuaces, en aquel sitio pestilente y sucio a las afueras de Nueva York, podía tratar de sus ventas, de todo tipo de narcóticos, y hacer las recaudaciones diarias en donde la lógica fallaba, aquel gañan sucio y apestoso, era el que daba las órdenes a los mafiosos trajeados, y el que recogía la recaudación de la zona este de la ciudad, que le traían aquella banda perfectamente organizada, y que tan macabramente distribuían aquel veneno por la ciudad entre los más jóvenes, en escuelas, institutos e incluso en escuelas de primaria, eso sí; las primeras dosis se las regalaban como "buenos chicos" que eran, pero sólo hasta que habituaban a los chicos, y venían a pedirla, por abstinencias y "enganche" a tal o cual sustancia. Después, era coser y cantar.
Una vez abonado el terreno para la mafia aquélla (como en todo el mundo), lo demás venía rodado, ya el precio lo ponían ellos, y aquellos jóvenes sin darse apenas cuenta caían en los maléficos y perversos planes del crimen organizado y mafioso de esas bandas.
A Pancho no le importó dejar la reunión, pues el dinero ya estaba en su cadillac, y sus esbirros sabían muy bien su "trabajo". (Una de las más viles ocupaciones del ser humano, como tantas otras: medicina, gobierno, religiones, políticas etc. donde los que aparentemente promueven una doctrina o política, debieran ser los que guiasen a este planeta hacia un futuro seguro, feliz, y la voluntad dominante tendría que ser por fuerza el saber, pero el saber en todas las mentes, en todas las conciencias de todas las razas, culturas, y capas sociales y sin embargo; es todo lo contrario. Llevamos al mundo... mejor dicho; nos obligan a llevarlo entre todos hacia un caos por tan diversos caminos, que nuestros mandatarios elegidos por la humanidad, a veces pienso que creen sólo en una vida, sí; en una sola, la de cada uno de ellos, sin pensar en sus hijos, en sus nietos, en las generaciones venideras que irán encontrando la tierra tan deshumanizada, que cada vez se van a ir viendo obligados a hundirla cada vez más y más, en ese abismo de donde jamás podrá salir la humanidad, y donde aunque nos parezca mentira, algún día el planeta azul se verá afectado por la sacudida inevitable de algún castigo a nuestras ansias de poder, y la explotación del hombre por el hombre, bien nos venga de algún ser superior, de alguna otra inteligencia universal, o incluso de nuestro propio planeta.
Sí, de él; tanto es el almacén de residuos nucleares, tantos vertidos incontrolados y nocivos para la fauna, y flora, e incluso para nuestras propias aguas subterráneas, tantas bombas, tantas guerras lucrativas para tantos, que... hasta podemos ver cómo un jefe de gobierno fomenta el racismo en su propio beneficio, cuando al pueblo le cuenta al cuento de Alicia.
¡Es inaudito! Lo siento, pero debía, tenía y quería decir todo esto, porque pienso que no sólo son drogas las que se fuman, beben, inyectan, esnifan, etc. No; hay una más dura, yo diría la más dura de todas las drogas, el espíritu obsesivo por el dinero, y el poder de los hombres, en lugar de tener afán por la cultura, la sanidad, el bienestar de todos y cada una de las criaturas que pueblan el planeta, desde el homo sapiens hasta la musaraña o el gambusino, y desde las fuertes encinas hasta la más tierna brizca de hierba, y desde el águila real de los cielos, hasta la criatura más insospechada que podamos imaginar viva en las grandes profundidades de los océanos. Esa; es la droga humana más dura existente. (Así nos va.) Un trabajo a veces tolerado por las autoridades, otras veces compensados en metálico en otros sectores, que bien por codicia, o tal vez por el miedo a esas bandas tan sumamente terribles y diabólicas, hacían la vista gorda, y cuando no era así, de vez en cuando algún valiente ciudadano, que plantaba cara, o se negaba a ser comprado, y utilizado para sus fines, sufrían algún terrible e inesperado "accidente."
Ese era el " negocio" del Panchito, un "Angelito de Dios".
El cádillac recorría a gran velocidad las carreteras secundarias de la red del estado.
Siempre solía hacer lo mismo, nunca circulaba por carreteras principales, era raro, pero aquel sinvergüenza no lo hacía por gusto, sus razones tenía.
Entre otras, la de pasar más desapercibido con su facha de enjuto borracho, y más aún, con las sumas de dinero y las cantidades de droga que habitualmente a diario transportaba.
No podía permitirse el lujo de caer en manos de algún policía honrado, dónde acabaría su vida de desapercibido ciudadano (aunque no honrado), para estar en todas las páginas de los periódicos como lo que en realidad era, y tan celosamente guardaba como su secreto más absoluto y oculto.
Por lo que vivía realmente seguro de sus fechorías, ahora; eran otras las preocupaciones de Pancho.
Al comprobar que en efecto, María había desaparecido, no se encontraba en el sitio donde él le impuso que estaría, en aquel mismo cuarto donde la abofeteó, y le insultó, donde le advirtió que no se fuese, o se arrepentiría.
Pancho cogió color carmesí, indignado, loco de rabia maldecía el cielo y a los santos, por la desvergüenza y el atrevimiento de María.
¡Maldición! ¿Cómo se ha atrevido? ¡Lo pagará caro, ya lo creo que lo ha de pagar! ¿Cree que puede dejarme a su antojo?
Si cree eso, no puede imaginarse cuán equivocada está conmigo.
Me ha de pagar caro su desfachatez.
Yo no consiento que una niñata se ría de mí. ¿Qué pensarán los que me conocen? Tal vez, algún otro se le ocurra también la idea de traicionarme, y no consiento que se ponga en duda mi autoridad.
¡Estaría bueno! Volverá conmigo aunque sea en contra de su voluntad. ¡Lo juro!
Aunque tenga que matar a ese periodista de mierda. Otro que me está tocando ya los pendientes de la Reina.
Absorto en su furia, desmedida y cobarde, tramando planes malévolos que pudieran serle útil para sus propósitos, se dirigía a toda velocidad hacia el hotel donde supuestamente sabía que se encontraba pernoctando Alfonso.
Su hija María estará con él, seguro.. .
(Se decía para sus adentros rabiosos)
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Para entonces, sólo quedaban en la cafetería del hotel amen de algún cliente, aquellas mujeres enfurecidas por la aptitud de Elisa y su forma de dejarla siempre plantada con la palabra en la boca.
Era indignante para ella, tanta era su soberbia y su orgullo, que esa forma de dejarla que tenía Elisa, le hería en su amor propio, y siempre la dejaba en una situación de impotencia y abandono, al no volver a dirigirle la palabra, una vez que quedaba encima de ella.
La directora Elisa Maldonado, como psicoanalista era una verdadera, conocedora de las mentes humanas y sus reacciones, emociones y sentimientos, por lo tanto a ella no podía manejarla, era dura, muy dura.
Pero ya caerás, "estudia". (Decía para ellas dos en voz baja.)
¿En qué estás pensando para ella, " mama".?
¡Calla energúmena!
Tampoco es para ponerse así, hija.
Idoya, si no quieres que en algún arrebato de éstos que me dan tan de tarde en tarde, o sea cada diez minutos, te saque los ojos... ¿Sabes que podías hacer?
¡Mujer! No te pongas así...
¡Ni mujer ni leches!
¡No me llames mujer, no me llames hija, y menos aún mamá!
Representa tu papel cuando, y como yo te diga, y fuera de tu papel mutis.
Está bien, está bien, ya veo que estás de buen humor.
Esa zorra me las pagará.
Le haré pagar a ella la muerte de Alfredo Idoate, estoy decidida.
Me presentaré como testigo, y la acusaré de ser ella la promotora material de la eutanasia.
Sí, será divertido, es más; pensándolo mejor...
¿Pensando en qué, Amaya?
Se me está ocurriendo...
¡El qué, dime! No me tengas así...
Si, eso es, si inculpamos a esta zorra de Elisa de ser la promotora e inductora de la eutanasia... y tuviéramos la suerte de que soltasen a Ugarte... incluso a sus colegas. ¿Qué crees que podíamos hacer nosotras?
¿Ser más ricas?
¡Exacto!
Pero... ¿Cómo?
Sencillo querida Idoya. ¿Tú crees que no nos pagaría también ese favor el doctor Ugarte, y quizás los otros dos médicos nos reconocieran en metálico nuestra labor benefactora hacia ellos?
¿Sabes que tienes razón Amaya?
Sí... es una idea genial... hasta yo misma me asombro de mis ideas, y ésta es, realmente buena... pero eso será después. Todo a su tiempo, ahora estamos con el periodista, y tenemos que terminar el trabajo, lo que no se, es cómo; pero ya lo pensaré.
En este instante, entraba Pancho por la puerta de la cafetería deseoso de echar un trago, antes de subir a por María a su habitación. Lo necesitaba, se sentía más decidido y envalentonado con dos copas.
Mientras lo hacía, Amaya e Idoya seguían cabilando la forma de acabar con el tema de Alfonso Quijano.
Pancho pregunta al camarero: ¿Cuál es la habitación de Alfonso Quijano?
Qué raro (responde el barman), me ha parecido oír " por favor".
¡Pues no lo he dicho! Te he preguntado por la habitación de Alfonso Quijano.
Está bien, no se altere.
No me altero, es que nací así, ¿sabes?
Dime. ¿Sabes dónde está?
Pues, no le puedo decir señor, se acaba de ir, pero sí está interesado, esas señoritas (apuntando a las dos rameras), acaban de estar con él. Quizá ellas le puedan decir dónde ha ido.
¡Dame otra ginebra!
¡Gracias señor!
¡Vete al carájo, tío!
Cogiendo el vaso que le había servido el camarero de Ginebra con hielo, se dirigió a la mesa donde se hallaban las extorsionadoras, y como siempre, fue Amaya la que llevaba la voz cantante.
¿Conocen a Alfonso Quijano?
¿Quién pregunta por el?
¿Es que importa mucho?
Hombre, pues...
En realidad, no lo quiero a él de momento, yo vengo buscando a su hija, ¿está con él?
¡Oh, su hija! Tú eres el hombre que convive con ella.
¡Oh, sí! ¿Y qué?
Creo que seremos buenos amigos.
¡Aún no me habéis contestado, maldita sea!
Siéntate, siéntate. (Le invita Amaya)
Creo que esto es el inicio de una buena amistad.
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Capítulo LXXXI
El roce de María con Elisa, era cada vez más continuo y agradable.
El trato de Elisa con su amiga María, era sutil, comedido y meticuloso, había que afrontar aquellos momentos con mucho tacto, cosa que para Alfonso no pasaba desapercibido, era evidente que habían congeniado bien, una buena chica como su hija, con una gran profesional de la medicina, y conocedora de los sufrimientos humanos.
Elisa era muy sensible respecto a todo aquello que pudiera herir la sensibilidad y los sentimientos de las personas, y en este caso, veía claramente que su hija para ella además era un caso muy especial, pues, amén del tiempo que les dedicaba y las promesas que les hizo a los dos, había abandonado su trabajo en el hospital por su hija.
A Ely, eso era algo que no le preocupaba, estaba convencida, y confiaba plenamente en sus equipos médicos, a excepción de aquel equipo del que ella sospechó desde que tomó la dirección de su hospital, a los que veía y observaba con extrañeza sus tejes manejes. (Como así fue, y el fatal desenlace que tuvo la eutanasia de aquel enfermo, que por error, y sin poder evitarlo, fue practicada en otra persona presumiblemente sana, el señor Alfredo Idoate.)
Prefería estar unos días de asueto al pie de sus amigos, a ella le vendría bien un descanso, estaría junto al hombre que amaba aunque fuera en silencio, un amor platónico, y por último, ayudaría a María en sus primeros días de abstinencia, pues ella sí necesitaría apoyo psicológico y mucha fuerza de voluntad para llevar a cabo la desintoxicación.
Caminaban los tres en dirección a la parada de taxis...
¿Qué os parece si hacemos el camino a pie, hace un día magnífico no creéis?
¿Qué dices tú, Elisa?
Me encantaría, me gusta pasear y lo necesito. Por mí...
¿Y tú, María? ¿Te apetece?
¡Claro, papá! Sabes que me gusta la vida sana como a ti...
Hubo unos instantes de total silencio en los tres.
Ya sé qué estáis pensando, papá.
No pensamos en nada, cariño.
Tu padre tiene razón, María, tenemos confianza en ti. Has dicho bien, te ha gustado siempre la vida sana, y te sigue gustando, lo que indica y corrobora mi teoría.
¿A qué te refieres, Elisa?
La teoría que te comenté, si comprendes que te gusta la vida sana, quiere decir que en efecto, la equivocación que cometieras en el pasado involuntariamente en ese infierno de las drogas, también comprendes que es mala, y absolutamente detestable. Por lo tanto, estoy convencida que tú ya sabes perfectamente cual es tu camino, y sé que volverás a él.
Gracias, Elisa...
Es justamente lo que pienso, una gran chica con una voluntad fuerte y arrolladora, conseguirá lo que se proponga.
María con claras muestras de afecto y emoción, sobre las palabras de elogio que le dirigía Elisa, se cogió al otro lado, y juntos los tres caminaban hacia el hospital donde se encontraba Eva, la madre de María.
Alfonso, al ver el cuadro que hacían, no pudo por menos que remover sus más íntimos sentimientos.
En ese momento pensó en su añoranza de tener su propia familia, lo que él siempre había deseado, su hija a su lado y... su mente dudaba a pesar del esfuerzo que hacía para pensar en Eva, aquella mujer que tanto amó, y tan desgraciada fue con aquel marido suyo tan canalla y sinvergüenza. Sin embargo; la figura que tenía delante cogida al brazo de su hija le producía más impacto emocional.
¿Que me ocurre? ¡Dios bendito, con todo el delirio de mi vida en estos últimos días, debo de alucinar!
¿Cómo puedo pensar en Elisa? Es una chica adorable, pero... y Eva. ¿Qué vida elegirá Eva? Estoy condenado a vivir sin ella, y lo que es más atroz, quizá nunca pueda alcanzar el amor de Ely.
¿Será el fatal desenlace de mi destino?
Me ocurrirá como a doña Leocadia Zuasti con sus hijos, destinada por la providencia a tener una vida inacabada.
Ella sin descendencia, y yo sin un verdadero amor, como mi amigo Jesús con Marta.
No debo pensar en ello, sea lo que Dios quiera, y me resignaré a su voluntad.
Sería feliz sólo conque María saliese de este infierno, y yo abandonara la angustia que me martiriza las 24 horas del día. Confío en que tenga voluntad suficiente y lo consiga, como asegura Elisa.
(Quiso cambiar de pensamientos, y conversar con su hija, y la directora su amiga Elisa)
A propósito, Elisa, sabes algo de Leocadia.
¿Leocadia?
Sí, doña Leocadia Zuasti... la señora de los Sectillizos...
¡Ah, si, si ahora recuerdo...!
¿Se terminó por restablecer emocionalmente?
Sí, completamente, ahora es una mujer relativamente feliz.
¿Por qué dices relativamente? ¿Es que no quedó recuperada del todo?
Sí, mentalmente está sana; es una mujer joven aún, y culminó con éxito su terapia. Me refiero, a que aún no tiene descendencia.
Es un matrimonio muy unido, pero aún no tienen hijos, aunque mis últimas noticias... es que ha vuelto a quedar en estado.
¿Fertilidad?
No, de la única forma natural, y es lógico que pueda resentirse su estado mental, primero por el temor de perderlo de nuevo, y segundo en caso de que así fuera, no podríamos evaluar su estado.
Tal vez le salga todo bien, y consiga ser una mamá feliz, a la que habría que premiar de algún modo su tesón y su afán de conseguir lo que cualquier otra madre, aún a costa del calvario, el sufrimiento, y las penalidades que han padecido sus carnes. Que no han sido pocas.
Te creo, Elisa, es una mujer muy valiente.
María sólo escuchaba, no conocía a Leocadia, y prefería observar y escuchar en lo que podía, porque... poco a poco según caminaban hacia el hospital, sus piernas le flaqueaban, y tenía que hacer un esfuerzo terrible para mantenerse en pie, y que ni Ely ni su padre advirtiesen la menor flaqueza en ella. (Era cuestión de amor propio)
Su padre y Elisa continuaban hablando de cosas, que para ella cada vez era más incomprensibles e irracionales, su voluntad se atrofiada por momentos.
El semblante blanquecino, los sudores fríos, y la sensación de mareo eran tan evidentes, que no podía disimularlo con absoluta certeza, ni tan siquiera estaba realmente segura si su actuación era real, o ficticia, por lo que era imposible para ella controlarse.
Por ese motivo, y al estar cogidos del brazo los tres, Alfonso y Elisa, hablaban mirándose por delante de María, lo que dio lugar a que los dos se percatasen del estado que presentaba, aunque ninguno quiso hacer ninguna referencia ni comentario al respecto, sólo aceleraron el paso, tratando de alcanzar el hospital lo más rápidamente posible.
Se dirigían directamente a urgencias viendo que a María, prácticamente la atraían en "volandas" y su estado requería atención sanitaria.
Nada más cruzar el umbral del centro hospitalario, María no pudo soportar su estado, y cayó desmayada sujeta siempre por su padre y Elisa.
¡Hija! ¡Por favor un médico!
Elisa arrodillada ante su cuerpo, le exploraba con mayor sangre fría dada su profesión, cosa que Alfonso ni pensó en eso.
(Llamaba nervioso a un médico, cuando a su lado llevaba a uno de los mejores)
Mientras enfermeros y médicos acudieron (cosa que hicieron con bastante rapidez), ya Elisa había conseguido diagnosticar con exactitud la dolencia de María.
Tranquilízate, Alfonso, no es más que el síndrome de abstinencia.
¿El síndrome de abstinencia?
Sí, ahora es cuando empieza a cargar con su cruz, esa cruz de mármol que supone el consumo de estupefacientes y que ella; y sólo ella, es la que tiene que quitarse de encima.
¡Dios mío! ¿Lo soportará?
Con nuestro apoyo y ayuda, lo conseguirá.
De ahora en adelante, nos debe de tener, y sentir a su lado. Tiene que fortalecerse con la moral que seamos capaces de darle, pero tranquilízate, no te tortures con ideas absurdas, que no te hará más que daño.
Sabemos que lo pasará mal, si; sufrirá, pero será poco tiempo, créeme.
Preferiría pasar yo ese infierno...
No tiene que verte afligido, Alfonso, tienes que ser el espejo de fortaleza que ella necesita ver, y estimule sus deseos de lucha.
Pero... ¿En qué tipo de encrucijada está mi destino, Dios santo?
Es algo más fuerte que yo, Elisa. No me acobardo fácilmente, ya me ves con Amaya y la otra, pero las injusticias y el sufrimiento ajeno es algo que me desgarra por dentro, no puedo ver sufrir a las personas, pero ahora es mi hija la que padecerá el insufrible castigo a su error, y eso me atormenta.
Te entiendo muy bien, Alfonso, yo soy una persona acostumbrada... podría decirse a las enfermedades, lo mismo física que psíquicas, o nerviosas en los enfermos y en su familias, y sin embargo no es así, jamás me acostumbraré a ver tanto sufrimiento en ellos y... ¿Sabes por qué? Porque el 80% de los casos son dejadez y abandono por parte de las autoridades sanitarias, que, a veces pienso que creen que un enfermo no lo está, hasta que está en su fase terminal, hasta entonces se les da muy poca, o ninguna atención médica, o sin saber, por falta de pruebas y atención como te digo, la enfermedad que padece, se le receta según lo que se cree que tiene, lo que es perjudicial, pues el medicamento en cuestión puede ser una bomba de aceleración para la enfermedad del paciente.
Pero esto es otro pilar de barro de nuestra sociedad, como tantos otros.
Sé lo que me quieres decir Elisa, y te comprendo muy bien.
Veo que tenemos muchas cosas en común. (Elisa ahora parecía ruborizarse, aunque Alfonso no notó cambio alguno en su estado)
Tengo que agradecerte tu apoyo con toda el alma Elisa.
No tienes, ni debes agradecerme nada, no hago nada que tú mismo no hicieras por mí en tu misma, o parecida situación.
Si... pero aun así, soy una persona agradecida, que comprende el esfuerzo que todo esto supone.
Superaremos esto juntos, Alfonso...
Sí, pero tu hospital necesita atención.
En absoluto, mi centro está en buenas manos, y ahora estoy de descanso.
Gracias...
No quiero oírtelo decir más. ¿EH?
Está bien, Elisa. Pero si necesitas algo de mí, no dudes en hacérmelo saber.
¡Sí claro! ¿Quién sabe? Quizás te tenga yo que agradecer más que tú a mí, algún día.
A propósito, Alfonso, quiero encargarme yo, de María.
¿Qué quieres decir Elisa?
Pues quiero ser yo, la que la cuide, y la vele por las noches.
No creo que deba permitirlo....
Yo sí lo creo, y es más; insisto, creo que soy la más indicada, puedo serle muy útil al doctor que la tienda.
Por otra parte, en un momento dado sé cómo actuar, no olvides que soy doctora.
No pudo competir contigo, eres asombrosa, y creo que tienes razón estando ingresada como lo han hecho.
Ely...
¿No iras a agradecerme otra vez...?
No, esa vez quizás fuera a decir algo distinto, pero la situación que vivían, y sus embrollados sentimientos, impidieron que Alfonso no pudiera articular más, que el nombre de la persona que tan desinteresadamente le ayudaba.
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Capítulo LXXXII
Recordemos que tuvo lugar el encuentro de Pancho con las dos prostitutas en la cafetería del hotel, poco después de que, tras la tan drásticas e insultante discusión que mantuvieron con Elisa, Alfonso y María, se quedaron solas con sus nervios enfurecidos por el odio, la rabia, y la impotencia de ver que quizás no consiguiesen nada por el camino que iban, mascullaban y maldecían su estado, después de que conocieran a la pareja de María.
Era una oportunidad que la propia casualidad ponía en su camino. (Así maliciosamente pensaba la malvada y retorcida mente de Amaya, viendo en éste, un aliado para conseguir sus propósitos)
¿Me quieres decir de una vez, donde puedo encontrar a María?
Tranquilo, amigo... te lo diremos, claro que te lo diremos... pero escúchanos con atención.
¿Qué ocurre con vosotras? ¿Me queréis tomar el pelo, o qué?
No, en absoluto.
Yo soy Amaya, y ésta es Idoya.
¡Qué me importa quien seáis!
Quizá quién seamos no te importe, pero... tal vez te interese saber que nuestros propósitos son, el de vengarnos de ese canalla de periodista, y de su hija.
Me parece que empiezo a entender por fin, cuáles son vuestras intenciones.
¡Vaya! Menos mal.
¿Insinúas, que podíamos...? Quiero decir... ¿Qué me ayudaríais a mí, en mis propósitos?
Sí, me di cuenta que tus intenciones podían ser muy parejas a las nuestras.
¿Qué tenéis pensado?
Amaya, quizá fuera mejor que no dijeses nada.
¡Calla! ¡Qué sabes tú, Idoya! Ya has podido comprobar que hasta ahora nuestros planes no parecen dar mucho resultado que digamos. ¿No crees que debemos actuar, y pensar en algo más? O eso, o el fracaso y la calle de nuevo. ¿Qué opinas?
¿Prefieres cumplir el propósito que nos ha traído aquí, o volver a tu vida pasada, a pasar calamidades, frío y vejaciones de cuatro mamones y degenerados en los suburbios y antros de siempre?
Bueno, está bien, Amaya, como quieras, si tan segura estas de lo que dices...
¡Pues, sí! Déjame hacer a mí, y no te arrepentirás.
Verás como el viaje en avión será más llevadero, si volvemos como tenemos que volver.
La maldita Amaya era mezquina y tortuosa, además de obligar con sus palabras a someter la voluntad de Idoya, encubría descaradamente con un lenguaje entre dos aguas que sólo ella comprendía, que hablaban del dinero.
Eso era algo que sólo a ellas dos les incumbía, en especial a ella, por eso se limitó a seguir el juego de la venganza en la persona de Alfonso sin más explicación, cosa que parecía no importarle demasiado a Pancho, a él sólo y, exclusivamente le interesaba su amor propio, y el hecho de que su autoridad como delincuente siguiese intacta.
No debía permitir que María se saliese con la suya, además; era un dulce tan apetitoso... y un capricho tan obsesivo para él...
Bien, cuéntamelo, Amaya. ¿Qué pretendes hacer?
Pues me gustaría hacerles todo el daño posible a esos canallas (seguía representando como siempre su papel de mártir), culpables de mis desgracias, de toda una vida de vicisitudes, tan terribles como las que he tenido que soportar.
¿Tenéis algún plan?
Pues estamos en ello, cuando has llegado.
¿Y bien?
En realidad, aún no se nos había ocurrido nada lo suficientemente malvado para mis deseos. ¿Se te ocurre algo a ti, Pancho?
¿Cómo sabes mi nombre?
Yo sé muchas cosas, amigo mío... conozco la vida de éstos que te interesan, y por supuesto sé, que María tenía una pareja con la que vivía bastante mayor que ella.
¿Si tú preguntas por María, insinúas que eres su pareja, y la estás buscando, cómo crees que puedo llamarte?
Eres muy lista, si, ya lo veo.
Está bien, comprendo vuestra postura con mis intereses, y por ese motivo, creo que me podéis servir de mucha ayuda.
Oye mono, tú tienes intereses, y nosotras el deseo de venganza al igual que tú. Así, que no pretendas que seamos tus ayudantes.
Si queréis que os ayude será a mi manera; o eso, u os vais al infierno.
Aquel hombre parecía que no se dejaba dominar, ni lo había hecho con María ( sino todo lo contrario), ni iba a hacerlo con aquellas dos arpías.)
De eso se dio perfecta cuenta Amaya, la profesora de la calle, aquella que había desgastado todo los rincones y esquinas de su ciudad con el trasero. Era una experta en conocer a ese tipo de hombres, pues a ella le había tocado vivir situaciones parecidas con los chulos de putas de su ciudad, amén de algún cliente sádico envilecido con el mismo don, por lo que para no perder sus esperanzas, y su trama tuviera un buen fin, necesitaba la ayuda de Pancho.
¡Tú mandas.!
¿Tú qué dices, ricura ?
(Dirigiéndose a Idoya)
Que sí...
¡Que sí qué!
Pues, eso, que... decides tú.
¡Bien! ¿Dónde han ido?
Pues supongo (respondió Amaya), que habrán ido a ver a la madre de María al hospital, ahora.
¿En qué hospital está, esa mujer?
En el hospital Santa Mónica.
Supongo que tardarán en venir, suelen acompañarle toda la mañana, y a veces no regresa el periodista hasta bien entrada la noche.
Eso nos viene que ni pintado.
¿Qué quieres decir Pancho?
Estoy pensando un plan para hacer desaparecer del mapa, del nuestro; quiero decir, a ese Alfonso.
¿No se te habrá ocurrido matarlo verdad?
No hace falta matarlo. Aunque me sería tan sumamente fácil hacerle ese favor...
No pretendemos matar a nadie.
Nuestros planes únicamente consisten en hacerlo sufrir y padecer tal infierno, que eso sí; desee estar muerto mejor.
Si lo matas, Pancho, no sufrirá, y quiero que aborrezca la vida, pero desde este lado, y no desde el más allá.
Idoya los miraba perpleja, era una chica que por circunstancias de su propia existencia se había visto involucrada en el mundo de la prostitución, pero, dada su edad y su propio carácter, no comprendía tan viles y tenebrosos propósitos.
¿Qué pretenderán estos dos? Son capaces de idear algo tan irreversible y maligno, que me compliquen también, de forma que pueda lamentar. ¿Por qué haría caso yo a esta mujer, Dios mío? ¡Está loca! (Se lamentaba Idoya)
Continuaba Pancho explicando su plan estratégico...
¡Claro, eso pretendo, Amaya!
Bien, escuchadme las dos... ¡Idoya, en qué piensas!
¡Oh! ¡ Perdón caballero!
¡Menos chufla, y escucha!
Pienso que la mejor forma de librarnos del periodista, para una larga temporada es la siguiente: ¿Qué creéis que podía ocurrirle si encontrase la policía gran cantidad de heroína en su habitación?
¿En su habitación? No comprendo...
Pues, es muy fácil de entender, Amaya, incluso para una mente tan estrecha y opaca como la tuya.
¡Oye, "cariño," sin insultar!
No te debes de sentir incómoda y molesta por lo que acabo de decirte, es un halago...
¡Que me perdonen todas las mentes vacías del mundo!
Amaya bufaba de ira con las insinuaciones tan directa de Pancho, pero se tragaba su orgullo, sabía que aquel hombre podía servirle muy eficazmente en sus propósitos.
Ya me llegará mi hora, y sabrás quien es Amaya Sanjurjo. (Se decía reprimiendo su rabia)
¿Has venido aquí para insultarnos, o para proponer algún remedio, que nos libre del periodista?
Pancho como hombre de mundo, se daba perfecta cuenta que sus palabras herían a Amaya, como también sabía, mejor dicho; se imaginaba, que era un hueso duro de roer, pues la veía con mucha soberbia, que debía controlar él mismo si quería que sus palabras fueron aceptadas como órdenes para ella.
Te repito Amaya, que aquí el que da las órdenes, soy yo, y así lo tienes que entender, y aceptar. ¿O.K.?
Amaya asentía con la cabeza.
Bien, eso está bien.
Como decía... si en la habitación del padre de María hallasen heroína, sería la ruina total para él.
¿Cómo pretendes hacerlo? Y... ¿De dónde sacaras la heroína?
De eso no debes preocuparte tú, eso es cosa mía.
Aunque tengas tan fácil el encontrar la heroína... ¿Cómo pretendes colocársela en su habitación? ¿No pensarás que la policía es tonta, verdad?
No, no lo creo. Pero si sé una cosa, que tengo yo más experiencia que vosotras.
¿Qué experiencia?
Bueno, olvídalo, tú y tu amiga seguid al pie de la letra mis órdenes, no os pido otra cosa, y si queréis deshaceros de ese hombre, ésta que os digo es la mejor forma, aquí en este estado la tenencia y tráfico de drogas está tan penado, que nos libraremos de él por muchos años creedme.
¡Comprendo! Sí, te entiendo muy bien ya se te ve, que sabes de lo que hablas.
¡Pues claro, chata!
Lo que no acabo de comprender, es, como vas a introducir la droga en su habitación sin que nadie sospeche nada, y mucho menos la policía. ¿Cómo se enterara la policía de eso?
Yo mismo los llamaré para decirle dónde, y quien esconde la heroína.
¿No crees que puedan reconocer tu voz, o localicen la llamada?
Mi voz no la van a reconocer, eso es seguro, y la procedencia de la llamada me importa un pito. La haría desde este mismo hotel, y cualquiera puede hacer tal cosa. ¿No crees?
Pues sí, eso es verdad. Pero... ¿Cómo aseguras que él, y sólo él, pueda haber escondido la heroína en su habitación?
Todo eso ya lo tengo pensado, no es cosa que me preocupe.
Os aseguro que cuando la policía entre en su habitación, la puerta permanecerá cerrada por dentro, lo que no da lugar a dudas de que ha sido él mismo, quien ha cerrado la puerta al salir, nadie más tiene llaves, excepto la chica de la limpieza, que como comprenderás estará fuera de toda duda su inocencia.
¡Eres un genio! Si consigues hacerlo como dices, y llega a ser un éxito tu plan... eres un genio.
Creía que eso ya lo habías notado antes.
¡Pues no, mira! Hasta ahora no habíamos caído.
Le volvía la vena irónica a su majestad la Amaya.
Bien, como veo tu encantadora forma de estar de acuerdo con mi estrategia, lo mejor será que pongamos manos a la obra. ¿De acuerdo?
¿Quieres decir de hacerlo ya? ¿Ahora?
Pues claro, pánfila, ahora, ya, que para luego es tarde.
Vosotras esperadme aquí mientras hago algunos preparativos.
Regresaré en unos minutos, pero estaos aquí cuando vuelva, que os necesito.
¡Está claro!
Viendo el carácter (sobre todo con las mujeres, con Alfonso no le habría valido), de aquel hombre y, comprendiendo que el plan era bueno, Amaya aceptó con la cabeza, además (pensaba); veo que mi compromiso con la táctica de Pancho no me implica en absoluto, ni a mí, ni a Idoya.
¡Me gusta!
Ahora vuelvo, ahí quietecitas. ¿Eh?
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Entretanto como sabemos Alfonso y Elisa, atravesaban otro avatar de sus vidas.
La iniciación del síndrome de abstinencia de María, siendo atendida e ingresada en el mismo centro hospitalario donde se hallaba su madre.
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Pancho vuelve a coger su cadillac, y pone dirección a su casa, aquel lugar tan lúgubre, hediondo y sucio, al que le llamaba casa, donde después de apartar algún mueble (que sólo él sabía), pudo acceder a una pequeña habitación secreta que daba acceso a un gran sótano instalado en toda la superficie de la casa, donde guardaba todo tipo de estupefacientes, y en gran cantidad.
¿Cómo un pelagatos de su calibre podía almacenar aquel arsenal de muerte?
¿Por qué siendo un gañán en el vestir y en el vivir, era él, el que daba las órdenes a aquellos trajeados, perfumados con gafas oscuras, y apariencia de mafiosos?
¡Increíble! ¿Qué secretos escondería aquel malvado como él, y despiadado Pancho?
Con gran habilidad y rapidez, no dudó en coger uno de aquellos paquetes protegidos de la humedad por algún sistema plastificante, y salir de nuevo en dirección al hotel donde confiaba que las dos rameras hubiesen obedecido su orden.
Esperaban, en efecto, era tal el ansia de venganza de Amaya, que viendo su plan tambalearse no dudó en agarrar el primer clavo ardiendo que se presentó.
Y además; confiaba en que todo aquello saliera bien, el canalla de Pancho sabía lo que hacía.
O al menos eso creían las dos.
Veo que sabéis recibir un mensaje.
Decía Pancho portando el tal paquete bastante bien disimulado en una caja de zapatos que, previamente colocó.
¿Lo traes?
¿Es que lo dudabas, Amaya?
No... no, no. Claro que no.
Parece que te había notado cierta duda sobre mi capacidad de planificación.
¡Confiamos en ti, corazón!
Eso está mejor. Vosotras sólo tenéis que vigilar que no aparezcan y me encuentren dentro. ¿O.K.?
Si alguna ve aparecer al periodista, o a María... incluso a esa tal Elisa, que la otra me avise de inmediato en la puerta de la habitación, con dos golpes.
No me costará mucho, pero tenemos que asegurarnos que todo sale según mis ideas.
¡Andando! Una en el hall, y otra al aparcamiento. Y no quiero errores. ¿Está claro?
Es un trabajo fácil el que nos corresponde, confía en nosotras y suerte.
La suerte no existe, chata, la hacemos nosotros.
¡Venga, a vuestros puestos!
Las dos obedecieron con cierta rapidez, y visiblemente algo nerviosas.
¡Era el momento!
Los minutos se hacían eternos temiendo la aparición de alguno de ellos, que pudiera dar al traste con el plan, pero por fin respiró Amaya profundamente, al ver llegar a Pancho sonriente, con aquella sonrisa entre sarcástica y diabólica que dibujaba habitualmente su cara, sólo que ahora el gozo hacía que fuera más cruel y sádica.
No te pregunto nada, Pancho, tu cara es un espejo. ¿Eso significa...?
Qué tonta eres, Amaya. ¿No decías que confiabas en mí?
Sí, claro, pero...
¡Sin peros...! Perfecto, me ha salido, sencillamente genial.
¡Bien! ¡Jódete cabrón!
A ver cómo sales de esta, Alfonsito.
No te emociones, nena, que aún no hemos acabado.
¿Pues?
Aún queda dar a conocer la noticia a los propios interesados en conocerla. ¿O no?
Sí, claro, se me olvidaba.
Busca al piojo mientras yo hago las llamadas, tiene que ser desde el hotel para que sea verosímil en su totalidad, y el plan sea perfecto.
¡Qué digo perfecto! ¡Genial!
No dudó un instante Amaya en obedecer la orden de Pancho, tanta era su alegría de ver sus sueño cumplidos, que su malvado y cruel corazón experimentaba las mayores sensaciones de felicidad que jamás sintió por ninguna otra cosa.
Rinng ...rinng ...rinng...
Jefatura de policía, ¿dígame?
Hemos descubierto en la habitación del señor Alfonso Quijano, un paquete sospechoso que creemos podría contener alguna sustancia prohibida, por favor tienen que venir a ver de qué se trata.
¿Quién habla, por favor?
Perdone usted que no le diga mi nombre, no quiero involucrarme en nada sucio.
¿Desde dónde nos llama?
Pues...
La policía trataba de mantener al aparato el mayor tiempo posible la llamada, con idea de localizar su situación, aquel hombre parecía dudar en sus respuestas.
¿Cómo me ha dicho que se llama el sujeto?
Alfonso Quijano, señor.
Y, qué cree que contiene dicho paquete.
Exactamente no lo sé, señor, lo vi entrar con él bajo el brazo cuando venía del hospital de ver a la madre de su hija. ¿Qué hija? ¿Tiene alguna hija?
A Pancho, también le interesaba que la policía localizase la llamada.
Como experto en los temas relacionados con las autoridades, sabía muy bien que justo en aquellos instantes, era eso lo que pretendía la policía.
Localizar la llamada.
Sí, señor, tiene una hija con esa mujer llamada Eva, que se encuentra hospitalizada en el hospital Santa Mónica...
¡Dónde esta, Alfonso Quijano en estos momentos? ¿Me lo puede decir?
Lo vi salir hace rato, supongo que habrá vuelto al hospital.
Está bien, tranquilícese, y dígame de qué hotel me habla.
Lo siento, me da miedo, ya sabe... mi familia... mis hijos.
¡¡Clic!!
Sin otra explicación, después de comprender que habían tenido suficiente tiempo para localizar la llamada, Pancho colgó el auricular con aquella diabólica sonrisa dibujadas en su rostro.
Ya está. Seguro que aparecen aquí, de un momento a otro.
Lo que Pancho no podía imaginar a pesar de su experiencia delictiva, es que la policía gravase aquella conversación, tan burda e insignificante como era un aviso de sospecha sobre algo que quizá no fuese ni real.
Pero en la jefatura policial, incluso aquello que el truhán consideraba tan insignificante como era un aviso de sospecha sobre algo que quizá no fuese ni real, fue grabado.
Pero en la jefatura de policía, incluso aquello que el truhán consideraba tan insignificante, la autoridad decidiría después de volver a oír la cinta, si era merecedora de crédito o no.
Claro que, con tantos datos y nombres que dio, fue efectiva para sus planes, pero... ¿Lo sería para él?
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Capítulo LXXXIII
Aquella mañana fue una de las peores en la vida de Alfonso Quijano, llevaba algún tiempo sufriendo los revés del destino en sus propias carnes, pero aquella mañana era excepcionalmente dura para él, su hija María empezaba a soportar el infierno de la abstinencia.
Elisa le apoyaba y asesoraba sobre las consecuencias de las drogas, y el posterior calvario que padecería María.
Como Doctora; pudo adelantarle, que al menos no sería mucho tiempo, por la fuerza de voluntad y el tesón que a su juicio poseía su hija.
Entre tanto como sabemos, María fue subida e ingresada en planta con un tratamiento de emergencia para estos casos, aún hacía falta que el doctor de toxicología la examinara, y pudiera evaluar el grado de drogas en sangre, para posteriormente extender el diagnóstico adecuado, y el tratamiento a seguir.
En tanto en cuanto esto ocurriese, Alfonso y Elisa debían esperar, por lo que decide visitar a Eva.
¿Qué te parece si visitamos a Eva, Alfonso?
No quisiera apartarme de mi hija...
Debemos esperar aún los resultados de ciertos análisis, y que el doctor la examine.
Sí, creo que tienes razón, está bien atendida, y hemos venido a eso, a ver el estado de su madre. ¡Vamos!
No sufras por María, Alfonso, ya te he dicho que es una chica admirable, y conseguirá lo que se proponga.
Tenemos que agradecer al cielo que haya sido ella la que comprendiera el porvenir que le esperaba, eso significa bajo mi punto de vista, que no es mucho el tiempo que lleva "enganchada" a esa porquería.
Sí, claro. No sé qué habría hecho sin ti.
Alfonso...
Perdona, no he dicho nada.
Ya en la planta donde se encontraba Eva, se observaba cierta seriedad en el ambiente y algún médico o enfermera por los pasillos, por lo que pudieron adivinar, que aquél era el momento en el que los doctores realizaban sus visitas diarias.
La puerta de la habitación número 51 se encontraba en esos momentos abierta, por lo que no hizo falta llamar.
¡Buenos días!
¡Ah, ola, señor Quijano! ¿Señorita Elisa? ¿Qué tal, como está usted?
Bien, gracias doctor. ¿Cómo se encuentra Eva?
Ya les dije que era una perfecta luchadora, y no me ha defraudado.
¿Quiere decir, que mejora su estado?
En efecto, doctora. Reaccionó perfectamente al tratamiento. Pronto podrá hablarnos.
Me alegro de todo corazón.
Señor Quijano, le encuentro preocupado, ya le digo que su estado mejora notablemente, quizá mañana desaparezca su estado de coma, ya es cuestión de tiempo su recuperación.
Comprendo, doctor.
¿A qué viene esa cara, pues? Debería alegrarse. ¿No es así?
Sí, sí claro, me alegro por Eva. ¡Cómo no!
¿Entonces?
Acabo de ingresar a su hija... a mi hija por urgencias.
Lo lamento, Sr. Quijano. ¿Es algo grave?
Según la doctora Elisa, no.
La abstinencia que sufre podrá soportarla, es joven, y acepta su situación.
¡Las drogas! ¡Malditas drogas! Pero eso es un gran paso para ella. El haber reconocido su error.
Sí, eso creemos.
Pues esté seguro que lo conseguirá.
Eso espero, doctor Smitz. ¿Que me puede decir de las secuelas de Eva?
Ahí, siento tener que ratificarme en lo que le había comentado.
Las esperanzas de que pueda recuperar la memoria son escasas, y es más; según el punto concreto donde fue, creo que su cerebro podría sufrir ciertos ataques, o perdida de oxígeno, que conllevaría una especie de desmayo, por lo que necesitará la aplicación de unos electrodos especiales que le vuelvan a reactivar las funciones cerebrales antes de 3 minutos, si no es así, podría ser grave para ella.
¡Dios! La tendremos... ¿Pero cómo?
Tranquilícese Sr. Quijano, dicho así parece grave, muy grave, pero es algo muy sencillo de practicar, créame.
Sí, pero... ¿ Podrá hacer, una vida normal?
¡Pues claro! ¡Completamente! Sólo tiene que mantenerse en las cercanías de un centro sanitario, o incluso en él.
¿Qué quiere decir, doctor?
Pues, que según los documentos que portaba en su bolso el día que ingresó, pudimos saber que cursó los estudios de auxiliar médico.
Sí, en efecto, así es.
Pues, ya pensaremos algo para ella, aún es pronto para sopesar los pros y los contras de su estado. Confíe en nosotros.
Está en uno de los mejores centros, equipados de profesionales y medios técnicos suficientes para cualquier eventualidad que pueda presentarse.
Lo mismo le digo de su hija, señor Quijano, la atenderá el doctor Daniel de Marcos, que a pesar de su juventud, es uno de los mejores profesionales en psiquiatría y toxicología, que pueda haber. ¡Se lo aseguro!
Gracia, doctor, no sabe cómo le agradezco sus palabras.
¡Animo! Sr. Quijano, demos tiempo. ¿De acuerdo?
Alfonso asentía con la cabeza poniendo en clara evidencia el sentir de su corazón. Aquel corazón de padre estremecido por el sufrimiento de su misma sangre.
Lo que no pasó desapercibido para Elisa, que tras reflexionar unos instantes sobre el dictamen del doctor y, valorar su propio juicio, junto con sus sentimientos, no podía hacer sufrir más a Alfonso.
El Vía Crucis que para él suponía, era aterrador y ella como psicoanalista había tenido suficiente tiempo al lado de él, como para saber que su psiquis era lo más vulnerable que tenía, a pesar de la apariencia externa que indicaba todo lo contrario. Sobre todo ahora, que las desgracias las vivía dentro de su casa.
Ella misma se veía afectada por las mismas razones.
Muchas gracias, por su atención, doctor. Smitz.
No hay porqué darlas señorita, a su disposición para lo que se les ofrezca.
Dando los primeros pasos hacia la puerta de salida, hizo que Alfonso comenzara a andar tras ella.
Le agradezco mucho su interés, doctor Smitz.
Cuídese Sr. Quijano, lo necesita.
¡Adiós, buenos días!
Los dos bajaron en silencio. El ascensor se hacía inmenso, y la soledad infinita que se dibujaba en el rostro de Alfonso, lo inundaba por completo.
Tras la conversación atroz y espeluznante del juicio de valor, que el doctor dio al porvenir de Eva, cualquiera se habría derrumbado, incluso él.
Fue de lo peor que podía haber escuchado, a Eva la perdía sin remisión.
¿Sería su sino? O... ¿Sería su castigo?
¡Santo Dios! Mascullaba entre dientes.
Ely al salir del hospital y ver a su amigo tan sumamente afectado, después de comprobar que su cuerpo parecía pararse poco a poco, como si no pudiera arrastrar aquella carga tan pesada, no dudó en darle la mano apretando con fuerza la de éste, transmitiéndole una admirable fortaleza como sólo el verdadero amor puede hacer.
No es lástima (pensaba Elisa), creo que amo a este hombre. Su corazón es tan grande, que puedo percibirlo fuera de su pecho.
Pero... ¿Qué ocurrirá con mis sentimientos por él? ¿Me amará él también, o pertenece su corazón a Eva?
Soy un juguete del destino. ¡Dios bendito!
¿Qué pensará Eva, cuando se recupere?
Volverá a su lado, y yo a mi hospital.
¿Qué sensaciones son éstas, que me inundan de dudas, y hacen estremecerse a mi alma ante la incertidumbre de perderlo?
Ahora soy yo, ahora soy yo la que me siento morir, pero no debo flaquear, Alfonso me necesita como doctora y amiga nada más, debo ayudarle y lo haré.
¿Te encuentras mejor, Alfonso?
Con la mano cogida por Elisa, y sin apenas darse cuenta que en efecto lo llevaba de la mano, contestó, y siguió caminando.
Sí, sí, sí. ¡Claro! Esto son palos que da la vida...
Pronto acabará todo, Alfonso, y podremos volver a nuestra ciudad todos sanos y salvos. ¿No crees?
¡Cómo echo de menos la paz de mi estudio, mis libros, mis pinceles...
¿Puedes creer Elisa, que hasta he dejado de escribir?
Mi bloc, y bolígrafo bic que me acompañaban a todas partes, no sé ni donde están... antes, de todo tomaba notas, sobre cualquier incidente o comentario... que después los modelaba y les daba forma componiendo aquellos poemas, sobre el campo, las flores, los seres vivos, las cosas más insignificantes, y las más grandes, como el amor.
Ahora, tal es mi desorden mental y mis preocupaciones, que apenas si puedo hilar mis ideas para definirlas en palabras...
Lo comprendo, Alfonso. Conozco la zozobra que sacude tu vida, y te puedo entender.
Ely...
¿Sí?
¿Te das cuenta, que en los días que hace que estamos juntos te conoces a la perfección casi toda mi vida, y yo aún no sepa nada de la tuya?
¿Cómo puedo estar tan ciego que jamás he preguntado...?
¿El qué?
Pues no sé... de donde eres, si tienes padres, cómo se llaman, donde has estudiado, si tienes novio... no sé... tus gustos, tus aficiones...
Tus problemas.
No sé, si podré responder a tantas preguntas a la vez... mi vida es tan aburrida y monótona, en el hospital siempre lo mismo... siempre igual.
¡Pero tendrás otra vida, la privada!
Sí... como todo el mundo, pero no quisiera...
Por favor, Elisa...
¿Qué quieres saber en concreto, Alfonso?
Pues no sé, que me hables de ti, me gustaría conocerte mejor.
Sin darse cuenta, su subconsciente trabajaba por sí solo.
Pues, me gustan las flores, el campo, la naturaleza, soy una ferviente luchadora ecologista a favor de las especies, incluida la humana, tengo padres, me gustan los detalles, mis aficiones son el patinaje y el esquí, me apasiona la natación, y no tengo novio... aunque estuve casada.
¿Has estado casada?
Sí, duró poco tiempo, la experiencia no resultó y rompimos.
¿Qué ocurrió?
La cara de Elisa no parecía ser la misma, que sin poder remediarlo entristecía por momentos.
¡Ely! ¿Estás bien? (Dijo Alfonso, apreciando el cambio en su estado de ánimo)
Sí, perdona Alfonso, no debí contestar a tus preguntas.
Por qué, ¿qué ocurre?
Te he mentido.
¿Qué quieres decir? ¿No estuviste casada? O... ¿Es que aún estás?
No, no es eso. Te he dicho que rompimos, y no debía haberlo dicho, lo siento.
No comprendo Ely. ¿Qué quieres decir? ¿Qué estás cansada.
Con cara apenada como escondiendo un gran sufrimiento, Elisa no pudo eludir el tema y se vio obligada a continuar.
Fue un gran hombre, y lo amaba, si; lo amaba como hasta entonces no amé a ningún otro hombre.
Era un hombre atento, amables, educado y simpático, a su lado era difícil sentirse mal, fue la etapa más feliz de mi vida.
¿Por qué dices fue, y era? ¿Qué ocurrió?
Su profesión le obligaba a hacer muchos kilómetros diarios, pasaba muchas horas en la carretera...
Ahora, las lágrimas afloraron a los bellos ojos de Ely que, como gotas de rocío sobre una rosa, así se posaba sobre las sonrosadas mejillas de la directora.
Aquella mujer tan segura de sí misma, en esta ocasión al recordar su pasado, no pudo evitar que la flaqueza de su espíritu emanase de lo más profundo de su ser hasta sus ojos en saladas y amargas lágrimas, las sinceras experiencia de un corazón herido por el amor.
¿Insinúas... que murió en accidente de circulación?
Elisa sólo humilló el rostro enjugándose las lágrimas que le abrasaban la piel.
¡Oh, Ely! No sabes cómo lo siento...
Lamento haberte hecho remover tu pasado.
Alfonso conmovido por el sufrimiento de Elisa, la estrechó entre sus brazos diciendo: Lo siento, lo siento perdóname. No debí hacerlo.
Tú no podías imaginar...
Se sentía conmovida y reconfortada por aquel abrazo, que ella tanto deseaba.
Eres admirable, Elisa.
Soy un ser humano, nada más.
Sí, que se resigna a sus amarguras y sus tristezas, mientras remedia las penurias de los demás con la entereza que lo haces tú.
Siento como te afectan mis problemas, y como me ayudas, y sin embargo has sufrido, o sigues sufriendo tu cruz.
Ahora, es cuando Alfonso apreciaba la hermosura de aquel rostro que contemplaba, también azotado por la talla del destino.
Aquella chica pizpireta y campanera, siempre alegre, haciendo feliz a todos los que le rodeaban, que jamás se quejó de nada, y dedicaba su vida en pleno por los necesitados y enfermos, jamás le había despertado ningún sentimiento más allá de la amistad pero... ahora aquellas manos que sujetaba con las suyas le transmitía ciertos escalofríos que hacía que su espalda se erizase y se estremeciese su ser en conjunto, mirando sus ojos y contemplando aquel rostro que adornaba unos labios carnosos, perfilados, y aparentemente a juzgar por sus sonrosadas mejillas, dulces y ardientes.
Capítulo LXXXIV
Aquel instante de intensa pasión sentimental entre los dos, fue tan sorprendente e inesperado, que se quedó en ese lado de la balanza donde ninguno de los dos se atrevió a desequilibrar.
Alfonso, por la incertidumbre de su supuesto amor hacia Eva, y todos aquellos acontecimientos tan desagradables por donde en aquellos momentos cruzaba su vida.
Elisa, por el temor a caer en el pecado que suponía para ella, cruzarse entre las vidas de aquellas dos personas que aparentemente se amaban.
Debía dejar al tiempo actuar, y ese mismo tiempo sería el encargado de remansar las aguas, que en aquellos momentos parecían tan turbulentas, y bravas.
Sería alrededor del mediodía de aquel que sería el más duro, demencial e insospechado para Alfonso, de toda su existencia, hasta entonces.
¿Te parece bien (dijo Elisa), si te acompaño al hotel, comemos y regreso con María, Alfonso?
Tuvo que romper el encanto del momento ella, la más conscientes del peligro que suponía mantener sus cuerpos tan cerca, y permanecer cogidos de las manos mirándose apasionadamente a los ojos.
Como quieras, Elisa.
Tras soltarse las manos tímidamente, y con desganas, los dos emprenden regreso al hotel andando; el día era especialmente claro, tibio y se respiraba un profundo y majestuoso esplendor en el aire.
Según paseaban, el silencio se resquebrajada más y más, por el ensordecedor ruido de sirenas y bocinas que minaban y traspasaban el aire como saetas.
¿Qué crees que ha podido pasar, Elisa?
Posiblemente algún accidente, suenan ambulancias, y coches de policía...
Pues parece haber ocurrido cerca de aquí, lo que haya sido.
Sí, eso creo, cada vez se escuchan más próximas.
¡Dios santo! Gritó Alfonso, después de observar de donde procedía todo aquel jaleo ensordecedor de sirenas.
Lo que haya sucedido parece grave, Elisa, y no hay duda de que es en nuestro hotel.
Sí, ya veo... ¿Será algún incendio?
No parece que haya humo en ninguna zona del hotel.
No tardaremos en saber qué ha ocurrido, espero que no sea nada irreparable, a pesar del espectáculo que vemos.
Varias ambulancias, y otros tantos coches de policía, habían acordonado la entrada y salida del hotel, con las luces de emergencia encendidas, en un incesante ir y venir de gentes, y personas sanitarias visiblemente nerviosos por lo sucedido, esperaban la llegada de alguien, quizá el juez.
¿Habrá muerto alguien, Alfonso?
Por un muerto me extraña que se arme este alboroto... quizá por un crimen...
Alfonso no pudo imaginar lo acertado que estuvo en su teoría, hasta no entrar en el hotel donde pensaban comer.
Los agentes, en su papel de controladores, no permitían la entrada ni salida de nadie, lo que hizo que le cortaran el paso al entrar al hall, aquel seboso calvo y con gafas, tranquilo como un mastodonte.
¡¡Alto!! ¿Dónde cree que va amigo?
¿No sabe que no está permitido el paso, en tanto en cuanto no levante el juez el cadáver?
Lo siento, agente... no sabía...
¡Documentación, por favor!
Sí, como no. Faltaría más. ¡Tenga!
¡O sea, que es usted!
Sí, claro, yo soy.
¿Tiene el valor de no negarlo?
¿Negar, qué, agente?
Queda usted detenido, señor Quijano.
¿Detenido yo?
¿Se puede saber, qué clase de locura es esta?
Elisa, no salía de su asombro, callaba y estudiaba los acontecimientos que se sucedían unos a otros, como eslabones de una cadena.
¿Qué sucede aquí? (Se preguntaba mientras el agente continuaba con su detención.)
Esto no es ninguna locura Sr. Quijano, como puede ver es perfectamente racional que yo le detenga.
¿Pero, por qué? ¿Qué delito he cometido?
La locura, Sr. Quijano, su locura.
¿Yo, loco? ¿Pero, que está diciendo?
Tiene que haber algún error.
Sí, en efecto, lo hay, el suyo, Alfonso Quijano.
Primero llama locura a una detención legal, y ahora llama error a un asesinato.
¿Quiere decirme alguien que ocurre, por favor?
Mientras le ponen las esposas, el policía le lee sus derechos.
Alfonso Quijano, queda usted detenido por tenencia ilícita de estupefacientes en su dormitorio, y por el asesinato de la doncella encargada de la limpieza de su planta...
Otro sueño. ¡Esto debe ser otra pesadilla! ¡No puedo creerme que esté ocurriendo esto!
¡Ely! ¿Qué sucede? ¡Dime que no es cierto! ¡Que no es real, lo que está sucediendo!
Tan confundida como él, su garganta se encontraba atenazada por la angustia y la impotencia que suponía la sorprendente detención de Alfonso, y por tan terribles hechos.
¡Un asesinato! ¡Dios, bendito! ¿Pero cuándo? ¿Cómo? Si Alfonso es incapaz de matar una mosca. ¿Cómo le pueden atribuir a él un asesinato? Y a una doncella... ¿Qué motivos tiene Alfonso, para matar a una doncella?
¿No tiene bastante ya con todo lo que soporta su espíritu?
Alfonso fue conducido al lugar de los hechos, a su propia habitación, para formalizarle la detención del sospechoso al inspector que había sido encargado de esclarecer los hechos de aquel misterioso crimen, de un aparente traficante de heroína, en la persona de una camarera.
¿Inspector Eliott?
¿Si, agente?
Acabamos de detener al sospechoso, señor.
¿Me quiere decir, que ha detenido en tan sólo unos minutos al autor material del crimen, agente?
Así parece, señor, el detenido, señor Alfonso Quijano (señalaba el agente con el dedo a Alfonso), el inquilino de esta sala señor.
¡Gracias, agente! ¡Puede retirarse!
¿Señor Quijano?
Ese es mi nombre, pero creo que cometen un grave error.
¿Usted cree?
¡Por supuesto! ¿Cree que yo sería capaz de asesinar a alguien?
Mi deber y obligación, es no creer hasta no ver, ¿comprende?
Si fuera usted tan amable de explicarme qué ocurre, quizá fuera más fácil para mí defenderme.
Pues, siendo el asesino como usted dice, sé menos que usted de lo que yo mismo he hecho.
¿Me quiere decir, que ha ocurrido aquí?
Quizá sea usted señor Quijano, de esos malhechores que previenen de antemano su coartada haciéndose el idiota.
Creo que merezco mayor respeto, inspector, no le consiento un insulto.
Le vuelvo a rogar que me haga partícipe de los hechos, pues estoy tan aturdido y asombrado, que no le podría contestar a sus preguntas si no sé, de qué me está hablando.
¡Está bien! Sr. Quijano... es usted el primer, y único sospechoso del asesinato de la limpiadora.
Sí, han asesinado a una chica, eso lo sé.
¿Pero cómo? ¿Por qué? Yo llevo toda la mañana en el hospital Santa Mónica con mi hija, y esa amiga que me acompañaba, y no comprendo...
Su coartada es buena Sr. Quijano, pero... ¿Cómo explica usted sus huellas en el arma homicida?
¿Qué arma?
El revólver que disparó la bala segando la vida de una inocente chiquilla.
¡Oh, no! (Alfonso recordó el revolver de Pancho, el que le quitó del respaldo de la silla el día que le fue a advertir, que dejara en paz a su hija.
Le juro inspector, que jamás he disparado ese arma.
¿Pero reconoce que es suya?
No, tampoco.
¿Está usted jugando conmigo, Sr. Quijano?
¡De ninguna manera, mi situación no es precisamente para tomarla a broma, ya tengo bastantes problemas en mi vida privada.
Le repito, que ni es mía, ni he disparado nunca un arma de fuego.
¿De quién se supone que es el revólver?
Se lo arrebaté a un tal Pancho.
¿Quiere decir que se lo robó?
¡Maldita sea! ¿Se puede saber, por qué tergiversa mis palabras?
Tranquilícese Sr. Quijano.
Estoy tranquilo, gracias.
Insisto, le arrebaté el arma a un hombre llamado Pancho, cuando pretendía usarla contra mí.
Que motivos tenía ese Pancho, para usar el arma en contra suya.
Era... bueno, hacia pareja con mi hija.
Explíquese mejor.
Pues sencillamente que vivían juntos, a mí no me pareció una buena persona, y traté de persuadirle de que siguiera con ella. Quería que la dejase en paz, ese tal Pancho es un mal bicho y un delincuente.
¿Es ése tal Pancho, el que le suministra a usted la heroína?
¿Está usted loco, o quiere volverme a mi?
Le he hecho una pregunta, señor Quijano, y espero su respuesta.
¡No puedo creer que piense eso de mí!
¿Se la suministra él?
¡¡No, no, no,!!
Inspector Eliott... he venido a Nueva York, para sacar a mi hija de ese infierno, y en estos momentos se encuentra ingresada en Santa Mónica, con síndrome de abstinencia.
¡He venido a luchar por ella, y sacarla del maldito mundo de las drogas!
¿Usted cree que puedo ser una persona que trafica con ella? ¿Es que tengo cara de traficante? ¡Soy periodista, inspector! ¿Comprende?
Sí... es una historia convincente, ya lo creo que sí.
Es la verdad.
Lástima que no le crea. ¿Cómo me explica usted señor Quijano, que la puerta permaneciera cerrada por dentro? O, lo que es lo mismo, con la llave desde fuera.
¿Conoce mucha gente que tenga la llave de su habitación, Sr. Quijano?
¿Qué quiere decir?
Lo que he dicho, existen dos llaves, una la llevaba encima la doncella, y la otra si le registro... puede que la lleve usted.
Por supuesto que la llevo.
¿Y cree usted, que la difunta se pegó un tiro después de cerrar la puerta, dejando sus huellas en el arma... Sr. Quijano?
¿Pero, qué tontería es esa inspector Eliott?
No es una tontería, es... una pregunta de rutina, como cualquier otra.
Y por otro lado... ¿Qué hacía un paquete conteniendo mil gramos de heroína en su cuarto?
No sé cómo pudo llegar hasta aquí, lo que sí le aseguro, le juro y le perjuro; es que soy tan inocente como usted en todo este embrollo donde me encuentro metido.
No es aconsejable que jure en vano, puede ocurrirle alguna desgracia... ya sabe, como un castigo del cielo o algo así.
¡Maldición! Soy inocente, soy inocente... tiene que creerme... soy inocente.
Son pruebas tan determinantes y firmes, que creo que por muy bien planeado que tuviera su coartada, acabarán por condenarlo.
No pueden condenar a un hombre inocente.
¿Qué motivos podía yo tener, para asesinar a una limpiadora?
No sé... se me ocurre, que quizá descubriese su debilidad por el tráfico de drogas y le amenazase con denunciarlo.
¡Eso es absurdo!
Tal vez ocurriese al revés, tras descubrir su juego Sr. Quijano, pretendiese hacerle chantaje.
Un buen motivo para matarla, daría yo.
¡Inaudito! ¡Qué imaginación!
No es imaginación, es deducción de los hechos. Dos situaciones que se pudieran dar y alguna puede ser cierta.
Perdone inspector, tengo otra duda sobre mi "coartada," ¿cómo se ha enterado la policía de lo ocurrido si la puerta estaba cerrada con llave, y sólo eran dos las que había, una la de la doncella, y otra la mía?
¿Es que tienen telequinesia, telepatía, o alguna otra virtud especial?
No me gusta su sarcasmo Sr. Quijano, pero aún así le diré, que hay personas buenas en el mundo que suelen facilitarnos a veces las cosas.
¡Y otras se las complican, claro!
Es más; se la complica a la policía, y consigue sus propósitos.
Insinúa usted alguna cosa... ¿ Es que no se da cuenta que es alguna especie de trampa, que me han tendido?
¡Maldita sea! ¡Dios! Como he podido caer tan bajo, yo que era una persona tranquila, educada y creyente, veo que lo estoy perdiendo todo, la tranquilidad ya hace tiempo que la perdí, la educación cada vez tengo menos, y la fe... acabaré perdiendo la fe, estoy seguro, no hay ser humano que soporte semejante carga sobre sus espaldas.
El inspector Eliott miraba a Alfonso que parecía (según él), recapacitar sobre lo ocurrido, y sentirlo de veras, dado la postura que tomó su cuerpo con la espalda curva, los hombros caídos, y la frente humillada hacia el suelo.
¡¡Encerradlo!!
Bajabanlo en el ascensor, donde seguían retorciéndose sus tripas ahogando sus entrañas.
¿Qué pasará con Eva? ¡María! ¡Hija! Cuando más me necesitas, te fallo. Lo siento, perdóname hija mía. (Se torturaba con sus angustias)
Al pasar por el hall, Elisa continuaba de pie en el mismo sitio que la dejó.
Sus miradas se cruzaron unos instantes, donde se reflejó una profunda tristeza en ambos, de resignación y a la vez de rebeldía hacia un sistema injusto y burocrático.
¿Creerá en mí, Elisa? (Reflexionaba Alfonso, al ver aquel vello rostro de nuevo con lágrimas en los ojos.
¡Ely! ¡Por favor tienes que creerme!
Los agentes no pararon sus pasos que a toda marcha pretendían introducir al sospechoso en el furgón.
¡Tú sabes (Gritaba Alfonso, a su amiga), como odio las drogas! ¡Soy inocente, Elisa, por favor no abandones a María, dile que la quiero! Elisa mantenía un silencio sepulcral.
¡Ayúdame Ely! Ahora te necesito más que nunca.
¡¡Por favor, cuida de María!!
Se perdió por fin su voz y su figura, tras la puerta de aquel furgón blindado.
¿Cuál será su destino? ¡Bendito sea Dios
Este hombre... todo le ocurre a él últimamente.
Que le ocurriese el accidente a Eva (se decía Elisa para sí), es una desgracia, pero es un accidente al fin y al cabo inevitable.
Que por los avatares del destino no se casase con ella... fue decisión de Eva, y él lo sigue sufriendo, más aún cuando le dijo que no se casaría ni amaría a ningún otro hombre.
La toxicidad en su hija María, fue como un trueno en su pecho que lo hizo añicos.
Después llegaron las dos brujas a complicarle la vida chantajeándolo, y el canalla de Pancho que puede tener mucho que ver en este asunto tan deplorable y aberrante como un asesinato, y las drogas en su habitación.
¿Pero cómo ha podido hacerlo?
No quisiera dudar de Alfonso, sería una crueldad por mi parte, pero es... es imposible que lo haya podido hacer otra persona.
¿Cómo pudo cerrar la llave por dentro desde fuera?
No, no, no imposible, Alfonso no es capaz de hacer algo tan atroz, tiene que haber una explicación lógica en todo esto, pero según la policía parece tener pruebas suficientes para condenarlo cuando se lo llevan.
¿Qué hago, San Dios?
Fin de ISAGOGE 2ª parte.
jueves, 19 de marzo de 2009
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